domingo, 27 de marzo de 2022

La carta de Sánchez



Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el domingo 27 de marzo de 2022

“Las naciones no mueren por débiles, sino por viles”, aseguraba don Antonio Maura en las campas cántabras de Beranga allá por el año 1916. Por fortuna, una nación no es un gobierno; ni siquiera un gobierno lo apoyan sólo 120 diputados de un total de 350 con que cuentan las Cortes, por mucho que su presidente enfatice que es él quien dirige la política internacional de nuestro país. 

La carta de Sánchez al rey Mohamed, sin embargo, expresa una confesión de debilidad que se hace al país del que provienen muchos de nuestros problemas exteriores: “Majestad. Nos está ahogando. No apriete, Señor, más la soga”, podría haber escrito, seguramente en un español más preciso que el resultante de un texto (mal) traducido, y peor expresado, del francés. 

La foto del Salón Constitucional del Congreso en el que tuvo lugar la comparecencia de Albares el pasado 23 de marzo resulta dramática, en efecto, y pone en evidencia la soledad de este Gobierno en el parlamento. Pero convendrá huir de la brocha gruesa y aplicar el pincel fino para colegir que no todas las críticas lo son de fondo. Es evidente que nacionalistas, separatistas y populistas de la extrema izquierda manifiestan una discrepancia en el fondo y en la forma; aunque será preciso advertir que no por unirse a la vocinglería de ese coro, y por otros desafectos recibidos del presidente, Podemos considera llegado el momento de abandonar el ejecutivo. ¿Cuántos más campamentos saharauis abandonados a su suerte, serán necesarios para evidenciar el enfado de las Díaz, Belarra, Montero…? Se admiten apuestas. 

Habiendo conocido a esos partidarios del derecho de autodeterminación, no como consecuencia de un proceso de descolonización, sino por aquello de arrimar el ascua a su sardina soberanista interna, sus críticas no precisan de mayor comentario, ni siquiera deberían importar a la estrategia exterior del Gobierno. Más conveniente sería, en cambio, analizar las razones en la oposición a esta carta de los partidos nacionales del ámbito del centro y de la derecha. En este punto, descontado que Ciudadanos no levanta cabeza y que la brújula náutica de Vox por los mares exteriores hace ya tiempo que les dejó de funcionar, queda sólo el referente del PP, que en muy pocos días dispondrá de flamante líder. 

Me gustaría equivocarme, pero no espero de Feijóo un viraje del rumbo hacia la “tradicional” posición española sobre el Sáhara. Conocedor experto de que buena parte de la política consiste en el dominio de los tiempos, el orensano procurará un cocimiento a fuego (más o menos) lento de su rival, para llegado su momento, recoger el testigo sin modificación alguna de la deriva. Haría bueno así a Sánchez, lo que no es cosa sorprendente, una vez constatado que estos lodos proceden de un tweet del generalmente considerado ominoso populista Donald Trump, que tampoco Biden enmendaría. 

Sentado lo cual, la actitud de debilidad es evidente. En la medida en que Marruecos no dejará de reclamar para sí la soberanía de Ceuta y Melilla; podrá, por el momento, frenar su pretensión de extender las aguas territoriales en el ámbito marítimo correspondiente al Sáhara Occidental, sólo hasta que se produzca una nueva oportunidad de reclamarlo; y, sobre todo, dejará temporalmente de inundarnos de inmigrantes con origen marroquí y subsahariano hasta que se produzca una nueva crisis y nos veamos de nuevo obligados a plantear nuevas cesiones. ¿Y cuáles serían éstas? Queda señalado, si yo fuera ceutí o melillense abandonaría las sonrisas confiadas que observo en los informativos de televisión y me aprestaría a defender mi pertenencia a España y a Europa con uñas y dientes. Por cierto, creo que es oportuno recordar que nuestras dos ciudades autónomas no se encuentran amparadas por el paraguas de la OTAN. 

Ganar tiempo, sí; permitirnos respirar un poco mejor ahora que la soga no nos aprieta demasiado. Y tratar de alinearnos con otras naciones a pesar de que tengan éstas otros intereses y problemas que los nuestros respecto de Marruecos, como Alemania y Francia; y de Estados Unidos, que no parece contar en exceso con nosotros desde que concluyeron los gobiernos de Aznar. Y en esta nueva relación con el reino alauita, acumularemos además problemas que no teníamos, como el abierto con Argelia, cuyas consecuencias aún resulta prematuro aventurar. 

Existe además un debate acerca de si esta diferente relación con Marruecos resulta o no acorde con el derecho internacional. Parece lógico que una carta carece de valor jurídico alguno, y que las resoluciones de Naciones Unidas y el itinerario del proceso de descolonización que prevén no han quedado afectadas. Otra cosa es que nuestro presidente del Gobierno ha venido a reconocer algo que ya tenía un vergonzoso precedente en la peor parte de nuestra historia, fabricada de desistimientos, debilidades y aislamiento internacional: precisamente los acuerdos de Madrid de 1975, que pretendían legalizar la ignominiosa entrega del Sáhara Occidental a Marruecos y que serían tan poco legales que el Gobierno español de la época ni siquiera los publicó en el BOE. 

Era la oportunidad de España de corregir el rumbo de sus políticas exteriores erráticas; afianzar su europeísmo y su atlantismo -que una vez más se han vuelto necesariamente compatibles- y hacernos valer en esos ámbitos defendiendo nuestros intereses -y los del continente- en su vecindad sur. En lugar de eso hemos optado por una concesión sin contrapartidas, hemos otorgado valor jurídico a la ocupación ilegal de un territorio -subrayando al mismo tiempo el legítimo derecho de los ucranianos a la defensa del suyo- y hemos dejado un poco más solos a los saharauis en su tierra o en los campamentos de Tindouf. 

No, España no acabará por débil, tampoco en nosotros está la vileza. Otra cosa habrá que decir de quienes la gobiernan.

viernes, 11 de marzo de 2022

Las carreteras de Ucrania

Artículo publicado en El Imparcial, el jueves 10 de marzo de 2022

Volodymyr Melnyk conduce su Toyota por una carretera de Ucrania. Se dirige hacia Dorohusk, localidad fronteriza con Polonia. Su coche es blanco, como la nieve que inunda los campos que atraviesa en esta gélida mañana de marzo, pero sus pensamientos se tiñen de azul y amarillo -los colores de la bandera de su patria- y del rojo de la sangre que se está vertiendo de manera inútil: “siempre resulta inútil la muerte, el sufrimiento…”, se dice a sí mismo. A su lado se sienta su mujer, Aleksandra. Detrás viaja el hijo del matrimonio, Vasyl, que acaba de cumplir doce años. Hay un atasco de kilómetros y el retumbar de la artillería les encoge el corazón. Ninguno de los tres pronuncia una palabra.

Volodymyr es un joven arquitecto que levanta las casas que ahora están destruyendo los misiles de Putin. Quizás, en el futuro, en el caso de que Volodymyr siga con vida, su profesión será imprescindible para reedificar lo que hoy son ya sólo pedazos de cemento, hierros enredados en una escultura tétrica de guerra, tristes restos de cascotes para una población asediada y rota por la angustia de la ruptura familiar, a la que seguirá el dolor por la pérdida de los seres queridos y la incertidumbre del aprovisionamiento de víveres, de agua… A los Melnyk, esta guerra de barbarie les va a separar; una vez que Aleksandra y Vasyl se encuentren a salvo en tierra polaca, Volodymyr regresará al interior de Ucrania para recibir instrucción de combate -como tantos otros, carece de experiencia militar- e integrarse en alguna de las unidades del ejército de su país. Combatirá siguiendo el liderazgo de su presidente Zelensky, un cómico que aprendió el oficio de la política precisamente a través de la parodia de los políticos, y que hoy se ha convertido en la referencia de un país digno, que resiste al invasor.

Volodymyr conduce en silencio. Quizás debería hablar, ahuyentando así unos pensamientos que vuelan solos. El recuerdo de las historias que les contaban sus abuelos del Holodomor, por ejemplo. Entre 1932 y 1933 murieron en Ucrania unos 3,3 millones de personas por inanición o por enfermedades relacionadas con el hambre. Supo que Stalin ordenó que se destruyeran los datos y se fusilara a los demógrafos implicados en la investigación de los hechos. Abundaron los casos de canibalismo. “Madre dice que si se muere nos la comamos”. Muchos niños ucranianos escucharon este terrible consejo. ¿Estaremos viviendo un nuevo Holodomor?, se pregunta.

Más de tres millones de personas, muy pronto equivalentes a los ciudadanos expulsados de su país en este nuevo exilio del siglo XXI. Y es que Ucrania es, una vez más, el patio trasero de Rusia. Comparte con ella fronteras, historia, religión e incluso idioma en una amplia zona del país. Los sabios políticos e intelectuales occidentales ya han sentenciado que a los ucranianos no les corresponde decidir su futuro, determinar sus alianzas económicas, políticas o defensivas. Sólo son el patio de atrás, y los patios son propiedad de quien sea titular del edificio. Habrá que convenir que hemos nacido en un país equivocado, concluye Volodymyr con amargura.

Las carreteras de Ucrania se hicieron para acercar a las gentes, para construir proyectos compartidos, para transportar bienes y posibilitar la prestación de servicios. Pero hoy parecen construidas para que circulen por ellas los coches de las familias que la guerra ya ha dividido, para que la expedición militar rusa se dirija al asedio de Kiev, para que vuelvan por ella los hombres hacia el frente, cualquiera que sea éste -la guerrilla, seguramente-. Las carreteras de Ucrania conducen al infierno, ellas mismas son ya un infierno.

En el silencio de su habitáculo, observando de reojo los labios apretados y los ojos de Aleksandra que parpadean para evitar que broten unas lagrimas calladas, e intuyendo que la infancia, incluso la adolescencia de Vasyl quedará atrás y que la madurez de un hijo que responde de sí mismo y de su madre suspenderá los juegos y las carreras que aún le son debidas, Volodymyr concentra la atención en el futuro de su país y se ve con fuerza suficiente para defender su libertad, su soberanía, su derecho a existir de una manera autónoma.

Ésta, lector, es una historia que quizás usted ha podido seguir a través de los informativos de televisión o de las páginas digitales de los periódicos. La familia Melnyk es una invención de este autor, pero usted sabe muy bien que la historia es real, que hay muchas familias Melnyk circulando por Ucrania y muchas Aleksandras y Vasyls que serán acogidos por familias europeas como las suyas o las de sus vecinos en Europa.

Quizás Volodymyr no haya descubierto que la libertad no es divisible y que la seguridad tampoco. Que detrás de Ucrania están los países bálticos, y Polonia, y nosotros mismos. Quizás no haya usted intuido que ciudadanos como Volodymyr están combatiendo también por nosotros, y que -parafraseando a lo que dicen que decía Brecht- “cuando finalmente vengan a buscarnos, no habrá nadie más que pueda protestar”.

No, ya no es sólo por Ucrania y su gente digna y valiente, es por usted y por mí. No les dejemos solos. Recuperemos para la libertad las carreteras de ese país. De lo contrario, vayámonos preparando…

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