jueves, 30 de julio de 2015

El Brexit: algunas reflexiones (elmundofinanciero.com)


Artículo publicado originalmente en ElMundoFinanciero.com, el 30 de julio de 2015

El reciente triunfo de David Cameron en las elecciones británicas ha vuelto a poner en el primer plano el importante asunto del referéndum en que se decidirá sobre la continuidad —o no— del Reino Unido en la Unión Europea y, en el primero de los casos, en qué condiciones quedaría esta. Los europeos —y los españoles, entre estos, que contamos con una cierta edad y no nos falla la memoria— sabemos que los referendos tienen su peligro: cualquiera que sea la complejidad de la elección que se someta al veredicto popular —y este es un caso paradigmático de cuestión complicada—, son las emociones las que priman en los electores, más que los criterios racionales que estos deberían analizar. Situados en un plano objetivo, parece claro que los ciudadanos británicos no podrían quejarse de las ventajas económicas que obtienen de su integración en la UE y que su salida de la misma se traduciría en una mayor pobreza. En cuanto al compromiso político de ese país en un programa ambicioso de impulso de las políticas concertadas en la Unión, su presencia se ha constituido casi siempre en un factor retardartario de esas políticas. No es propósito de este comentario realizar un reproche a ese país, solo el constatar que también es posible que todo un pueblo, en algunas ocasiones de su devenir histórico, puede cometer errores que luego carezcan de solución.

El asunto se ha presentado como una decisión británica. Y lo es sin duda. Pero afectará a los Tratados firmados también por los restantes 27 países miembros. De modo que nadie podría acusarnos a otros de aprovechar la eventual apertura del melón por parte del Reino Unido porque tengamos la pretensión de poner sobre la mesa algunas de nuestras viejas preocupaciones: una mayor transparencia, un mayor respeto de las libertades en determinados países, una mayor movilidad laboral...

Habría que recordar que hay muchos trabajadores procedentes de otros países de la Unión que están prestando sus servicios en el Reino Unido y que merecen el respeto y la consideración de los británicos, por lo mismo que muchos ciudadanos de este país trabajan y viven en otros países de la Unión y merecen el respeto y la consideración de sus convecinos: el espacio de integración humana y de valores que supone la Unión debería quedar en cualquier caso preservado.

En el caso de que hubiera que renegociar los Tratados, se trataría de encontrar el mayor beneficio para todos los ciudadanos de la UE, no sólo para los británicos.

Pero, no lo olvidemos, Lisboa y su Tratado constituía tal vez para un largo plazo de tiempo un escenario de complicada reforma, ya sea para producir una mayor integración o para reducirla: 28 decisiones, procedentes de 28 cuerpos políticos nacionales no auguran un fácil consenso.

Sin embargo, algunos gobiernos europeos —y entre ellos, algunos liberales— han aprovechado la coyuntura que les brinda el ejecutivo conservador británico, para apostar por una Europa más intergubernamental, por lo tanto alejada del paradigma de una Europa más federal e integrada que pretende ALDE, su grupo parlamentario y sus partidos.

La igualdad de trato para todos los europeos en todos los países de la Unión debería constituirse en un principio que no admita contradicción. Y esa es una de las acciones que el gobierno conservador pretende practicar y que para los Lib-Dems británicos supone un criterio insalvable.

Poner orden, inteligencia y moderación en todos los países y por todos los protagonistas sería un escenario exigible en este largo proceso que ahora apenas comienza.

lunes, 27 de julio de 2015

El busto retirado (El Español)




En el mes de abril de 1904, un entonces joven don Alfonso XIII visitaba por primera vez en su reinado la ciudad de Barcelona. A ella le llevaba su primer ministro, don Antonio Maura, que sufriría a continuación el primero de sus atentados, obra del anarquista Artal.

Fue recibido don Alfonso en aquella ocasión por la Corporación municipal en pleno. Y aun los historiadores de la época siguen haciéndose eco de las palabras que entonces pronunciara otro joven, un concejal catalanista, cuyo nombre era Francesc Cambó. Una intervención reivindicativa, aunque mesurada, en el más puro estilo del seny catalán; por la que, pese a la inicial abstención de los solidarios respecto del viaje real, confirmaba el éxito final del mismo.

Han tenido que pasar más de 110 años desde entonces, para que un alcalde de esa ciudad retire el busto de su nieto y diga que considerará la posibilidad de colocar el de su biznieto don Felipe.

Quien fuera uno de los fundadores de la idea democristiana en España, Ossorio y Gallardo, gobernador civil del Gobierno Largo de Maura (1907-9) en Barcelona, tenía la costumbre de despachar personalmente con su Primer Ministro. En sus cartas le decía que el problema en Cataluña era en un 20% de doctrina y en un 80% de política.

100 años después nadie puede poner en duda que haya existido política española en Cataluña; buena y mala, desde luego, pero política al cabo. Todavía en régimen monárquico, un gobierno Dato puso en marcha la Mancomunidad; en la República el primer estatuto de autonomía; la Constitución de 1978, en una nueva restauración monárquica, esta vez parlamentaria y plenamente democrática, el segundo y en el más reciente año 2006, el tercero de los estatutos de su historia.

Se ha hecho, sí, política. Quizás haya fallado más la doctrina: defender por ejemplo que España y los españoles no somos unos intrusos en esas tierras; que Cataluña -como todas las regiones de España son producto del mestizaje de los siglos; que el afecto, además de los intereses, cuenta en nuestra relación común; que Cataluña no se entiende sin España, lo mismo que esta sin aquella; que no hay robos ni atropellos, sino solo ciudadanos más ricos que pagan mayores impuestos; que no se produce en este caso ninguno de los supuestos que el Derecho Internacional exige para la autodeterminación,aunque la bauticen con la edulcorada mención de derecho a decidir.

Una carencia de doctrina que ha agravado el particular protagonismo que la vigente Ley Electoral ha proporcionado a los partidos nacionalistas, en particular a Convergencia I Unió, que obtenían de forma progresiva compensaciones territoriales a cambio de votos para la mayoría en el Congreso. Ninguno de los dos partidos establecía como línea roja infranqueable la unidad de España y la igualdad de los españoles en cuanto a la prestación de los servicios públicos se refiere, residan en la parte de nuestro territorio que deseen.

Y ahora, don Juan Carlos en efigie abandona el salón de plenos de la Ciudad Condal, en tanto que el President Mas nos anuncia su muy cercano propósito del abandono de España. De esa manera, la imagen de la institución que simboliza como ninguna otra la unidad de nuestro país, anuncia un episodio de difícil solución desde la política, entendida esta como el diálogo y la negociación.

Urge entonces aceptar el desafío que los cantos de sirena de la independencia nos anuncian desde aquellas tierras, escoger la firmeza de nuestras convicciones democráticas —la principal, el imperio de la ley—, asumir el próximo proceso electoral en Cataluña como lo que es —unas elecciones autonómicas y no un plebiscito—, explicar a catalanes y resto de los españoles que no vamos a ceder al chantaje y a nuestros socios europeos que una Constitución no es una aproximación al Derecho, sino que es el Derecho mismo. Y, cuando llegue el momento, actuar, sin dudas ni temores.

Un largo ciclo parece concluir con esa imagen de unas manos que recogen el busto de don Juan Carlos para alojarlo en una caja de cartón que luego depositarán en alguna dependencia municipal. ¿La oficina en que se guardan los objetos perdidos, una suerte de baúl de los recuerdos? ¡Quién sabe! En todo caso, habrá que volver a empezar.

domingo, 26 de julio de 2015

El papel de la UE en el ámbito cultural de las Naciones Unidas



Publicado originalmente en El Huffington Post, el 27 de julio de 2015

En estas últimas semanas he sido encargado por la Comisión de Cultura del Parlamento Europeo de la redacción de una opinión sobre cómo debe plantearse la relación de la Unión Europea con las Naciones Unidas. Esta circunstancia nos permitirá abordar algunos asuntos esenciales para la acción inteligente de una verdadera política cultural exterior europea.

En el Parlamento Europeo, utilizamos a veces el término «diálogo intercultural», y también repetimos que el concepto mismo de Europa se basa en la comprensión de la diversidad cultural que caracteriza la multiplicidad de sus identidades.

Creo que este diálogo, esta relación mutua, puede ser la clave para una nueva visión de las relaciones entre Europa, sus Estados Miembros y los Terceros Países que hoy más que nunca tenemos que comprender para afrontar los desafíos que alteran el escenario mundial, como el terrorismo y la migración.

Diplomacia cultural no significa simplemente organizar conciertos de músicos europeos a lo largo de todo el mundo. Supone reflexionar sobre los aspectos culturales que nos unen como civilizaciones del mundo y trabajar de modo que la cultura pueda convertirse en un soft power en las relaciones diplomáticas. De este modo se pueden promover los valores democráticos y las libertades fundamentales, además de encontrar los medios para construir un nuevo relato de ciudadanía global.

Se trata de una misión de la Cultura con la C mayúscula, la construcción de puentes hacia el respeto recíproco de los derechos de los seres humanos.

En este contexto, las relaciones entre la Unión Europea y las agencias de las Naciones Unidas dedicadas a la cultura y la educación —en el documento de opinión abordamos especialmente la colaboración de la Unión Europea con la UNESCO— se pueden fortalecer a través de una mejor representatividad de la UE en los consejos de administración de estas agencias y la cooperación activa en áreas cruciales como la protección del patrimonio y el tráfico ilícito de obras de arte, las industrias creativas como motor de desarrollo duradero y el acceso a la educación en los campamentos de refugiados y en los escenarios de conflicto... muchas circunstancias diferentes, como se ve.

Entre las iniciativas que propongo, pido al Servicio Europeo de Acción Exterior que nombre en cada delegación europea en el exterior un responsable de la coordinación y promoción de los programas culturales de la UE, con el objetivo de promover el desarrollo conjunto entre los diversos países. Se precisa también la mejora de la movilidad de artistas y profesionales de la cultura a través de un conjunto de tratamientos preferenciales, en línea con la Convención de la UNESCO sobre la protección y promoción de la diversidad de las expresiones culturales de 2005.

Esta convención de la UNESCO, sobre la Diversidad Cultural, se aprobó unos años después de los acontecimientos del 11 Septiembre de 2001.

En su primer artículo se habla de la diversidad cultural como una «fuente de intercambios, de innovación y de creatividad», tan necesaria para el género humano como la diversidad biológica para los organismos vivos. Continúa afirmando que la diversidad cultural «constituye el patrimonio común de la humanidad y, por lo tanto, debe ser reconocida y consolidada en beneficio de las generaciones presentes y futuras».

Estas palabras nos recuerdan la voluntad de reconocer, en un momento tan trágico de nuestra historia reciente, el valor esencial del diálogo entre las culturas para asegurar la paz mundial y la coexistencia pacífica y armoniosa entre los pueblos. O, por lo menos, para intentarlo.

Guinea Ecuatorial tiene derecho al futuro



El pasado mes de junio, con la colaboración del Grupo Parlamentario ALDE, organizaba mi oficina del PE un encuentro que servía para analizar la situación que se vive en Guinea Ecuatorial.

La antigua colonia española no ha tenido excesiva suerte en su desarrollo político y humano. Quizás sí pueda decirse que la ha tenido en el aspecto económico, toda vez que descubría importantes yacimientos petrolíferos que la convertían en uno de los países africanos más importantes en cuando a a producción del oro negro. Sin embargo, ya se ha escrito mucho sobre la llamada maldición de la materias primas, respecto de la cual el país ecuatoguineano no habría resultado inmune. Ahogados por el flujo de esa importante reserva de petróleo, ese país —según opinión general— no se ha abierto a otro desarrollo industrial, de modo que la mayoría de la población vive sometida a sus más tradicionales modos productivos.

Tampoco podría decirse que el desarrollo que ha conllevado esta riqueza haya llegado al conjunto de la población. Crecimiento no es lo mismo que distribución general de ese crecimiento. Y ello debido a un régimen que no ha abierto tampoco las posibilidades a una participación inclusiva del conjunto de la oposición. La ecuación autoritarismo-reparto de la riqueza entre unos pocos, resulta muchas veces equivalente a la que expresa que el Estado de Derecho conduce a una mayor igualdad respecto del acceso a las prestaciones públicas.

En aquella mesa se sentaba alguno de los más respetados líderes de la oposición, Severo Moto, sometido al exilio en Madrid, con causas pendientes con la justicia de su país y su partido, el Partido del Progreso, en la clandestinidad.

Se trataba de poner el foco sobre uno de los asuntos que la política internacional española y europea ha desterrado al olvido. Como ocurría con esas causas perdidas que desenterrábamos en UPyD para devolverlas a la vida: la autodeterminación para el Sahara occidental; la democracia de Cuba, abandonada hasta por el PP... eso, por referirnos solo al plano internacional.

Pero se encontraba allí también el embajador de Guinea Ecuatorial ante la Unión Europea, que —todo hay que decirlo— aguantaría con entereza las críticas que se vertieron hacia el régimen de Obiang Nguema. Una presencia que contribuiría a que el encuentro no se convirtiera en una manifestación al uso para oposiciones recalcitrantes.

Hubo, como ya digo, posiciones divergentes; pero también situaciones de consenso. El embajador reconoció aspectos de no poca importancia, como la necesidad de un censo serio para la realización de unas elecciones correctas. Severo Moto, por su parte, demostró una altura de miras que no es habitual en personas condenadas por el solo delito de pensar distinto.

Mi conclusión es que Guinea Ecuatorial no debe tener miedo a las reformas. Ni el régimen de Obiang, ni la oposición. Situados ambos en un tránsito histórico, deberían acometer más pronto que tarde las decisiones adecuadas para afrontar un futuro en libertad. Y lo digo —lo dije en mis palabras finales— desde la posición de quien cree que también en España, en Europa, tenemos reformas que emprender. En nuestro país, agotada la primera transición y la Constitución de 1978, debemos trabajar por la conclusión de un sistema partitocrático que ha terminado por acallar la voluntad de los ciudadanos; en Hungría se produce un lamentable debate sobre la reinstauración de la pena de muerte y se estudia la construcción de un muro que contenga la entrada de inmigrantes. Nadie, tampoco las antiguas potencias colonizadoras, es perfecto. Por eso no podemos hablar desde la prepotencia, pero sí desde el consejo.

En España este año 2015 servirá para comenzar la redefinición del nuevo mapa político. Del conjunto de elecciones locales, autonómicas y generales surgirá con seguridad una nueva hoja de ruta para la reforma de nuestra democracia. ¿Por qué no en Guinea Ecuatorial para el próximo 2016? ¿Por qué no unas elecciones en las que participe toda la oposición, incluida la que ahora se encuentra en el exilio?

Como decía Ana Camacho, presente entre las oradoras en el acto, nada es imposible en política. Nada, si hay voluntad de hacerlo, añadiría yo.

sábado, 18 de julio de 2015

La 'pinza' del PP e IU deja a la oposición venezolana sin una visita del Parlamento Europeo (El Huffington Post)



Publicado originalmente en El Huffington Post, el 17 de julio de 2015

A finales del siglo XX, se producía en España un fenómeno singular: la ambición que tenía el presidente del Partido Popular, José María Aznar, por obtener el poder en el más corto plazo posible, se correspondía con el deseo por parte de la Izquierda Unida de Julio Anguita de desgastar a un PSOE que se debatía entre «morirse de éxito» —que decía Felipe González— o perder de manera definitiva las elecciones, debido al verdadero maremoto de corrupción que asolaba al viejo partido que un día fundara don Pablo Iglesias en un bar cercano a la madrileña Puerta del Sol. A esa operación se la bautizaría como «la pinza».

La nueva pinza se ha producido en los salones de la sede bruselense del Parlamento Europeo estos mismos días. La delegación aprobada por la Conferencia de Presidentes de la Cámara con destino a Venezuela, y que debía formarse por 12 miembros componentes de los diferentes grupos parlamentarios, se veía abortada —suspendida, según expresión de algunos— por el concurso de estas mismas dos fuerzas políticas que, a escala europea, se denominan EPP y GÜE.

El motivo de la misión parlamentaria a Venezuela no parece que precise de adicional justificación. El pleno de Estrasburgo ha aprobado ya en lo que va de esta legislatura —que acaba de cumplir un año este mismo mes de julio— hasta dos resoluciones de enorme exigencia, ante la deriva impulsada por el presidente Maduro en ese país latinoamericano: líderes políticos como Leopoldo López, Antonio Ledezma y Daniel Ceballos, y manifestantes encarcelados, representantes públicos que se ven privados de sus actas y luego se les impide presentarse a las elecciones —María Corina Machado—, la prisión preventiva que se alarga de modo indefinido por la ausencia del correspondiente juicio, los medios de comunicación silenciados y vendidos al Estado o a personas cercanas al régimen con el dinero del petróleo, la delación política rebautizada de «patriotismo», la modificación de los distritos electorales en exclusivo beneficio del partido del gobierno gerrymandering en su expresión inglesa— y el miedo instalado en el inconsciente colectivo: miedo a no recibir alimentos, miedo a no poder comprar medicamentos. Y, a todo esto, una economía en caída libre, la única libertad que por lo visto existe en Venezuela.

Salir al encuentro de la oposición democrática, de los familiares de los presos políticos, como Lilian Tintori o Mitzi Capriles, de la sociedad civil venezolana, era urgente y así lo pedía la segunda de las resoluciones aprobadas por el Parlamento. Pues bien, compuesta la delegación, se ponía en marcha el trámite habitual en estos casos: el presidente del Parlamento Europeo, Martin Schulz, remitía una carta a su homólogo venezolano, Diosdado Cabello, para anunciarle nuestro deseo de visitar el país, encareciéndole su apoyo. El resultado era previsible: no habría respuesta. Tampoco la embajada de ese país ante las instituciones europeas nos facilitaría visado diplomático alguno para este viaje.

«Un agravio al Parlamento», manifestarían con disgusto los representantes del EPP. «En estas condiciones no es aconsejable que vayamos», añadían. Quizás es que el sólo recuerdo de las recientes imágenes de unos senadores brasileños a quienes se les impedía el acceso a Caracas, apedreados por una turba de «espontáneos» manifestantes, o la proximidad de las vacaciones parlamentarias -el viaje tendría lugar el 16 de julio-, han pesado fuertemente en el ánimo de este grupo.

La izquierda radical —el otro brazo de la pinza— tenía, como es lógico, otros motivos para no viajar a Caracas. «Hay que dejar trabajar a la diplomacia», manifestaban ellos. Pero era evidente que, también en este caso, sus intenciones más ocultas eran otras: las de no incomodar al régimen de Maduro con una visita parlamentaria que no era otra cosa sino una bofetada en la cara del mismo gobierno.

Unos y otros proponían que fuera septiembre el mes más indicado para la visita. Pero ninguno de ellos pudo objetar a que, llegadas esas fechas, la situación sería la misma o peor que la actual, dada la mayor cercanía de las elecciones, a celebrar a primeros de diciembre.

Socialistas y liberales hemos intentado en vano que la delegación del Parlamento Europeo viajara a Venezuela. Yo mismo anuncié mi propósito de desplazarme a Caracas con tal de que algún otro grupo estuviera presente. No ha sido posible.

Hemos dejado sólos a los opositores venezolanos. Nuestra solidaridad, por ahora carente de ambición y de valentía, cuando no una posición simplemente contraria a sus más legítimas aspiraciones, ha quedado en una proclamación de palabras que se pierden entre las miles que aprobamos todos los meses en la sede de Estrasburgo.

El compromiso de los liberales europeos y el mío personal quedan, por lo tanto, acreditados. Serán otros quienes deban ofrecer explicaciones. Si las tienen.


jueves, 16 de julio de 2015

Los socialistas europeos y los epígonos de ETA



  • TODOS LOS TERRORISTAS SON IGUALES
La carta que los componentes de la delegación parlamentaria "Ciudadanos Europeos" —cofirmada por el diputado independiente Enrique Calvet—, todos miembros del grupo ALDE, dirigíamos al presidente de la Asamblea francesa, en prevención de la visita de la organización vasca Bake Bidea a esa institución, el pasado 11 de junio, ha tenido respuesta por parte del grupo S&D, los socialistas europeos. No quiero aburrirles con los detalles de la contestación. Sólo hacerles notar que esta viene a ser la interpretación oficiosa de la posición oficial francesa —como se sabe, el socialista es el grupo mayoritario en el parlamento de ese país— y que contiene buena parte de los argumentos que son habituales en estas situaciones. Esto es, «los diputados franceses son libres, en el ejercido de su mandato, de organizar reuniones y conferencias en las salas que están a su disposición».

Nada que objetar a esta «libertad de acción de los diputados franceses», podríamos decir. Claro que sí, sólo por poner un ejemplo, en el ámbito parlamentario de las Cortes, algún diputado español —o vasco de los que no se reclaman españoles— hubiera incurrido en el mal gusto de recibir en esa sede a alguna organización que justificara el reciente atentado contra Charlie Hebdo o el más reciente de la fábrica de Lyon, habría que saber cómo se pondrían nuestros colegas, los eurodiputados franceses.

Claro que las varas de medir o las políticas del embudo no son cuestión pacífica en las relaciones humanas, tampoco en este caso. Sin embargo, me interesa más el último párrafo de la carta, debido a su carácter, que no sabría si calificar de ingenuo o malévolo. En fin, ustedes juzgaran por sí mismos:

«(...) le hago notar —me decía— que esta reunión se ha mantenido en un contexto en el que el Presidente de la República Francesa, en su discurso ante el Rey de España, ha recordado la movilización de nuestros dos países contra el terrorismo de ETA, contra el terrorismo en contra de nuestros propios territorios, en nuestras fronteras, y al hecho de que España paga desde hace mucho tiempo un pesado tributo».

Podría hasta resultar explicable la justificación habitual que reproducíamos en la primera parte de este comentario, la libertad de los diputados es sagrada. Lo comprendo porque eso mismo nos ocurre a nosotros, que soportamos con estoicismo digno de mejor causa los actos realizados por los diputados europeos independentistas catalanes con cargo al presupuesto del Parlamento y que a veces se ven presididos por el logo de nuestro propio grupo parlamentario. Nos dejaríamos matar —aunque no nos pongamos demasiado serios, que asesinos los hay por doquier— por defender la libertad de expresión y abogaremos siempre porque los diputados disfruten del considerable margen de actuación de que disponen. Pero no conviene hacerse trampas, cosa que tan frecuente resulta en política y en los restantes ámbitos de la vida ciudadana. Decir que el acto de Bake Bidea tenga que ver con la excelente recepción ofrecida al Rey por las instituciones francesas y que se inscribe en el discurso del sufrimiento por las consecuencias del terrorismo en suelo español —y francés—, no deja de parecerme una burla si no fuera porque prefiero considerarlo una ausencia de información sobre las pretensiones de estas gentes.

Las organizaciones terroristas, todas, sin excepción, pretenden objetivos políticos que no están dispuestas a obtener mediante el juego democrático. Y ese fue el objetivo de ETA: conseguir la autodeterminación y la independencia a través de las pistolas, las bombas y el chantaje sobre la sociedad vasca y española en su conjunto. Derrotada, aunque admitida, como consecuencia de esos gravísimos errores cometidos por el bipartidismo imperante en España en las instituciones, pretenden ahora lo que decía Von Clausewicz pero al revés, que la política es la continuación del terrorismo, pero por otros medios. Y a eso se apuntan ahora los socialistas franceses, practicando un buenismo que replica el de su compañero de ideología —si hubiera tenido tal cosa en alguna ocasión— Rodríguez Zapatero.

Pero antes había dicho que eran ustedes quienes debían juzgar. Por lo que no me adentraré más por este proceloso camino. Ustedes dirán.
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