lunes, 20 de diciembre de 2021

La polarización política en los Estados Unidos… y entre nosotros

Artículo publicado originalmente en El Debate, el 18 de diciembre de 2021 


El sociólogo y politólogo estadounidense, Robert Putnam, profesor en la Universidad de Harvard, ha escrito un libro, titulado The Upswing (algo así como el movimiento hacia arriba) en el que describe la situación de polarización política que atraviesan los Estados Unidos. Su lectura nos produce una reflexión que permite la extensión de ese fenómeno a nuestros pagos celtibéricos. Nada ni nadie es, por lo visto, una excepción en los tiempos que corren.

Comienza el profesor Putnam refiriéndose a una de las obras clásicas de la literatura política, La democracia en América, y a su autor, el aristócrata francés Alexis de Tocqueville, quien se inspiró en lo que pudo observar en aquellos Estados Unidos. Según Tocqueville, sus ciudadanos protegían de manera resuelta su independencia, pero al asociarse con otros, pudieron superar los deseos egoístas, participar en la resolución conjunta de problemas y trabajar unidos para construir una sociedad potente y –en comparación con Europa en ese momento de nuestra historia– sorprendentemente igualitaria, con el objetivo de perseguir lo que llamó el pensador y activista político francés, «un interés propio, correctamente entendido».

Lo que Tocqueville observaría en la democracia norteamericana fue un intento de lograr el equilibrio entre los dos ideales de libertad e igualdad; entre la pulsión por el respeto por el individuo y la preocupación por la comunidad. Tocqueville se entrevistó con personas independientes que se unían en defensa de la libertad mutua, en la búsqueda de la prosperidad compartida y en apoyo de las instituciones públicas y las normas culturales que las protegían. Aunque aún quedaban puntos ciegos por abordar y los peligros acechaban en algunos de sus defectos y características, la democracia en Estados Unidos, suponía este pensador y político, era una realidad viva y potente.

Eso era entonces. Hoy ocurre –siempre según Putnam– que los grandes conglomerados corporativos están reemplazando las economías locales y artesanales en casi todos los sectores, incluida la agricultura. Los ciudadanos de los Estados Unidos luchan contra la pérdida de identidad, autonomía y dominio propio, que sienten amenazados, ya que estos valores se han visto sustituidos por el trabajo anónimo de máquinas, de manera tal que esos ciudadanos están poco menos que obligados a reunir varios reducidos salarios para llegar a fin de mes.

Lo anterior queda dicho para ser aplicado a la esfera individual; en la pública, la política, podremos convenir en que un enfoque excesivo en la promoción de los propios intereses a expensas de los de los demás, ha creado un entorno de competencia implacable en el que la resultante ganadora no es el win win en el que ganan todos, sino el juego de suma cero; a lo que sería preciso añadir una constante falta de compromiso. Los debates públicos no se caracterizan por la deliberación sobre ideas diferentes, sino por la demonización de quienes están en el lado opuesto. Las plataformas del partido se mueven hacia los extremos. Y los que están en el poder pretenden consolidar su influencia privando del derecho al voto a los electores que no apoyan sus puntos de vista. El resultado es una nación cada vez más fragmentada en términos económicos, ideológicos, raciales y étnicos, y cada vez más dominada por líderes que demuestran ser los más astutos en el juego de dividir y conquistar. En definitiva, y parafraseando a un antiguo dirigente socialista español, «Tocqueville ha muerto, también en América».

Este clima ha creado una desilusión generalizada con los partidos políticos de la nación. Ninguno de ellos parece capaz de abordar los problemas de los Estados Unidos, y muchos votantes están recurriendo a terceros en busca de mejores opciones. Las inclinaciones libertarias (o neo-conservadoras) son comunes, mientras que, en el otro polo, el socialismo gana adeptos. Y una ola creciente de populismo ha capturado el entusiasmo de muchos ciudadanos, especialmente en las áreas rurales. Las instituciones democráticas de los Estados Unidos se tensan bajo el peso de la polarización.

Hasta aquí la recensión de The Upswing. A partir de aquí la reflexión de lo que ocurre en España y en otros muchos lugares de Europa. Es verdad que nunca nuestro país fue modelo de democracia, de sociedad civil movilizada en favor de la defensa de sus intereses individuales y colectivos, pero no es menos cierto que ahora merece situarse por defecto propio entre las naciones –si es que aún lo somos– paladines de la polarización. Gran parte de las características expuestas para el caso de los Estados Unidos podrían extenderse a nuestro país, como lo demuestran las invectivas que se lanzan a diario en el Congreso de los Diputados, tan lejanas a las ironías y aun de los sarcasmos de otros tiempos.

El recurso que en muchos lugares de Europa se ha planteado en relación con terceros partidos, en especial los de ideología liberal o centrista, ha tenido una vida azarosa y corta cuando ha contado con alguna influencia entre nosotros. Sin embargo, los errores históricos cometidos por estos partidos, unidos a la acción de los ejes políticos en los que se manifiesta la polarización –los grandes partidos–, consiguen desterrar al centro político, aunque la sociedad lo necesite ahora seguramente más que nunca.

viernes, 17 de diciembre de 2021

Descubriendo a Yolanda

Columna publicada originalmente en El Imparcial, el 16 de diciembre de 2021


En el año 1970, Pablo Milanés escribía una canción que inmortalizaría a la también cubana, la actriz Yolanda Benet, con la que estuvo casado durante seis años. La historia se parecía a la que escribió Leonard Cohen sobre su relación amorosa con Marianne Ihlen, a quien conoció en la isla griega de Hidra y dedicó en 1960 una igualmente bellísima canción que el poeta y cantante canadiense no podía interpretar si no lo hacía desde el más profundo de sus sentimientos.

Milanés se refería en su “Yolanda” al temor de verse descubierto, una sensación que quizás comparta ahora la mujer del mismo nombre que nos vice-preside y que -al parecer- querría desterrar la preposición “vice” a un incierto baúl del olvido, donde se encuentran, entre otras, la historia del comunismo o del socialismo chavista del siglo XXI, junto con episodios del XX, como las purgas, los asesinatos y la pobreza para todo el pueblo, excepto, claro está, para la oligarquía directora y extractiva de los recursos que son propiedad de la inmensa mayoría.

Desconectar la historia del comunismo de su ideología parece cuestión bastante difícil, incluso en estos tiempos en los que el pensamiento líquido nos conduce a la desmemoria; pero habrá que convenir en que una sociedad que acepta sin discusión el marco propuesto (¿impuesto?) por la izquierda, por poner un ejemplo, en el que a la “extrema derecha” de Vox no le corresponde una extrema izquierda de Podemos, puede tragar sin dificultad que el comunismo de Yolanda es benefactor, bienintencionado y como mínimo progresista.

Quizás en evitación de comparaciones que pongan en eventual riesgo su ascenso al poder máximo, Yolanda navega en pos de las políticas transversales que fueron un día de Rosa Díez, otro de Albert Rivera y -también- de Pablo Iglesias antes de que el dirigente morado se moviera definitivamente hacia la extrema izquierda real, ayudado, eso sí, en su travesía radical por medios de comunicación de todas las ideología existentes, como por cierto hacen ahora con Yolanda. Anunciaron, todos los citados, su transversalidad y subrayaron lo novedoso de sus propuestas, hasta que concluyeron sus respectivos viajes en los predios habituales de la vieja política: partidos recluidos sobre sí mismos, prácticas autoritarias internas y liderazgos refractarios al debate y al consenso.

En política, cualquiera puede viajar en busca del tiempo perdido, como Proust, a condición de no hacérselo perder a los demás; o al fin de la noche, como Céline, siempre que el trayecto no tenga por origen la deserción. Lo que no deberían olvidar los amantes de esas excursiones es su punto de partida, siquiera sólo sea en previsión anticipatoria de cuál será el de llegada. Porque no es lo mismo proceder de la socialdemocracia o de la mesocracia política que de la radicalidad universitaria o del Partido Comunista. Todos los orígenes manifiestan al menos la intención previa de sus itinerantes, por mucho que en el camino se revistan de un vago progresismo, disfracen la mera ambición de poder de un liberalismo ecléctico, retornen simplemente a los orígenes de eximio hijo de un militante del FRAP o acompañen su trayecto de visitas al Vaticano… la mona puede usar telas de seda, pero no deja de ser un macaco.

Por supuesto que Yolanda está sacando partido del secarral que es el panorama político español. En un mundo en el que la imagen lo es todo, ella aporta una cierta estética derechista a lo que no era sino feísmo de la izquierda rancia; recita unos pasajes de San Mateo donde sus conmilitones repetían párrafos de El Capital, siendo más que probable que ni la una ni los otros hayan leído ni los evangelios ni la obra cimera de Marx; y derrocha sonrisas y maneras educadas donde sus epígonos exudaban de descorteses exabruptos.

Algo hemos ganado en opinión de los bienpensantes, que prefieren ampararse en la condición del avestruz en evitación de verse obligados a hacer algo más que catequizar desde las apenas abiertas al consumo barras de los bares. Pero habrá que decir que el peligro se acrecienta cuanto más se oculta, lo mismo que el sujeto malencarado al que se le ve venir te prepara a una determinada defensa.

Parecido argumento se podría formular a los que consideren que las ganancias electorales de Yolanda se verán correspondidas por las pérdidas en votantes del PSOE. El “cuanto peor, mejor” ya ha sido sobradamente experimentado en política. La división del voto en la derecha francesa impulsada por el presidente Mitterrand, por ejemplo, condujo a la consolidación del partido de Jean-Marie y de Marine Le Pen como segunda fuerza política en Francia, anulando de hecho cualquier posibilidad de una tercera opción moderada alternativa. Cuando se juega con fuego no hay que perder de vista cierta posibilidad de acabar incinerándose.

El descubrimiento de Yolanda se torna por lo tanto en cuestión compleja donde las haya, en especial porque ella misma juega al escondite con quienes pretendan saber adónde quiere en realidad llegar. Pero no hace falta ser Milanés ni Cohen para saber, como Tweedledum y Tweedledee, los sabios personajes de Alicia en el país de las maravillas, que lo que en realidad importa es el poder, porque es éste el que impone el significado de las palabras… y de los hechos, más allá de las ideologías y de las políticas, podríamos añadir nosotros.

viernes, 3 de diciembre de 2021

A propósito de un Estado diseminado

Artículo publicado en El Imparcial, el 2 de diciembre de 2021

En esta España en la que los debates resultan en ocasiones inauditos, porque los suponíamos superados por el proceso democrático emprendido por las fuerzas políticas emergentes del régimen anterior y por la oposición al mismo, vuelven a reclamar su plaza en la discusión pública. Los ejemplos abundan, por desgracia: la cultura del esfuerzo y la meritocracia contra el ejercicio de la vagancia o de la pereza militantes, la amnistía de la transición contra la persecución iracunda de los crímenes del franquismo y la desmemoria respecto de los asesinatos fratricidas de las turbas izquierdistas, o la República sólo para las izquierdas extremas y en contra de ésta la monarquía de y para todos los españoles… Por si fuera pequeño el elenco de cuestiones polémicas asoma una nueva controversia que, para variar, está, a juicio de quien firma este comentario, mal planteada: la de la centralización en Madrid o la dispersión a lo largo de la geografía española de los nuevos organismos públicos que se vayan creando.

Ya a principios del siglo XX, el recelo que mantenían algunos políticos respecto del desmedido peso que un Estado centralizado adjudicaba a su capital y a la Corte -no olvidemos que el Rey ostentaba la soberanía nacional junto con el parlamento- llevaría al gobernador civil de Barcelona, Angel Ossorio, a sugerir al Presidente del Consejo de Ministros, don Antonio Maura, una presencia itinerante de la Familia Real en Madrid, Barcelona y Sevilla, como medio práctico para desactivar al ejército de la servidumbre palatina, que constituía un verdadero elemento parasitario de las estructuras del sistema. Ya no contamos con una estructura centralizada -la nuestra es, seguramente, una de las organizaciones más descentralizadas del mundo-, ni el Rey cuenta con más poder que el moderador -se diría que, a veces, ni siquiera éste-, con lo que la alternativa diseminatoria de organismos públicos no parece precisamente urgente ni necesaria.

No será necesaria, tampoco urgente, pero es ésta una de las liebres de artificio que Pedro Sánchez pone a correr para que los incautos galgos que pueblan los campos de la España vaciada y las ciudades de la España superpoblada sigan al lepórido de mentirijillas. Y tan rápidamente se aprestan a la tarea (es una agresión contra Madrid, porque les molesta que en la capital gobiernen los contrarios, aseguran) que no han parado a discernir lo que de verdad esconde la propuesta.

“Los políticos -según el semanario británico The Economist- tienen sus propios incentivos para expandir el Estado. Por lo general, es más gratificante para un político introducir un nuevo programa que cerrar uno anterior; los costes se distribuyen entre todos los contribuyentes, mientras que los beneficios tienden a concentrarse, lo que genera el reconocimiento de los grupos de interés y, a veces, incluso de los votantes”. Esto es, dicho con expresión más local, “disparar con pólvora del rey”, que es más barato que hacerlo con la propia.

En lugar de eso más valdría inquirir acerca de dónde han quedado las propuestas de eliminar las duplicidades administrativas que la incorporación al nuevo sistema político español traía la Constitución de 1978, con la sum de las Comunidades Autónomas a la organización del Estado. Lo cierto es que la propuesta de eliminar las diputaciones no parece que ni siquiera la mantenga quien la sugirió en su día. ¿Qué camino ha seguido la iniciativa de concentrar los más de 8.000 ayuntamientos que hay en España para 47 millones de habitantes, frente a unas 4.500 mancomunidades municipales de Alemania con 83 millones? ¿Qué se ha hecho de la reducción de empresas públicas en nuestro país? ¿Qué del número de asesores políticos en las diferentes administraciones públicas, parlamentos y corporaciones locales?

Son preguntas que, está claro, no interesan en estos momentos de gasto público desbordado que se ha decidido para combatir la recesión económica provocada por la pandemia, pero resulta evidente que por la manga ancha del dispendio se están colando bastantes disfunciones y despilfarros -a sumar a los que ya existían- soportados todos, los unos y los otros, por una clase media cada vez más exhausta o -por vía de la deuda- por unas generaciones que vendrán a pagar los excesos de un banquete en el que ni siquiera han participado.

Según algunos estudios, hay en España unos 17.000 organismos públicos, lo que supone que existe uno por cada 2.800 habitantes. No sorprenderá seguramente al lector si le informo de que, en lo relativo a estas entidades con que cuentan las Comunidades Autónomas, Cataluña, la Andalucía del monocultivo socialista y el País Vasco se llevan la parte del león en cuanto al número y atribución de los recursos.

El debate no es, por consiguiente, si hay o no que diseminar los nuevos organismos públicos que se creen a lo largo de nuestra geografía, la cuestión es si lo que deberíamos más bien resolver es el tamaño más adecuado de nuestro sector público y el ordenado cierre de organismos, empresas y cargos que no estén debidamente justificados.

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