martes, 5 de noviembre de 2013

Un partido para determinar las políticas


La historia de los partidos democráticos viene determinada por sus congresos, lo mismo que a la historia de las democracias son las elecciones quienes las definen. Un congreso, al igual que una elección, cierra y abre una etapa y lo hace siempre de forma distinta. En ocasiones, se tratará de la continuidad de un proyecto esbozado tiempo atrás; en otras, se podrá considerar como una ruptura. Cabe también, incluso, que partidos y democracias puedan celebrar cónclaves de liquidación. Episodios de lo referido los hay para narraciones de todos los gustos.
En cuanto al 2º Congreso de UPyD, no creo que se pueda hablar de ruptura respecto del congreso anterior, desde luego; este partido continúa fiel a su proyecto inicial y buena parte de su dirección sigue siendo la misma. Personas e ideas, que definen los proyectos y su ejecución se situarían entonces en una clave de continuidad.
Pero tampoco podría considerar nuestro reciente congreso como una continuidad respecto del anterior. Quizás porque es la propia vida política nacional, condicionando la actuación cotidiana del partido, la que va profundizando la brecha entre lo que ha sido —y, por desgracia, sigue siendo— la vieja política, que decía Ortega ya en 1914, y la nueva que apunta cada vez con mayor nitidez.
Porque cuando celebramos el primer Congreso, el proyecto de UPyD estaba claro y nuestros diagnósticos eran compartidos por muchos ciudadanos, pero —todo hay que decirlo— no todos pensaban que a nosotros correspondía su puesta en práctica. Una cierta —aunque vana— esperanza llevaba a algunos a pensar que esas reformas profundas —Rosa Díez las llama revolucionarias— las ejecutaría el nuevo gobierno emergente de las elecciones de 2011, un gobierno con mayoría absoluta de un partido que presidía una buena parte de las CC AA y de los ayuntamientos más importantes. Un partido que además copiaba numerosas de nuestras propuestas, sin citar su procedencia y —lo peor— sin voluntad concreta de aplicarlas.
Porque muy pronto se pondrían de manifiesto las insuficiencias del celo reformista del nuevo gobierno. Un gobierno que decidió endosar la solución de la crisis a los ciudadanos salvando los chiringuitos que la vieja política había creado a lo largo de 35 años de existencia.
Tengo para mí que en ese momento fue cuando gran parte de la ciudadanía española, a la vez de compartir nuestras propuestas, consideró la posibilidad de que fuéramos nosotros mismos, los autores de las iniciativas, los encargados de conducirlas. Cuando la fotocopia es sólo una desvaída copia del original, cuando apenas sí se parece a la posición inicial, las miradas se dirigen hacia los que diseñaron la iniciativa.
Es verdad que entonces también comenzó el escrutinio directo, implacable a veces, de nuestras gentes. Un escrutinio que pareciera demandarnos un mayor nivel de adecuación en los comportamientos que el exigido al conjunto de los representantes públicos, pero que asumimos con paciencia, sabedores de que es así como suelen ocurrir las cosas.
Llegaba de esta manera el 2º Congreso, tan oportuno como estatutario y por lo tanto normal. Un partido que algunos consideraron poco más que un selecto producto de un gabinete de estudios se proclamaba dispuesto ya a gobernar, sólo 6 años después de haber nacido en un hotel de San Sebastián, dispuesto a pulsar la opinión de las gentes en toda España, las ganas de embarcarse en un proyecto nuevo, la necesidad del mismo.
Y esa ha sido la virtualidad del congreso, desde mi punto de vista. Se ha presentado a la sociedad como una organización cuyas ambiciosas propuestas se dirigen hacia su cumplimiento. No tenemos vocación de club político que debate en las tertulias de los viejos casinos de pueblo o en las cafeterías de las ciudades acerca del futuro. A diferencia de ellos, el nuestro es un partido y tiene la voluntad de determinar las políticas y los gobiernos. Y, por eso mismo, de formar parte de estos últimos para que se puedan aplicar las primeras.

martes, 29 de octubre de 2013

Europa se esconde


El Consejo Europeo de este mes de octubre ha venido enmarcado por la lógica derivada del proceso electoral alemán. Antes de esas elecciones no había posibilidad de tomar decisión alguna, después tampoco, hasta que no haya gobierno en firme.

En lo que se refiere a la chicha del Consejo, planteado en torno a la unión bancaria, tampoco se han producido demasiados resultados. Como decía al principio, nada saldrá adelante hasta que no se constituya nuevo gobierno en Alemania (es curioso cómo la UE se encuentra permanentemente condicionada por la situación política de uno solo de sus socios, pero con la que está cayendo en EE UU y el bloqueo de su administración por el desencuentro entre los dos principales partidos, parece que nos podríamos dar por consolados).

Por lo tanto, sólo cabría esperar alguna decisión de alcance técnico, mientras tanto. Sin embargo, lo que Alemania parece pretender es que la futura unión bancaria disponga de suficiente cobertura jurídica (una buena parte de los acuerdos derivados de la crisis del euro a nivel europeo lo han sido solamente por los gobiernos, de modo que podrían no soportar reclamaciones de terceros, en este caso de alguna entidad financiera afectada).

Eso exigiría una modificación del Tratado de la UE en este aspecto, lo que conduciría a su vez a la necesidad de su aceptación por los Estados signatarios. Una ratificación que no debería someterse a referéndum por aquello de los rechazos que el Tratado constitucional produjo en Francia o en Holanda, por lo que debería pasar exclusivamente por los parlamentos nacionales. Todo ello, como digo, siempre después de la formación del nuevo gobierno.

En cuanto a lo que pretendía el gobierno español de este Consejo, la posición ha gravitado en torno a la exigencia de que los tests de stress bancarios se adopten con carácter general y afecten a un porcentaje similar de bancos (un 80% en el caso de España, no más de un 2,5% en el de Alemania). Una postura que ni siquiera la delegación española ha presentado a debate debido a la fragilidad política de nuestra posición.

Pero, la pretensión del gobierno —más allá de la petición no formulada— es que la prueba de resistencia bancaria, prevista para el 15 de noviembre a la banca española, sea lo suficientemente suave para que la Comisión dictamine que se ha cerrado la situación de rescate bancario en España. Eso interesa al Gobierno, que está empeñado en vender que no sólo ha concluido la recesión sino la crisis misma, y a la Comisión, que quiere cerrar este capítulo cuanto antes.

Aunque dicho cierre se produzca en falso. Porque todo esto no es sino mirar hacia otro lado. Las necesidades de recapitalización de la banca española no estarían en los 5.000 millones de euros que dice De Guindos (y que saldrían del FROB), sino de unos 36.000 millones de euros, según algunas fuentes autorizadas. La causa de esta diferencia estaría en la consideración de algunos créditos bancarios a grandes empresas españolas que más bien serían fallidos, si no fuera porque semejante consideración llevaría a una nueva y profunda recesión (lo único que va relativamente bien en la economía española es el sector exportador, y en ese punto, las grandes empresas resultan claves).

No parece, sin embargo, que la negación de la realidad, unida a la notoria falsedad de que la crisis económica haya concluido, notablemente en su importantísima dimensión bancaria, constituya una buena manera de actuar, aunque lo cierto es que esta actitud se encuentra entre las características más acostumbradas de este gobierno que, por cierto, viene pareciéndose mucho al anterior en estos mismos parámetros (no hay crisis/hay brotes verdes y tenemos el mejor sistema bancario del mundo, decían).

En cuanto al asunto que más destaca la prensa, el relativo a las escuchas a móviles de dirigentes europeos por EE UU, se han producido grandes aspavientos, pero sin recorridos serios tampoco. La declaración final del Consejo ha sido calificada por el diario El País como la confesión de una impotencia. En todo caso, existe una cierta expectación en el ambiente respecto de posibles filtraciones concretas que bien pudieran embarrar aún más el terreno político.

El gobierno español, también como acostumbra, ha salido tarde y como un pálido reflejo de la actitud de otros.

La crisis humanitaria provocada por el fenómeno ocurrido en Lampedusa merece apunte aparte. Ha habido abundancia de palabras (parole, parole, parole...), como dice la canción. Y es que no hay fondos adicionales ni políticas novedosas. Un informe para diciembre y, quizás, alguna decisión de envergadura para junio de 2014.

Lo que resulta pasmoso. Una Europa que no toma decisiones y esconde la cabeza como las avestruces cuando algo va mal. ¿El signo de los tiempos? Desde luego, pero habrá que hacer algo para cambiarlo.

miércoles, 23 de octubre de 2013

El caso Pavlov


El pasado mes de julio, y por conducto de uno de los dirigentes del Partido Radical italiano (liderado por Marco Pannella y Emma Bonino), me pidieron una entrevista urgente con una ONG polaca, de nombre OpenDialog. El motivo era ponerme en antecedentes respecto del caso de Alexander Pavlov, un disidente kazajo pendiente de juicio de extradición por la Audiencia Nacional española.

La preocupación de nuestros amigos italianos no era injustificada, pues días antes era detenida y remitida a Kazajstan la esposa del líder de la oposición en aquel país, Muhtar Ablyazov, en una operación considerada como ilegal por las autoridades de Italia.

La reunión tuvo lugar en una cafetería de Madrid, en una cálida tarde de este mismo verano. Los representantes de la referida ONG me expusieron el problema. Pavlov, chófer a la sazón de Ablyazov, está siendo perseguido por las autoridades de su país en una ofensiva lanzada por Nazarbayev con el fin poco menos que de exterminar a la oposición democrática de su país.

A la información verbal añadieron documentos que se referían a la situación de los Derechos Humanos en Kazajstán, contenidas en misiones realizadas por abogados y ONG que demuestran la débil —por llamarla de alguna manera— preocupación por esta materia del gobierno de ese país, último en independizarse de la antigua URSS.

Claro que vivimos unos tiempos en que la protección de las libertades básicas tiene más que ver con la oportunidad que con su ámbito sustancial. O, dicho de otro modo, con quién sea el que las conculca.

De modo parecido al diálogo que mantenía Alicia con las formas ovoides en el inolvidable libro de Lewis Carroll, lo importante no es quién crea las palabras ni lo que expresan estas, sino quién tiene el poder. Y, en este mismo sentido, Kazajstán parece que resulta un escenario importante para la expansión de las empresas españolas; de acuerdo con el viaje que el presidente Rajoy hacía a Astana, en el que fue acompañado por diversos representantes del tejido empresarial de nuestro país.

Una fortaleza, por lo tanto, que se une a la debilidad de España y a una política con orejeras de nuestra diplomacia, que parece sólo interesada en promocionar la Marca España, convirtiendo nuestras embajadas en oficinas comerciales; eso sí, pactando con quien daña los intereses españoles en juego —los argentinos con YPF— el contencioso gibraltareño con el de las Malvinas, en un viaje que conducirá seguramente a la triste diplomacia española una vez más hacia ninguna parte.

Son las orejeras de quienes no han sabido comprender que no se es más débil por no reclamar lo que simplemente es justo sólo por miedo. El respeto nace de la dignidad y de la conciencia que tengamos de ella, no de mirar hacia otro lado.

Recientemente, otra delegación de la referida ONG polaca se volvía a reunir conmigo. En el ínterin, el grupo parlamentario de UPyD había presentado iniciativa parlamentaria mostrando la preocupación de nuestros representantes por el asunto. La reunión se celebraría en un ambiente de gran preocupación.

En el caso de que la Audiencia Nacional resuelva la extradición del disidente Pavlov, será el gobierno español el que tenga la última palabra. Y, en ese supuesto, me gustaría equivocarme, pero me temo lo peor.

¿Y qué ocurriría con Pavlov en Kazajstán? Se lo pueden imaginar. No sería el único disidente torturado como consecuencia de sus opiniones políticas o de su afección —como es el caso— a un líder de la oposición de su país, o a ambas cosas.

Por eso, me gustaría llamar nuevamente a todos los que sigan este blog a que suscriban y difundan la campaña desarrollada por Change.org para pedir de nuestro gobierno una decisión acorde con los derechos humanos y que nos evite —al menos en este caso— la indignidad de entregar a un hombre que lucha por la libertad en manos de quienes la conculcan.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El discurso de Picardo


No puedo menos que referirme al discurso que el ministro principal de Gibraltar pronunciara la semana pasada en la Asamblea General de las Naciones Unidas. Sus acusaciones contra nuestro país, entre las que se encuentran la de disparar a civiles gibraltareños, propagar el odio contra la población del Peñón y ocupar territorio y aguas británicas se han encontrado con una respuesta silenciosa por parte del gobierno británico. 

Tampoco nuestro gobierno ha respondido mucho mejor, carente como está de estrategia y sumido como siempre en la improvisación; pues si bien es grave lo que manifestó el ministro principal, lo cierto es que no ha dicho cosa distinta de lo que ha venido repitiendo en todos los medios a los que ha tenido acceso: una carencia de anticipación, en suma. Además, no se ha exigido por nuestro gobierno rectificación alguna al británico, con lo que cumplimos con la máxima de los pusilánimes, atacar al que se cree que es más débil, porque contra el más fuerte ya sabemos que nada podemos.

Aunque no deja de ser cierto que el único culpable de la crisis es el propio Picardo. Fue su gobierno quien dio por roto el acuerdo con los pescadores españoles y comenzó su acoso sobre los mismos y sus familias; fue una empresa contratada por ese gobierno la que arrojó 70 bloques de hormigón en aguas territoriales españolas y ha sido su principal responsable quien ha difamado a España en los foros internacionales.

Picardo es un buen nacionalista. Y sigue en esa práctica los guiones previstos por este tipo de gentes: ha creado un enemigo externo y se presenta a sí mismo como víctima.

Por decirlo más claro aún: la Guardia Civil no dispara sobre gibraltareños. Al contrario, es un ejemplo de profesionalidad y servicio público que, notablemente en la bahía de Algeciras, lleva años demostrando templanza y contención, pese a la provocaciones de la policía gibraltareña, que en lugar de cooperar en la persecución del crimen, obstaculiza la labor de la Benemérita, cuando no protege a los sospechosos.

Que de los miles de vehículos de residentes gibraltareños en España que a diario cruzan la frontera hayan aparecido uno o dos con las ruedas pinchadas, no prueba ninguna campaña orquestada por nuestro país contra los ciudadanos del Peñón —muchos de ellos, no lo olvidemos, residentes en España—, mucho más cuando las supuestas víctimas ni siquiera denuncian estos hechos ante nuestra policía, con lo que no parece que los daños ocasionados hayan resultado cuantiosos.

Y, como buen nacionalista que es, Picardo pretende para Gibraltar el estatus jurídico de nación —no lo digo yo, se le escapó al propio ministro principal ante un think tank. Con la Corona británica en la jefatura del Estado, de la misma manera que ocurre en Australia o Canadá, perpetuando así su paraíso fiscal.

Claro que el desnortado gobierno de Su Majestad se encuentra sumido en muchos problemas, como el referéndum por la independencia de Escocia, el relativo a la permanencia en la UE y el auge del también nacionalista UKIP, por señalar algunos otros nacionalismos en presencia. De modo que Picardo bien podrá seguir con el mareo de su particular perdiz.


Los nacionalistas no necesitan que su discurso se atenga a la realidad; por el contrario, la distorsionan. No importa que hayan ocupado de manera ilegal el istmo, que intenten ejercer jurisdicción sobre unas aguas que nunca le fueron cedidas, que practiquen rellenos de arena ganando terreno a aguas españolas o que pongan en peligro el medio ambiente con vertidos, submarinos nucleares o bunkering. Son nacionalistas, eso es todo. Y su discurso apela al sentimiento, aunque sus verdaderos propósitos estriben en la preservación de sus intereses económicos. Nada nuevo, por lo tanto.

jueves, 10 de octubre de 2013

No nos equivocamos


Cuando un grupo de demócratas vascos nos reuníamos en el hotel Costa Vasca de San Sebastián, en el verano de 2007, unos y otros hicimos la lectura de lo que nos parecía la actual situación de nuestro país —de España, en ese caso. Algunos de entre los allí congregados hemos recorrido el tortuoso camino que nos ha conducido hasta aquí, cuando a decir de muchos, la suerte nos sonríe, las encuestas nos son propicias y los asuntos que hemos ido produciendo se han convertido en lugares comunes en el debate político. No ha sido fácil, desde luego. Pero tampoco hemos tenido suerte.

No es, sin embargo, España una excepción a la norma. Los sistemas políticos son por lo general cerrados, como lo son también la mayoría de los mercados. Nadie recibe a su competencia con una palmadita en la espalda y las empresas tienden a pactar acuerdos que acaban vulnerando la libre rivalidad entre ellas. Por eso existen las leyes antimonopolio, por ejemplo, que persiguen esas malas prácticas en las economías de mercado.

Y se produce también una especie de vértigo personal cuando alguien abandona una posición más o menos segura, en un partido instalado, si bien que perseguido por los violentos y los intolerantes —la intolerancia no es al cabo sino otra forma de violencia— y se enrola entonces en un proyecto que no sólo no cuenta con bendición alguna, sino que además recibe la incomprensión, cuando no la acusación de quienes hacía sólo unos pocos meses decían sentirse próximos a ti, porque eras —como le gustaba afirmar a Margaret Thatcher— uno de los nuestros.

Tuvo un coste indudable para algunos. Amigos y bienhechores volaban de tus proximidades como las hojas secas que se lleva por delante el viento en el otoño. Estaba claro que no eran amigos, precisamente, y que además no lo habían sido nunca. Pero también resultaba muy dura la experiencia cuando sólo habías abandonado ese partido para irte a otro, ligero de equipaje —que decía Antonio Machado—, dejando que ocupara tu escaño el siguiente de la lista, el día inmediatamente anterior a la entrega de tu carnet, para que nadie dijera que te habías quedado con tu acta de parlamentario un solo día después de cesar en las filas de tu partido.

No se hacen desde luego las cosas para que te las agradezcan. Y si del árbol caído se hace leña, de las gentes que abandonan los recintos se formulan los más encendidos reproches.

Cuentan que un grupo de mujeres bañistas se encontraba en una playa y que, de cuando en cuando, alguna de ellas salía del corro para darse un chapuzón. Pero había una que permanecía invariablemente en la reunión. «¿Tú no tienes calor nunca?», le preguntaron. «No es eso —dicen que contestaría—, lo que no quiero es que me critiquéis».

Incomprensión y censura. ¿Y qué nos habría ocurrido si el año siguiente al de aquella reunión, Rosa Díez no hubiera obtenido el escaño por Madrid? Pues no quiero ni pensarlo.

Aún así, el esfuerzo de Rosa y de tantos compañeros y simpatizantes de aquel proyecto nos llevaría en volandas hacia un éxito tan improbable como aquel, en circunstancias tan adversas y sólo ayudados por la ilusión de los que creyeron que ese acta de diputado era posible.

Hoy ya nuestro partido es una realidad y se proyecta hacia el futuro como la pieza básica de la democracia regenerada que este país necesita. Hoy ya no sólo es que nuestro análisis sea compartido por las gentes como una teoría del deber ser, de lo que debiera ocurrir, sino que muchas de esas gentes, hastiadas ya de la mala política que observan en todos los segmentos del espectro, están ya dispuestas a apostar por nosotros.

Ese proyecto que hace seis años debatíamos, soñando entonces con el partido que nos gustaría que existiera en España —lo mismo que un niño escribe una carta a los Reyes Magos—, será muy pronto un partido con reales perspectivas de gobierno y que se verá encargado de poner en práctica las soluciones que nos permitirán encarar el futuro de otra manera.

Pero ese es otro debate, y a mí, visto desde esa perspectiva de 6 años, lo que me queda es que a pesar de lo endogámica que resulta la política —en especial, todo hay que decirlo, en el País Vasco, donde la relación y la comunicación de algunos responsables políticos está tan condicionada—, tuvimos alguna visión más allá de las orejeras que despistan a buena parte del conjunto de quienes nos rodean. Unas orejeras fabricadas de intereses alicortos y de aves rapaces de vuelo bajo. Sobre todo, que no nos equivocamos.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Las tres solidaridades


Son tres las claves que deberían construir la Europa que necesitamos, como viene afirmando oportunamente José Ignacio Torreblanca; tres las alianzas o las cohesiones que deben ponerse en práctica si lo que pretendemos es crear un espacio europeo que nos proteja y, a la vez, nos permita competir en una economía global, manteniendo el modelo que nos caracteriza, que es el modelo del estado del bienestar. Porque no se trata ahora de arrojar por la borda todo lo que hemos construido los europeos desde la Segunda Guerra Mundial, gracias a un pacto entre las fuerzas de la derecha y la izquierda, un modelo social que tantos admiran fuera de los límites de nuestra UE y tantos otros quisieran abandonar dentro de nuestras fronteras.

Está la solidaridad interterritorial, porque no existe Europa si no somos capaces de proyectarla más allá se los cortos espacios nacionales, y -¡atención!-, no parece posible ser solidario a escala europea si no se es solidario en los niveles nacionales: nadie debería predicar europeísmo cuando se es incapaz de anudar relaciones estrechas con los ciudadanos que forman parte de tu propio Estado. Una solidaridad que se fragmenta hoy en los bloques del Norte y del Sur, de tal manera que se abre un abismo entre quienes acusan a los otros de despilfarradores y quienes contestan a los primeros que no son sino los aprovechados de una moneda que les permitió invadir con sus productos los mercados de toda Europa y que, ahora, cuando las cosas pintan oscuras, solo quieren recuperar su dinero, sometiendo a los países del sur a unas curas de caballo (cuando no salen con eso de la nueva bota de Berlín y el eventual retorno del Tercer Reich).
La otra es la solidaridad intergeneracional, porque los proyectos no podrían resultar flor de un día o de treinta años. Si se pretende que liguen relaciones de futuro, la moda no puede llevarse por delante lo que debería ser permanente, lo mismo que -por lo menos para este caso- no debería el video matar a la estrella de la radio, según la conocida canción. Y es verdad que en Europa no disponemos de pensiones a escala de UE que permitan visibilizar esta posibilidad; pero también deberíamos tener en cuenta que los Jean Monnet, De Gasperi y tantos otros no trabajaron en vano; por no hablar de los Köhl, los Delors y otros europeistas convencidos.
Y existe también una tercera dimensión en la Europa que queremos: la social, interclasista. La que apela a la solidaridad entre los privilegiados y los que no han tenido tanta suerte en el reparto.
Ninguna de las tres alianzas de la Europa por la que venimos trabajando se ha conseguido plenamente, pero es lo cierto que la última de ellas, la construcción solidaria en su componente social es ahora la más atacada de todas. Y toca además al corazón del proyecto europeo, el que nos distingue de las economías del despegue hacia un modelo de crecimiento y de pleno empleo y las economías que ya crecieron siguiendo un modelo en el que sólo se puede aspirar a una parte de la riqueza, en el caso de que esta se haya obtenido antes de forma particular.
Y es verdad que ya soportamos muchas de las posiciones de quienes nos invadieron comercial, política y culturalmente. Adoptamos sus bebidas más emblemáticas y sus costumbres más arraigadamente establecidas, somos adeptos por fin a la Coca-Cola y a las fast foods, nos hemos reconciliado con toda esa pose de nuevos ricos, y su costumbre de derrochar a destajo. Lo hemos hecho todo, hasta ahora, menos importar su modelo social, un modelo que ahora pretenden arrebatáramos los nuevos liberales que al cabo esconden sus vergüenzas neocon debajo del disfraz de las ideologías que promovían lo privado sin aceptar que lo público dejara de cubrir el abismo que se abría entre los que ya  habían llegado y los que nunca llegarían, si el esquema de vida -el way of life- continuaba por siempre igual.
Claro que hay quienes se han aprovechado sin merecerlo, y continúan haciéndolo, de esa Europa social. Pero evocaré en defensa de mi tesis la máxima evangélica que dice que no deberían pagar los justos por los pecadores. No es posible desmontar todo un sistema porque siempre hay quienes utilicen sus intersticios y sus vacíos para colarse entre ellos.

Europa debería establecer sus prioridades y servirlas, asignar adecuadamente sus recursos y suprimir lo que sea superfluo. Pero nunca destruir el espacio de solidaridad que desde mediados del siglo pasado venimos construyendo.

lunes, 23 de septiembre de 2013

Elecciones en Alemania y el resto de la UE


Este domingo, los alemanes han sido llamados a las urnas para elegir un nuevo gobierno que será dirigido por la misma responsable política, Angela Merkel. A cinco escaños de la mayoría absoluta, la actual -y futura- canciller ha obtenido una victoria de las históricas, quedando a cinco escaños de la mayoría absoluta.

También el SPD ha obtenido un buen resultado. Unas (CDU y CSU) y otros (los socialdemócratas) lo han conseguido a costa de los partidos intermedios que sufren un varapalo cierto: los liberales quedan fuera del Bundestag y los verdes sufren un retroceso. Que los euroescépticos de Alternative für Deutschland no lleguen por tres escasas décimas a obtener representación electoral no es algo que nos debería confortar demasiado, nadie les daba opciones y han estado a punto de llegar; habrá que seguir de cerca a este partido para las europeas.

Cualquiera que sea la opción de gobierno que decida la canciller -y esa es y ya era cuestión pacífica entre todos los analistas que han opinado respecto de lo que haya de venir después- las políticas no cambiarán.

El balance de la gestión de la actual canciller en el plano europeo tiene luces y sombras, quizás más de las últimas que de las primeras:

  • Desde el punto de vista institucional, se han trasladado al Consejo las decisiones que antes adoptaba la Comisión, lo que ha producido el debilitamiento de esta última y... ¡qué no decir del Parlamento! No deja de resultar sorprendente que el propio parlamento alemán se haya convertido en un nuevo actor protagonista de las instituciones europeas. Evidentemente, en este escenario, la canciller se ha encontrado bastante cómoda.
  • La tesis prevaleciente durante toda la legislatura alemana, ha sido que no existía una crisis del euro como tal, por el contrario, lo que más bien pasaba era que en algunos países de la zona euro había crisis, debidas a conductas derrochadoras por parte de esos países. La solución -siempre a decir de los gobernantes alemanes- consistiría en exportar su modelo, un modelo de éxito, basado en las reformas planteadas por la agenda 2010 del socialdemócrata Schroeder. La austeridad, por lo tanto. Algunos piensan en este sentido que la medicina era la adecuada, no así su dosificación, y que en ese punto ha variado algo la posición alemana (opina así, por ejemplo, el actual Secretario de Estado para la UE de nuestro gobierno, Iñigo Méndez Vigo).
  • De manera puntual, y sin tener en cuenta necesariamente la letra del Tratado de Lisboa, los distintos actores en el escenario europeo -Alemania de manera muy principal- han acometido o proyectado una serie de decisiones de carácter excepcional. Sin embargo, las instituciones europeas no han quedado precisamente favorecidas en ese proceso, quedando cada vez más al margen.
  • Deudora de la estrategia que se le impuso por los aliados después de la II Guerra Mundial, Alemania no ha hecho ni mucho ni poco por apoyar la acción exterior europea. El ejemplo de la ausencia de estrategia europea respecto de la guerra civil que está asolando a Siria es paradigmático: algún responsable político europeo ha afirmado que ni siquiera se han reunido para analizar el asunto.
  • De esta manera, subsisten -y seguramente que por mucho tiempo, aunque no se trate de algo que se pueda achacar exclusivamente a Alemania- las 4 tensiones que afectan a la UE: desconfianza ante las instituciones por parte de los ciudadanos, la tensión entre países deudores y países acreedores, la que existe entre los países miembros y los que no lo son en la eurozona y la tensión entre democracia y adopción de decisiones fuera de las instituciones democráticas (Parlamento), que viene a ser un problema de legitimidad.

(En relación con este último punto, la sensación que, según algunos analistas políticos, tienen los alemanes respecto de la construcción europea es que Más Europa significaría inevitablemente más dinero alemán). 

En definitiva, un balance que se podría adjudicar a una variada gama de responsables políticos europeos, por lo tanto, también a Merkel: tenemos un euro sin instituciones y una política exterior indiferente a los conflictos.

Visto lo visto, y ya que nadie piensa que se producirán grandes cambios, ¿qué posibilidades vemos al futuro de la UE con el próximo -ya que no nuevo- gobierno alemán?

  • Un avance en la unión bancaria. Seguramente lento y menos ambicioso de lo que algunos prevén.
  • Una Europa más transnacional -que no supranacional-, una Comision cada vez menos decisiva y un Parlamento desaparecido, donde los Estados tendrán un mayor papel en el seno de un Consejo cada vez más fuerte.
  • Y, por supuesto, todo lo que se haga se hará sin pretender plantear un nuevo Tratado, no importa lo rígido que sea el actual y lo contrario que resulte a un proyecto ambicioso de una Europa federal.

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