jueves, 25 de febrero de 2021

Una acuarela en Solórzano, varios libros en un libro de Fernando Maura

Publicado originalmente en IberianStyle, el jueves 25 de febrero de 2021 



La publicación de un nuevo libro siempre es una buena y feliz noticia. Hoy nos hacemos eco de la edición de una novela histórica ambientada en la España de principios del Siglo XX.
"UNA ACUARELA EN SOLÓRZANO, VARIOS LIBROS EN UN LIBRO DE FERNANDO MAURA. Le llaman novela, pero tiene muchos ingredientes de libro de historia; al menos por toda la ingente labor de investigación que ha realizado su autor para contarnos la vida del brillante político del primer tercio del S XX, D. Antonio Maura y la de un anarquista que intenta atentar contra la vida del entonces expresidente del Consejo de Ministros en 1914.
La obra política de D. Antonio Maura y sus proyectos reformistas están recogidos en muchos textos y se analizan en el libro que nos ocupa. No es tan conocido el aspecto humano y personal de este político que nació en Palma de Mallorca en una familia modesta. En la propia casa familiar regentaba el padre un negocio de curtidos de cueros y pieles. Eran curtidores, lo que entonces se conocía como un oficio menestral. Además a los 14 años quedó huérfano y el hermano mayor se hizo cargo del negocio y del resto de la numerosa familia.
En esa situación, y no sin sacrificios, es enviado a estudiar a Madrid, donde muy joven se licencia en derecho y entra a trabajar como pasante en el bufete de Gamazo. Estamos ante un hombre recto, de gran honestidad con el mundo y consigo mismo. De familia modesta y sólo con su esfuerzo, sin ayuda de nadie, llegó a alcanzar la presidencia del gobierno y ser uno de los políticos más relevantes del pasado siglo.
Casado con Constancia Gamazo, mujer de salud delicada, tuvo 10 hijos que, como el resto de los mortales, se dirigían siempre a él como «Don Antonio» y que le mantenían informado de muchos aspectos de la vida cotidiana ya que él no se sentía cómodo con la vida social y mundana. Sus salidas (aparte de las oficiales) eran casi en exclusiva al campo para pintar acuarelas o cazar.
Hombre fuerte sobrevivió a diversos atentados anarquistas que eran frecuentes en esa época.
Esto le da pie al autor para incorporar a la historia la vida errante de un anarquista desarraigado, que finalmente intenta un atentado fallido contra el político.
Es un aspecto más sociológico y de intrahistoria que le aporta variedad a la obra, ya que nos habla de temas como la emigración, las cárceles así como la vida en la clandestinidad.
El proyecto del libro «UNA ACUARELA EN SOLÓRZANO» arranca hace más de 15 años cuando Fernando Maura, bisnieto de D. Antonio, y otros familiares realizan una visita al pueblo cántabro de Solórzano para contemplar un fresco que el Maura acuarelista había pintado en el interior de la casa en la que pasaba temporadas veraniegas. El actual propietario les refirió, entonces, un intento de atentado por parte de un anarquista no recogido en los libros de historia.
A partir de esa noticia se inicia un largo periodo de trabajo de documentación, información, lectura de documentos personales existentes en la Fundación Antonio Maura y de ir componiendo las muchas piezas de un puzzle que ha dado como resultado este volumen que es novela, libro de historia, retrato sociológico de una parte de la sociedad, novela histórica y análisis de la política española de un periodo de tiempo determinado. Son varios libros en un libro y todos ellos de un vivo interés.

lunes, 22 de febrero de 2021

El centro-derecha después de las elecciones catalanas

Columna publicada originalmente en El Imparcial el domingo 21 de febrero de 2021

(Foto de La Voz de Galicia)

Una de las constataciones, por desgracia recurrentes, en la política española es la dificultad de asumir responsabilidades por los resultados electorales adversos, no importa lo malos que éstos hayan sido. Tiene algún interés además advertir que, en especial en los partidos situados en el ámbito del centro-derecha, se acostumbra a poner como ejemplo de buenas prácticas a las empresas privadas; pero parece más bien que se trata sólo de un ejercicio teórico: cuando una compañía pierde dinero y cuota de mercado, los accionistas relevan a los responsables; sin embargo, si un partido reduce sus votos y sus escaños no hay quien mueva a sus dirigentes.

A pesar de esta primera afirmación, no quiero unirme al corifeo de manifestantes enfadados que emergen habitualmente de los procesos electorales fallidos, como las setas después de una lluvia copiosa, y que reclaman las cabezas de los miembros del aparato orgánico en los extremos de salvíficas picas de exigencia democrática. El mundo interno de los partidos, los conciliábulos y las maniobras resultan por lo general más extenuantes para quienes las acometen que para los que son objeto de sus asaltos, y además no resulta fácil que consigan sus objetivos; además, por mucho que sus pretensiones resulten loables, su único resultado es debilitar la organización en la que se producen. Es un trabajo de imposible demolición que no conduce sino a la melancolía.

Queda entonces el recurso de analizar la estrategia a seguir. El desenlace de las elecciones catalanas arroja la evidencia de un centro-derecha bastante más débil del que existía en 2017. La suma de Cs y del PP fue entonces de 40 escaños; en estos momentos, Vox, Cs y PP, suman 20. El retroceso ha llegado precisamente hasta la mitad de la representación parlamentaria que tenían hace cuatro años, y ha sido explicado con una variada serie de argumentos: que la abstención -un 25% más alta- ha perjudicado al constitucionalismo, que se ha producido una fuga de votos hacia el PSC... y, como causas que han contribuido a la desmovilización electoral, la presunta huida de Arrimadas del Parlament, o las desafortunadas declaraciones de Casado criticando al gobierno Rajoy por su respuesta al proceso independentista.

Y ya que no se pretende asumir responsabilidades, a manera de cortafuego, se emite el argumento de que estos resultados no se trasladarán al resto de España, donde la estructura -principalmente- del PP es muy potente. A esa reflexión se une que este partido anuncia el abandono de su sede de Génova. No conocen seguramente quienes han recomendado esta medida al joven líder popular la reflexión de Lawrence Durrell en su “Cuarteto de Alejandría”, según la cual el solo hecho de cambiar de ciudad no proporciona la felicidad, salvo que hayamos zanjado nuestras cuentas pendientes con la población anterior.

Algunas voces apuntan entonces como solución a esta crisis a la refundación del PP, que integraría a Cs y a Vox en el mismo proyecto político, al igual que haría Aznar a finales de los años 80 del pasado siglo con los democristianos del PDP y los liberales del PL, dos partidos que habían vivido hasta entonces acogidos a la generosidad de la formación presidida por Fraga. Se decía entonces, y no sin alguna razón, que AP ponía los votos y PDP y PL los cargos.

Además de ésta, que no es una diferencia menor, existe otra que tiene su importancia. Y es que Vox es un partido en crecimiento electoral, como consecuencia de los errores del PP y de Cs, y su voluntad de integración en un proyecto político presidido por un líder errático y cuyas convicciones se parecen a veces a las de los hermanos Marx, no se presenta precisamente como irresistible. La contaminación ideológica del partido de Abascal respecto de los movimientos populistas del otro lado del Atlántico y de la vieja Europa constituye sin duda una dificultad de no menor entidad.

Es diferente el caso de Ciudadanos. El golpe de gracia de estas elecciones se suma de manera necesaria al ya sufrido por esta organización en las generales de 2019, que tienen su antecedente en la decisión de Rivera de negarse a ofertar a Sánchez un pacto de gobierno en junio de ese mismo año, cuando cuatro miembros de su ejecutiva se lo propusimos. Los esfuerzos de este partido a lo largo de la crisis sanitaria han devenido en apoyo a un gobierno que, si por algo se ha caracterizado, ha sido por la más que deficiente gestión de la pandemia y la violencia sobre las libertades cívicas, concluyendo con la constitucionalmente extralimitada aceptación del último estado de alarma, carente de control parlamentario.

Hoy ya el partido presidido por Arrimadas se encuentra en fase abierta de consunción, como fuera el caso de su antecedente en el campo del liberalismo progresista, UPyD. Pero a diferencia del partido del que fuera portavoz Rosa Díez, Cs carece de relevo en el espacio de un centro político que se afirma en los valores del liberalismo progresista. Por otra parte, en momentos de crisis como ésta -sanitaria, económica y a la postre política- el terreno de juego está, por definición, abierto. Las prisas por colgar el cartel de “cerrado por defunción” no son buenas en los tiempos que corren.

En lugar de una absorción, el PP debiera ofrecer un pacto electoral inequívocamente democrático para las próximas elecciones. Un pacto abierto a las otras dos formaciones políticas y que contenga -además de una promesa de buena gestión- una agenda de reformas en conexión con los fondos de recuperación europeos y que profundice en el ámbito de los derechos civiles, el pacto educativo, la reforma de la administración, la lucha contra la corrupción y la modernización de la economía. Un pacto que tenga por objetivo conectarnos más con la comunidad que se expresa en español y nos permita recuperar nuestro prestigio en el mundo.

Para Ciudadanos la refundación equivale a la muerte. Y habrá que decir que ha costado mucho trabajo poner en marcha un proyecto liberal en España y abandonarlo definitivamente, sólo para que algunos continúen apegados a sus sillones.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Borrell en la encrucijada de dos crisis

 Columna publicada originalmente en El Imparcial, el martes 9 de febrero de 2021

Vivimos en tiempos en los que unas imágenes de televisión —o de un vídeo reproducido por las redes sociales— bastan por sí solas para construir un argumento dotado de suficiente relevancia. La reunión entre el Alto Representante de la UE, Borrell, con el Ministro de Exteriores ruso, Lavrov, es expresiva de las dos crisis que resume el título de este comentario: la española y la europea.

Al evocar Lavrov el caso de los políticos catalanes presos en presencia del catalán Borrell, el primer responsable de la diplomacia rusa no sólo pretendía defender a su régimen de su brutal agresión contra el opositor Navalni y sus seguidores, también señalaba la presencia de la soga de un Estado desestructurado y en vías de desmembramiento en presencia de un hombre que puso negro sobre blanco las falacias mantenidas por los destructores del sistema y que, muy poco después, se disponía a cabalgar sobre dos caballos, extenuado uno e incapaz de salir del establo el otro, de las políticas exteriores española y europea.

Sabíamos desde antiguo de la crisis española. El independentismo catalán había puesto en evidencia internacional las deficiencias en mantener el relato de un país capaz de transitar pacíficamente de la dictadura a la democracia, emitiendo el mensaje equivocado de un sistema político que castigaba a la disidencia, golpeaba a quienes pensaban de otro modo e impedía un proceso democrático. Es verdad que ningún Estado reconocía ese espectro alumbrado por los separatistas en octubre de 2017, pero lo es también que la imagen exterior de la España que décadas antes había conquistado sus libertades quedaba arrasada por las imágenes de los telediarios de todo el mundo.

La historia de este fracaso viene de lejos. Los sucesivos gobiernos alimentaron a la bestia y no supieron reducirla cuando ésta se dedicaba a devorar a sus enemigos. Porque la debilidad de España viene referida al talón de Aquiles de una realidad territorial desestructurada por la ausencia -como principal razón- de consenso básico y voluntad política en los partidos nacionales para poner orden en este entuerto y el saqueo a la cosa común perpetrado por unos y otros, en tanto que la gallina de los huevos de oro -el éxito de nuestra transición- iba extinguiéndose de manera progresiva.

Dice el refrán que «a perro flaco todas son pulgas». Y los parásitos vienen acosando al organismo nacional de forma incesante. Muy poco antes de concluir su mandato, Donald Trump «reconocía» la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, abriendo el melón de la reclamación del reino alauita para que España haga lo propio, en contra de las resoluciones de la ONU y de las obligaciones de nuestro país para con ese territorio y sus gentes. La patata caliente para Biden en el Sáhara es ya un tubérculo hirviendo en la olla a presión de un gobierno que son dos, que no ha pactado un programa internacional común y que establece sus políticas en función de la titularidad ideológica de los responsables de los diversos ministerios.

No se ha sido capaz tampoco de establecer acuerdos entre los dos grandes partidos respecto de un contencioso que tiene un recorrido de más de 200 años de historia, como es el de Gibraltar. Cada gobierno tenía —como los maestrillos su librillo— una política, diferente y hasta opuesta, respecto del Peñón; y ahora, cuando teníamos la oportunidad histórica de resolver el asunto a nuestro favor, se ha decidido ofrecer todas las ventajas a los llanitos sin pedir nada sustancial a cambio, y entregar a las instituciones europeas la definición final del acuerdo.

Una España incapaz de reclamar la pervivencia de su espacio común de entendimiento —no otra cosa es la Constitución de 1978—, que cuenta con sus oportunidades de reforma, pero también con sus límites, prefiere abdicar de su tarea constructiva disolviendo sus insuficiencias en Europa. Actuación que quizás les sirva a países como Bélgica, situada en el centro del continente y anfitriona de sus órganos y funcionarios; pero no le sirve a España, cuya ubicación en el sur de Europa, vecina del Magreb africano y unida en la historia, la cultura y la economía a la región latinoamericana.

Transferir, además, nuestras incapacidades a esta Europa en crisis sanitaria, de vacunación, de reflejos... una Europa, cuyo «soft power» es cada vez menos «power» y más «soft», supone abandonar un puerto inseguro para adentrarse en una mar que ya anuncia la tempestad: un error que no tiene precedentes.
Europa se parece bastante a eso que en otros países europeos se denomina «la posada española», a la que cada uno aporta lo que va a consumir. En otras palabras, la suma de las identidades, de las aspiraciones, de las realidades y de las necesidades de los ciudadanos de los países miembros. Una dilución de España en ese proyecto, que no comience por aportar nuestra especificidad al mismo, equivale a un suicidio.

Por eso la imagen de Borrell es algo más que una bofetada de Lavrov a Europa —además de que lo es—. Se trata de que ha puesto en evidencia una pésima política que por nuestro bien deberíamos aprestarnos a rectificar.

Claro que, entre fallecidos por el Covid, contagios y saturaciones de las UCI, los ERTE, las vacunas que no llegan o no tienen probada su eficacia, la hostelería y el comercio cerrados y hundidos, el paro creciendo y el ánimo por los suelos... habrá quien piense que sería mejor exigir que funcionen las cosas básicas. Y le daría la razón, a condición de que admita que construir un país sólido y fuerte, y al que se respete en Europa y en el mundo, es el necesario punto de partida de todo lo demás.

lunes, 8 de febrero de 2021

Retrato y paisaje de la España de Antonio Maura

Reseña de Carlos Aganzo, publicada originalmente en El Norte de Castilla, el 5 de febrero de 2021

'Una acuarela en Solórzano' es el empeño de Fernando Maura de mostrar quién fue su bisabuelo más allá del maurismo

Novela histórica o historia novelada. El empeño de mostrar quién fue su bisabuelo, Antonio Maura, más allá del maurismo. De su condición de icono de la derecha conservadora en la España de Alfonso XIII. Y también la expresión de su propia inquietud política y literaria: la desazón ante un tiempo, los inicios del siglo XX, en el que la pesada herencia de la centuria anterior fue empujando a España hasta la dictadura de Primo de Rivera: la cúspide desde la que más tarde se despeñaría hacia la guerra incivil. Eso y alguna cosa más es 'Una acuarela en Solórzano', del político, columnista y escritor Fernando Maura (Bilbao, 1955). 

Una prosa fina y cuidada, que ya había desplegado antes en novelas como 'Últimos días de agosto' (1995), y el acierto de no alejarse nunca demasiado de lo personal, permiten al escritor crear un vibrante retrato, con su contra retrato, de las dos Españas que, en aquellos tiempos convulsos, soñaron con variar, una de arriba abajo y la otra de abajo arriba, el rumbo del país. Así, la acuarela en la que se emplea Maura -como Churchill- en su retiro cántabro de Solórzano, se convierte en una especie de magdalena de Proust. Mientras la mano se entretiene, la cabeza fluye. Y construye la narración a través de las evocaciones. Y al final lo que el pintor plasma en su lienzo no es ya el paisaje que están viendo los ojos, sino más bien el paisaje de su alma. 

Un alma indisolublemente unida a los acontecimientos de la España de su tiempo, de los que tan protagonista fue él como el personaje que dibuja su contrapunto en la novela: el anarquista Andrés Cuevas, inspirado en el miembro de la Escuela Moderna y de la CNT Abel Paz, que busca resolver de otra manera los sucesos que llevaron a la ejecución de su maestro, el librepensador Ferrer Guardia, tras la Semana Trágica de Barcelona. Dos vidas cruzadas cuya amplitud, además, desde Mallorca y Almería hasta Cantabria, pasando por Madrid y Barcelona, le permiten al autor finalmente ampliar la acuarela hasta convertirla en un fresco histórico completo de aquel tiempo. 

Poco más de cien años nos separan hoy del inicio de la acción en la novela de Fernando Maura. Aquel verano de 1914 tan importante para la historia de España, de Europa y del mundo. Un lapso que, de manera subconsciente, nos invita también a trazar un inevitable paralelismo con nuestro tiempo. Un tiempo que no somos capaces de interpretar todavía en su verdadera dimensión, precisamente porque, un siglo después, aún están abiertas algunas de aquellas heridas, que parecen imposibles de cicatrizar. De una u otra manera, la historia siempre irrumpe en el presente. Nos inquiere y nos pide que volvamos a ella para entendernos a nosotros mismos. Y Fernando Maura, que no ha sido ajeno a esa interpelación, lo ha dejado escrito en esta novela singular.

(Para comprar el libro: UNA ACUARELA EN SOLÓRZANO, Fernando Maura, Ed.: Almuzara, 381 páginas)


martes, 2 de febrero de 2021

Reseña de la novela «Una acuarela en Solórzano»

 

Publicada originalmente en EL CORREO el sábado 30 de enero de 2021

Un Antonio Maura ya retirado de la política pasa los días en el pueblo cántabro de Solórzano y aprovecha el tiempo para dedicarse a la acuarela. Con esa imagen se abre y se cierra esta novela escrita por su bisnieto Fernando Maura, abogado y político, que reivindica el legado del bisabuelo mientras va repasando toda su historia. Desde su lugar de nacimiento en Mallorca a Solórzano hay un largo camino, no solo suyo: es el de alguien que llega a lo más alto en una España convulsa, llena de miseria, de lucha, de vaivenes políticos. En paralelo a la trayectoria de Maura se va ofreciendo la de un anarquista de nombre Andrés Cuevas (personaje ficticio, aunque inspirado en uno real), que vive en otro nivel diferente. También Cuevas está en Solórzano, pero su objetivo no es pintar el paisaje. E.S.

UNA ACUARELA EN SOLÓRZANO, Fernando Maura
Ed.: Almuzara, 381 páginas, Precio: 19 euros


lunes, 1 de febrero de 2021

¿Qué debería hacer España en el Sáhara Occidental?

 Artículo de Ana Camacho y Fernando Maura, publicado originalmente en El Confidencial el domingo 31 de enero de 2021


El reconocimiento de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental por el presidente Donald Trump obliga a España a mover ficha tras más de 43 años de inacción en el conflicto sin resolver de su antigua provincia en el África Occidental, situada a menos de 100 kilómetros de las islas Canarias. El paso dado por Trump ha creado una euforia y sensación de poderío sin límites en Rabat, que actúa en términos geopolíticos con esa actitud de peligrosa prepotencia, como ocurre con los vecinos abusones que, a base de gozar de la paciencia ajena, acaban creyendo que tienen bula para saltarse impunemente las normas básicas de convivencia.

La responsabilidad de esta situación no la tiene solo Trump. Desde 1975, sus antecesores en la Casa Blanca apoyaron la ocupación marroquí del Sáhara Occidental y reaccionaron a sus desenfrenos con una actitud complaciente que no tuvieron con la invasión iraquí de Kuwait. Más perjudicial aún ha sido la actitud de Francia, que ha utilizado su condición de miembro del Consejo de Seguridad con derecho a veto para ayudar a su aliado favorito en el norte de África a entorpecer a la Misión de las Naciones Unidas para el Referéndum del Sáhara Occidental (MINURSO) que en 1991 desembarcó en el territorio para celebrar una consulta que, de acuerdo al pacto firmado por el propio Gobierno marroquí, debía dar al pueblo saharaui la posibilidad de decidir su futuro, incluyendo la opción de la independencia.

Para qué hablar de España, ahora principal víctima de lo que el embajador estadounidense Frank Ruddy, testigo de los hechos, definió como la "actitud delincuente de Marruecos". Empezó dando el mal ejemplo con un grave incumplimiento del derecho internacional en febrero de 1976, cuando anunció a la comunidad internacional que, además de abandonar al pueblo saharaui a su peor enemigo, renunciaba a sus responsabilidades jurídicas de potencia administradora. Teóricamente, este paso suponía el fin de las responsabilidades descritas claramente en el art.73 del capítulo XI de la Carta de la ONU donde se dice que las potencias administradoras tienen el "sagrado deber" de defender los intereses de los pueblos bajo su tutela y protegerlos contra todo abuso.

Se trata de una responsabilidad que jurídicamente no prescribe hasta que el pueblo tutelado alcanza su autodeterminación. Por eso, desde entonces, años tras año, la ONU ha seguido señalando que el Sáhara sigue siendo un Territorio No Autónomo (situando el conflicto como un problema de descolonización y no de secesión, como dicen en Rabat) y que España no ha dejado de ser, legalmente, su potencia administradora.

España creyó erróneamente que el gran favor que le hacía a Marruecos compraría la paz con tan problemático vecino

Todos los gobiernos españoles que siguieron a la entrega de la administración del Sáhara Occidental a Marruecos en virtud de los mal llamados 'acuerdos de Madrid' del 14 de noviembre de 1975, tuvieron muy claro que lo hecho el 26 de febrero en 1976 iba contra las normas del derecho internacional y, en especial, de la Carta de la ONU. Pero, en lugar de rectificar y hacer justicia al pueblo saharaui, todos prefirieron seguir con la simulación. Le dieron así al anexionismo marroquí una gran ventaja diplomática en la ONU, donde la representación de los pueblos de los Territorios No Autónomos debe estar a cargo de la potencia administradora. Los gobiernos españoles creyeron erróneamente que el gran favor que le hacían a Marruecos, a costa de dejar al pueblo saharaui sin voz ante la comunidad internacional, compraría la paz con tan problemático vecino. La actual espiral de crispación demuestra fehacientemente el fracaso de esta política.

Hay quien no quiere o prefiere no verlo. Son los que ahora piden al Gobierno de Pedro Sánchez que haga uso de la posición de preeminencia que España sigue teniendo jurídicamente en el conflicto para zanjar la cuestión a favor de Marruecos. Es verdad que la monarquía alauita ha sugerido en numerosas ocasiones que un reconocimiento español de la marroquinidad del Sáhara se vería recompensado con una buena relación bilateral. Pero el legado de la historia está plagado de incumplimientos marroquíes con sus compromisos internacionales con la ONU, sus vecinos magrebíes (también objeto de reclamaciones territoriales) y, en especial, con España. El mismo general Franco fue víctima de uno de ellos, cuando en 1958 entregó al reino marroquí Cabo Juby, un trozo del territorio ancestral del pueblo saharaui. Aprendió entonces el dictador que este tipo de transacciones están destinadas al fracaso por la incurable insatisfacción del Estado marroquí, marcada por la ideología expansionista del Gran Marruecos: al resto del Sáhara seguirían Ceuta y Melilla; y luego, por qué no, las islas Canarias (ya conocemos sobradamente por experiencia propia que a los nacionalistas no se les contenta por más concesiones que se les hagan). El actual presidente ya ha tenido una prueba de esta pauta marroquí porque, el pasado año, cuando Marruecos reclamó las aguas marítimas del sur de las Canarias para apropiarse de una enorme riqueza minera, lo hizo aprovechando precisamente su actual e ilegal posición en el Sáhara. ¿Qué no haría con una anexión 'legalizada'?

Los que a pesar de todo defienden la entente con Marruecos deberían tomar nota de los argumentos esgrimidos en Estados Unidos por James Baker o John Bolton para exigir al demócrata Biden la anulación oficial del reconocimiento de Trump. Ambos son personalidades de peso en política exterior del Partido Republicano y grandes conocedores de lo que ocurre en el Sáhara Occidental.

Baker, exsecretario de Estado durante la primera guerra del Golfo y representante especial del secretario general de la ONU para el Sáhara Occidental de 1997 a 2004, ha advertido que el paso dado por Trump a favor de Marruecos no tiene contrapartidas que compensen el desprestigio que este acto de "cinismo" origina con su violación de los principios básicos del derecho internacional y de la diplomacia. También ha advertido que mantener esta deriva va a contribuir a avivar la guerra en una zona ya de por sí bastante inestable. Pero donde Baker ha puesto especial énfasis es en el peligroso precedente de impunidad que el reconocimiento de Trump a favor de Marruecos crea para aquellos estados que aspiran a una extensión de sus fronteras al margen de la legalidad internacional. A la vista está la razón que tiene: Marruecos no ha tardado ni cinco minutos en cumplir las previsiones de Baker abriendo un nuevo frente de amenazas a España en relación a Ceuta y Melilla que, por cierto, nunca estuvieron incluidas en la lista de Territorios No Autónomos de la ONU.

La entrega definitiva del Sáhara a Marruecos no favorece a los intereses de España, sino todo lo contrario. En los foros internacionales, la dejación de responsabilidades con respecto al Sáhara ha perjudicado todos estos años al prestigio español. Con una guerra en ciernes en la zona, ahora tenemos todas las papeletas de cargar con las culpas a voz en grito. Además, está en juego la consistencia de nuestra compleja política de permanencia en la costa norteafricana y Canarias mientras que reclamamos a los británicos la colonia de Gibraltar. Solo el estricto respeto al derecho internacional y las resoluciones de la ONU mantienen esta situación que algunos consideran contradictoria.

En lugar de alinearse con Donald Trump, el Gobierno de Pedro Sánchez marcaría un nuevo rumbo que devolvería esa iniciativa a España 

El Gobierno de Pedro Sánchez tiene otra opción, la de agarrar el toro por los cuernos y retomar el papel que le corresponde a España para regresar al alto el fuego, cancelando así toda posibilidad de conflicto bélico en el Sáhara que amenaza la estabilidad del norte de África y de las islas Canarias.

Tiene a su alcance el ejemplo de Portugal en Timor Oriental, la colonia lusa anexionada por Indonesia en 1975 que hoy ocupa un lugar en la ONU como Estado soberano. Lo que requiere este camino es reconocer la ausencia de validez jurídica de los acuerdos de Madrid, porque esta es una oportunidad para aclarar que nunca fueron legítimos, y revertir esta situación al orden internacional entregando a la ONU la administración del territorio para que, con su apoyo, por fin se celebre el referéndum de autodeterminación libre y transparente que debe poner fin a la descolonización del pueblo saharaui. España ya intentó esta vía en 1975 con el llamado 'plan Waldheim'. La sabotearon los partidarios en Madrid de hacerle un nuevo regalo a Marruecos imponiendo la firma de esos ya citados acuerdos de Madrid.

En lugar de alinearse con la acción de Donald Trump, el Gobierno de Pedro Sánchez marcaría un nuevo rumbo que devolvería esa iniciativa en el norte de África a España. Se convertiría, por fin, en el primer Gobierno democrático que mueve ficha para rectificar la grave injusticia cometida al pueblo saharaui, la única nación árabe hispano-hablante. Un cambio, sin duda estratégico, en nuestra política exterior que exigiría reacomodar nuestra política de alianzas, aprovechando la oportunidad que nos brinda la presencia de un nuevo y más fiable inquilino en la Casa Blanca.

*Ana Camacho es periodista y profesora de Relaciones Internacionales. Fernando Maura es abogado, político y escritor.

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