lunes, 17 de agosto de 2020

La España que se nos viene encima


La tarea consistente en analizar las consecuencias sociales y políticas de la pandemia del Covid-19 se convierte en un trabajo arduo cuando ni siquiera se ha superado ésta. Los rebrotes -más o menos aislados-, la espera ansiosa de una vacuna y la afectación que -en todo caso- traiga consigo el periodo posterior al virus en los modos de comportamiento de las gentes -con su correspondiente impacto sobre el ocio y el turismo, que constituyen la principal industria de la España actual- desdibujan la precisión de los contornos del cuadro que se nos presentará a partir del otoño y nos acompañará en los próximos años, definiendo un escenario que ya algunos auguran de apocalíptico. 

Los anglosajones utilizan con frecuencia un término –aftermath- con el que describen lo que ocurre después de un acontecimiento desastroso. Hubo un aftermath después de la II Guerra Mundial, por ejemplo; le precedió otro, después de la Gran Depresión del ‘29 del pasado siglo; por lo mismo que nos ocurriera a los españoles nuestro particular aftermath una vez concluido el Desastre de 1898 con la pérdida de nuestros últimos vestigios del Imperio en Cuba y Filipinas, entre otras penalidades acaecidas a lo largo de nuestra historia. Cada uno de esos episodios supuso un cambio de comportamientos sociales y económicos que se tradujeron en mutaciones políticas.

Eso es lo único que aparece con claridad ante nuestros ojos atónitos en los tiempos que corren: que estamos en presencia de un cambio, cuya intensidad y proporciones apenas intuimos ahora; y del que la respuesta política por parte de la ciudadanía sería imposible discernir.

Hay, eso sí, encuestas; y se han producido también dos elecciones regionales en pleno episodio de la pandemia. Unas elecciones que no debieron haberse celebrado, toda vez que no había vencido aún el periodo legislativo de sus respectivos parlamentos, y producidas -las elecciones- en el marco del temor al contagio en los sectores de edad más susceptibles de infección -la tercera edad- que también constituyen la parte de los votantes que participa más. Como era de prever, según el diario El País, los comicios en Euskadi registraron la mayor abstención desde los celebrados en 1994 y en la comunidad gallego hay que remontarse a 1985 para encontrar un dato similar.

Habrá quien piense que los resultados que han arrojado esas elecciones resultan sólo representativos para las comunidades en las que se produjeron: la revalidación de dos suertes de nacionalismo, más o menos light, consecuencia de una cuasi perfecta mimetización de los partidos tradicionalmente triunfantes en ambas regiones con las bases sociológicas de las mismas. Feijó y Urkullu, dos personajes para un autor, ha largo tiempo descubierto en democracia: la vida feliz y provinciana, sin sobresaltos y acostumbrada a pactar y convivir con sus viejos diablos familiares, cualesquiera que éstos sean.

Convengamos, sin embargo, que en este mundo transversal e interconectado que vivimos nada hay que carezca de traslado hacia otros ámbitos. El análisis de estas elecciones ofrece sus lecturas diversas a los partidos contendientes: el Partido Socialista, que ha visto limitadas sus expectativas electorales; Podemos, incapaz de penetrar en el tejido social, cada vez más centrado en la sola personalidad de su fundador y -en todo caso- devenida en una formación política que se ha constituido en fértil abono de plantas crecederas en los ribazos nacionalistas radicales -Bildu en el País Vasco, BNG en Galicia-.

Pero prefiero concentrar este comentario en dedicar alguna atención a lo que estas dos elecciones han supuesto en el ámbito general del centro-derecha, y en particular del Partido Popular. Una formación política que se viene debatiendo en los últimos tiempos en la controversia entre las dos almas que anidan en dos personas, las de sus ex-presidentes: Aznar y Rajoy. Con independencia de las realizaciones concretas de ambos gobernantes, parece haberse insertado en el ideario colectivo que el primero traduciría su imagen política en el terreno de las convicciones y los principios, en tanto que el segundo lo haría en el de la gestión y el pragmatismo. Sería Aznar un agente transformador de las realidades políticas y sociales -la derrota de ETA; el ingreso de España en el euro o la inmarcesible amistad con EEUU, entrada en la guerra de Irak incluida-; Rajoy, en cambio, no daría más batallas que las justas -y aun ni siquiera éstas-, concentrado en resolver la crisis económica y en retardar las respuestas a los enredos políticos que acechaban al país -el soberanismo supremacista en Cataluña, no sólo, aunque sí de manera principal-.

Estas dos almas se confrontaban precisamente en las elecciones regionales del pasado junio. Feijó, como alter ego de Rajoy, Iturgaiz, rescatado por Casado del baúl de los recuerdos de la etapa de Jaime Mayor como el hombre de Aznar en el País Vasco. Y, haciendo abstracción de las lecturas de los populares vascos de su pésimo resultado -6 escaños, 2 de los cuales cedidos a Ciudadanos-, el veredicto nacional parece inapelable: gana la política pegada a la realidad, la que ha sabido tejer las necesarias redes clientelares -a la manera de los viejos cacicatos de la Restauración-; pierden los principios y la mirada a los tiempos que ya son viejos y que, por lo tanto, pasaron. De manera que el joven presidente del PP se ha apresurado a manifestar que él no es cosa diferente de la gestión, en tanto que parece cosa de escaso tiempo que se vaya desprendiendo del abrazo del oso de Aznar y de Álvarez de Toledo para aproximarse a los dos gallegos, cualquiera que sea la mercancía que envuelvan en su pañuelo de seda.

Y, sin embargo, lo importante es siempre el contenido, no el continente. Parece evidente que la gestión cotidiana de las cosas públicas -la economía- les es exigible a todos los líderes políticos con posibilidades de alzarse con la responsabilidad de gobierno. Deberá, en este sentido, darse por descontado -aunque es lo cierto que a estas alturas nada debería darse por supuesto ni por descontado- que la política exige un plus a la gestión; que la política es reforma; que la política supone trazar los objetivos y seguirlos hasta conseguirlos, cualquiera que sea el estado de la mar, aturbonada o en calma.

Un Pablo Casado desertor de la política basada en los principios y enrolado en el pragmatismo significa, seguramente, la consolidación del nuevo edificio constitucional que los tiempos del nefasto presidente Zapatero auguraban: el replanteamiento de la Constitución de 1978 ahora en clave confederal -aunque se la pretenda presentar, en lo que no es sino una nueva edición de la “trampa de las palabras” o una nueva “palabra trampa”, como federal-. Un imprevisto desarrollo del Estado de las Autonomías que ya estaba plagado de bilateralidades -empezando por los presuntos “derechos históricos” vascos y siguiendo por las disposiciones de otros Estatutos de la llamada “segunda generación”- y que ya había sido pactado por los dos grandes partidos españoles, que aceptaban los designios defendidos en este mismo sentido por sus barones territoriales.

No resultará inmune a esta nueva etapa la base de la forma de gobierno de nuestro edificio constitucional, la monarquía parlamentaria, a la que el abandono de España de Don Juan Carlos de Borbón augura pronósticos aún inciertos. Cortafuegos para evitar el incendio de la dinastía o una especie de “más madera, que es la guerra” -pero ahora no como en la película de los Hermanos Marx, sino en la forma de nuestra triste realidad presente-. El acoso de nacionalistas y populistas con la connivencia de un partido socialista -enajenado ya de toda convicción que no sea su tradicional apego al poder- a la Casa del Rey sólo tendría como impedimento la resistencia de sus moradores a rendir la plaza amparados por el procedimiento agravado de la reforma constitucional. Una esperanza al menos de que no estará todo perdido en esta España de saldos y de entregas sin combate. Los monarcas nunca se dan por vencidos, carecen de otra profesión que no sea la de la realeza, y el ejercicio del trono es la esencia de su condición, dicho sea en esta ocasión por suerte para nosotros.

Abandonado Casado al pragmatismo y seducido finalmente por los cantos de sirena de un nuevo cambio de régimen, ¿qué futuro quedará para un partido liberal como es Ciudadanos? Parece evidente que su espacio replicaría el que quedaría vacío por desistimiento de los populares, ese mismo espacio que Albert Rivera supo percibir algunos meses antes de que se viera obnubilado por la desmedida ambición de llegar a ser “presidente de España” -una figura que, por cierto, no está prevista siquiera por nuestra Constitución-, cuando los resultados electorales daban para un valioso e influyente Vicepresidente del Gobierno.

Con los cantos de sirena -decía Ortega- hay que hacer lo que recomendaban a los marineros nórdicos: oírlos del revés. Ciudadanos no debería en este nuevo contexto aplicarse a una imposible búsqueda del centro entre dos partidos abandonistas de la Constitución de 1978, sino precisamente en la defensa de este texto legal. Frente a la renuncia de los principios, Ciudadanos debería pelear por su restauración.

Y, desde esta base, que es punto de apoyo fundamental para acometer los cambios que la España del post Covid-19 exigen, podría el partido presidido por Inés Arrimadas abanderar el trabajo por devolver a nuestro país a los ámbitos que de verdad le interesan: una España para los españoles y no sólo para sus territorios, una España democráticamente regenerada, una España que asuma los retos de una nueva industrialización basada en los parámetros europeos del I+D+I y las empresas ecológicas, una España que desde una lengua que hablamos más de 500 millones de personas en el mundo recupere buena parte de su terreno internacional perdido  

Todo ello aderezado con una buena dosis de pragmatismo. El debate entre la “vieja y la nueva política” ha visto superado ya su fecha de caducidad: los partidos nuevos han envejecido en muy pocos años y ya se han integrado en el sistema antiguo, de tal manera que apenas es posible distinguirlos de los tradicionales. ¡Bienvenidos, por lo tanto, a los tiempos políticos de siempre!

Ese sería el baluarte desde el cual la utilidad de un partido, definido por su claridad y la defensa de los principios, podría presentarse para un futuro de incertidumbre como el que presagian los tiempos por venir. Cuando se despeje el campo de los cadáveres -humanos, sociales, económicos y políticos- que dejará el maremoto de la pandemia tras de sí.

Punto de partida que condicionará las políticas económicas y sociales que están por venir lo será la negociación en este otoño de los Presupuestos Generales del Estado. Una resolución compleja si el objetivo consiste en obtener la totalidad de los 140.000 millones de euros que tienen previsto entregarnos las autoridades europeas. De acuerdo con los expertos, los fondos de cohesión de los años ‘80 y ‘90 no servirán como precedente. Su gestión tuvo como objeto las infraestructuras de transporte. Ahora será más difícil. De lo que se tratará es de pactar un nuevo modelo económico y en un plazo de tiempo extraordinariamente ajustado: un esfuerzo de modernización de nuestras Administraciones públicas y una migración de nuestras empresas hacia nuevos sectores y actividades.

Casi nada para construir un edificio nacional que luce los desconchados y las grietas que evidencian la inconsistencia de sus cimientos. Será, a pesar de todo, la hora de la política -la buena-, cuando apenas sí nos quedan vestigios de ella.

domingo, 12 de julio de 2020

El ecologismo, ¿una respuesta política a la crisis post-Covid?


Columna de opinión publicada originalmente en El Imparcial, el sábado 11 de julio de 2020

Las políticas que seguirán a la doble pandemia sanitaria y económica provocadas por el Covid-19 están ahora a punto de gestarse. Este mismo mes de julio los países miembros de la Unión Europea prepararán un elenco de medidas en las que a las subvenciones se añadirán los préstamos; las primeras sin condiciones, las segundas sujetas a algunas medidas de ajuste y reforma que la República Federal alemana, doblemente líder como consecuencia de su papel principal en Europa y por la presidencia semestral del Consejo que está asumiendo, hará valer el necesario papel de equilibrio entre las diferentes sensibilidades nacionales y la necesidad de definir lo que deba ser el proyecto europeo en el incierto futuro que tiene por delante.

A diferencia de la crisis de 2008, en la que el debate se producía en los términos de la fábula de Esopo, en cuya aplicación a aquel momento los países cigarra eran los del sur y las hormigas los del norte, la crisis de 2020 cuenta con características más transversales, de modo que se viene evitando el lenguaje bronco y descalificador que presidió aquella controversia y su ejecución en dolorosos padecimientos sobre las clases medias, los servicios sociales y una juventud a la que se había privado ya categóricamente del ascensor social y a partir de entonces de un futuro abordable para su generación.

La transversal afectación de esta crisis no significa empero que todos los países se encuentren en las mismas condiciones económicas de partida. Las estadísticas de deuda pública como porcentaje del PIB, en datos de 2018, oscilan entre un181,1% para Grecia, un 132,2 % para Italia, un 121,5 % para Portugal, 98,10% para Francia y 61,9% para Alemania. España se situaba entonces en un 97,1%.

Sirvan estos datos como referencia de una situación que se verá gravemente empeorada en todas las estadísticas y exigirá de ayudas y préstamos públicos para recuperar una cierta normalidad económica. Aun así ya hay muchos negocios que no volverán a abrir, muchas familias que regresarán a la pobreza y muchos sectores que se verán fuertemente golpeados (en España el turismo, la hostelería y la automoción, por indicar los más evidentes).

Puntos de partida diferentes que requerirán distintos esfuerzos a sus respectivos países. Y que supondrán respuestas diversas en sus electorados. Es pronto todavía para adelantar pronósticos, pero ya hay algunos datos que nos advierten de la re-configuración del mapa político. Ya en las elecciones europeas de 2019, los partidos ecologistas mejoraban en 18 escaños (de 52 a 70), y en otros países de la UE han visto acrecentarse sus votos en elecciones locales, regionales y nacionales en muchos de los Estados del norte; en Francia, el partido Europa Ecológica Los Verdes se ha hecho con el control de ciudades como Lyon, Estrasburgo o Burdeos.

El ámbito ideológico más afectado por este crecimiento ha sido la socialdemocracia del norte de Europa (ya herida de muerte por el populismo) y el socio-liberalismo de Macron en Francia (que ya había fracturado contundentemente al voto de la izquierda). En España, un país que siempre está llegando tarde a recibir los aires de la modernidad, los ecologistas han quedado secuestrados en las filas de los partidos de la extrema izquierda; pero su bandera puede ser recogida por movimientos más abiertos, horizontales y centrados. Por lo mismo que la política social no es patrimonio exclusivo del socialismo tampoco el ecologismo tiene porqué subsumirse en la extrema izquierda.

Liberados de ese bloque perverso y abiertos a modos de entender la vida y la sociedad en clave más actual, un nuevo ecologismo español podría conectar con una juventud desesperanzada y sin perspectivas de futuro, ofrecer ámbitos nuevos de actuación a la iniciativa privada con programas innovadores que cuenten con recorrido económico y situar la preocupación por el medio ambiente como una de las principales tareas de la política nacional del mismo modo a como acontece en otros países de Europa.

Este nuevo ecologismo, ideológicamente más situado en el centro o el centro-izquierda, procedería a una renovación del mapa político español en el que, tal vez, las prioridades se parezcan a las necesidades ciudadanas y no a las aburridas identidades tribales.

Un nuevo espacio que reforzaría al centro político en España y debilitaría a un socialismo empeñado en recorrer los caminos que conducen a la fragmentación de un país ya demasiado debilitado por encontrar una brújula que nos explique qué hacer en el cruce de caminos que se abrirá sin duda tras la crisis inevitable de la pandemia.

No es, desde luego, previsible en el corto plazo la aparición de esta nueva referencia política en España; pero sí que, pasados unos años, los ciudadanos hayan dejado de preocuparse por la dificultad de su situación y exijan nuevas respuestas políticas para la solución de sus problemas. Lo mismo que ocurrió con Podemos y Cs -que no obtuvieron presencia nacional hasta las elecciones de 2014, aunque la causa de su crecimiento venía de la crisis de 2008- podría ocurrir con la crisis de 2020.


Sólo el tiempo nos dirá si esta especulación de hoy se convertirá en una hecho.

domingo, 5 de julio de 2020

Maura: “A España solo le salvarán las ayudas, reformas y ajustes de Europa como a la muerte de Franco”



Entrevista de José María Rojas Cabañeros, publicada en Majadahonda Magazin.es el domingo 5 de julio de 2020.

La conversación de este domingo 5 de julio (2020) es con Fernando Maura, bisnieto de Antonio Maura (presidente del Consejo de Ministros durante el Reinado de Alfonso XIII). Abogado y economista por la Universidad de Deusto (es bilbaíno de nacimiento), además de prolífico articulista y escritor de novela y ensayo. Realizo esta entrevista por email, conectando con su domicilio en Madrid.

Parece que esta crisis ha vuelto a incendiar los populismos de ambos extremos, ¿cómo ve el futuro de España tras la Covid-19?
–Muy complicado como consecuencia de la polarización política derivada de la pandemia y de la crisis que viene por delante. Creo que, como ocurrió después de la muerte de Franco, la respuesta vendrá del Proyecto Europeo, a través de sus ayudas y de la política de reformas y ajustes que nos exigirá la Comisión Europea. De la política nacional, con unos partidos erráticos, cuando no entregados a los populistas, mejor no esperar nada.

¿Piensa que esta pandemia cambiará la forma de entender la vida en sociedad?
Creo que, una vez que se descubra la vacuna y que ésta pueda suministrarse al conjunto de la población, volveremos a los modos clásicos de relación. Sin embargo, algunos procedimientos de trabajo y de relación cambiarán: el teletrabajo quedará y muchas familias valorarán el medio rural como alternativa a las ciudades densamente pobladas y sus problemas de movilidad y de carestía de la vida. Los poderes públicos deberían fomentar esta tendencia, que es aún incipiente, habilitando puntos de encuentro poblacional que estén dotados de centros de salud, escuelas e Internet en estas localidades.

Usted siempre ha tenido una gran sensibilidad con la situación política en Latinoamérica, ¿piensa que esta pandemia puede arrastrar a una profunda inestabilidad en esa zona? ¿qué debería hacer Europa con dos países de gobiernos de perfiles políticos opuestos como Venezuela y Brasil?
La pandemia empieza a afectar ahora a los países latinoamericanos, más débiles en cuanto a sus estructuras sanitarias y sus presupuestos para hacer frente a la crisis económica subsiguiente, cuando su empleo depende en buena medida de la economía informal. La Unión Europea debería actuar desde la exigencia del respeto a los Derechos Humanos, que no puede olvidar que la ayuda humanitaria se dirige hacia las poblaciones y no a los gobiernos. Otro mix difícil, pero no imposible si los gobiernos aceptan la mediación de organizaciones del tercer sector. En todo caso, siempre habrá que distinguir entre los gobernantes autocráticos -o para-autocráticos– de los gobernantes populistas que no tienen voluntad de permanencia en el poder una vez que los ciudadanos dejen de mantener su confianza en ellos.

¿Hay alguna lección que se pueda sacar de todo lo sucedido?
El valor de la solidaridad, de la entrega de algunos profesionales que antes no valorábamos de forma suficientemente adecuada (trabajadores de la sanidad, fuerzas y cuerpos de seguridad, militares, empleados de supermercados, cadenas de distribución de productos básicos…). La seguridad de que somos un gran país, capaz de superarse a sí mismo en los peores momentos.

Para terminar, ¿nos puede sugerir lecturas para estos tiempos difíciles?
Retornemos a los clásicos: en novela, “A la búsqueda del tiempo perdido”, Proust como personaje confinado en su memoria. En la historia, recuperemos los relatos de la II República, para no incurrir en las desgracias que nos supuso nuestro pasado reciente, la edición de Joaquín Romero del “Así cayó Alfonso XIII”, de Miguel Maura es sumamente recomendable en su prólogo y epílogo. Y el texto del que fuera ministro de la Gobernación del gobierno provisional republicano sigue siendo una pieza de agradable lectura. Y si se quiere refugiarse en la poesía, Benedetti es una lectura fácil y bella; pero la maestría del “Poeta en Nueva York” de Lorca es inigualable, en especial si se sigue con la melodía de Leonard Cohen de “Take this waltz”.

BIOGRAFIA DE FERNANDO MAURA. Ha desempeñado una larga y fecunda actividad política: concejal del Ayuntamiento de Bilbao (1983-1987), miembro del Parlamento Vasco (1994-2007), diputado del Parlamento Europeo (2014-2015) y más recientemente diputado en las Cortes Generales (2016-2019), así como responsable del Área de Exteriores de Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía (Cs) (2017-2019). También es patrono de la Fundación para la Libertad, directivo de la Sociedad Liberal El Sitio, miembro de la Real Sociedad Bascongada de Amigos del País (en euskera, Errege Euskalerriaren Adiskideen Elkartea, más conocida como La Bascongada) y de la Real Hermandad de Caballeros de San Fernando. Ha tenido una participación activa en la iniciativa ¡Basta Ya!, además de ser colaborador habitual de los diarios El Mundo, El Correo, ABC, etc. Asimismo, ha publicado varias novelas, un libro-testimonio, un ensayo en colaboración, así como artículos en diversos periódicos y revistas. Entre sus obras están Conflicto en Chemical (1993), Últimos días de Agosto (1995), El doble viaje de Agustín Ceballos (1999), Bilbao en gris (2003) y Lakua: kosas ke okurrieron (2012).

jueves, 2 de julio de 2020

País Vasco: el barco del honor se estrelló contra la política cotidiana

Publicado originalmente en El Imparcial, el miércoles 01 de julio de 2020,

Cuando en abril de 2001, Jaime Mayor y Nicolás Redondo -alentados por Fernando Savater- se abrazaban en el Kursaal de San Sebastián, no existía aún conciencia de que el final del terrorismo etarra y el de la precaria unidad del constitucionalismo en el País Vasco estaban ambos heridos de muerte.

Concluía en ese abrazo la desesperada batalla entre el socialismo y el centro-derecha vascos por reemplazarse de manera recíproca como socios principales del PNV en la Comunidad Autónoma y de erigir al partido fundado por Sabino Arana en socio regional de referencia de sus partidos nacionales. Era el eterno retorno a la historia de la II República española, Prieto o Gil Robles intentando engrosar en el Frente Popular o en la contra-revolución a un partido de perfiles indeterminados en sus filas, un partido -el PNV- que ya para entonces había convertido en esencia de su actuación el accidentalismo de sus alianzas políticas.

El constitucionalismo perdía esas elecciones de 2001por algunas decenas de miles de votos y el buey retornaba a su arado antiguo: el PSOE preparaba con agilidad digna de mejor causa la sustitución de Redondo por un López más asequible a las directrices de la ejecutiva federal y disponible para retomar el pacto con los nacionalistas; la legislatura de este último como Lehendakari (2009-2012) se resolvió en la incapacidad de su partido por establecer políticas alternativas a las del PNV y al desprecio al otro partido nacional -el PP-, que le entregara sus votos a cambio de nada.

En paralelo, la eficacia de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado, unida al apoyo de la sociedad civil española, reducía el número de los atentados de ETA. De las 23 víctimas mortales del año 2000 se pasaba a 15 en 2001, y a 5 y a 3 en los dos siguientes.

El temor a que el final de la banda terrorista infligiera un daño irreparable al nacionalismo se apoderó de la escena política. Derrotado en las elecciones de 2009, Ibarretxe dejaría el campo abierto a una renovación en el PNV que concluiría con el actual tándem Urkullu-Ortuzar. El partido del Jaungoikoa ‘ta Lege Zarrak (Dios y Leyes Viejas) aparcaba una revisión estatutaria que convertiría al País Vasco en un Estado Libre Asociado a España y se prestaba a apoyar con sus votos a los gobiernos del PSOE o del PP en la Villa y Corte.

Zapatero, primero, y Rajoy, después, dieron por buena esa oferta y enterraron así a las casi 1.000 víctimas del terrorismo en el olvido y la ignominia. Sus partidos en Euskadi se convirtieron así en meros instrumentos para el pacto con un nacionalismo que, sirviendo a su ambigüedad histórica, siempre supo bien con quién pactar y cómo para continuar obteniendo sus objetivos soberanistas sin tropiezos. El plan Ibarretxe de la vía rápida se vería sustituido por un plan Ibarretxe a cámara lenta.

Así las cosas, la rentabilización política de los años de hierro y plomo del terrorismo -cruel paradoja de la historia- la obtenía el partido fundado por Sabino Arana, aunque no hubiera hecho otra cosa sino mirar hacia otro lado mientras disparaban las balas y explosionaban las bombas. Era “el árbol y las nueces” de Arzallus. Y Bildu se convertía en socio del PSOE sin haberse siquiera molestado en hacer autocrítica del asesinato y de la devastación producida en la sociedad.

Un nuevo pacto, basado en el confortable silencio de no cuestionar nada en tanto que la situación económica permanezca estable y las condiciones de vida permitan la holgura deseada, se ha adueñado de la bienpensante sociedad vasca. Nada de lo que venga por delante nos deberá preocupar -parecen advertir-, aunque ya esté en marcha un proyecto de segregación, donde los nacionalistas sean vascos de primera y los demás sean sólo advenedizos. Se erige un monumento a las alubias bien puestas y a un marmitako bien guisado, y basta.

Parafraseando al poeta Mayakovsky en su despedida, “el barco del honor se estrelló contra la política cotidiana”. Y cuando se recupera la memoria de los años pasados, las promesas incumplidas de los “no os defraudaremos” hieren como cuchillos en las calles de las ciudades y pueblos -que diría el también poeta Juaristi.

Y la pregunta es inevitable: ¿sirvió en realidad para algo? ¿Tuvieron sentido las vidas de Gregorio Ordóñez, Fernando Buesa, Miguel Ángel Blanco... entregadas en holocausto? Bien podría parecer que de muy poca cosa, a la luz de lo que ocurrió después, su recuerdo machacado por las entregas y las concesiones, Bildu homenajeando a los asesinos, los radicales lanzando pedradas contra una diputada de Vox y Navarra cada vez más cerca del proyecto de la “nación foral vasca”, entre otras muchas cosas.

Habrá que concluir, sin embargo, que situados frente a la disyuntiva de claudicar ante los liberticidas o hacerles frente, la única opción digna era la segunda. Y según se va escribiendo la historia de aquellos años tristes, el recuerdo de quienes prefirieron -preferimos- la convicción de la defensa de nuestras ideas a la comodidad o al entreguismo se agiganta. Siquiera que sea sólo por eso, tuvo sentido.

lunes, 22 de junio de 2020

¿La farsa del cambio de régimen?




Tribuna publicada originalmente en El Imparcial, el sábado 20 de junio de 2020


Ocurrió después del verano de 1909. Aún no apagados en las calles de Barcelona los rescoldos de la Semana Trágica, los liberales —que eran entonces la izquierda del sistema— avalaban el grito de “¡Maura no!” lanzado por Lerroux. Con avidez de poder, y espantado ante la pervivencia durante casi tres años de política reformista, Moret -al que seguirían otros políticos liberales, y aun conservadores —no sólo daría el golpe de gracia al mayor valedor de la institución monárquica -según opinión sobre don Antonio de su rival Pablo Iglesias Posse—, sino que sellaba un acuerdo con quienes pretendían destruir el régimen canovista de 1876. Una operación bendita y celebrada por el “trust de la prensa”, indignada ésta con Maura por la cancelación de los “fondos de reptiles” con que los gobiernos financiaban a los medios de comunicación en aquellos tiempos. El régimen de la Restauración duraría aún una década larga más, hasta 1923, destruido finalmente por el golpe de estado del general Primo de Rivera, pero ya se encontraba herido de muerte.

Guarda alguna coincidencia lo relatado con lo que acontece en la actualidad. Para ello basta con poner los nombres de hoy en lugar de aquéllos: donde dice “Semana Trágica”, digamos “pandemia”; en lugar del “¡Maura no!”, anunciemos ahora la “crisis constituyente”, calificada así por el ministro de Justicia en el Congreso en respuesta a ERC; Moret por Sánchez no deja de ser, aunque plausible, una broma de la historia; y Lerroux por Iglesias Turrión, aceptable, si se considera que al “emperador del Paralelo” le suceda el de Galapagar. En cuanto a los medios de comunicación se refiere, “el trust de la prensa” de ayer se ha convertido sin solución de continuidad en una sordina, demasiadas veces panfletaria, de los designios del poder; lo que, por cierto, no es sólo achacable al actual gobierno.

Decía Marx —siguiendo a Hegel— que “la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa”. Y no dejaría de asemejarse a una farsa —aunque parece a veces que sea ése su propósito— la operación consistente en liquidar el pacto constitucional de 1978 convirtiendo a su más representativa encarnación, Don Juan Carlos, en carne de cañón para demoler después el edificio. Al igual que ese proverbio chino por el que, “cuando el sabio señala la luna, el tonto mira al dedo”, nos conviene saber que no se apunta al Rey emérito —ni a la luna, por cierto— sino en dirección al cielo, al que algunos pretenden tomar por asalto.

Y no deja de tener sentido: una Constitución, la de 1978, cuyo Título VIII ya ha quedado dañado en la práctica, a fuerza de relaciones bilaterales Autonomías-Estado, de pactos de geometría variable con partidos nacionalistas en beneficio insolidario de los territorios en los que gobiernan... España es ya más un Estado que avanza a galope tendido hacia una estructura confederal, a la que poco le queda para su posible desmembramiento final que aceptar el derecho de autodeterminación de algunas —si no todas— las regiones y nacionalidades que la componen actualmente. Y la pregunta es obvia: ¿podría resultar aceptable que a la cabeza de este nuevo Estado se sitúe la figura de un Rey, que fundamentalmente consiste en la personificación de la unidad nacional? ¿No sería preferible que para ejemplificar ese roto se inserte un descosido de presidente republicano?

Es seguramente una farsa, producto de la descabellada conjunción de la ambición de un presidente desnortado y de un vicepresidente que se ha hecho con la brújula del gobierno. Un tinglado que sólo podría ver la luz si tuviera la colaboración de las fuerzas políticas que representan a la mitad de los españoles centrados y moderados. La defensa por éstos del pacto constitucional de 1978, siquiera dañado ya, permite aún recuperar un rumbo del que nos desviamos hace ya largo tiempo: a los rupturistas de ayer y hoy les deberíamos hacer frente democrático los reformistas.

Cuando los socialistas recorren el mismo camino que algunos liberales de antaño, conducidos sólo por su ambición de poder, y jaleados por quienes pretenden también el poder, pero revolucionando el régimen, no son conscientes de que en la repetición de la historia corren el riesgo de convertirse en accesorios políticos de sus rivales. La trayectoria de liberales por republicanos moderados, y de éstos por los socialistas, antes de verse reemplazados por los comunistas, es el relato de España entre 1909 y 1939. La sustitución del socialismo por el comunismo populista, con un Sánchez jugando a improbable e imposible Azaña como flamante presidente de la III República, sería la crónica por algunos deseada para el siglo XXI después de la pandemia.

Es necesario seguir con atención este llamado proceso de liquidación constitucional y, por lo tanto, institucional de la monarquía. Por lo que pueda venir y por lo que, como ciudadanos, podamos hacer por evitarlo.

sábado, 13 de junio de 2020

¡Sálvese quien pueda!



Artículo publicado originalmente el viernes 12 de junio de 2020 en El Mundo

Lo que está claro es que los populistas que gobiernan ya no podrán decir eso de "no nos representan", pues ha sido su representación la que ha gestionado esta pandemia

Llega la desescalada en prácticamente todos los países -lo mismo que se produjo el confinamiento- sin conocer muy bien por qué exactamente se decretó en su día y cuáles son las razones reales para acometer con rapidez inusitada el retorno a esa ahora bautizada como nueva normalidad. Buena parte de la construcción del sistema de emergencia -más allá de la necesidad de no producir colapsos en los sistemas de salud- se ha hecho desde la aportación de datos que sólo tienen un valor aproximado. Y quedan muchas preguntas sin respuestas. ¿Cómo se contrae el virus y cuáles son sus afecciones en nuestro organismo?, ¿cuántas personas están realmente contagiadas?, ¿cuántas han fallecido de verdad como consecuencia del Covid-19? Y el temor al rebrote (acallado por el hastío de la población y la presión de los sectores económicos afectados) nos vuelve a sumir en la perplejidad de siempre. ¿Por qué ahora sí y entonces no? o ¿cuál habría sido la mejor manera de afrontar la crisis?

Sean las que sean las respuestas, saldremos de ésta. Llegará la vacuna (que esperemos pueda cubrir a toda la población, especialmente a la de los países de rentas más bajas, ya que en los sistemas sanitarios de los más desarrollados se presume que serán capaces de hacer frente a su distribución general). Saldremos de la pandemia... ¿cómo y de qué manera? Ese coma inducido que se ha producido en los dos elementos básicos que configuran la Unión Europea -la economía mixta y las libertades ciudadanas- tendrá su cita con la normalidad a un coste cuyo alcance aún no es posible advertir. Los datos de la recesión (medida en términos de pérdida del Producto Interior Bruto, caída del empleo y cierre de negocios medianos y pequeños) se unen a los pronósticos negativos para el porvenir, convirtiendo el baile de cifras en una especie de carrusel del desaliento.

Es cierto que la inyección de ayudas -a base de subvenciones y préstamos condicionados- que ha propuesto la Comisión Europea ayudará a mitigar en buena parte el desastre que nos aguarda, pero no conseguirá descartar plenamente las dificultades que deberán encarar las economías europeas y, con ellas, la necesidad de ajustes. Unos recortes que se añadirán a los aún no recuperados procedentes de la crisis de 2008, especialmente para los países que salieron mal de ella y que previsiblemente saldrán peor de ésta.

Hasta aquí la referencia a la situación económica de Europa, que cuenta con instituciones y sistemas de protección de envergadura. Pero, si nos fijamos en los países de renta media o baja, el problema se complica. Unas economías sustentadas en la informalidad y la venta de materias primas, cuyos precios se han desplomado; que disponen de sistemas de salud pública muy débiles; unas estructuras estatales en ocasiones deficientes; y la ausencia de organizaciones regionales que les permitan distribuir los recursos y controlar los riesgos; tienen muy difícil remontar el vuelo. Lo intentarán -en todo caso- cada uno por su cuenta, de manera atropellada y desde los vicios y corruptelas que les son característicos a muchos de sus sistemas políticos.

En resumen, el balance de la crisis de esta pandemia nos traerá más pobreza y más desigualdad. Una generación que ya aguardaba un futuro complicado lo tendrá aún más sombrío; quienes se encuentran en vías de jubilación -y los ya jubilados- observan preocupados la más que probable reducción de sus pensiones, una parte significativa de nuestros mayores ya no está con nosotros para ayudarnos con su cariño, su consejo y su apoyo.

Las libertades ciudadanas son el otro aspecto a considerar. El abuso de determinadas medidas de emergencia por gobiernos populistas y parapopulistas, de un lado y otro del arco parlamentario, ha reducido severamente la calidad democrática en muchos estados europeos. En Polonia se ha modificado la ley electoral contra el criterio de su propio Tribunal Constitucional y se ha decidido celebrar elecciones presidenciales en medio de la pandemia. En el caso de Hungría, el Parlamento Europeo ha criticado que el Gobierno de Viktor Orbán haya prolongado ilimitadamente el estado de emergencia y pueda legislar por decreto también de forma indefinida, limitando así la labor de supervisión del parlamento nacional; en consecuencia, la presidenta de la Comisión Europea, Von der Leyen, ha advertido a sus autoridades con abrir un procedimiento si ocurriera que las restricciones adoptadas por la crisis fueran excesivas. En España, se ha aprovechado el estado de alarma para colar legislación que poco guarda relación con el combate de la enfermedad, la sobreactuación del Gobierno en su colisión con el poder judicial y la más que sospechosa politización en la adopción de decisiones que se presentaban como meramente técnicas son botones de muestra evidentes de deterioro democrático.

No está claro que puedan recuperarse las libertades conculcadas en todos los supuestos. El avance liberticida se ha producido en muchos casos sobre poblaciones cuya conciencia ciudadana no había avanzado en paralelo con el progreso económico que su ingreso en la UE les había deparado.

La salida económica de la crisis será sin duda complicada, y supondrá además un reforzamiento del sector público, el incremento de los impuestos y una senda más o menos angosta de recortes. La economía productiva -en este último caso- se verá más presionada aún para engrosar los recursos de la voracidad del Leviatán. Y no, no serán los más ricos los que más pagarán, lo serán una vez más las clases medias.

Una tendencia al proteccionismo y a la insolidaridad estará muy posiblemente en la hoja de ruta en este "¡sálvese quien pueda!" de estos tiempos de la nueva normalidad. Y al igual que los presupuestos de cooperación de algunos países después de la crisis de 2008 -otra vez ha sido notable el caso de España-, la ayuda al desarrollo y los objetivos de 2030 quedarán -por un tiempo al menos- olvidados en un cajón.

LA RESPUESTA POLÍTICA

¿Qué pasará con la respuesta política a la crisis?, intuyo que se parecerá a lo que decía Alexis de Tocqueville para las situaciones revolucionarias. Según el autor de El Antiguo Régimen y la Revolución, a medida que mejoran las condiciones y oportunidades sociales en una población, su frustración crece aún más rápidamente. Eso mismo ocurrió en España con la mencionada crisis de 2008: tuvieron que transcurrir seis años para que en 2014 -elecciones al Parlamento Europeo- nuestro mapa político se ampliara con la aparición del populismo de extrema izquierda y de un partido liberal centrista.

Es pronto, por lo tanto, para conocer cuál será el nuevo mapa político en Europa o en el mundo. Lo que está claro es que los populistas que gobiernan ya no podrán decir eso de "no nos representan", pues ha sido su representación la que ha gestionado esta pandemia. Los Bolsonaro, Trump, Orbán, Jaruzelski o Iglesias deberán hacer uso de su más impostada dialéctica si pretenden convencernos de que ellos son ahora la alternativa.

Entre tanto, lo lógico es que las sucesivas elecciones vayan provocando la alternancia en los gobiernos, sobre la base de una polarización hacia la derecha y la izquierda -una polarización de la que ya se están haciendo eco las redes sociales y algunos debates parlamentarios-. Podría ser Biden por Trump, Casado por Sánchez, pero también Salvini por Conte o Le Pen por Macron... Los cortafuegos y salvaguardas de la UE no se resolverán entonces sólo en el plano económico y financiero, deberán contener el presupuesto político que mantenga vivo nuestro proyecto comunitario.

Sería bueno, en cualquier caso, que este nuevo desorden fuera gestionado por un modelo de gobernanza mundial más inclusivo, integrador y eficaz que el que conocimos inmediatamente antes de la pandemia. Pero la nación indispensable ha rehuido últimamente su aún imprescindible liderazgo. Quizás 2020, y las elecciones en EEUU, nos traiga alguna buena noticia en este sentido.

lunes, 8 de junio de 2020

Gibraltar, ¿sólo una bandera?

Artículo publicado originamente en El Imparcial, el 7 de junio de 2010:



Cuando yo era portavoz de Exteriores de Ciudadanos en el Congreso de los Diputados el dossier de Gibraltar estuvo permanentemente sobre mi mesa. Serían dos -y muy diferentes- las posiciones gubernamentales que se plantearon al respecto: la primera, la de José Manuel García-Margallo -heredada del gobierno Aznar con Piqué como ministro-, reclamaba como solución posterior al Brexit la cosoberanía de la actual colonia con el Reino Unido; la segunda, iniciada por el ministro Dastis, y seguida después por Borrell y González-Laya, de perfil más bajo y de menor exigencia negociadora. Aplaudí la primera de las estrategias y critiqué la segunda como poco ambiciosa: España había tenido que aceptar la ignominiosa situación de mantener una colonia extranjera en nuestro suelo nacional si queríamos entrar en Europa, abandonada ésta por Gran Bretaña había llegado nuestra oportunidad para poner el conflicto en vías de solución.

Empezaré por decir que no me parecía del todo bien el planteamiento de Margallo de establecer como objetivo la cosoberanía, sin perjuicio de que no era descabellado ni negativo del todo ese propósito; pero en una negociación nunca se debe poner encima de la mesa las cartas con las que se juega: expresar que tu objetivo final es la cosoberanía equivale a decir que te conformarás con menos. En resumen, que esa no era una buena fórmula de negociación, menos aún con un rival tan experimentado en estas lides como lo es el británico.

Pero al menos era ésa una estrategia ambiciosa: pretendía situar la bandera de España en el mismo lugar en que había dejado de ondear desde 1713. Ya sé que eso de la enseña de España y aquello de la soberanía nacional son monedas que cotizan bajo en los tiempos que corren, en los que una manifestación congregada bajo nuestra bandera común supone alteración del orden público y en los que se atienden más las peticiones de soberanistas excluyentes que a quienes defiendan la integridad de nuestra nación -quizás porque la nación española sea algo “discutido y discutible”, que decía Zapatero, o no se sepa nada de lo que es una nación, como ya viene demostrando por lo visto desde siempre Sánchez.

Para los españoles de hoy, preocupados ahora por la pandemia y por la salida de la crisis que se nos viene encima, la preocupación por la soberanía nacional es asunto de tercer o cuarto orden, si algún puesto tiene entre nuestras inquietudes. Pero no ocurre lo mismo entre los británicos, para quienes que dejara de ondear de la Union Flag en las Malvinas suponía un atentado de primer orden para ese país. Para nosotros, una bandera en Gibraltar, se parece poco más o menos a ese aburrido debate entre esteladas y senyeras, estandartes rojigualdas y tricolores republicanos, oriflamas y trapos... ¡qué más da, por lo visto!

Pero nadie debería pensar que el caso de Gibraltar es sólo una cuestión de banderas, y eso lo vienen entendiendo desde hace unos cuantos siglos los políticos británicos. Situación geoestratégica de primer orden, punto de control en el Estrecho, cierre -y apertura- del Mediterráneo... Gibraltar es un enclave defensivo de primer orden para el Reino Unido, hasta el punto de que esa condición se ha venido convirtiendo en un obstáculo primordial para el buen fin de nuestras negociaciones con ese país.

Claro que, desde Utrecht, Gibraltar ha tenido su recorrido propio, y los nuevos tiempos lo han convertido en un paraíso fiscal, un territorio propicio para el negocio fácil y la expansión del juego online; además del escenario para la construcción de aeropuerto y viviendas en contradicción con el Tratado de Utrecht y la ampliación del puerto en aguas que no son jurisdiccionales o el deterioro medioambiental de sus aguas limítrofes en perjuicio de las faenas de nuestros pesqueros.

Muchos años, mucho lobby “llanito” -con insospechados tentáculos y redes- nos han traído hasta aquí. Con gobiernos situados entre la debilidad y el temor por enfrentarse a retos difíciles. Un país que carece de recursos para ofrecer un plan para los dependientes habitantes del Campo de Gibraltar y que ya no tiene ambición para asumir el papel que -siquiera como potencia media- le corresponde en el tablero internacional.

“Reduciremos el precio de la cajetilla de tabaco, para impedir el contrabando” -me decían encantados por el logro obtenido...-. “Lo importante es que dispongamos de la llave de la verja” -me aseguraban en mis tiempos de diputado los representantes del Ministerio-. Una llave que se tiene, en todo caso, para no ser utilizada; un picaporte que se oxide con el paso del tiempo o que se doble hasta romperse como las cucharas del israelí Uri Geller.

Una nueva derrota -ésta, diplomática- para nuestros tiempos de pandemia. Vendrán más.
cookie solution