domingo, 26 de enero de 2020

UNA SEGUNDA REVOLUCIÓN EN MARCHA - Cuba, la sociedad civil se despierta

Artículo publicado originalmente el 23 de enero de 2020 en El Mundo Financiero



Un brumoso velo se cierne desde antiguo respecto de la dictadura cubana, un régimen que ha añadido al dolor que provoca sobre un pueblo sometido a la ausencia de libertades políticas y sociales, al que se une la preocupación por un futuro que sólo le deparará insatisfacción, el deplorable sumatorio de la penuria y falta de perspectivas de mejora en el corto y en el medio plazo. Un velo brumoso que, sin embargo, vuela por debajo del radar de los medios de comunicación y de la inquietud de los expertos. Se diría que Cuba no es noticia.

He venido observando durante más de una década la evolución de este régimen que se desenvuelve en el oprobio desde hace más de seis decenios. He visitado Cuba y me he entrevistado con muchos de sus disidentes, tanto en la isla como en nuestra península, y en mi condición de representante institucional he debido recibir al embajador de Cuba en España; también he conversado con muchos españoles, cargos públicos o ciudadanos privados, que me han referido sus impresiones respecto del país del Caribe. Toda vez que Cuba ha formado (forma y formará parte) de mi agenda política, pero más aún de mi afecto personal, he podido colegir de buena parte de estos encuentros la tristísima sensación de que la causa de la libertad en esa nación sería poco menos que un afán perdido. Los cubanos -según algunos- formarían un pueblo acomodaticio en su escasez, acostumbrado a vivir al día, despreocupado por el futuro y dispuesto a aguantar la penuria económica y la represión política como si no existiera alternativa viable a ese sufrimiento. Los cubanos, empleados en la supervivencia -siempre según esta tesis-, no son capaces de trabajar por sus libertades.

Pero las gentes que vivimos el final de la dictadura franquista y el intento de instauración del totalitarismo terrorista de ETA (por desgracia no absolutamente derrotado hoy, como aseguran algunos), hemos forjado nuestras existencias ciudadanas en la idea de que la democracia no es un espacio al que se llega y del que no cabe vuelta atrás, que es preciso luchar por ella. Y hemos aprendido además que no se puede someter la libertad a un cálculo divisorio, de modo que algunos es posible que seamos libres aunque muchos otros no lo sean: sabemos que la libertad es indivisible.

Pero también somos optimistas, que es lo contrario al derrotismo. Porque creemos que la consecución de determinados objetivos depende en alguna medida de nosotros mismos, de nuestro trabajo, del contagio positivo que consigamos proyectar en otros. A la vista de una crisis no somos de los que se preguntan: “¿qué va a pasar?”, sino de los que se interrogan: “¿qué puedo hacer?”

El líder civil cubano, Dagoberto Valdés, es uno de estos, es uno de los nuestros. Cuando le visité en su casa de Pinar del Río, acompañando a Rosa Díez, en aquellos tiempos de UPyD, descubrí la emoción del reencuentro con eso que alguien ha dicho que son las gentes imprescindibles, las que luchan toda su vida. Y aún más, tropecé con un hombre bueno y cabal. Desde entonces agradecí a la bloguera Yoani Sánchez que prácticamente nos metiera en un coche para dirigirnos a la acogedora casa de Dago.

Y cuando Valdés nos contaba en Madrid, hace algo más de un mes, que él advertía cambios en el comportamiento de la sociedad civil, la naciente indisciplina social, el creciente protagonismo de los grupos en red y la utilización de las nuevas tecnologías, la concertación de los medios libres de comunicación, la universidad, la iglesia y otros institutos privados... y que, hasta el discurso del Rey don Felipe en su visita a la isla (reproducido por la prensa independiente), fue un éxito innegable... pude recuperar la esperanza en un pueblo que no está dispuesto a admitir la derrota, en un país que contiene a muchas gentes admirables, gentes como las Damas de Blanco, como los luchadores de la UNPACU y tantos otros; gentes como Dagoberto.

Nada de esto, sin embargo, garantiza la explosión de las libertades en Cuba. La sola firmeza dialéctica de Trump y el eterno enroque de la situación venezolana, unida a una Latinoamérica que no acaba de encontrar el recto camino hacia la democracia, sin adjetivos ni cuidados paliativos, no hacen previsible la reversión a corto plazo de este largo proceso dictatorial; pero hay personas, como Dago, que seguirán trabajando por ese objetivo. Y algunos, desde lejos, en la distancia, pero muy cerca en el corazón, les seguiremos apoyando.

viernes, 17 de enero de 2020

El reparto del dolor



Artículo publicado originalmente en El Mundo, el martes 14 de enero de 2020

"El dolor vendrá después...". Esa era la sentenciosa frase con la que el Rey respondía al resumen de los ocho meses desconcertantes que ha vivido nuestro país y de los que el candidato socialista ha sido participe responsable. La expresión real es oportuna y ofrece la posibilidad de un análisis más pormenorizado.

Y es cierto, hay mucho dolor en la perspectiva de lo que se nos viene por delante. Si atendemos a los compromisos firmados por el ahora investido presidente, se puede situar en lugar preponderante el dolor de España producto del cambio de régimen que se nos anuncia entre las palabras escritas, las expresadas y los elocuentes silencios de éstos días.

La deriva del PSOE en sus concepciones en materia territorial tuvo sus hitos más importantes en la Declaración de Granada, de julio de 2013, en la que ya se enseñaba la patita de su giro ideológico con la afirmación de respeto "a las identidades diferenciadas dentro de España", y la redondeaba cuatro años después a través de un acuerdo con su socio catalán en el que señalaba la, por lo visto, necesaria "profunda reforma federal, que permita aunar un profundo autogobierno de las entidades territoriales con la unidad de España y el mejor reconocimiento de la realidad plurinacional de nuestro país".

Definir a España como "nación de naciones" supone aventurarse en un viaje que no tiene otro objetivo sino el de la de-construcción -¿destrucción?- de España tal y como la conocemos. Y, a propósito del debate de investidura en el Congreso de los Diputados y las alusiones a Azaña, convendría releer también las palabras del otro presidente que tuvo la Segunda Republica española, Alcalá Zamora, cuando era diputado de las Cortes de la Restauración. "La minoría regionalista o nacionalista se encarga de plantear el hecho de la nacionalidad catalana y deja al Parlamento la determinación de las fórmulas jurídicas. Pues si sentáis el hecho como axioma, vendrá el derecho como corolario (...), fijar el hecho es resolverlo todo"; diría don Niceto el14 de abril de 1916.

Un cambio de régimen que, seguramente, no supondrá una modificación constitucional: las fuerzas políticas del centro y la derecha no lo apoyarían y es dudoso que el cuerpo electoral secundara esa eventual renovación del sistema. Sin embargo, como ocurre con los edificios de algún valor cultural, la licencia urbanística que se concedan a sí mismos el presidente y sus asociados consistirá en mantener la fachada del inmueble vaciándolo por dentro con acuerdo a sus particulares designios confederales. Confederales, sí, porque la extensión del instrumento bilateral, al menos, a las actuales comunidades autónomas de Cataluña y Euskadi -mañana naciones- supondrá, lisa y llanamente, aterrizar en esta forma de organización -desmontaje, más bien- del Estado.

Este dolor de España será también, sin duda, el dolor del Rey, cuyo discurso de 3 de octubre de 2017 ha quedado no sólo al descubierto, sino literalmente vapuleado por el acuerdo de gobierno. Y si alguna razón pudiera tener Pablo Iglesias al advertir que la figura del Rey no debería formar parte del patrimonio de unos pocos, convendría que ellos -el PSOE, Podemos y los independentistas- mantuvieran al menos el respeto institucional a su persona. Los episodios del alejamiento de Su Majestad del territorio nacional por el gobierno en funciones, sólo un día después de las elecciones, en un viaje a Cuba y de la pretensión de realizar el mismo gesto con otro a la toma de posesión del presidente de Argentina -desactivado desde la Zarzuela- no evidencian precisamente esa necesaria consideración constitucional,

Y como no hay dos sin tres, además del dolor de España y del dolor del Rey, habrá que referirse al dolor que este gobierno producirá en la clase media española. No en vano, los incrementos de impuestos anunciados es difícil que puedan cobrarse en los predios de los contribuyentes más acaudalados de nuestra sociedad, por definición bastante preparados para defender sus patrimonios de la voracidad hacendística. La clase media, y muy en especial las pyme, responsables de la mayor proporción de empleo en España, se verá muy singularmente afectada. Habrá también dolor por la destrucción de empleo que provocará la previsible reforma laboral, en el sentido más incorrecto probable de la misma. A ello habrá que añadir la pérdida de puestos de trabajo, producto de un acelerado incremento del salario mínimo y de las anunciadas políticas económicas.

Pero el dolor no se repartirá por igual, ni su curación tampoco. Los adversos efectos políticos y económicos de este presumible mal gobierno no dispondrán de las mismas recetas curativas. Contra estos últimos -los económicos- operará la farmacopea de la Unión Europea y de su Comisión, a través de los diferentes procedimientos establecidos para las países de la zona euro. No ocurrirá lo mismo con nuestros dolores políticos que se refieren al ámbito interno de España y cuya aplicación la UE no intentará siquiera disuadir.

Hay otros dolores políticos adicionales que no me resisto a evocar, es el primero el dolor del centro. Y es que un centro político sólo es posible a condición de que existan a su lado una derecha y una izquierda con los que le sea factible el pacto. El PP, ya se ha visto, es un partido que, con todos sus errores políticos a cuestas -y son muchos y bastantes de ellos nos han traído a la situación actual- es un partido con el que se puede acordar. No ocurre lo mismo con el partido de Sánchez, ultramontano con los que antes se echaron al monte del separatismo, del comunismo y del republicanismo. Ciudadanos tiene con este gobierno la dificultad de consolidar una opción de centro desde la doble adversidad de sus malos resultados electorales y de la ausencia en el mapa político de un partido socialdemócrata responsable. La necesidad indudable de un proyecto como el que de facto ya lidera Inés Arrimadas se verá confrontada por el vértigo parlamentario de la política de bloques que ya presagiaba el reciente debate de investidura.

Y dolor finalmente, ¡ay!, en el PSOE, el que conocimos un día y que servía como un instrumento vertebrados en la España que nació en 1978. ¿Habrá alguien que ofrezca una cura a ese padecimiento?

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