sábado, 23 de octubre de 2021

10 años sin ETA, breve historia de la bestia

Columna original publicada en El Imparcial, el viernes 22 de octubre de 2021


(c) The Art of Scientific Illustration

Se cumplen estos días 10 años desde que la organización criminal declarara el fin de su actividad y las crónicas de los periódicos y los artículos de los comentaristas refieran la historia de esos últimos tiempos, la reconversión de la banda asesina en partido —una mutación definitiva ahora, porque ya desde los inicios de la democracia, ETA utilizaba el brazo apéndice de la política como instrumento complementario del terrorismo—. Más recientemente, las declaraciones del líder de los pujantes restos de ETA, Arnaldo Otegui, han llenado los espacios de los informativos de televisión. Se diría, a nuestro pesar, que los exabruptos de un sujeto juzgado y condenado por colaboración con banda armada pesan más que las voces de las víctimas.

Pero este artículo quiere referirse más a cómo se inició todo eso, en definitiva, al porqué de la existencia y la permanencia de la banda terrorista durante 50 años —quizás los más importantes de la historia que hemos vivido algunos.

ETA se ha presentado en ocasiones a sí misma como una organización revolucionaria, una especie de Brigada Roja al modo vasco. Y es verdad que mantenía un discurso formalmente marxista-leninista, pero en realidad no era esa su principal obediencia: ETA fue siempre, como lo han sido sus instrumentos políticos —Herri Batasuna, Euskal Herritarrok o el Partido Comunista de las Tierras Vascas y otros como el más reciente Bildu—, una banda nacionalista radical.

Rebobinando la moviola de la historia, y revisitando los ya muy pasados años ‘60, nos encontramos con el paisaje políticamente yermo del franquismo, con una militancia peneuvista muy reducida y acomodada a los nuevos vientos económicos del régimen, que empezaba a batir récords en materia de crecimiento del PIB, una vez definido y en ejecución el plan de estabilización de finales de los ‘50. A una demanda que empezaba a consumir en masa había que acudir solícitamente con productos y servicios, y a ese mercado atendían los nacionalistas con sus negocios. Por lo demás, el discurso victimista se repetía en las rondas de los bares de chiquiteo —los chiquitos, esos vasos de vino que disponen de una base abultada de vidrio y una reducida capacidad de almacenamiento de liquido—, o en las cenas familiares, al inefable son de «el día que dé la vuelta la tortilla» —vale decir: el día en el que Franco se vaya al otro mundo… porque de otro modo no habría cambio, desde luego que no un cambio debido a la actividad antifranquista de esos nacionalistas devenidos en empresarios beneficiados por el sistema.

Esa era la práctica de los nacionalistas viejos, que discurría un tanto plácidamente en los tiempos de la ominosa dictadura. Pero era muy otro el de sus hijos jóvenes, que no llegaban a entender la inacción política de sus padres. Eran además los tiempos de la insurgencia cubana, del emergente carisma de los barbudos liderados por el comandante Fidel Castro y por el médico argentino Ernesto —Ché— Guevara. Una mística en toda regla para el consumo de una sociedad juvenil que pretendía huir del conformismo paterno a base de drogas, rock, sexo libre y unas gotas de revolución.

Y ese fue el mundo que creó a la bestia, formada en un principio por un grupo heterogéneo de niños de buena familia a los que se irían acercando otros tantos convocados por los alentados selectivos que los primeros iban organizando: Melitón Manzanas, por ejemplo; la bomba contra el diario El Correo, desactivada por el etarra que advertía cómo había aún gente —trabajadora— en las oficinas del periódico; o el intento de atraco de la nómina de La Naval, de Sestao, en la que el activista de la banda no quiso hacer uso de su arma de fuego por no herir al trabajador que llevaba los sobres con el dinero de los sueldos… Basta comparar estos hechos con los atentados cometidos por los terroristas, activados a distancia del objetivo o perpetrados contra un grupo indeterminado de gentes que compraban en un centro comercial y tantos otros similares, para descubrir cuán diferentes eran unos de otros.

Pero habrá que convenir que, al cabo, no eran tan distintos. Puesto en marcha el aparato destructor, sólo hace falta que se produzca un efecto de desplazamiento de los más sanguinarios respecto de los menos radicales. Era sólo cuestión de tiempo para que llegáramos a colegir la evidencia de que los presuntos gudaris —soldados vascos— de ayer no eran sino el preludio amenazador y predecible de los asesinos que hoy Otegui quiere sacar de las cárceles a cambio de apretar el botón del sí a los presupuestos. Son, unos y otros, los mismos perros: y sus collares apenas se diferencian entre sí.

En el fondo, los 50 años de existencia de la banda han sido el escenario de un enfrentamiento entre el nacionalismo del PNV y el nacionalismo más radical de ETA, lo mismo que ocurre hoy entre el partido fundado por Sabino Arana y Bildu. Un combate sin tregua en el que sus consecuencias más cruentas nos las hemos llevado los que no éramos y no somos nacionalistas. Un reparto de «su» país, desde luego, pero sobre la base de que quienes sobramos de su Euskadi somos nosotros, todos los demás.

«¡Ahí me las den todas!», expresa el dicho referido a que, una vez que el alguacil enviado a reclamar una multa recibía una patada del deudor en salva sea la parte, al referirle el caso al juez mandante de la ejecución le dijo: «Señoría, en realidad, la patada se la han dado a usted…» Pues bien, unos y otros nacionalistas —especialmente los del PNV— podrán decir lo del magistrado: «por lo menos en esta pelea quienes han recibido las bombas, los disparos y las extorsiones han sido los españoles, no nosotros».

Lo peor de todo, es que la historia continúa y las malas noticias en forma de agresiones, desplazamientos y marginaciones de quienes defendemos la españolidad del País Vasco se mantienen. Parafraseando a Von Clausewitz, la política de todos ellos es la guerra, sólo que por otros medios.

lunes, 18 de octubre de 2021

La trampa de Tucídides

Columna original publicada en El Debate, el sábado 16 de octubre de 2021


Imagen: Lu Tolstova


Lo único que parece claro es que todo va muy deprisa y las decisiones europeas son siempre lentas. Y el mundo no nos espera

De acuerdo con el pensador griego Tucídides —que fue un pésimo general, aunque un magnífico escritor—, Esparta, que contaba con un ejército muy superior al de Atenas, pero era una potencia comercial muy inferior, estaba atemorizada por el auge que venía experimentando esta última. Fue el miedo el que la llevó a la guerra, la cual acabaría con los dos centros de poder de la antigua Grecia. El término «la trampa de Tucídides» evoca este fenómeno, pero refiriéndose ahora a EEUU y China.

Basado en los tiempos de la Guerra Fría, el orden nacido de la Segunda Guerra Mundial se ve sometido a una fuerte competencia política que esconde una potente confrontación tecnológica. Allá donde los actores del pasado conflicto —los EEUU y la URSS— no podían competir en la esfera tecnológica por la evidente inferioridad del segundo, la lucha entre los Estados Unidos y China adquiere perfiles muy diferentes.

Y, como advertimos, los acontecimientos van cambiando a una velocidad vertiginosa. La retirada de Afganistán por los Estados Unidos y sus aliados, más allá de la derrota que ese hecho supone, conllevará la ocupación de ese espacio por China, Rusia e Irán. Habrá que conceder que no hemos sido capaces de vencer definitivamente al terrorismo y de crear en ese ámbito un Estado moderno. Hemos cosechado un rotundo fracaso.

Y después de Afganistán se produce la alianza estratégica que lleva por nombre AUKUS, un acuerdo que se ha producido sin contar con los socios de la OTAN y con el perjuicio evidente al ejército más potente que queda en la UE después de la salida del Reino Unido de aquélla: el de Francia.

La primera conclusión del doble concurso de Afganistán y el AUKUS para nuestro viejo continente es que Europa ya no es tan importante como lo fue. Y que deberemos posicionarnos en el duelo entre EEUU y China, teniendo en cuenta que no estamos involucrados en el espacio Indo-Pacífico (con excepción de los intereses que mantiene Francia en esta área).

La cumbre de la OTAN que se celebrará en Madrid este próximo año 2022, tenía la pretensión de convertir este organismo en un foro más político, a la vez que renovar el concepto de importancia estratégica de la Alianza. Ahora habría que incorporar a esas tareas el nuevo debate sobre la posición del acuerdo respecto del Indo-Pacífico y las nuevas amenazas. Y contar con que Francia será bastante reacia a acordar algo que tenga que ver con el papel que deba desempeñar la OTAN en el espacio Indo-Pacífico. Y en lo que se refiere a las nuevas tecnologías disruptivas (basadas en la utilización informática, los drones, sensores, guerra híbrida, ciberseguridad, etc.) será necesario profundizar en el debate de las decisiones a adoptar.

Después de la salida de Afganistán y del acuerdo AUKUS se está imponiendo en Europa el discurso de la autonomía estratégica —complementaria, no alternativa a la OTAN—, y de llevarla a cabo con los socios de la UE que estén dispuestos a impulsarla. Una autonomía que no sólo deberá referirse al ámbito militar, sino también al tecnológico, y en este terreno concreto es preciso recordar que la UE ha carecido de una tecnología potente propia (somos apenas una potencia reguladora en lo que a tecnología se refiere).

En cuanto al ejército europeo, éste parece imposible en la práctica. Alemania y Francia, los principales miembros de la UE, tienen conceptos opuestos en lo que se refiere a sus Fuerzas Armadas; la primera es reacia a la intervención exterior, en tanto que la segunda mantiene operaciones permanentes más allá de sus fronteras.

Existe una alternativa, sin embargo, al ejército de la Unión. Y está formada por la Cooperación Reforzada en materia de Defensa, el Fondo Europeo de Defensa y la Agenda Europea de Defensa. Pero será preciso convenir que esos foros no son suficientes para acometer la tarea que se requiere.

La teoría habitual en lo que hace referencia al tratamiento de las crisis plantea tres ámbitos: la prevención de las mismas, la —en su caso— intervención militar y la posterior reconstrucción de la sociedad. La UE está mejor preparada que la OTAN para desarrollar los tres elementos citados (especialmente el primero y el tercero). Además disponemos de los Grupos de Combate, con posibilidades de despliegue en el plazo de seis semanas, de modo que cuando el Alto Representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, se refiere a la necesidad de contar con un grupo de despliegue rápido, convendrá advertir que éste ya existe, aunque no se haya utilizado por el momento.

Pero, trascendiendo del ámbito estrictamente militar al político, cabría preguntarse que, una vez implementada la intervención de estos grupos, ¿quién estaría dispuesto a asumir las responsabilidades derivadas de tales acciones? En definitiva, ¿quién daría la cara en el momento en que haya que darla por las bajas ocasionadas? Y también está el asunto espinoso de los gastos, porque algunos países no están dispuestos a participar en ellos.

¿Qué posición deberá adoptar la UE ante la nueva y posible reedición del episodio trágico que evocaba Tucídides? Veremos cómo se van produciendo los acontecimientos. Lo único que parece claro es que todo va muy deprisa y las decisiones europeas son siempre lentas. Y el mundo no nos espera.

lunes, 11 de octubre de 2021

La inflación y la amenaza del crecimiento de los tipos de interés para la economía española

 Artículo original publicado el viernes 8 de octubre en El Imparcial

La economía española vive aún pendiente del repunte del crecimiento que los pronósticos del gobierno auguraban (no otra cosa parece advertirse del magro 1,1% de incremento en el segundo trimestre de 2021 constatado por el INE, y que rebaja casi en dos puntos las previsiones del ejecutivo. Este dato habría que ponerlo en relación con la emergencia de dinero que durante la pandemia no pudo aflorar en el mercado debido al confinamiento y a las medidas restrictivas del consumo adoptadas por los gobiernos; así como el del cuantioso presupuesto liberado por las autoridades europeas para combatir el impacto de la recesión económica correspondiente -los fondos Next Generation.

No es objeto de este comentario analizar el reparto de los fondos europeos ni la penalización que la devolución de los mismos producirá sobre la sufrida economía española. Lo que sí parece evidente es que, cuando se produzca un más acusado crecimiento de la economía, éste se verá confrontado a una prolongada recesión en los países ricos. Así lo aseguran algunos medios, entre ellos el prestigioso semanario británico The Economist.

En los tres meses previos al de mayo, en los Estados Unidos, la inflación subyacente (la que no toma en cuenta ni los productos energéticos ni los alimenticios sin elaboración) alcanzó un 8’3% anualizado, el incremento más alto que ha tenido ese país desde principios de los ‘80 del pasado siglo (en 1979 el índice de precios creció en Norteamérica un 13’3%).

No está ocurriendo lo mismo en la zona euro. Pero si los precios venían creciendo en un entorno anual del 0’9%, desde el mes de mayo de 2021 se están incrementando en un 1’9%. Todavía se encuentra bajo control, pero también ocurre que la inflación subyacente se está acelerando en España. En el octavo mes del año, según los datos del Índice de Precios al Consumo (IPC), dados a conocer ayer por el Instituto Nacional de Estadística, la inflación subió un 0,4% mensual y se disparó un 3,3% interanual, alcanzando la mayor subida en casi nueve años.

El BCE, que espera que la inflación sea del 2,6% a finales de año, ya ha modificado sus previsiones, lo que supondrá que no resulte inaceptable sobrepasar ese límite. El Banco de Inglaterra también parece haberse vuelto más tolerante con la idea de los excesos inflacionarios.

La conclusión de esas expectativas y las actitudes de los organismos monetarios, en especial la Reserva Federal norteamericana, parecen hasta ahora estar relativamente relajados con respecto a la inflación, dejando claro que son conscientes de los riesgos, pero que no están aún dispuestos a llegar a una acción precipitada. Así, en junio, la Fed señaló que podría subir las tasas de interés dos veces en 2023, antes de lo esperado; algunos han planteado la posibilidad de hacerlo el próximo año.

Un asesor económico senior de la Casa Blanca de Barack Obama, afirma que su mayor preocupación sigue siendo una recesión porque, aunque su probabilidad es baja, sus consecuencias serían nefastas.

En el mes de agosto, los precios al consumo aumentaron de manera más que rápida, especialmente en Estados Unidos. Incluso en la zona euro, fueron un 3% más altos que un año antes, lo que supone el mayor crecimiento en una década. A todo eso parece estar contribuyendo la variante Delta del Covid19, disparando la inflación.

Se produzca la elevación de los tipos de interés a finales de 2022 o de 2023, la medida tendrá sin duda consecuencia sobre la frágil economía española que, a día de hoy, no ha recuperado aún su tejido productivo ni su clientela turística habitual. La pandemia y las medidas adoptadas como consecuencia de la misma han situado nuestra deuda pública en un nivel superior al 125% del producto interior bruto a un coste que hasta ahora ha podido resultar negativo para nuestra Hacienda. Pero el incremento del interés penalizará sin duda los pagos de la deuda, convertidos desde la época Zapatero en créditos de atención prioritaria, como quedó incorporado en la correspondiente modificación constitucional.

Lo cierto es que, superponiendo la agenda económica a la política, los años 2022 y 2023 estarán rondando con las elecciones generales españolas y el cambio de ciclo político que auguran las encuestas. Será una vez más el PP a quien seguramente le toque lidiar con las vacas flacas de un horizonte con nubarrones.

Y ello nos conducirá por lo tanto a una especie de “revival” de los tiempos de Rajoy. Cabe la posibilidad de que Casado no haga un ‘remake’ del de Pontevedra y, esta vez sí, aproveche la oportunidad que se le presente de dar la vuelta al calcetín, enmendando buena parte de los errores cometidos y situando a España en el buen camino. Al menos por unos años. Pero, para ello, será necesario que al líder del PP no le tiemble el pulso y cuente con un programa de reformas, a la vez, preciso y atractivo para la sociedad española.

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