sábado, 19 de noviembre de 2022

Los orígenes del populismo contemporáneo

 Artículo publicado originalmente en El Debate, el 19 de noviembre de 2022


¿Conducirán los populismos a unos nuevos totalitarismos, como asegura el intelectual francés Pierre Rosanvallon? El profesor Zamora opina que es aún demasiado pronto para saberlo

El populismo –en la definición que generalmente es más aceptada del fenómeno, consistente en la preeminencia de respuestas sencillas a problemas complejos, la denuncia de una pretendida casta dirigente, la evocación de un hombre fuerte como solución providencial, la denuncia de los regímenes parlamentarios como ineficaces– se está extendiendo notablemente en nuestras sociedades democráticas, como una mancha de aceite, pervirtiendo buena parte de sus características originales. Por poner sólo algún ejemplo reciente: la escuálida victoria de Lula sobre Bolsonaro en Brasil –1,8 puntos de distancia, la más ajustada de su historia reciente–; el nuevo Gobierno italiano, que ha debido desprenderse de los ropajes pro-fascistas de alguno de sus componentes para concretar un guiño a las autoridades comunitarias; o el nuevo Gobierno de derechas en Suecia, que ha debido contar con el apoyo del ultraderechista Demócratas suecos para asegurarse una mayoría parlamentaria. Únase a estos datos, la victoria de muchos candidatos republicanos –abiertamente pro-Trump en no pocos casos– en las elecciones del mid term.

Conviene por lo tanto detenerse a considerar los orígenes del fenómeno populista, esfuerzo que la asociación LVL ha realizado conjuntamente con la Universidad de Comillas y con la Fundación Transición Española, que contó con la ponencia inaugural de Javier Zamora, profesor titular del Departamento de Historia, Teorías y Geografía Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.

Comparaba el profesor Zamora la situación que estamos viviendo en estos años con la que inauguraba el año 1917 y el ciclo revolucionario que se abría en España ese año. Sentenciados a cadena perpetua los miembros del comité organizador de los sucesos de agosto –entre los que se encontraban Largo Caballero y Besteiro– escribiría Ortega que «la sentencia nació muerta», y que la revolución era la explosión de un descontento positivo. Positivo o no, el Gobierno de concentración presidido por don Antonio Maura y compuesto por las más importantes personalidades y partidos del régimen monárquico llamado a desaparecer, previo paso por la dictadura de 1923, excarcelaría a los organizadores de aquel asalto al poder. España se transformaría, pocos años después, –siempre a decir de Ortega– en una «olla de grillos cocidos en sangre».

La presentación del profesor de la Complutense repasaba a continuación eso que ha sido la década del descontento que nació con la crisis de la bolsa de Wall Street de 2008 y que, como el famoso winter of discontent de 1978-79 que condujo a Margaret Thatcher al poder, tendría una alargada sombra que se cierne hasta la crisis de los gilets jaunes en Francia en 2018. Un descontento que ya es intergeneracional y que afectaría a las clases más desfavorecidas, pero que impactó también significativamente en las clases medias, que han sido siempre garantía de estabilidad de las democracias occidentales.

No ha sido –aseguraría Zamora– ajeno a la extensión del descontento la capacidad amplificadora que del mismo han tenido las redes sociales, con el habitual acompañamiento de las fake news y de la posverdad, fenómenos que construyen una ficción alternativa cada vez más abruptamente distante de la realidad de las cosas y de la identificación de los auténticos problemas que afectan a la sociedad.

La consigna final del fenómeno no ha sido otra que la rotunda crítica a la democracia liberal, expresada en la idea destructiva del «no nos representan». Según los organizadores de esos movimientos, la democracia no sería sino un sistema elitista, por lo que la forma establecida de participación tendría que ser definida como deficitaria. Además, los políticos no cumplirían generalmente lo que prometen y estarían aflorando casos de corrupción que la situación anterior de crecimiento económico había ocultado.

Como consecuencia de todo ello, el futuro no sólo resulta incierto sino que tampoco ofrece oportunidades siquiera a la esperanza. La precariedad laboral, el coste de la vida, sumen a las nuevas generaciones en un abismal pozo sin fondo. El Estado del bienestar, construido por el ingente esfuerzo de las generaciones a partir de la posguerra, empieza a hacer crisis.

En el ecosistema del descontento faltaba por aparecer una especie depredadora más: la globalización y la consecuencia de la deslocalización de las empresas, que se ha traducido en una nueva división social: los ganadores y los perdedores, siendo éstos últimos mayoría. Y otro componente que los populistas de la derecha extrema han considerado nocivo igualmente: el de la inmigración, que ya se asocia a la incertidumbre del futuro de los puestos de trabajo o al incremento de la inseguridad social. Tampoco falta en la galaxia del descontento un astro llamado Unión Europea, tan elitista como las clases políticas nacionales y, todavía, bastante menos representativa y mucho más burocrática que aquéllas.

¿Conducirán los populismos a unos nuevos totalitarismos, como asegura el intelectual francés Pierre Rosanvallon? El profesor Zamora opina que es aún demasiado pronto para saberlo, otros consideramos que al menos no ocurrirá así en todos los casos, al menos si continúan operando en estos casos algunos contrapesos interiores o exteriores.

Entre las nivelaciones interiores –de acuerdo con el profesor–, la defensa a ultranza de las democracias liberales como único procedimiento aceptable para resolver nuestras diferencias, el refuerzo de la práctica del consenso y su contrario, el destierro de la polarización y la descalificación permanentes y la adopción de las modificaciones legislativas necesarias para mejorar y fortalecer nuestro sistema de participación.

Y algunas medidas más, seguramente. Pero es preciso detenerse aquí, si no pretendemos desbordar la pretensión de este artículo.

martes, 15 de noviembre de 2022

‘La voladura de puentes de Maura con los liberales’, según Margallo

Artículo publicado originalmente en El Mundo, el 14 de noviembre de 2022

Acusar al expresidente de «volar todos los puentes con los liberales» se parece bastante a acusar a los ucranianos de proceder con hostilidad ante la agresión rusa

Asegura el eurodiputado del PP y exministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, en el diario EL MUNDO del pasado 30 de octubre, que «el mapa de la Transición basado en los dos grandes partidos centrales capaces de asumir lo que Cánovas llamaba las ‘verdades madres’ empieza a dilucidarse. Esa fragmentación es acompañada en paralelo por la polarización y el radicalismo. En mi opinión, el radicalismo empieza en el 2000 cuando Aznar gana las elecciones con mayoría absoluta. Zapatero se conjura con los separatistas para no concordar nada con el PP, ni en Cataluña ni en el resto de España. Esto es muy parecido a lo que pasa en la semana trágica, cuando Maura vuela todos los puentes con los liberales». ‘La voladura de puentes de Maura con los liberales’.

El citado exministro, acompañado por su exsecretario de Estado, Fernando Eguidazu, ha escrito un libro titulado España en su laberinto, que el primero de ellos viene promocionando ayudado por su singular cultura enciclopédica. Es el ex responsable de la acción exterior española, hombre acostumbrado a navegar por territorios procelosos, de modo que no le resulta suficiente —dicho sea a modo de ejemplo— con pensar que hay que reformar la Constitución Española, es que hasta escribe una propuesta de nueva ley de leyes, supongo que no con la pretensión —o sí— de que sirva su texto de base para una eventual discusión de la futura.

Por lo ya reseñado, es evidente que García Margallo no conoce fronteras —exteriores ni interiores; futuras, presentes o pasadas—, de modo que el ilustre biznieto del general Margallo, a la sazón caído en una ofensiva de los rífeños, se atreve también a desenvainar el sable en defensa de su particular concepción de los hechos históricos.

Compara el enterado personaje la situación de la política contemporánea con la que se vivió allá por los primeros años del siglo pasado, después de los sucesos de la semana trágica y del fin del llamado «gobierno largo» de Maura, a raíz del cual el político mallorquín habría volado —siempre en opinión del exministro— todos los puentes con el partido liberal.

Se diría que ignora el descendiente del glorioso general que, en el debate parlamentario que siguió a los sucesos de Barcelona en 1909 —antes de que el Pablo Iglesias de entonces llamara al atentado personal contra Maura—, sería el líder de la oposición, el liberal don Segismundo Moret, quien modificando su primer discurso y su posición de acompañamiento al gobierno de don Antonio, reprochara a este su actitud, y hasta negara la aceptación de los créditos presupuestarios al ejecutivo para la campaña de África, comunicando al presidente de las Cortes, Eduardo Dato, dicha decisión. Pocos años después, en su lecho de muerte en 1913, Moret negaría haber tomado decisión tan abrupta; aunque venía bien a Dato y a él que se vendiera semejante burra para que así cayera aquel ministerio Maura.

Parece suficientemente probado que Maura, procedente de la facción gamacista del partido liberal, emprendió desde la jefatura de su Gobierno conservador una amplia gama de reformas a izquierda y derecha —»la revolución desde arriba», en denominación del político—, que dejarían a los liberales sin programa —como no fuera el anticlerical—, de manera que no vieron estos otra salida de futuro que formar el llamado «bloque de las izquierdas», precursor del «¡Maura, no!», otra más de las negaciones productoras de frustraciones que han acontecido en la política española. En su discurso de Zaragoza, Moret convocaría en ese bloque a todas las facciones liberales, republicanas y sociales. «La izquierda dinástica —escribió Carlos Seco Serrano en Alfonso XIII y la crisis de la Restauración— estaba dispuesta a utilizar, con evidente miopía, una crisis planteada al margen de la Restauración para destrozar el sistema de turno al otro partido dinástico que legítimamente ocupaba el poder».

Así las cosas, Maura solicitaría de los liberales una rectificación de su proceder; enmienda que no se produciría debido a la convergencia de dispares intereses que integrarían el referido bando, al que se sumaría, además, buena parte del partido conservador, los denominados por don Antonio como «idóneos» para turnar con los liberales, capitaneados por Dato, grupo este último al que también se uniría el exmaurista Sánchez Guerra. Conseguiría esta facción «idónea» apartar de la jefatura del partido a Maura cuando su jefe de filas, Dato, aceptó el encargo del rey en octubre de 1913 de formar gobierno. Nacería entonces el movimiento político al que se denominó como «maurismo».

Alguna responsabilidad, sin embargo, tuvo, en su negativa a aceptar el turno, el político mallorquín. No en vano, el líder regionalista Cambó, que mantuvo a lo largo de su vida una excelente relación con Maura, llegaría a reprocharle su actitud. Pero de eso a acusar a don Antonio de «volar todos los puentes con los liberales» se parece bastante a acusar a los ucranianos de proceder con hostilidad ante la agresión rusa, por poner un ejemplo acorde con los tiempos actuales, al igual de lo acometido por el biznieto del general.

Se puede, y aún diría que se debe, contar la historia para no repetir los errores que en su día otros cometieron; pero no resulta aceptable referir los hechos a partir del momento que por lo visto más convenga al relator, salvo que el interés de este sólo consista en retorcer los sucesos para así justificar su tesis. No es necesario, por otra parte, dicho retorcimiento cuando la fragmentación, la polarización y el radicalismo resultan tan evidentes en la actualidad —española y exterior, que García Margallo se supone conoce bien— que no requieren apenas de justificación histórica que invocar.
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