jueves, 27 de febrero de 2014

Una reflexión sobre Ucrania



De todos los países que obtuvieron su independencia respecto de la antigua Unión Soviética, Ucrania era la más rica. Tenía por lo tanto todas las razones posibles para prosperar. Pero no hizo uso de su nueva condición de nación soberana para transformarse en un Estado moderno, las elites de Ucrania usaron ese nuevo poder para someter a un verdadero saqueo a su país.

La verdad es que Ucrania son dos países: la del este industrializado y Crimea —que, a decir de algunos, un rapto dipsomaníaco de vodka de Stalin agregara a Ucrania—  que habla ruso, y el Occidente nacionalista que formara parte de Austria-Hungría y de Polonia hasta que fue anexionada por el mismo Stalin. Sólo Kiev sería la capital de ese Estado bifronte por todos reconocida.

Lo que la historia nos cuenta es el debate entre una Ucrania que pretendía orientarse hacia el modelo europeo —con limitaciones de todo tipo, aún las tragicómicas de Julia Tymoshenko— o a compartir la alternativa de la corrupción rusa de Yanukóvich. La UE llegaría a apostar por este último, ofreciéndole un tratado de libre comercio, con la pretensión de acercarlo a Europa, pero que sería utilizado por el anterior presidente para reforzar su posición respecto de Rusia. 

La historia siguiente se parece a la escalada prevista por la teoría acción-represión-acción; los estudiantes salieron a la calle, el régimen fue a por ellos y los manifestantes inundaron la plaza de la Independencia. Ese espacio de la plaza Maidan se transformaría en el espíritu de la nación, ondeaba su bandera, se cantaba su himno y tanto gobierno como oposición veían negada su legitimidad. El ejecutivo siguió la estrategia errónea y los ánimos, si cabía, se enervaron aún más. Yanukovych replegaría velas y los manifestantes creyeron llegada su hora definitiva. Temeroso del contagio ucraniano, el Kremlin ofreció líneas de crédito a ese país. 

Y es que Putin observa a Ucrania como si fuera un país inexistente, que pertenecía a Rusia y que debería seguir formando parte de su esfera de influencia.

A pesar de Rusia, la plaza de Maidán empezaría a cobrarse sus víctimas. El Gobierno, la primera. Pero ese recinto seguiría conservando, no solo la independencia de su nombre, sino también la capacidad de aceptar o rechazar las decisiones. Como un nuevo Parlamento popular, la plaza recibe las propuestas del nuevo gobierno y las rechaza o admite.

Rusia no podría —a decir de algunos— incrementar su influencia política a través de sus argumentos venales. Otra cosa ocurre con los medios de comunicación, en manos generalmente de los oligarcas rusos, por cuyo conducto  de la vieja propaganda soviética se repite con la fuerza de un eslógan: fascismo, degeneración homosexual, pederastia... de modo que los «valores putinianos» vienen a convertirse en el retrogradismo puritano de otros tiempos.

Lo que pasa es que Rusia, después de unos años de aparente retirada —más bien estratégica que otra cosa— ha vuelto por donde acostumbraba. El caso de Siria nos puso sobre aviso, Obama no pudo poner en marcha su arriesgada ofensiva y debió pactar una solución que las conversaciones de Ginebra II han demostrado —cuando menos— poco operativa. Hoy se trata de mantener, a la manera del viejo cordón de seguridad soviético heredado de la Rusia de los zares, un espacio de contención y de influencia que le separe de posibles contagios occidentales. Ucrania se habría transformado así en un eslabón de la cadena de influencias rusas, en un nuevo rompeolas en el que deberían estallar todas las malas influencias.

Es todavía pronto para hacer pronósticos. Pero Europa deberá poner su atención en Ucrania, en la libertad de sus ciudadanos y en nuestra propia seguridad. Si Rusia ha vuelto —y lo está haciendo— lo que tenemos entre manos es una nueva amenaza.

lunes, 24 de febrero de 2014

Martes por la tarde



El martes pasado, tras una petición urgente de la ONG polaca, Open Dialog, me reuní con la esposa del disidente kazako Mukhtar Ablyazov. Desde su, en apariencia, frágil figura, Alma Shalabayeva, me cuenta su historia. Su rocambolesca detención por mediación de Interpol en Italia, en la que intervinieron más de 30 agentes especiales de policía; la deportación a su país de origen junto con su hija de 6 años en el plazo de 72 horas; su viaje a Kazajastán, en un jet privado fletado por la embajada de ese país, en un caso que conmocionó a la opinión pública italiana y provocó la dimisión del jefe de gabinete del Ministro del Interior; su libertad vigilada en su casa de Almaty; sus cuestiones con la justicia de su país y su regreso a Roma, gracias a los esfuerzos diplomáticos realizados por el gobierno italiano, en el que esa infatigable luchadora por los Derechos Humanos que es Emma Bonino dirigía la cartera de exterior.

Pero Alma Shalabayeva no venía a hablarme sólo de ella. Sino de Alexander Pavlov, el escolta de su marido que se encuentra a la espera de ser extraditado por el Gobierno español a Kazajastán, donde le esperan la tortura y un régimen en el que al término justicia sólo le queda de tal la palabra. Me enseña fotografías con casos de malos tratos infligidos contra militantes de la organización que lidera su marido y me pide que hagamos cuanto podamos para evitar su extradición. Me dicen —ella y sus acompañantes de Open Dialog— que nuestro gobierno aceptaría una misión de la OSCE como garantía de que a Pavlov se le van a respetar sus derechos básicos. Poca garantía es esa, pienso. (En el momento en el que escribo estas líneas, la Audiencia Nacional parece haber frenado la extradición, precisamente por ese temor a la práctica de torturas contra el disidente).

Luego acudo a la convocatoria de diversos grupos de venezolanos que se concentran en la Plaza de Colón. Saludo a Williams Cárdenas, amigo ya, de vernos en actos de este tipo y uno de mis principales informantes acerca de la situación que vive su país. No encuentro entre los participantes a Mariale Mikelson —aunque luego me escribe por Facebook, agradeciendo nuestra presencia— y conozco a Alberto Pérez, que me informa de la detención de Leopoldo López, y que esta va a ser ya un antes y un después en la situación que está padeciendo Venezuela. También me pide que después, en las intervenciones que van a tener lugar, salude a la gente congregada.

Un joven tocado con la gorra que ya ha hecho famosa el líder de la MUD, Capriles, me saluda y me dice:
- No he podido evitar darme cuenta de que usted es de UPyD. Sólo quería desearle mucha suerte en las europeas.
Le agradezco el gesto.

Unas chicas sonrientes gritan: «¡Que no, que no, que no me da la gana, una dictadura, como la cubana» y más adelante, otro grupo, anuncia que el gobierno —y el régimen— «se va a caer». La concentración tiene el aspecto festivo de todas las que organizan esas gentes que quieren hacer algo, desde aquí, por la libertad de su país.

Y yo me pregunto, antes de intervenir y animar a esos jóvenes a que prosigan con su lucha, si el título de este blog —la posibilidad de un mundo más libre— es algo irreversible. Y no, los acontecimientos de Venezuela, el régimen kazajo que tortura a los disidentes y las pavorosas imágenes que nos dejan los informativos sobre Kiev —solo por poner algún ejemplo— me confirman que esa duda sólo se resuelve en la lucha permanente por la libertad.

Así que les digo que la libertad no es divisible y que su libertad, la de Venezuela, pero también la de otros países, de otros ciudadanos, diría ahora, es la nuestra, y si ellos pierden su libertad también la perdemos nosotros.

Un martes al encuentro con los que luchan en contra de la intolerancia. 

jueves, 13 de febrero de 2014

«No se puede engañar a todo el mundo todo el tiempo»


La cita es muy conocida y se debe a uno de los presidentes de mayor prestigio que hubo en los EE UU de América, Abraham Lincoln.

La traigo a colación debido a la actitud que tiene el gobierno del PP con Cuba, la «Posición Común» de la Unión Europea y el llamado «Acuerdo de Cooperación» que la diplomacia española viene alentando recientemente en los foros comunitarios.

La Posición Común tiene su origen en un compromiso personal que el entonces candidato a la presidencia del Gobierno español, José María Aznar, hizo público en 1995 junto a personas de la oposición democrática al castrismo, como Carlos Alberto Montaner, y el escritor y Premio Nobel, Mario Vargas Llosa. Dicha idea se plasmaría en diciembre de 1996 por acuerdo de los gobiernos de la Unión y vincularía en adelante las ayudas comunitarias a Cuba al respeto por el régimen de la isla de los derechos humanos.

De todos son conocidos los esfuerzos de los gobiernos de Zapatero (especialmente de su responsable de Exteriores, Moratinos) por modificar la Posición Común, que sin embargo no tuvieron éxito, dada la resistencia de algunos países, especialmente los que habían sufrido apenas hacia unos años el castigo del comunismo.

El nuevo gobierno de Rajoy era, en consecuencia, esperado en la isla y en el exilio, por la disidencia cubana, como una esperanza de persistencia de la línea firme que el PP había mantenido en relación con la política castrista, la que procedía de España de modo singular y la europea en general.

No voy a especular sobre las causas de lo que está pasando ahora. Pero el relato no podría prescindir del accidente (?) que se llevaría por delante al disidente cubano Oswaldo Payá y provocaría la detención del joven militante del PP, Ángel Carromero, por la policía cubana y su posterior juicio-farsa y condena.

Un accidente (?) que, por cierto, no ha sido investigado de manera imparcial e independiente, por más que partidos políticos y organizaciones internacionales de todo tipo lo hayan exigido.

Ahora se presenta un Acuerdo de Cooperación, que suspenderá (podrían decir que cancelará) la Posición Común, una vez adoptado. 

Se trataría no ya de una actitud que vincularía a los Estados de la Unión respecto a la política a seguir en relación con Cuba (de ahí el término, Posición Común), sino de un acuerdo que la Unión firmaría con Cuba (de ahí el término Acuerdo de Cooperación).

«Un acuerdo que tiene como elemento capital el respeto a los Derechos Humanos», según palabras del ministro Margallo recogidas por Europa Press.

¿A qué viene firmar un acuerdo de cooperación, entonces? Si lo que dice la Posición Común es que se deben vincular las ayudas a Cuba al respeto por su régimen de los derechos humanos nada habría que acordar con ese país, simplemente verificar que su cumplimiento no se produce. 

En este sentido, cabe recordar que la Comisión de Derechos Humanos que opera en el interior de la isla bajo la batuta del disidente Elizardo Sánchez, viene denunciando el agravamiento de la actuación represiva a cargo del régimen castrista. Y, si no fuera suficiente con eso, deberíamos referiríamos a las recientes declaraciones del premio Sajarov 2010 del Parlamento Europeo, Guillermo Fariñas, en el sentido de que la a Unión no debería plegarse al «neoestalinismo cubano», modificando la Posición Común.

Si el gobierno de España quiere (como parece claro) modificar la Posición Común mediante un pacto con el régimen cubano, debería decirlo con claridad y transparencia. No vivimos ya en regímenes bajo tutela de antaño (¿o sí?), en los que la información se guardaba bajo llave para el desconocimiento de la ciudadanía. 

«Luz y taquígrafos», y debate. Con un análisis sobre lo que ha supuesto la Posición Común y las políticas a desarrollar en el futuro. En el Parlamento.

Lo que no vale es decir lo contrario de lo que se piensa, con intención de engañar... que es la definición de la mentira. O, dicho de otro modo, proclamar que no se va a cambiar la Posición
Común cuando lo que se pretende es simplemente modificarla por un pacto con los liberticidas: los Castro, naturalmente.

miércoles, 5 de febrero de 2014

La oportunidad


El proyecto europeo ha sido siempre el escenario de tensiones contrapuestas. Los intereses de Estados, partidos y lobbies de todas las consideraciones han pugnado por establecer su propio criterio y la resultante de todos esos pulsos ha sido que nadie perdía absolutamente, con lo que todos ganaban algo. Y así, a trompicones, como los carros que avanzan a duras penas por terrenos dificultosos, el proyecto europeo avanzaba.

Claro que eran épocas en las que todos —o casi todos— los que participaban en este proceso eran partidarios de que siguiera adelante. No ocurre lo mismo ahora. Porque en estos momentos el debate europeo, más allá de su necesaria construcción, se refiere a la necesidad de defender lo que se ha hecho ante quienes sólo pretenden socavarlo.

El populismo se presenta en las elecciones europeas de mayo como la gran preocupación. Es verdad que acude a esta cita con diversos uniformes. Que no es lo mismo el FN francés que el UKIP británico, que la Alternative für Deutschland alemana no dice lo mismo que el PVV holandés... y que su concierto en el próximo Parlamento Europeo no será fácil, por suerte. Pero forzoso será decir que algo se ha hecho mal para que hayamos llegado hasta este punto.

Por ejemplo, se ha pretendido que todas las malas noticias venían de Bruselas, el centro institucional de la Unión por excelencia. Nuestros gobernantes iban a Europa a conseguir no se sabía muy bien qué cosas y volvían de Europa haciendo un particular beneficio de inventario de su gestión: lo bueno se debía a su capacidad negociadora; lo malo, las exigencias que se nos planteaban, eran responsabilidad de la siempre lamentable y omnipresente burocracia de Bruselas.

Hoy para nadie es un secreto que la construcción del euro estuvo mal planificada y peor resuelta. Como una especie de edificio construido sobre el barro, ha amenazado con venirse abajo al primer vendaval. Las soluciones adoptadas para combatir su debilidad, a través de mecanismos como el MEDE que no han sido susceptibles de control político por parte de las instituciones democráticas, no han ayudado precisamente a legitimar sus decisiones, que en muchos casos han comportado dolorosos ajustes en las poblaciones afectadas por los rescates.

La tendencia a que sea el Consejo Europeo, y no el Parlamento y la Comisión, quien está protagonizando las determinaciones que afectan a la construcción —o recreación, porque últimamente se construye poco— de Europa, no ayuda al principio de la representación europea en base a los intereses de sus ciudadanos. Se trata más bien de reforzar el papel de los gobiernos de los Estados más fuertes de la Unión en contra de los más débiles, reforzando la dualidad entre el centro y la periferia y las malas relaciones entre ciudadanos de unas y otras partes de la Unión.

Como respuesta a estos —y otros— problemas, los distintos países europeos han conocido el nacimiento y la proliferación del populismo. Una amplia gama de partidos que sólo podría coincidir en la respuesta anti europea que formulan todos, aunque apenas podrían construir un proyecto común, más allá de la vaga idea que tienen de demoler la Europa que generaciones de europeos hemos ido construyendo a los largo de los siglos, especialmente después de la II Guerra Mundial. Y no todos estos partidos estarían dispuestos a hacerlo en la misma medida, con la misma brutalidad y en todos los aspectos institucionales.

Pero esa desunión —intrínseca a esa pléyade de movimientos populistas— no nos debería tranquilizar. Estarán en el Parlamento Europeo porque están entre nosotros —aunque desde España no los advertimos ya que no los tenemos—. Condicionarán seguramente la constitución de grupos parlamentos después de las elecciones de mayo, tendrán su peso en los debates y marcarán en ellos aspectos insolidarios tan en contra de lo que Europa ha representado a lo largo de estos últimos tiempos.

Por eso, no debemos mirar hacia otro lado. Es preciso que tomemos buena nota de su presencia para reforzar el proyecto europeo y para empujarlo hacia delante. Más allá de las posiciones nacionales —muchas veces nacionalistas— de los Estados, intentado construir una Europa de los ciudadanos.

El auge del populismo, aún comprendiendo sus connotaciones negativas, puede y debe ser una oportunidad para el consenso hacia una nueva ambición europea.

miércoles, 29 de enero de 2014

¿Lealtades excluyentes?


La palabra lealtad es seguramente una de las más bellas de las que existen en el diccionario, por lo mismo que la contraria —deslealtad— podría encontrarse en el elenco de las más desagradables. El empresario jerezano Ruiz Mateos acusaba al ex ministro de Hacienda del gobierno socialista, Miguel Boyer, de «desleal», como si fuera esta la peor cualidad que pudiera predicarse de ser humano alguno. Y no le faltaba razón si lo que pretendía era resultar hiriente.

Hay lealtades exclusivas y que podrían además ser excluyentes. Los Evangelios aseguraban que no se puede servir a Dios y al dinero, porque son lealtades que se contraponen en muchos momentos. Pero no siempre ocurre lo mismo, uno puede creer que es leal con dos proyectos porque ambos trabajan por el mismo objetivo, hasta que piensa que uno de los dos ha entrado en colisión con el otro. Entonces ha llegado el momento de valorar cuál de los dos es el principal.

UPyD nació a la acción política con una propuesta de regeneración política de un panorama estancado en partidos similares que determinaban un juego político opaco y cerrado y que habían desarrollado un sistema autonómico insolidario y fragmentado hasta el delirio. Era muy difícil lo que planteábamos, de modo que también nos apuntábamos a lo que comúnmente se denominan «causas perdidas».

Es el caso del Sahara. Un territorio no autónomo —pendiente de descolonización— al que España abandonaba a su suerte, entregando el territorio al Reino de Marruecos, aunque nuestro país conservara la titularidad jurídica derivada de su otrora condición de potencia colonial.
Una causa difícil, abandonada por unos, marginada por otros y vapuleada en fin por quienes decían apoyaría, pero que sólo pretendían acarrear agua al molino de sus intereses independentistas... El Sahara parecía asunto de nostálgicos y de revolucionarios.

UPyD no es un partido de nostálgicos, precisamente; y es un partido reformista y nacional. Todo ello muy distante de algunos de los apoyos que se le presumen a esa causa. Pero sí es un partido que se abona a defender lo que para muchos es simplemente imposible o muy difícil de obtener.
Queremos que se cumpla la ley en el ámbito nacional, aunque la ley no siempre pueda gustarnos; por eso decimos lo mismo en lo que se refiere al ámbito internacional, las resoluciones de NNUU, que en lo relativo al derecho de autodeterminación del Sahara Occidental son claras. Creemos en los valores, y los derechos humanos, conculcados permanentemente por Marruecos, se encuentran también en entredicho en ese territorio.

Unión Progreso y Democracia ha estado desde su nacimiento con la causa y el Pueblo Saharaui. Una delegación presidida por Rosa Díez visitaba los campamentos hace cuatro años y nuestra portavoz firmaba en Rabuni un convenio de colaboración entre nuestro partido y el Polisario; dos altos representantes de la RASD han intervenido en nuestros congresos (en el primero, Rosa hacía ondear la bandera saharaui entre los aplausos de los delegados); hemos participado en asambleas y congresos del Frente Polisario; Rosa Díez acudió al aeropuerto de Lanzarote, en el que se encontraba Aminatou Haidar y —a petición de esta— se desplazó a El Aaiun para tranquilizar a su familia; el mismo Paco Sosa participó de manera activa en la petición de un premio Sajarov para la mencionada activista saharaui. 
Dicho sea entre otras muchas cosas más.

No se ha quebrado —como algunos afirman— la lealtad de UPyD con el Pueblo Saharaui. Todo lo contrario, las resoluciones en materia de política exterior de nuestro 2º Congreso así lo demuestran. No son, por lo tanto, excluyentes —no podrían serlo— las lealtades a UPyD, si se comparte el ideario de nuestro partido, y a la la liberación del Sahara, recogida en nuestro programa.

Pero habrá quien piense que los caminos se han bifurcado ahora. Respeto su decisión, son muy libres de hacerlo. Nosotros, en todo caso, seguiremos trabajando por los mismos objetivos.

martes, 21 de enero de 2014

Apuntes de una conversación


Esto de la política tiene sus cosas. Unos días arrastran a otros con sus dificultades. A veces —por eso de no levantar la vista mucho más allá de los acontecimientos del día— crees que vives en el estancamiento. Pero basta con mirar hacia arriba y en perspectiva para darte cuenta que los proyectos avanzan y que en ese recorrido quizás hayas tenido tú mismo algo que ver.

Y entre estas cosas de la política —jamás una práctica anodina, desde luego— está la de conocer personas. Como es el caso de mi interlocutor de la pasada semana, cuyo nombre no citaré, por aquello de que las impresiones que suscitan en nosotros personas y hechos no siempre son las mismas para ellas.

Pues diré que mi interlocutor me hablaba de su trayectoria política, que le había llevado a fundar dos partidos políticos —los dos desaparecidos ya. Y a mi pregunta de si con eso ya había quedado satisfecho desde el punto de vista de su contribución a la innovación de la política en España, me contestaría: «De momento».

Y fue entonces cuando empezó a referir su nueva idea.

Para mi amigo, no sólo la relación de los partidos políticos con la sociedad, sino el mismo espacio público ha cambiado con la aparición de internet y las nuevas redes sociales. Las instituciones que hoy sirven para la representación de los ciudadanos, lo eran en función de los antiguos métodos de conexión sociales. La prensa se correspondía con un tipo de democracia representativa que centraba en el parlamento la esencia del sistema, y no se debe olvidar que los cronistas políticos comenzarían su andadura en las cámaras de representantes. Luego vino la radio y, en seguida, la televisión, modificando de manera radical el comportamiento electoral y los hábitos de los ciudadanos y sus representantes. Desde el ya célebre debate presidencial entre Kennedy y Nixon de septiembre de 1960, en que, según se dice, ganaría el segundo para quienes lo siguieron por la radio y el primero para quienes lo hicieron por televisión, ya la caja tonta sustituía al foro parlamentario como eje de la política nacional.

Hoy ni siquiera los artículos de opinión —como este mismo que leen ustedes— suscitan la misma capacidad de influencia que un tweet, que ha venido a modificar el ámbito de la comunicación pública y privada. Lo que no quepa en los conocidos 140 caracteres sobrepasa lo que se deba decir. Margaret Thatcher decía a sus colaboradores que lo que no cabía en una cuartilla no se podía leer y, por lo tanto, no servía para nada, de modo que sus colaboradores se pasaban los días y las noches podando sus informes de toda la hojarasca que se les pudiera haber colado. Hoy ya ni siquiera la cuartilla. Y ya veremos por donde va el mundo en el futuro.

Y volviendo a mi interlocutor, ya todas serían instituciones del pasado. Los parlamentos, solemnes pérdidas de tiempo; los partidos, unas estructuras creadas para que el poder sólo se pueda compartir entre un reducido grupo de amigos. De esa manera, únicamente lo que circula en la red cuenta para algo y se debería desterrar todo lo que no se sitúa en ella.

Un nuevo espacio público en la red que, a la manera de las bandadas de pájaros, forman un colectivo que se mueve en función de lo que le dicten su inteligencia y su instinto. Una especie de sentimiento colectivo que actúa en masa, pone y quita gobiernos y utiliza sus instrumentos para controlarlos.

Una idea sugestiva. Pero, le digo, ¿Dónde quedaría en ese esquema Popper y su huida de la tribu? ¿Dónde el concepto de ciudadano, de individuo? ¿O es que este diseño no nos lleva precisamente a las sociedades primitivas donde nada de lo que se mueve se produce sin el conocimiento y el consentimiento de los jefes de esas entidades?

«Viejo liberal, seguiremos hablando», me dice. Pero yo observo que mis palabras le han producido una cierta mella. Aunque yo no sepa tampoco muy bien si este mundo en el que vivimos ha condenado definitivamente a los arcanos de la historia a esos elementos que configuraban los ejes de nuestra representación. A nuestra generación —con mayor o menor dificultad— nos han servido ¿pero a las siguientes?

martes, 14 de enero de 2014

La volatilidad del voto


En un reciente encuentro con el embajador de uno de los países que iniciaron la creación del proyecto europeo, este me hablaba del cambio producido en los comportamientos electorales de los ciudadanos después de la caída del muro que dividía Berlín, y Occidente de Oriente.

-Antes de eso —me decía—, la gente votaba siempre lo mismo. Socialista, democristiano, comunista... ahora todo es más volátil. Unas veces se vota a la derecha, en otras ocasiones a la izquierda... De manera que resulta difícil prever cuál será el mapa político de los países en un futuro más o menos inmediato.

Esa volatilidad que se presumía en el ambiente —le cuento a mi interlocutor— es la que le hizo al poeta y cantante judío-canadiense Leonard Cohen contestar con lo que podría parecer un exabrupto a quienes le conminaban a celebrar la caída del muro. «No me gusta nada —dicen que afirmó—. Nadie sabe muy bien lo que va a salir de todo esto...» Y no solo eso, Cohen se encerraría en su habitación para escribir un poema al que tituló The Future y que daría también denominación genérica a un LP. En su estribillo proclama: «I've seen the future, brother. It is murder». 

Pero no me voy a poner tan catastrofista como el viejo Leonard. Sólo subrayaré lo que decía el embajador. No es necesario que el futuro sea un crimen, como advertía el poeta. Basta con saber que hemos traspasado el umbral de las seguridades para insertarnos en un mundo en el que resulta imprescindible armarse de nuestras propias convicciones. Las muletas del pensamiento más o menos único que nos ayudaban a entender las cosas de una u otra manera han desaparecido ya, de modo que convendrá que aprendamos a pensar por nosotros mismos.

Era, antes, el escenario de las viejas maneras de entender el mundo, en esa línea divisoria del muro. A una parte del mismo se negaba la libertad, pero se permitía una cierta seguridad en el reparto de una pobreza; todo ello sometido a una economía intervenida y planificada y que sólo funcionaba porque estaba cerrada y contaba con suficiente masa crítica como para repartir la escasez que provocaba el sistema. Al otro, el mundo industrializado, la economía de consumo en masa, a veces el despilfarro de recursos naturales, un mundo libre en apariencia, porque las desigualdades que provocaba -cuando no fueran corregidas por los poderes públicos- no permitían exactamente que esa libertad fuera otra cosa que una mera teoría.

Pero, en todo caso, la dictadura —no del proletariado, del Partido— o la democracia —con todos sus problemas, claro.

Producto de esos dos mundos —y de ese tercer mundo, que en la mayoría de los casos no era sino deudor de uno u otro— eran las ideologías que los dividían. Unas ideologías que nacían del siglo XIX. El conservadurismo rural, con su juego de alianzas definidas por las convenciones feudales; el liberalismo —librecambismo— de las clases medias urbanas emergentes y, con el estallido de la revolución industrial, el socialismo de los partidos de izquierda y los sindicatos de clase.

El recorrido de ideologías y de partidos que las representan ha sido largo. En ocasiones han aparecido denominaciones diferentes que han servido para que algunos huyan de arquetipos inconvenientes. Viejos perros con los collares cambiados, su posición en el tablero político era la misma que antes, sin embargo.

Pero la sociedad cambiaba. En especial, en Europa, la apuesta decidida de los gobiernos de todos los países democráticos, izquierdas y derechas, por establecer unas redes de seguridad que impidieran la marginación de los ciudadanos que quedaban excluidos del reparto, el crecimiento económico y un sistema impositivo de carácter redistributivo creaban un estado del bienestar y, su correlato, unas clases medias que ya no son burguesía ni proletariado y donde la aristocracia rural ya no es sino una reliquia del pasado.

Clases medias y estado del bienestar barrían las concepciones clásicas de izquierda y derecha, pero esos partidos seguían manteniendo sus posiciones casi como meros actos reflejos de lo que un día fueron. Sus políticas, sin embargo, no eran ya tan diferentes. Y el juego electoral se transformaba en la alternancia, toda vez que la alternativa no era ya posible y, seguramente tampoco, deseable.

Hoy ya todo eso ha saltado hecho pedazos. Los partidos mayoritarios no saben qué ofrecer a su clientela. Capaces como son de ofrecer una cosa y la contraria, han perdido definitivamente los perfiles que tenían. Ensimismados y ocupados en sus tareas concretas, su único cometido estriba en estirar las legislaturas para llegar a las siguientes elecciones con algo sustancial que ofrecer a su electorado, cualquiera que sea.

Y llega entonces la hora de los nuevos partidos. Y, por supuesto, en eso como en botica, los hay para todos los gustos. Quienes se visten de nostalgia por los buenos tiempos perdidos y quienes hacen una apuesta firme y decidida por el futuro.

Un voto volátil, de ciudadanos que dejen atrás las muletas del pensamiento.
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