jueves, 13 de septiembre de 2018

Los restos de Franco


Artículo original publicado en Espacios Europeos el día 12 de septiembre de 2018

El principal cometido de la política consiste en unir a los ciudadanos a través de propuestas que les ayuden a encarar con éxito su futuro. Si estamos de acuerdo con este aserto, el asunto que produce este comentario es poco menos que desmontar, una a una, las palabras que lo encabezan. La propuesta del presidente Sánchez de exhumar los restos del dictador, el general Franco, ni une a los ciudadanos ni mira hacia el futuro.

Quizás bastaría con la afirmación que acabo de hacer para dar por terminado este artículo. Lo que no sea útil para la integración, lo que no vaya encaminado hacia los objetivos de los españoles y contribuya a hacerlos posibles, simplemente debería estar confinado a las cunetas de la marginalidad política. Pero hay algo más en este debate, y ese algo más está en el contexto en el que se sitúa. Que los restos de Franco reposen en un conjunto arquitectónico perteneciente al patrimonio nacional no es un hecho casual.

Los demócratas que luchamos contra el dictador no conseguimos derrotarlo, y a su muerte, y de acuerdo con sus deseos, sería enterrado allí. Pero si sus partidarios aguantaron hasta entonces, serían en cambio conscientes de que no podrían subsistir por mucho tiempo después de su desaparición. El concurso de estas dos situaciones con el de un Rey, decidido partidario de impulsar la democratización de España (entre otras cosas, por supuesto, para preservar la monarquía como institución), el apoyo de Estados Unidos ante el posible efecto dominó de la revolución portuguesa y el de otros países europeos (en especial Alemania) darían lugar al producto que se vino a llamar «la transición».

Así llegaría la democracia en España. De manera imperfecta para unos y otros. Una democracia concebida desde la desconfianza hacia los ciudadanos, para unos y producto de la desconfianza hacia la misma democracia, para otros. Un sistema que, 40 años después, convendría reformar, regenerar. Pero un sistema que constituye al cabo el punto de partida y la expresión del esfuerzo de los españoles que lo llevaron a cabo.

No conviene minusvalorar a la transición. Todos los demócratas de los países que padecen de regímenes dictatoriales con los que —en mi condición de responsable de internacional de Ciudadanos— he tenido la oportunidad de relacionarme (cubanos, venezolanos, ecuatorianos-guineanos...) la invocan como el procedimiento más adecuado para alcanzar sus conculcadas libertades. A menudo nos ocurre a los españoles que nuestros modelos de éxito (el imperio, la transición...) los denostamos nosotros mismos, como si estuviéramos permanentemente empeñados en combatir nuestros aciertos y repetir nuestros errores,

Detrás de la exhumación de los restos de Franco está el acoso y derribo de esta transición. A ella sigue la pretensión de crear una comisión de investigación parlamentaria sobre la actuación de Don Juan Carlos, toda vez que se consumaba su abdicación. No podría yo amparar, desde luego, actuaciones que no sean correctas por parte de nadie, pero tampoco ennegrecer con una sombra de duda lo que no es más que una especulación. Y, sobre todo, no estoy dispuesto a ensombrecer así el reinado de Don Felipe, que es la pretensión última de algunos de los que jalean la exhumación de los restos del dictador, amparados por una pretendida buena fe ingenua —si así lo fuera— de quienes nos gobiernan.

Parecen estos dispuestos a reescribir una historia que ya está escrita. Se diría que pretenden borrar de golpe los últimos 80 años transcurridos (el franquismo y la democracia) para insertarnos en una Tercera República que sea simple continuidad de la Segunda. Una República —la Segunda— que no llegaría a ser de todos los españoles, sino de una parte de ellos en contra de los otros y que terminaría como terminó.

Es indudable que nuestra democracia debe reformarse, pero no revolucionarse. La base de para estas reformas es la Constitución actualmente vigente y a ello deberíamos dedicarnos. No a dividir otra vez a los españoles entre los buenos y malos, republicanos y facciosos, rojos y azules; mirando siempre al pasado y olvidándonos de que nuestros retos no están en los restos de Franco, sino siempre por delante.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Brexit y elecciones europeas. Una agenda crucial para el impulso de la UE.


(Notas para el debate que con el mismo título se celebró en la Universidad Menendez Pelayo en Santander el 30 de agosto)

En la encrucijada que atraviesa la política europea, el Brexit constituye el paradigma de todos los problemas. Y no sólo de los europeos, el Brexit es como un espejo de los conflictos que afectan al nuevo orden mundial; un nuevo orden que es más bien un nuevo desorden, en el que al bilateralismo protagonizado por los dos bloques enfrentados entre sí, desde la Segunda Guerra Mundial, y la política de alianzas que les servían, ha saltado hecho pedazos, parece que sin solución de continuidad. Europa,, situada como consecuencia de la historia y del nuevo escenario político en el área de influencia de ese conflicto, se debate ante este caos entre actuar o dejar hacer; entre la posibilidad de convertirse en un actor político o el suicidio, pues dejar hacer no es otra cosa que desaparecer.

Comenzaremos por el primero de los datos. La nueva situación viene determinada por el populismo. Una respuesta que no sólo hace referencia a la crisis de 2008 (que, recordemos, en España tuvo características endógenas), sino que se refería más bien a la ruptura de un modelo de desarrollo, de estado del bienestar, que tuvo su punto de partida en la economía que surgía de la catástrofe de la Segunda conflagración mundial y de la restauración del modelo político democrático, liberal y representativo, que las dictaduras fascistas y totalitarias de Hitler, Mussolini, —y con duración mayor en el tiempo— de Franco y Salazar habían impuesto en algunas naciones del Viejo Continente. Una economía del welfare state que se veía auspiciada por la socialdemocracia y por la democracia cristiana y que ninguna formación política apenas se atrevía a contradecir.

El populismo pone en peligro nuestras viejas certezas en los planos político, económico y social; y aún más las que se refieren a la idea de sus reformas. Es verdad que el modelo político necesita de regeneración, que la representación debe adquirir perfiles más cercanos a la ciudadanía, que la corrupción debe ser combatida, que el poder judicial debe ser independiente, que los órganos de control no deben ser colonizados por los partidos, que la sociedad civil debe actuar con independencia de la política y que ésta debería autolimitarse... pero todo ello puede —y debe— ser objeto de reforma. Y ni siquiera muchos de estos cambios requieren de una modificación de la Constitución, al menos en el caso de España.

Pero el populismo ya ha decretado una especie de pena de muerte al sistema político liberal representativo. Y lo ha hecho principalmente a través de un artefacto que ellos presentan como democrático y que ya muchos habían advertido largo tiempo antes como dudosamente tal, el recurso al referéndum. Mario Bunge, escritor argentino inspirador de muchas de las teorías de nuestro Podemos, diría que el único error de la revolución bolchevique fue el de no someterla a referéndum.
Inútil será entonces evocar que el instrumento del referéndum fue utilizado por dirigentes dictatoriales como Franco o autoritarios como el general De Gaulle (a quien François Mitterrand había calificado como «el golpe de estado permanente»).

El referéndum tiene todo el sentido en los asuntos menores, por definición poco complejos, en los que la población consultada tiene un criterio preciso, como ocurre con los problemas locales en los que los mismos representantes electos carecen de criterio propio entre elegir, por ejemplo, el derecho al ocio y el derecho al descanso, como es el caso de la hora de cierre de los establecimientos públicos.

Muy otro es el caso de los plebiscitos que no se basan en un consenso político representativo previo, como el referéndum de modificación constitucional en Italia en 2016, que supondría la caída del gobierno Renzi: del referéndum colombiano de ratificación del acuerdo de paz con las FARC, también de 2016, que señalaría el principio del fin del presidente Santos y de cualquier seguidor que se apuntara a su estela o el referéndum constitucional en Turquia de 2017, que consolidaría el régimen autoritario del presidente Erdogan, con el coste de dejar casi a la mitad de la ciudadanía alejada de su nueva Constitución. Es el mismo supuesto del referéndum del Brexit de junio de 2016, que venía precedido por el relativo a una posible separación de Escocía del Reino Unido en 2014. Carentes de un acuerdo, de un consenso previo, entre la representación política, todos estos referendos dividen a las sociedades a las que después se ven sometidos.

En los referendos coinciden una serie de factores. El primero, y más importante, porque de él traen su causa y constituyen la consecuencia de todos los demás, es el fracaso de la política y el triunfo de la mala política. Podríamos recordar que existe una ley de Gresham en el ámbito de las monedas, según la cual la mala desplaza a la buena. También ocurre lo mismo en la política, con facilidad la mala política desplaza a la buena. Cuando falta liderazgo político, cuando existe una ausencia clamorosa de proyecto de país, los populistas (se llamen los nacionalistas o los populistas de nuevo cuño) toman rápidamente el relevo y sus falsas soluciones se imponen como alternativas.

Nacionalismo y populismo son las dos caras de la misma moneda, el nacionalismo es el populismo del siglo XIX y el populismo es el nacionalismo del siglo XXI. Los dos fenómenos procuran centrar en un adversario (la casta o el País pretendidamente opresor) la raíz de todos los problemas, los dos operan sobre modelos excluyentes (la destrucción de éste adversario), los dos rechazan el procedimiento democrático representativo del consenso político y no temen en absoluto dividir las sociedades en las que se sitúan, porque de esa división obtienen su fortaleza.

Pero el populismo ha sabido leer lo que no han comprendido los actores de la vieja política, emergido de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial: que el proyecto, político, económico y social que lo había protagonizado estaba haciendo aguas, que la crisis de 2008 sólo ponía en evidencia -como en el cuento - la desnudez del Rey. Las sociedades ya estaban fracturadas en su interior, el ascensor social se había averiado y los jóvenes ya no podían aspirar a replicar el estatus social y económico de sus padres; las oportunidades no serían ya nunca las mismas entre los habitantes en las pequeñas ciudades y las poblaciones rurales que para los que viven en las grandes metrópolis, y un mundo de referencias y tradiciones se venía abajo con el final de este modelo; la globalización (el escenario principal en el que actúan todos estos conflictos) añadía un nuevo elemento de desconcierto, ya nadie tenía seguridad de mantener sus viejos y estables empleos y resultaría muy complicado a pensadores, economistas y políticos explicar que la solución no estará nunca más en un puesto de trabajo estable sino en la cualificación profesional, del trabajador a lo largo de toda su vida útil.

La vieja política no modificaría su esquema de comportamiento y seguiría apelando a los paradigmas de antaño, a la vez que observaba de reojo a los nacientes movimientos populistas o nacionalistas. Si éstos se hacían fuertes con el recurso a la xenofobia, como respuesta a la inmigración compuesta por personas cuya extracción racial, educativa o religiosa eran distantes de las vigentes en sus países, los viejos partidos se aplicaban en encontrar recetas más suaves que las de los populistas, sin comprender que al final la ciudadanía preferiría el original a la fotocopia.

Mientras tanto, el populismo sigue creciendo. Ya no sólo tenemos que enfrentarnos al Brexit (europeos y británicos, pues tampoco éstos saben qué hacer para convencernos de su peculiar manera de deshacer a su antojo el nudo gordiano de las cuatro libertades que constituyen la UE y el acuerdo de Viernes Santo y la solución al contencioso irlandés). Italia tiene un gobierno populista, Hungria y Polonia se reclaman partidarias de la democracia iliberal y el Partido Popular Europeo acoge entre sus filas a la formación política de Victor Orban. El grupo de Visegrado, compuesto, además de los citados, por Chequia y Eslovaquia, constituye una alianza de freno a cualquier proyecto de avance en la integración europea.
Si el interior de Europa se ve atravesado por todas las corrientes de contestación interna posibles, su exterior no es menos inestable. Los viejos aliados se han vuelto irritables, exigentes e imprevisibles. Nos califican de enemigos. Y los que han sido enemigos antaño, mantienen su enemistad, nos inundan ahora de fake news, realizan atentados criminales en nuestro territorio y practican el retorno a sus viejas aspiraciones territoriales, vulnerando el Derecho Internacional.

Somos un proyecto en retroceso. Desde el punto de vista económico y social. Nuestro modelo político, social y económico se ve confrontado por el de otros proyectos que desprecian los DDHH y el proyecto de bienestar social. El envejecimiento poblacional atenaza nuestra capacidad de ofrecer respuestas a nuestros mayores y perspectivas de futuro a nuestros jóvenes. E, insisto, nuestras clases políticas siguen mirando hacia otro lado. Nuestra soft policy es cada vez más soft y cada vez menos policy. Políticamente somos un proyecto contestado por nosotros mismos y más allá de nuestras fronteras.

Contamos cada vez menos. Sin embargo, nuestro modelo político y social, aún confrontado por nuestras propias carencias, sigue siendo la admiración de muchos. Y hay cientos de miles de personas (millones, incluso) que nos observan e incurren en riesgos extraordinarios para construir su futuro entre nosotros. Lo que para ellos es una oportunidad para nosotros se ha convertido en un problema, tenemos por delante la dificultad de sortear las dificultades provenientes del baby boom de los años sesenta y todavía no hemos definido la emigración que queremos o necesitamos.

Todo eso es cierto, pero también lo es que resultaría imposible la opción populista de refugiarnos otra vez en los viejos estados-nación que existían antes del proyecto de la Unión Europea. Primero, porque éste nuevo nacionalismo -también en expresión de Mitterrand- sería la guerra; segundo, porque si unidos aún tenemos dificultades para resolver nuestros problemas, solos y divididos su solución es simplemente imposible.
Por lo tanto, de este retroceso europeo surge la pregunta fundamental, ¿qué Europa queremos? Una Europa residual, que se conforme con lo ya obtenido, que asuma que los otros grandes espacios políticos y económicos nos van a superar irremisiblemente o estamos dispuestos a construir una Europa integrada en la defensa, la política exterior, la política fiscal, la economía en su conjunto. ¿Apostamos por quedarnos quietos, que es desaparecer en el medio plazo, o en construir esa ever closer Union de nuestro proyecto fundacional?

Un proyecto que no puede dejar atrás a los left behind, que debe contar con la obsesión de crear oportunidades para quienes quieran y puedan atravesar el umbral y actuar en un mundo globalizado y que se preocupe de crear una red social de protección para los que no puedan atravesarlo: la Europa que protege, de la que habla el presidente Macron. Una Europa unida como proyecto hacia el exterior e integrada social y políticamente en su interior.

La UE se confronta esta próxima primavera a dirimir una crisis existencial. En las opciones de prácticamente todos los electores europeos habrá por lo menos tres diferentes papeletas: la populista, la vieja política y la que reclama un nuevo proyecto de integración europea. No pretendo caer en un foro como éste en el sectarismo, tampoco creo tener esa condición. Es seguro que (parafraseando la dedicatoria de Popper en “La sociedad abierta y sus enemigos”, a los socialistas de todos los partidos) habrá liberales y progresistas en muchas listas electorales al Parlamento Europeo. Pero convendrá leer bien sus programas y analizar las trayectorias de sus candidatos. Más que nunca, en la primavera de 2019 nos jugamos el futuro de la Europa que queremos. Y ese futuro de Europa es también, más que nunca, el nuestro.
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