sábado, 29 de octubre de 2022

El maurismo según Pablo Iglesias Turrión

Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el 28 de octubre de 2022 


Se diría que, aunque el hábito no hace al monje, la denominación imprime carácter; que Pablo Iglesias Posse viera en don Antonio Maura la más cercana encarnación del mal en el espacio terrenal no era, para quienes vivieron esa época ni para los historiadores de esos tiempos, ningún secreto. Ya uno de los hijos del político mallorquín, Miguel Maura, señalaba en sus memorias que, en sus relaciones con los concejales socialistas en el Ayuntamiento de Madrid, mantuvo una comunicación excelente con los restantes concejales socialistas —Besteiro y Largo Caballero, especialmente—, y en la que se apoyaría no poco durante las jornadas más difíciles del gobierno provisional republicano; pero ése no era el caso del fundador del PSOE, que transmitía el odio africano que sentía sobre don Antonio a su hijo. Si la animadversión del Iglesias socialista se explicaba por ese atavismo injustificado, el juicio que a su epígono populista, Pablo Iglesias Turrión, le merece el maurismo carece de justificación, además de que resulta inexplicable.

La crónica que publicaba recientemente Luis María Ansón en su columna “Primera Palabra”, con el título, “Pablo Iglesias: medios, cloacas y verdades a la cara”, asegura, entre otras cosas, que según Iglesias Turrión “los mauristas crearon el protofascismo español”.

Parece ser que el “protofascismo” se refiere a las ideologías predecesoras directas y los movimientos culturales que influyeron y formaron la base del fascismo. Y se pone como ejemplo del mismo al poeta y aristócrata Gabriele D’Annunzio quien, enterado del inminente bombardeo de Viena en agosto de 1918, organizó un lanzamiento de flores también desde el aire sobre la bellísima capital austriaca.

Es, sin duda, romántica la referida imagen del literato de Pescara, sin perjuicio de la influencia que tuviera éste sobre el Duce; pero comparar el movimiento maurista con el fascismo resulta, como mínimo, injusto, si no fuera porque delata una lectura de la historia bastante ligera, cuando no sesgada, por parte del Pablo Iglesias populista de extrema izquierda.

Sentada la base —por cierto, no contestada al parecer por el autor de “Medios y cloacas”— según la cual don Antonio Maura no fue ni fascista ni “protofascista”, sino un civilista, por lo tanto, contrario a la intromisión del ejército en la vida política, y un firme partidario de ejercer el poder con el control del parlamento (de él es la frase “yo, para gobernar, sólo necesito luz y taquígrafos”; que es en nuestros días paradigma de la transparencia política), convendrá conocer lo que históricamente fue el maurismo.

Nació el maurismo del agravio que Alfonso XIII produjo a don Antonio Maura cuando, en octubre de 1913, encargó la formación de gobierno a Eduardo Dato, uno de los dirigentes del partido que presidía entonces Maura (algo así como si Felipe VI encomendara a Cuca Gamarra, en lugar de a Feijóo, someterse a una sesión de investidura). Apartado desde entonces don Antonio de la jefatura del partido, florecía un movimiento regenerador de la política española -el maurismo- que su inspirador no quiso liderar. Engrosarían sus filas los jóvenes del partido conservador y entre sus objetivos se encontraba la incorporación de las clases medias a la política, el fomento de la ciudadanía y la atracción de los católicos intransigentes. Una regeneración que se incorporaba también al instrumento organizativo: la movilidad de los cargos, la amplitud de participación e incluso el intento de descentralización del núcleo de decisiones.

En las primeras elecciones celebradas después del encargo de don Alfonso a Dato, las de 1914, una vez obtenidos 22 diputados mauristas, se produciría la primera división del movimiento: el maurismo parlamentario —más pactista— y el “callejero” —más radical—. Pero debería avanzar el tiempo para que se consolidara la fractura más definitiva en el seno del movimiento, entre el ala que podríamos considerar como “dura” —Goicoechea, Calvo Sotelo…— y la “moderada —Ángel Ossorio o Miguel Maura—, que comenzaría a producirse, según la historiadora María Jesús González, a partir de los sucesos revolucionarios de agosto de 1917, y se manifestaría en la campaña electoral de los mauristas en los comicios de 1918. A partir de entonces esta brecha no haría más que ensancharse: colaborarían con la dictadura del general Primo de Rivera los “duros” —Calvo Sotelo sería ministro del dictador—; y se abrirían a la República, o mantendrían importantes reservas respecto del Directorio militar, los “moderados”.

Llegado en 1931 el nuevo régimen, buena parte del maurismo más radical engrosaría las filas de Renovación Española, un partido que mantuvo relaciones con el falangismo y hasta con el fascismo italiano; pero hubo quien intentó una vía -que como es sabido careció de éxito- para la consolidación de una República de orden, como fue el caso del hijo de don Antonio, Miguel, o de su yerno, José María Semprún —padre del escritor y político Jorge.

La sinécdoque es una figura literaria que consiste en utilizar partes de un mismo objeto o idea para referirse a todo el conjunto. Resulta útil para la poesía o la novela, pero convendremos que no sirve para el análisis ponderado de alguien que pretenda ser respetado en el mundo de la cultura o la docencia.

Tengo mis dudas en cuanto a que el objetivo del Iglesias del siglo XXI sea el de conseguir el respeto de las gentes. Más bien pienso que le interesa provocar el miedo, al igual que otros tantos dirigentes populistas han pretendido —y conseguido—, de acuerdo con el guion que les es común a todos estos movimientos: primero se adquiere el gobierno mediante la persuasión, después se eliminan todos los procedimientos democráticos de control, y, por último, se gobierna por el terror.

Protofascismo, protocomunismo… al cabo, la diferencia no es tan importante.

martes, 11 de octubre de 2022

El anti-monarquismo de la izquierda, tradición y actualidad

Artículo de Fernando Maura publicado en El Imparcial, el 10 de octubre de 2022

En su libro “1917, el estado catalán y el soviet español”, el historiador Roberto Villa afirma que “la desconfianza hacia el socialismo español subió enteros cuando el PSOE suavizó su exclusivismo «de clase» para colaborar, a partir de 1909, con los republicanos y no con la izquierda constitucional, como sucedía en Suecia, Holanda o Bélgica. Esto significaba que el movimiento daba el paso de ponerse abierta y decididamente contra la Corona. Y aunque, más tarde, esa alianza con los republicanos se debilitó, no lo hizo el fervor antimonárquico del PSOE. Su X Congreso, de 1915, declaró a la monarquía liberal y sus instituciones «incompatibles con el desarrollo de la civilización moderna en España»”.

1909 fue precisamente el año en el que la Semana Trágica acabaría con una de las experiencias más fecundas en la historia de la Restauración, un régimen impulsado por el político malagueño Antonio Cánovas del Castillo y que encontró su eco en el riojano Práxedes Mateo Sagasta. Intelectual escéptico el primero, “pastor” de un rebaño no siempre dispuesto a la disciplina el segundo, pondrían en el llamado Pacto del Pardo (que según parece ni fue tal ni ocurriría en el Pardo) las bases de un sistema de estabilidad política que llevaría a España a un periodo de relativa estabilidad y progreso económico en una política liberal similar a la de otras monarquías de su entorno, al menos hasta septiembre de 1923 con el golpe de estado del Directorio militar encabezado por el general Primo de Rivera.

Bien es cierto que la Restauración canovista no tuvo las cosas fáciles; 1898 se cerró con la pérdida de nuestras últimas colonias, el anarquismo se llevaría por delante a cuatro presidentes del Consejo de Ministros y a punto estuvo de asesinar a los Reyes en el día de su boda, el socialismo optaría significativamente por la revolución en el año 1917 y la tentación africanista de determinados sectores del ejército con el mismo Alfonso XIII a la cabeza depararía un conjunto de errores que concluirían con el desastre de Annual de 1921.

Cuando Pablo Iglesias Posse (el fundador del PSOE) amenazó públicamente a don Antonio Maura en el año 1910 -amenaza a la que seguiría un inmediato atentado-, estaba en realidad construyendo desde el anti-maurismo una coalición republicano-socialista que sustituiría el régimen monárquico por el republicano, paso intermedio para la proclamación de la revolución socialista, como su fiel seguidor Largo Caballero intentaría años después con la Segunda República.

Esa vía revolucionaria emprendida por el PSOE fue la que acabó con la Segunda República, al contrario de lo que algunos nostálgicos del régimen de 1931 piensan. Al menos imposibilitó una República ordenada, en la que se reconocieran la mayoría de los españoles, que facilitara el tránsito del poder entre la derecha y la izquierda y pudiera encontrar solución a los problemas pendientes de España.

Hoy en día, el anti-monarquismo de la izquierda española -y en ella buena parte del PSOE- remite a una causa revolucionaria más difusa, aunque seguramente bastante peligrosa. La relegación de la Corona al desván de los objetos inservibles, no sólo por mor de la ausencia de competencias concretas que la Constitución le adjudica, sino también debido a la tentación cesarista de algunos políticos que temen la irrupción de un pretendido “outsider” en el escenario institucional, supone la sustitución de la jefatura del Estado por un magma de personajes que representan a instituciones apenas coordinadas entre sí.

Se viene en este sentido haciendo habitual el uso de la expresión “presidente de España” para designar un cargo de los que nuestra democracia contiene. Y se da el caso de que, además de una compañía de seguros, España es un país, un reino, que dispone de instituciones diferentes. No sería Sánchez “presidente de España” sino presidente del Gobierno de España, por lo mismo que Merichel Batet tampoco lo es sino del Congreso o el presidente del Consejo General del Poder Judicial de este organismo.

Tampoco el Rey es presidente de España, sino Rey, que me atrevo a decir que es asunto de mucha mayor relevancia. Los presidentes son pasajeros y por lo general proceden de un partido -esto es, de una parte-, por lo que tienden a representar y apoyar al sector de la sociedad al que se encuentran adscritos.

El afán por arrinconar al Rey no sólo deja desvestido y deshilachado el sistema institucional español, es también un error. En el complejo mundo que estamos atravesando en este siglo XXI, en el que se combinan de forma no necesariamente positiva la Inteligencia Artificial y las guerras del siglo XIX -como lo es la de Ucrania-, la globalización y el estado nación, la preocupación por la ecología y la destrucción imparable del medio ambiente… no existen instituciones ni personas inservibles, más allá de los que se creen a sí mismos insustituibles.

El anti-monarquismo de las izquierdas no conseguirá sin embargo la revolución, porque seguramente la revolución es asunto de otros tiempos, pero es posible que produzca un vaciamiento institucional que dañe seriamente los elementos nacionales de cohesión (la lengua, el territorio, la organización del estado, la política exterior…)

En eso andan algunos. Y ese paisaje de la nueva España sin Rey -o con un rey amortizado e inerte- no será el de la revolución socialista o comunista, pero sí el de la confusión, el desgobierno y la acracia.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Alfonso de Virgilis, en el recuerdo

Era la sobremesa de una comida de domingo. Y el recuerdo… Florencia, sus angostas calles y los palacios majestuosos, el Duomo, el Ponte Vecchio… la Signoria. Y, a escasos cincuenta metros, el hotelito en el que Alfonso nos recibía, después de miles de kilómetros de andanzas mutuas, americanas, europeas, españolas… 

Y el recuerdo me conducía en ese caso a la acción. Escribir un correo electrónico. Estamos aquí. Las infecciones no han podido con nosotros, el bisturí de los cirujanos tampoco. Seguimos en el puente, cualquiera que sea éste, de mando o de escucha, de actuación o de consejo… ¡quién lo sabe! Pero estamos aquí. Y te recordamos. Vienen a la memoria las peticiones para que reserves una mesa en Riva. “Riva” es De la Riva, una casa se comidas que hay en la calle Cochabamba, en Chamartín, a la que un día le llevé y le encantó. Me pidió el teléfono del establecimiento y es muy posible que Alfonso fuera por su cuenta a almorzar allí, donde Pepe te canta los platos a la antigua usanza. “Hoy tenemos…”

Madrid, Barcelona —donde conocí a su primo Marco Panella, ese radical histórico que se fumaba un porro en un programa de televisión en directo para reclamar la legalización de la marihuana—, Bilbao —donde organizamos la reunión de la comisión de agentes de Bipar(1) que él presidía—; pero también Amsterdam —con sus bicicletas y su museo Van Gogh—, o Roma —en el palazzo de una aristócrata italiana dispuesta a ceder su casa para una cena de gala, a cambio de algún estipendio, que en eso se han ido muchos de los grandes nombres que en el mundo han sido… algo.
Pero Alfonso, romano o abruzziano, era sobre todo un florentino de adopción. Enamorado de la ciudad de Maquiavelo, el abogado y empresario de seguros devenía en protector de las artes y creador de los premios Galileo 2000, donde brillaba con la luz que él mismo irradiaba al exterior. Florencia era el INA Assitalia, una agencia de seguros situada junto a la estación de la ciudad. Una profesión -la de agente de seguros con representación en una demarcación comarcal- que ya estaba sentenciada de muerte debido a la vocación de sucursalizarlo todo, como hicieron los bancos primero, y han emprendido las compañías aseguradoras después.

Pero Alfonso no quería ni oír hablar de eso. Nosotros ya habíamos vendido nuestra agencia a su principal, La Unión y el Fénix, cuando todavía Alfonso peleaba con la entidad que él representaba. Y un día me pidió que yo defendiera en un seminario la posición contraria a lo que yo creía que no era sino el signo de los tiempos. Pero yo no disponía de las fechas que Alfonso me proponía, por lo que no tuve más remedio que encontrar a alguien que me sustituyera en el encargo. El periodista económico de “El Mundo del País Vasco”, Carlos Etxeberri, sería la víctima propiciatoria de la ejecución pretendida por Alfonso. Todavía yo tuve que hacer de Canalejas(2)  y poner en los oídos del giornalista los argumentos contrarios a los míos.

Porque Alfonso no aceptaba el no por respuesta. Los obstáculos estaban allí para ser vencidos, para demostrarse a sí mismo que él podía con todo. Y a veces parecía que así era. Y al tiempo, era generoso y se encontraba siempre dispuesto al favor, en especial si ese favor se producía mediante un viaje, en el que conocer a otras gentes. Allí donde su sonrisa y su carcajada contagiosas inundaban el espacio. ¡Todo parecía resultar tan fácil, entonces!

Eran las sonrisas, pero también eran los enfados… porque sabía alzar la voz si la contradicción era exagerada o si algún incauto pretendía llevarle la contraria. Entonces se desprendía Alfonso de su coraza se buena educación y salía hacia fuera el abruzziano tonitruante, siquiera enfundado en un traje de Armani aderezado por una corbata de Gucci —firma de la cual él era asegurador.

Alfonso era también su familia, el primero de sus hijos, Antonio, al que una horrible quemadura desfiguraba el rostro, y a quien en los carnavales de Venecia una señora le pedía que se quitase la máscara, porque le daba “paura”. Su primera mujer, a quien conocí en una tormentosa cena en su casa al borde del Arno, a Malena más tarde -con la que antes tuve alguna relación en los tiempos de UPyD- y que sorprendentemente se cruzaba en los caminos de Alfonso y le daba un hijo para el último lapso de tiempo que le quedaba por vivir. 

Le recuerdo caminando a mi lado por las Ramblas de Barcelona, deteniéndose cada veinte metros, porque no podía más. Diez, quizás quince años hace de eso. Pero aún le quedaban fuerzas para citarme en el hotel Villa Real para charlar un rato. O para compartir un café conmigo y su amigo Fernando Suárez -el que fuera exministro de Trabajo en el régimen anterior.

Alfonso se ha ido en las primeras semanas del fatídico COVID, cuando apenas existía alguna defensa contra el virus. Su figura alta y elegante nos ha dejado una huella, ya indeleble de desolación, un desgarro… pero ahora que le recordamos no tenemos más remedio que actuar como él habría hecho: levantando una copa de buen vino y brindando por su memoria, repitiendo lo mismo que decía al principio de este comentario: aquí estoy amigo, aquí sigo, dando la lata, por si le cupiera a alguno la más mínima duda…


(1) Buró internacional de Productores de Seguros y de Reaseguros.
(2) Se dice que el presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas, después de pronunciar un celebrado discurso en el Congreso, recibida la felicitación de su bancada, les dijo: «¿Les ha gustado? Pues ahora, si quieren, salgo otra vez, pero para argumentar lo contrario».

sábado, 1 de octubre de 2022

Berta Valle, luchadora por la libertad




Artículo publicado en El Debate, el 1 de octubre de 2022

He tenido recientemente la oportunidad de asistir a un encuentro, organizado por la Fundación Naumann para la Libertad, con la comunicadora social nicaragüense Berta Valle, mujer del activista opositor a los Ortega, Félix Maradiaga.

Berta es una mujer valerosa, como corresponde siempre a las compañeras de los hombres perseguidos por sus ideas en los regímenes autocráticos que, por desgracia, abundan cada vez más en tantos países y, muy en especial, en los de habla española de la América Latina. A sus 36 años, Berta Valle puede además presentar una amplia hoja de servicios en favor de su comunidad. Directora ejecutiva de la Fundación Coen (dedicada a la prestación gratuita de servicios de salud y de la mejora de la educación en ese país), con anterioridad, la actual activista fue directora general de Vos TV, una de las principales cadenas de televisión del país centroamericano, entre muchas otras actividades en el ámbito de la comunicación.

Como si la sombra del dictador Somoza –derrocado por el actual presidente de Nicaragua– le persiguiera de manera incesante, el exguerrillero sandinista se ha convertido en un sátrapa más en el elenco dictatorial que invade como una enorme y prolongada mancha de aceite las naciones de Iberoamérica. Prueba de ello son los 177 presos políticos que, según datos avalados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o CIDH, están censados en el país centroamericano. Carecen éstos de acceso a la luz diurna y no tienen posibilidad de leer ningún libro, ni siquiera la Biblia, de acuerdo con el conmovedor relato que nos hace Berta.

Uno de esos 177, es Félix Maradiaga, un académico y activista opositor al clan de los Ortega, que puede presentar también un brillante currículo. Fue secretario general del Ministerio de Defensa y, después, líder del grupo Unidad Nacional Azul y Blanco. Candidato a la presidencia de la República en 2021, posteriormente detenido y encarcelado por el régimen, Maradiaga es, además de un hombre de acción, un intelectual. Fue director del Instituto de Estudios Estratégicos y Política Pública, creador de la Fundación para la Libertad, miembro del World Economic Forum y del Aspen Global Leadership Network.

En su artículo, La enfermedad de la dictadura, publicado en 2009, Félix Maradiaga, expresaba admirablemente el proceso de consolidación de las autocracias latinoamericanas en general, y en Nicaragua en particular. Lo hacía con estas palabras:

«Una de las principales amenazas a la vida humana es la resistencia microbiana; es decir, la inmunidad de virus, bacterias y microorganismos a los tratamientos antibióticos contra enfermedades infecciosas. Un virus resistente puede residir por años e incluso décadas en el huésped, esperando el momento en que las defensas de ese sistema estén tan bajas que le permitan tomar control absoluto del mismo. Lo que hace que estos microorganismos sean tan letales, es que el sistema inmunológico no los reconoce como invasivos hasta que ya es demasiado tarde. Similarmente, varios sistemas políticos en América Latina han vivido una suerte de implantación pasiva de gérmenes autoritarios que más tarde que temprano adquieren, en el momento menos esperado, la forma de dictaduras. Tal es el caso del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua, que el lunes 19 de octubre de este año, cual tórsalo enquistado en la débil fibra democrática del país, salió de su cascarón».

El sistema que, en efecto, saldría de su cascarón fue el régimen dictatorial que encarna el dirigente sandinista, que ha sido –a decir de Berta Valle– financiado con 5.000 millones de dólares por la satrapía venezolana. Y al igual que ha ocurrido con los contradictores al régimen del país caribeño, recomienda la opositora nicaragüense que no dialoguen con el Gobierno, que es gestión «inútil», excepto para el sistema.

Un recuerdo cierto del 1984, de Orwell, se apoderaba de la reunión, cuando Berta Valle desgranaba su relato de calamidades personales sufridas por su marido y el resto de los presos de conciencia: el control omnipresente por el «Gran Hermano», y la «neo-lengua» –no sería extraño descubrir la creación, por ejemplo, de un Ministerio de la Verdad nicaragüense consistente en manipular la información para adaptar el pasado a los intereses del régimen–. Las prácticas despóticas de Daniel Ortega ya han sido inventadas y practicadas en muchas ocasiones y diferentes países.

Describía la mujer de Maradiaga, cuya voz se quiebra en los momentos de mayor intensidad emocional, los casos de «tortura blanca» en la Nicaragua actual; un suplicio consistente en la agregación de tormentos como el hambre, la incomunicación y la ausencia de tratamiento de las enfermedades de los reclusos. La crónica de Berta se extendía en detalles sobre la alimentación podrida que les proporcionan, el régimen permanentemente observado por los guardianes a las visitas y la carencia de medicinas para reducir la hipertensión de Maradiaga, que resultan suficientemente expresivos del extralimitado carácter de crueldad practicados por la dictadura.

Y todo ello amparado y dirigido, no por los exguerrilleros sandinistas, menos duchos en el arte de la conservación del poder que sus amigos cubanos, que son quienes asesoran y tutelan el ejercicio del despotismo nicaragüense. Cuba, una vez más, en el eje del diseño del control y el ejercicio de la opresión, como en Venezuela.

La crónica de Berta Valle, como la de su amiga Lilian Tintori, mujer del líder político venezolano Leopoldo López, se engarza como un arete más en la triste cadena del liberticidio que avanza en los países hermanados con España por la lengua, la historia y la cultura; y nos interpela a que salgamos de nuestro espacio de comodidad o de nuestros problemas endogámicos; porque la libertad no es un factor divisible.

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