viernes, 30 de julio de 2021

Cuba, los procesos de transformación política y social, en perspectiva

Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el jueves 29 de julio de 2021

Han pasado poco más de dos semanas desde la movilización cívica del 11 de julio en Cuba, a la que ha seguido la habitual oleada represiva por parte del régimen castrista. ¿Constituirán estas protestas el preámbulo del fin de la llamada “revolución”?

Se trata de una pregunta de respuesta difícil. En todo caso, haré una reflexión que tenga en cuenta otros procesos de transformación política ocurridos en países como España (década de los ‘70), el desmoronamiento del régimen soviético (iniciado a finales de los ‘80) y las llamadas “primaveras árabes”, que daban inicio a principios de 2010). Se tratará, desde luego, de un relato breve: no es objeto de este comentario agotar asunto tan complejo.

Como punto de convergencia de los señalados procesos de transformación política, diré que situaban estos la doble reivindicación por la ciudadanía de las diferentes sociedades citadas del bienestar económico y las libertades políticas. Dos reclamaciones que, al cabo, eran una sola, porque la mejora económica individual y familiar (a la que se une ahora también, y ha sido una de las causas de las protestas cubanas, una gestión eficaz de la pandemia) se asociaba a un espacio de libertad en el que los ciudadanos pudieran condicionar en su favor las políticas de los gobiernos. Las democracias occidentales, corolarios del doble principio expresado, se convertían así en faro de referencia de esos objetivos a conquistar. El mundo globalizado es uno, a pesar del empeño de los dictadores que se obstinan en cerrar sus países a toda influencia exterior; y las antenas parabólicas de televisión y las más modernas redes sociales vienen encargándose de abrir los ojos de los ciudadanos más proclives a la ceguera. Es de señalar también la importancia que el relevo generacional tuvo en esos procesos y está teniendo también en Cuba: un nuevo contingente de ciudadanos absolutamente ajenos a los objetivos y a la mística de quienes muchos años atrás establecieron esos regímenes.

Conviene, sin embargo plantear dos excepciones a la regla descrita, que no obstante la confirman.

La primera es el caso español. Al contrario de lo ocurrido en el desastre del sistema soviético y con la irrupción de las primaveras árabes, el régimen presidido por el General Franco ya había emprendido un programa de apertura y de reformas económicas a finales de la década de los años ‘50, conocido éste con la denominación de “Plan de Estabilización”. Como consecuencia del mismo, España viviría un proceso de crecimiento económico y de convergencia con otras economías occidentales -especialmente las europeas- que harían inexcusable la transición a la democracia a la muerte del dictador. No debe olvidarse, en este último sentido, el imprescindible motor para ese proceso que fue el Rey Juan Carlos, sin el cual la reforma política se habría encaminado hacia una salida enormemente delicada.

No es aplicable el caso de España al de Cuba, ya que ha carecido éste de la política de reformas económicas que puso en marcha España; y también le falta la figura de un árbitro y promotor del cambio político como lo fue el Rey. De la vieja guardia -del generalato castrista- no se puede esperar grandes soluciones aperturistas.

La otra excepción, ésta referida a las primaveras árabes, la constituyen los regímenes monárquicos de algunos de los países del entorno en los que se produjeron. Dotadas las monarquías árabes de un cierto carácter teocrático (diríamos que medieval, en términos occidentales), la condición del monarca procede directamente de Dios (recuérdese, en este sentido, que el rey de Marruecos es también “comendador de los creyentes”, esto es, jefe religioso de su país), por lo cual resulta enormemente complicado que las banderas alzadas en contra de esos regímenes pudieran contar con el necesario respaldo popular.

Despejadas estas dos excepciones, sería el momento de analizar los dos procesos que más puedan servir para conocer el desenvolvimiento futuro de la crisis cubana.

El caso del derrumbamiento del régimen soviético, en primer lugar, tendría su origen en el atraso tecnológico de este sistema, que no se sustentaba en otro punto de apoyo que no fuera la incapacidad de las economías dirigidas por el Estado en la provisión de bienes y recursos a su ciudadanía. El edificio comunista estaba desarbolado internamente (como ciertamente también sucede en Cuba), pero quizás habría subsistido durante algún tiempo más de no ser por las políticas emprendidas por el Secretario General del Partido Comunista de la URSS, Mikhail Gorbachov, cuyas “perestroika” y “glásnost” pusieron en evidencia el agotamiento del sistema y abatieron los muros que separaban a los estados sujetos por su yugo de los occidentales europeos. No deja de resultar sintomático que uno de los reproches que ha formulado el Partido Comunista chino a su homólogo soviético ha sido precisamente el de no haber resistido lo suficiente.

La palabra “resistencia” viene a cuento en lo que se refiere a las primaveras árabes, y resulta también aplicable al caso cubano. No deja de ser evidente que los países que se han opuesto con éxito a los vientos de cambio que traían las “primaveras” lo han hecho a pesar de la contrariedad de sus poblaciones (el supuesto de Argelia, con el Hirak levantado en contra del régimen de Butefika, y la enorme abstención en los procesos electorales que han tenido lugar desde entonces), e incluso sometiendo al país a un despiadado baño de sangre (el caso de Siria con El Assad). La capacidad de aguante de los sistemas políticos ha tenido también su aspecto de ida y vuelta, como ha ocurrido en Egipto, donde a un gobierno de los “Hermanos Musulmanes” le ha sucedido de nuevo otra dictadura similar a la primitivamente sustituida por la “primavera” de ese país.

La estabilidad de los regímenes a clausurar por estas diferentes iniciativas políticas es un elemento, a mi juicio, clave para establecer un vaticinio respecto del desarrollo de lo que la sociedad cubana ha puesto en marcha el 11 de julio. Una estabilidad que no sólo -aunque también- se refiere al régimen en cuanto tal y al conjunto de fuerzas políticas, económicas y militares que lo apoyan, sino también respecto de los aliados que lo defienden. El caso de Siria no se explica si no se introduce en la ecuación a Rusia y la inacción de los Estados Unidos (a Europa, con su “soft policy” no se la espera en prácticamente ninguno de los conflictos que la afectan, incluso teniendo en cuenta la oleada de refugiados que ha supuesto la guerra civil siria sobre el viejo continente).

Cuba carece de aliados consistentes. Rusia y China sólo parecen estar interesados en los negocios que les pueda suministrar, en todo caso escasos; y Venezuela ya no puede aportar prácticamente nada. Nuevamente el papel de los Estados Unidos es sustancial en el desarrollo de esta crisis, y las primeras reacciones del presidente Biden resultan bastante dubitativas, carentes de estrategia y solamente basadas en el rédito electoral que les puedan proporcionar; no es extraño, su propia casa, la del partido demócrata, está ampliamente dividida entre un potente sector izquierdista y los más pragmáticos. El caso de Europa -en especial de España-, a pesar de haber jugado un papel irrelevante, cuando no abiertamente negativo, en los últimos tiempos, debería ser activado por los opositores cubanos y sus apoyos en Europa.

La unidad de las fuerzas políticas y civiles de la disidencia cubana (una unidad que tantas veces ha brillado por su ausencia), y la oferta generosa de un diálogo con las autoridades castristas para un cambio de régimen pactado (que eventualmente podría agrietar la ya un tanto deteriorada consistencia del mismo), pienso que tendrían que ser promovidas con urgencia. Y a ello habría que sumar una iniciativa internacional, apoyada por Estados Unidos y la Unión Europea, que debería intentar el amparo de Naciones Unidas.

viernes, 16 de julio de 2021

¿Salvar al PSOE?

 Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el jueves 15 de julio de 2021

Reflexiona García Venero en su “Madrid, julio de 1936” sobre las causas por las que el PSOE —y la UGT— no siguieran en el año 1930 en Madrid, pero sí en provincias, la consigna de huelga general decretada por el comité revolucionario que se constituía a raíz del Pacto de San Sebastián para el advenimiento de la II República. En este sentido, explica el citado periodista e historiador que, “tanto el PSOE como la UGT no quisieron dar el gran paso hasta que los militares actuaran de forma drástica, allanando el camino”. Y concluye el citado autor que “existió siempre un sentido patrimonial en los cargos supremos del partido y la UGT. ¡Salvar al partido, salvar a la UGT! He ahí la influencia de Pablo Iglesias”.

Ese “hay que salvar al PSOE” constituye pues elemento esencial en la historia del partido fundado por Pablo Iglesias Posse. Y tiene por cierto para esta formación política más importancia que la emancipación de la clase trabajadora de su “O” de “obrero” (cada día más alejada, tanto de la realidad social y económica, como de las preocupaciones de esta organización), o incluso de la obtención y aun mantenimiento de la democracia o del liberalismo (como demuestra la actitud colaboracionista de uno de sus líderes, Largo Caballero, en la Dictadura del General Primo de Rivera).

Heredero de esa historia, el PSOE ya no tiene necesariamente que ver con los intereses de los trabajadores, tampoco de las clases medias, fustigadas por los dos partidos que se turnan en el poder en España; ni con los jóvenes, a quienes se les niega en el presente la independencia que proporciona el puesto de trabajo y con él el futuro de una pensión digna; ni tampoco a las modernas tendencias de la igualdad sexual y el respeto a las minorías LGTBI, mera pantalla de un progresismo que hace mucho tiempo dejó de reconocerse a sí mismo como tal. Los ejemplos podrían eternizarse, si los extendiéramos al mundo de la educación, de la sanidad, de la cultura…

El PSOE no es ya -no sé si lo fue en algún momento de su larga y discontinua vida- un instrumento al servicio de la sociedad. Y con independencia de que alguno de los partidos del arco parlamentario pudiera resultar acreedor a esa condición, la formación política que lidera el actual presidente del Gobierno sólo sirve a sus propios intereses. Habrá que decir que a los intereses de su secretario general, ni siquiera a los de su partido, como la reciente crisis que ha propiciado Pedro Sánchez parece demostrar. Porque el actual inquilino de la Moncloa se diría que carece de amigos, de acreedores en su ascensión y mantenimiento en el poder, y también de equipo en el que reconocerse.

Salvar al partido sería —en la versión actual del sanchismo socialista— salvar a Sánchez. Un político prácticamente amortizado por los errores en la gestión de la crisis, la subasta de España entre quienes sólo pretenden acabar con ella y el ataque al estado de derecho y a su clave de bóveda que es la independencia del poder judicial.

La reciente remodelación del Gobierno huele a elecciones lo mismo que las bicicletas incorporaban cierto aroma a verano, como recordaba la pieza teatral de Fernán Gómez. No acaecerán los comicios sin embargo en breve plazo, porque aún debe lograrse la inmunidad de grupo (un tanto lejana, dados los recientes datos respecto de la incidencia de la pandemia), de un cierto efecto rebote de la economía (que también se retrasa, con un verano seguramente perdido, siquiera empatado en el mejor de los casos, en el turismo y la hostelería) y la llegada de los fondos europeos.

Es corto a mi juicio el espacio que tiene el presidente para convocar Generales. Debería producirse en el paréntesis que se abra entre una cierta recuperación económica y el momento en el que se cierre ésta, porque la inflación campe a sus anchas en la geografía económica internacional y los tipos de interés (incluyendo por supuesto los que afectan a la deuda pública, ya desmesurada en España) empiecen a crecer, poniendo punto y aparte a una fugaz mejoría de nuestras cuentas privadas y públicas.

No deberá esperar Sánchez tampoco que la inminente mesa de negociación con el independentismo catalán vaya a proporcionarle más réditos que disgustos, si bien los dineros de Europa conseguirán aquietar la concreción de las amenazas de los diferentes sectores del nacionalismo de esa tierra, azuzados los unos por los otros en una imparable contienda. Parece cada vez más demostrado que esa ideología política se mueve más por el vil metal que por los sacrosantos principios, sean o no estos compartibles. Y en tanto que los recursos fluyan desde el resto de España a esa región —incluida la vergüenza de que también les debamos pagar sus responsabilidades pecuniarias como perpetradores de la malversación de fondos que supuso el ‘procés’ soberanista— no parece que estén dispuestos a nuevas aventuras secesionistas.

Pero aunque éste es un gobierno agotado, sin proyectos y sin excesiva capacidad de subsistencia, el PSOE sigue siendo la única maquinaria partidaria —y partidista— que permanece en el deteriorado solar político de España. Profesionales del poder, los socialistas siempre han sabido cómo obtenerlo y de qué manera perpetuarse en él. Por eso, no debería confiarse la oposición —en especial el primer partido de la misma— de que la organización liderada por Sánchez esté ya liquidada para el porvenir más o menos inmediato. El juego de la política es muy duro y el contrincante que tienen practica el juego que puede, incluyendo el que pueda parezca más sucio. No les van a regalar nada y, por el contrario, les pondrán todas las trampas de que sean capaces.

Debería el PP, y su presidente, mantener a raya a sus trepidantes barones —y baronesa— y establecer a su vez estrategias novedosas que puedan romper la del partido en el poder. Alguna —¿algunas?— iniciativa que oponga a la mera salvación del PSOE, la liberación de España de las malas prácticas socialistas y de las peores de sus socios.

lunes, 5 de julio de 2021

Los fondos europeos y la sociedad civil controlada por el Gobierno

Tribuna publicada originalmente en El Imparcial, el sábado 3 de julio de 2021 


Agotado el episodio de la tramitación gubernamental de los indultos, presentados estos como un medio para obtener la finalidad de la normalización política, los ciudadanos españoles asistimos con perplejidad a un nuevo espectáculo de la timba a la que Pedro Sánchez da comienzo, una vez aprobada por la Comisión Europea la primera partida de los fondos que integran el Plan Europeo de Recuperación (‘Next Generation’), con motivo de la pandemia. 
No es singular que instituciones regionales y empresas se apresten a sumarse a la convocatoria del sorteo de recursos. Con independencia, por supuesto, de que los efectos sufridos durante la sequía económica provocada por el Covid’19 hayan tenido una particular gravedad sobre ellas o que sus proyectos de futuro tengan relación con la pretendida oportunidad de crear un nuevo paradigma para España o la recuperación de nuestro tejido productivo. Afectados por l la pandemia o dispuestos a cambiar la estructura económica del país… es igual. Se trata de dinero fresco que llega, que se diría caerá simplemente de las ramas de los árboles y que, cuando se acerque el momento de devolver la cuantía que no es objeto de subvención, ya habrá compensado las arcas de los organismos públicos y engordado las cuentas de resultados de las empresas.

Esta reflexión como se enmarca en los debates puntuales que han venido produciéndose en las últimas semanas. Por ejemplo, el doble juego de la Generalitat -no lo calificaré de nuevo porque es tan viejo como lo es el nacionalismo- del victimismo y la arrogancia de unos, junto con la complacencia de otros, o las dos a la vez, en relación con las medidas de gracia. ¿Qué se pretende con esas actitudes? Por supuesto, beneficiarse de los indultos, pero también tender la mano para que los recursos muníficos de Bruselas no se queden en cualesquiera otras Comunidades Autónomas. No será suficiente, se pretende otra cosa, aseguran, pero se trata de un partido al que todos quieren jugar, y no conviene que el árbitro se lleve el balón a otro campo. Y queda la inevitable pregunta: ¿generarán la habitual dosis de corrupción para los predios catalanes -y otros- esos nuevos recursos? Los tribunales -los de Cuentas y los otros- deberán prestar su atención a estos extremos, sin perjuicio también de la en apariencia inevitable propensión del Gobierno Sánchez de disputarle terreno a la justicia. 

Ocurre algo similar en el mundo de la empresa. En la medida en que el Gobierno no ha previsto un sistema independiente y transparente de distribución de los fondos, el procedimiento se parecerá una vez más -¿para cuándo su modificación?- al “capitalismo de amígueles” que ya ha desvirtuado de forma notable la economía de mercado prevista en nuestra Constitución. Habrá quien piense que, desaparecida con la pandemia la asistencia a los espectáculos deportivos, el papel distribuidor de prebendas y de arreglos bajo mano de jugosos contratos había desaparecido de los palcos de algunos estadios de fútbol. No hay nada nuevo bajo el sol, decía el poeta, ni platea reservada para Vip’s que vaya a desaparecer después de que la pandemia quede únicamente en el recuerdo.. Buena parte de eso mismo les pasa a las organizaciones empresariales y, por extensión, a los sindicatos: que les es muy difícil mantener posiciones de independencia respecto de los sucesivos gobiernos. Les va en su dependencia respecto de las primeras, el preservar algunas de sus posiciones económicas y la capacidad de influir en las políticas de las administraciones. Respecto de los sindicatos poco más se puede añadir, ya que dependen prácticamente en absoluto de los ingresos públicos. Valdría la pena conjeturar un futuro marco de relaciones laborales basado en la existencia de organizaciones plenamente autónomas y con un Estado que actúe con una estricta aceptación respecto de esa autonomía, lo mismo que un sistema de atribución de los contratos públicos que no reparta entre unos pocos, y siempre los mismos.

Lo cierto es que la realidad económica española es claramente dual: hay quienes apechugan con todas las crisis, pagan la mayoría de los impuestos y contratan a buena parte de los empleados, sin recibir apoyos ni ayudas: son los que “cardan la lana”, y se llaman pymes; y otros, que no dejarán de hacer bien su tarea, pero que de manera indefectible reciben casi todos los recursos: que son los que “se llevan la fama”. 

Hay una sociedad civil española intervenida y colonizada por el Estado. Por lo mismo que una empresa privada que sufre del abrazo del oso a cambio de prebendas; existen unos poderes autonómicos dispuestos a jugar al victimismo con una mano y a poner la otra para hacer caja. Y hasta una Conferencia Episcopal que prefiere aceptar los criterios de los obispos catalanes que los del resto, quizás porque también el omnipresente poder público les mantenga atenazados por otras posibles actuaciones. 

La verdadera revolución que necesita España tal vez no sea ni socialista ni conservadora; centralista, federa o confederal; de género o de transgénero… sino la de crear una verdadera sociedad civil independiente de los gobiernos que permanezca alerta a los abusos de éste. Una tarea que no corresponde a partidos ni a instituciones, que deberían autolimitar y no sobrepasarse en sus funciones, sino al conjunto de las gentes, porque la democracia no se defiende sólo con el voto.
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