Publicado en El Imparcial, el 11 de marzo de 2025
Convendrá no llamarse a engaño al respecto. Está por ver si el énfasis con el que un sector de la izquierda apuesta por semejante estrategia responde al mero cálculo electoral según el cual neutralizar a la extrema derecha a base de expulsarla del normal juego democrático constituye la forma más eficaz de dificultar el acceso de la derecha más moderada al poder, al dejarla sin aliados o si, por el contrario, dicha estrategia se fundamenta en un convencimiento ideológico de fondo. En concreto, el de que los sectores conservadores de este país nunca podrían enfrentarse abierta y rotundamente con una extrema derecha a la que se parecen demasiado, en la medida en que, a fin de cuentas, ambas proceden de un tronco común. Como es obvio, de ser esto último cierto, el propósito de hacer pasar el eje del debate político por el combate contra este sector ultra resultaría ciertamente ventajoso para el principal partido de gobierno.
La oleada de medidas puestas en práctica por el nuevo presidente de los Estados Unidos ha puesto al descubierto las debilidades sobre las que estaba organizada la convivencia pacífica europea que habíamos establecido desde acabada la Segunda Guerra mundial, y a la que España se había incorporado, toda vez que el fallecimiento del dictador ponía también fin al régimen personal de nuestra particular contienda civil. Que Europa estaba construida sobre arenisca y barro ya lo sabíamos, y algunos -no pocos, por cierto- lo poníamos de manifiesto en nuestras intervenciones públicas. Pero nos ocurría como con esas familias que un día fueron algo y que, por no querer mostrar la evidencia de su ruina, mantienen al portero de una casa que se cae o al chófer que no tiene ya ningún vehículo que conducir.
De una manera harto singular, a través de un manotazo encima de la mesa, las intervenciones manifestadas en público o la chulería del que lo puede todo y lo compra todo, Trump nos ha señalado el camino al destierro de un modo de vida que ya no es posible mantener por más tiempo. Ya no cabe importar energía barata rusa clausurando nuestras centrales nucleares, vendiendo nuestros coches de alta gama a los chinos y confiando en que el Tío Sam pague por nuestra defensa. La posición antieuropea de Rusia se ha manifestado bastante antes de la invasión de Ucrania, apoyando a los partidos populistas e independentistas, inundándonos de fake news e interviniendo en nuestros procesos electorales, ahora China exporta coches eléctricos a buen precio a Europa -aunque la energía empleada en su producción no sea precisamente verde- y los Estados Unidos se baten en retirada respecto de la garantía de nuestra seguridad. En especial, este último nos plantea la difícil decisión de si en tiempos de crisis como los que vamos a afrontar es mejor apostar por los cañones o la mantequilla, el gasto en Defensa o el mantenimiento del estado del bienestar.
Un conjunto de decisiones que deberemos afrontar desde una Unión que lo es cada vez menos, pues si hace diez años nos hubiéramos puesto manos a la obra habría menos partidos y menos consolidados que pusieran serias objeciones a esos planteamientos de una Europa más unida, dotada de una verdadera política exterior y de defensa comunes. Hoy, por el contrario, todos los países tenemos introducidos en nuestros sistemas políticos los peligrosos caballos de Troya del populismo, en este caso pro trumpista.
Cada país tiene su diferente vía para tratar con ese fenómeno. En Italia están en el gobierno, y aparentemente se moderan en el ejercicio del poder; en Austria se ha formado un ejecutivo de gran coalición que les aleja del poder; en Alemania parecen dispuestos a plantear una solución similar… en España, Vox, que fuera un partido, creado por un ex-dirigente del PP -Alejo Vidal Quadras, partidario de un conservadurismo inequívocamente democrático- y por un antiguo parlamentario de ese mismo partido -con el que compartí escaño en el País Vasco- ha derivado de manera tan notable hacia el populismo que lo convierte en irreconocible para quienes lo tratamos entonces.
Y se levantan ahora las voces que advierten que esa deriva ya se parece muy poco a los valores que en Europa se han venido defendiendo a lo largo de todas estas décadas. Hay quien dice ahora que habría que sacar de la ecuación de la política española -para ser más concreto de los pactos de gobierno- al partido que preside Santiago Abascal. Una opinión muy lógica y basada en la sensatez, siempre que quienes se encuentran en la otra orilla de la política -las izquierdas, y de manera muy notable el PSOE- hicieran lo mismo con los partidos situados a su izquierda o en las antípodas de una elemental idea de unidad nacional por muy diversa que sea ésta.
Recordemos que el cordón sanitario que va a protagonizar la política en el país más importante de Europa no se va a extender sólo al partido Alternative für Deutschland, sino también a la izquierda heredera del comunismo del Este de Alemania, Die Linke, porque vale tanto, tanto vale, el populismo de la izquierda como el de la derecha. Y si, como consecuencia de ello, la única manera posible de gobernar un país consiste en que la principal fuerza de la derecha y la más importante de la izquierda gobiernen juntas, será porque no queda más remedio que practicar esa estrategia si lo que pretendemos es que la política populista no contamine en absoluto la acción de gobierno.
La equivalencia de condiciones se debe mantener a toda costa. Si el PSOE quiere que el PP rompa cualquier pacto que le vincule con Vox, el partido que dirige Sánchez deberá hacer lo mismo con la izquierda comunista y los independentistas, muy en especial en este último ámbito con los que siguen reivindicando el pasado proetarra a través de su infatigable trabajo de poner en libertad a los presos terroristas que no han querido siquiera colaborar en la resolución de los 379 crímenes que, según la Fundación de Víctimas del terrorismo, siguen pendientes de resolver por la justicia.
Cualquier otra formulación debería quedar postergada hasta tanto que las principales fuerzas políticas españolas abandonen, bien el cinismo que les aboca de manera irremediable a gobiernos minoritarios, débiles y dirigidos desde partidos que no aceptan siquiera la Constitución y que en ocasiones están protagonizados por un prófugo de la justicia; o la bisoñez un tanto pazguata del principal partido de la oposición que además de embestir contra cualquiera de los trapos que le tienden los socialistas no está dispuesto a presentar batalla en esta cuestión fundamental, la que dice que las normas son iguales para todos.
Hora es ya de que la ciudadanía española conozca una verdadera política de Estado, en la que una gran coalición depure y limpie el espacio público, y dé comienzo a la solución de los problemas que tiene nuestro país planteados encima de la mesa. Desde la Defensa, hasta las pensiones, pasando por la educación, la sanidad, el agua, la cancelación del despilfarro o la importantísima ley electoral, entre otras tantas cuestiones.
Esta crisis a la que se enfrenta Europa debería por lo tanto llamar a la clase política española a afrontarla como la oportunidad de formalizar un nuevo consenso constitucional.
Ha llegado la hora de la verdad.