sábado, 3 de abril de 2021

No hacer mudanza

Tribuna original publicada en El Imparcial, el sábado 3 de abril de 2021



Se han escrito ríos de tinta en obituarios más o menos atinados respecto de la inminente defunción de Ciudadanos, producidos estos pocos años después de los que acompañaron las exequias finales de UPyD y bastantes lustros más tarde de los que certificaron los fracasos de la nonata operación reformista de Antonio Garrigues y Miquel Roca, o de la desaparición del CDS como tentativa de Adolfo Suárez por rehacer un espacio mayoritario de centro desde las cenizas de UCD. Ésta no pretende ser una necrológica del liberalismo feneciente sino una llamada a la esperanza de quienes aún seguimos pensando en su vigencia.

Con independencia de los resultados que la meritoria candidatura encabezada por Edmundo Bal obtenga en las próximas elecciones del 4 de mayo a la Asamblea de Madrid, parece evidente que sólo establecerán la distancia entre los cuidados paliativos -en el caso de que el enfermo supere el 5% de los votos- o su desaparición final -porque no obtenga representación parlamentaria-. El proyecto ideado por un grupo de intelectuales catalanes, concebido desde la deserción de un PSC vegetante en las raras tierras que para el constitucionalismo supone el soberanismo, y del PP de José María Aznar que desmantelaba su proyecto y cesaba a su presidente en esa región, entregando a la corrupción pujolista cualquier alternativa que le pudiera hacer sombra desde un espacio de moderación; ese proyecto que creció en Cataluña y se expandió por el resto de España vive hoy sus momentos finales.

Recomponer en el corto -cortísimo- plazo de apenas un mes ese proyecto es tarea que bordea lo imposible. La política española está viviendo momentos de extraordinaria polarización que fagocitan cualquier opción intermedia, y los repentinos volantazos practicados por el equipo dirigente de Ciudadanos han conseguido hasta desafiar el dicho que asegura que es bueno que se hable de uno, aunque sea bien... sobre todo porque hasta en el capítulo de los errores existen categorías: los disculpables, los ridículos, los garrafales y los simplemente inexplicables que se dijeran sugeridos por el peor de los enemigos. La moción de censura en Murcia y su gestión se diría que integra un compendio de todos ellos.

Buena parte de los antiguos votantes de Ciudadanos en Madrid emigrarán hacia otros partidos; en especial el PP, aunque también algunos engrosarán los sufragios del PSOE o de Vox; algunos preferirán recalar en la abstención pese a la radical polaridad de estos comicios. Pero aun así el electorado liberal que, según advierten los análisis demoscópicos, es el menos fiel a su partido, y lo es porque -sin desdoro de los otros- se trata también del más consciente e ilustrado del elenco ciudadano, y cualquiera de las opciones que determine adoptar serán por definición pasajeras y susceptibles de regresar al espacio del que nunca salieron definitivamente, el de un centro liberal. Recordemos que, según GAD3, un millón de votantes de Ciudadanos se quedaba en casa en las últimas generales, y que los otros millón y medio de votos que perdía entre unas elecciones y otras se iban hacia otras opciones.

La semilla, recientemente plantada por UPyD y Ciudadanos, ha demostrado la existencia de espacio de centro liberal en España, si bien troceado por la polarización -provocada por los dos grandes partidos y por algunos medios, no por la ciudadanía- y la ley electoral. Se trata de un espacio ahora sin partido y sin liderazgo, pero pienso que, llegado el momento, habrá quien enarbole sus señas de identidad y vuelva a conectar con ese electorado.

¿Cuándo llegará ese momento? La pregunta se responde recabando la opinión de los clásicos, como lo era Alexis de Tocqueville y su “Antiguo Régimen y la Revolución”. Según el liberal francés, el momento del cambio no se produce con carácter inmediato a la crisis del que éste trae su causa, lo hace cuando las gentes están ya más dispuestas a castigar a los que les han conducido a esa situación que en salvar sus particulares muebles de la riada general. Y si, en España, la crisis de 2008 produjo en 2014 la aparición de nuevas fuerzas políticas en nuestro paisaje nacional, la crisis de 2020-21 nos traerá nuevas respuestas partidarias también en el medio plazo.

Quienes han mudado de partido o se han entregado a uno de los grandes, sin perjuicio de lo respetable que sea su actitud, corren el riesgo cierto de quedar consumidos por ellos y sólo engrosen la ya cumplida nómina de sus integrantes, sin derecho de intervención alguna en las decisiones estratégicas y aun puntuales que establezcan. Y lo que resultará todavía peor: quedarán amortizados, imposibilitados de participar en la reconstrucción del centro liberal cuando regrese ese momento.

En política conviene no dejarse llevar por el vértigo de lo inmediato. La máxima ignaciana que dice, “en momentos de tribulación, no hacer mudanza” sigue siendo buena consejera.

viernes, 19 de marzo de 2021

El canto de la moción de censura en el estanque de la política española

Tribuna publicada originalmente en El Imparcial, el jueves 18 de marzo de 2021 

Decía Karl Marx en el 18 Brumario de Luis Bonaparte que “la historia ocurre dos veces: la primera vez como una gran tragedia y la segunda como una miserable farsa". Las historias de UPyD y de Cs integran estas dos características, y resultan una especie de tragicomedia. Basta recordar episodios bufos como la convocatoria del partido de Rosa Díez en la Puerta del Sol, reclamando la dimisión de Mariano Rajoy, en enero de 2015, o la reciente presentación de una moción de censura de Cs contra un gobierno formado por el partido presidido por Inés Arrimadas en este mes mismo de marzo. Y las dos historias concluyen en tragedia, la de UPyD es ya conocida, la de Cs apenas intuida.

Un partido debe conocer a sus votantes y tiene que establecer un proyecto político en el que exprese hacia dónde pretende llevar a su país. Y si esto vale para cualquier formación política, se le exige aún más a un partido de centro, a un partido liberal, que más que ninguno habita en la vorágine de los cambios, está sometido a la volatilidad de los electores y se encuentra presionado por la polarización de los actuales tiempos políticos.

Los votantes de Cs -probablemente con exclusión de los que supusieron su éxito en Cataluña- tienen su origen en antiguos electores del PP, hastiados por los casos de corrupción y perplejos ante la dilución de sus valores nacionales en aras de una gestión más ortodoxa que la dilapidadora de los socialistas. Cuatro de cada cinco de sus votos provenían de este lado del espectro. No es, por lo tanto, de extrañar que esos electores asistan desconcertados a la auto-moción de censura de su menguante partido en la región de Murcia, que ha tenido por objeto gobernar con el partido de Sánchez y con el apoyo de Podemos en esa Comunidad. Una suma de dislates que, ya de por sí, y sin tener en cuenta el “efecto mariposa” sobre Madrid y sobre la propia estructura del partido y de algunos de sus más significados representantes institucionales, tendría un impacto más que adverso en los resultados electorales a seguir.

Se pretendía, al parecer, con la moción murciana aseverar que Cs es un partido de centro, capaz de pactar a izquierda y derecha del mapa político, envuelto en la bandera de la lucha contra la corrupción. Pero ni los nuevos socios -PSOE y Podemos-, ni el pacto que le comprometía con el antiguo, y -ni menos aún- la estrategia de ejecución del bodrio le han acompañado. Ni siquiera han sabido hacer algo tan simple como es, en España, contar los votos con los que cuentas, desconociendo que en política -y aún más en los partidos situados al borde del precipicio- un político no es sólo un dedo que pulsa el botón del voto, sino un ser humano que odia o desprecia y que se siente más libre de actuar en la medida en que su casa amenaza ruina.

Pero el centro no es siempre -al menos en política- un espacio intermedio entre dos extremos, especialmente cuando uno de ellos actúa con coaligados que se encuentran situados extramuros del edificio constitucional. Un centro liberal en Alemania o en Holanda, países en los que el centro-derecha y el centro-izquierda asumen el sistema y sus valores, puede bascular a uno u otro lado. En España, esa posibilidad no existe, a menos que el PSOE renuncie a sus alianzas perturbadoras; y no lo hará porque la exigua suma que le puede proporcionar Cs no sirve apenas más que para reducir la presión de algún independentista en su amplio listado de socios. Esa oportunidad ya existió, pero Rivera no la quiso contemplar, su proyecto era más el todo o nada; no consiguió la mayor y perdió la menor, que no era tan pequeña según vemos ahora.

Y si un partido de centro no es por definición un partido equidistante, ¿qué cosa es? Seguramente un partido centrado en sus valores, los que acompañaron el manifiesto fundacional de UPyD -cuyo borrador escribió Fernando Savater- y que acompañaron la andadura primera de Cs en Cataluña y -en el resto de España- a partir de 2015. Esos valores de lucha contra la corrupción, ampliación de los espacios democráticos y de las libertades civiles y una ambiciosa agenda de reformas.

Es más que posible que los restos de Cs desaparezcan barridos por las olas del naufragio de mayo próximo. Pero no sus votantes, o al menos no del todo. Ahuyentados por la polarización política, incapaces de votar con ruedas de molino, hay muchos electores centristas y liberales que permanecerán expectantes al resurgimiento de una oferta política que colme esas aspiraciones.

Además, la llamada refundición -con “i” latina- del PP, opando cargos públicos de Cs no resolverá la necesidad de ampliar la base electoral del PP, pero sí incrementará sus problemas internos. El invento se parecerá bastante a la refundación -con “a”- de finales de los ‘80 del siglo pasado, cuando los votos los ponía AP y los cuadros, los democristianos y los liberales. La vieja guardia popular que deba saltar del barco para hacer hueco a los nuevos llegados tendrá sobrados motivos para el disgusto y algún argumento para hacer sus maletas hacia el partido emergente de la derecha.

Lanzar una piedra plana sobre un lago en -relativa- calma supone a veces que la piedra, antes de hundirse, remueve las aguas que eran apacibles. Es verdad que la política española se parecía poco al agua quieta de un estanque, precisamente por eso conviene pensarlo un momento antes de arrojar el canto.

jueves, 25 de febrero de 2021

Una acuarela en Solórzano, varios libros en un libro de Fernando Maura

Publicado originalmente en IberianStyle, el jueves 25 de febrero de 2021 



La publicación de un nuevo libro siempre es una buena y feliz noticia. Hoy nos hacemos eco de la edición de una novela histórica ambientada en la España de principios del Siglo XX.
"UNA ACUARELA EN SOLÓRZANO, VARIOS LIBROS EN UN LIBRO DE FERNANDO MAURA. Le llaman novela, pero tiene muchos ingredientes de libro de historia; al menos por toda la ingente labor de investigación que ha realizado su autor para contarnos la vida del brillante político del primer tercio del S XX, D. Antonio Maura y la de un anarquista que intenta atentar contra la vida del entonces expresidente del Consejo de Ministros en 1914.
La obra política de D. Antonio Maura y sus proyectos reformistas están recogidos en muchos textos y se analizan en el libro que nos ocupa. No es tan conocido el aspecto humano y personal de este político que nació en Palma de Mallorca en una familia modesta. En la propia casa familiar regentaba el padre un negocio de curtidos de cueros y pieles. Eran curtidores, lo que entonces se conocía como un oficio menestral. Además a los 14 años quedó huérfano y el hermano mayor se hizo cargo del negocio y del resto de la numerosa familia.
En esa situación, y no sin sacrificios, es enviado a estudiar a Madrid, donde muy joven se licencia en derecho y entra a trabajar como pasante en el bufete de Gamazo. Estamos ante un hombre recto, de gran honestidad con el mundo y consigo mismo. De familia modesta y sólo con su esfuerzo, sin ayuda de nadie, llegó a alcanzar la presidencia del gobierno y ser uno de los políticos más relevantes del pasado siglo.
Casado con Constancia Gamazo, mujer de salud delicada, tuvo 10 hijos que, como el resto de los mortales, se dirigían siempre a él como «Don Antonio» y que le mantenían informado de muchos aspectos de la vida cotidiana ya que él no se sentía cómodo con la vida social y mundana. Sus salidas (aparte de las oficiales) eran casi en exclusiva al campo para pintar acuarelas o cazar.
Hombre fuerte sobrevivió a diversos atentados anarquistas que eran frecuentes en esa época.
Esto le da pie al autor para incorporar a la historia la vida errante de un anarquista desarraigado, que finalmente intenta un atentado fallido contra el político.
Es un aspecto más sociológico y de intrahistoria que le aporta variedad a la obra, ya que nos habla de temas como la emigración, las cárceles así como la vida en la clandestinidad.
El proyecto del libro «UNA ACUARELA EN SOLÓRZANO» arranca hace más de 15 años cuando Fernando Maura, bisnieto de D. Antonio, y otros familiares realizan una visita al pueblo cántabro de Solórzano para contemplar un fresco que el Maura acuarelista había pintado en el interior de la casa en la que pasaba temporadas veraniegas. El actual propietario les refirió, entonces, un intento de atentado por parte de un anarquista no recogido en los libros de historia.
A partir de esa noticia se inicia un largo periodo de trabajo de documentación, información, lectura de documentos personales existentes en la Fundación Antonio Maura y de ir componiendo las muchas piezas de un puzzle que ha dado como resultado este volumen que es novela, libro de historia, retrato sociológico de una parte de la sociedad, novela histórica y análisis de la política española de un periodo de tiempo determinado. Son varios libros en un libro y todos ellos de un vivo interés.

lunes, 22 de febrero de 2021

El centro-derecha después de las elecciones catalanas

Columna publicada originalmente en El Imparcial el domingo 21 de febrero de 2021

(Foto de La Voz de Galicia)

Una de las constataciones, por desgracia recurrentes, en la política española es la dificultad de asumir responsabilidades por los resultados electorales adversos, no importa lo malos que éstos hayan sido. Tiene algún interés además advertir que, en especial en los partidos situados en el ámbito del centro-derecha, se acostumbra a poner como ejemplo de buenas prácticas a las empresas privadas; pero parece más bien que se trata sólo de un ejercicio teórico: cuando una compañía pierde dinero y cuota de mercado, los accionistas relevan a los responsables; sin embargo, si un partido reduce sus votos y sus escaños no hay quien mueva a sus dirigentes.

A pesar de esta primera afirmación, no quiero unirme al corifeo de manifestantes enfadados que emergen habitualmente de los procesos electorales fallidos, como las setas después de una lluvia copiosa, y que reclaman las cabezas de los miembros del aparato orgánico en los extremos de salvíficas picas de exigencia democrática. El mundo interno de los partidos, los conciliábulos y las maniobras resultan por lo general más extenuantes para quienes las acometen que para los que son objeto de sus asaltos, y además no resulta fácil que consigan sus objetivos; además, por mucho que sus pretensiones resulten loables, su único resultado es debilitar la organización en la que se producen. Es un trabajo de imposible demolición que no conduce sino a la melancolía.

Queda entonces el recurso de analizar la estrategia a seguir. El desenlace de las elecciones catalanas arroja la evidencia de un centro-derecha bastante más débil del que existía en 2017. La suma de Cs y del PP fue entonces de 40 escaños; en estos momentos, Vox, Cs y PP, suman 20. El retroceso ha llegado precisamente hasta la mitad de la representación parlamentaria que tenían hace cuatro años, y ha sido explicado con una variada serie de argumentos: que la abstención -un 25% más alta- ha perjudicado al constitucionalismo, que se ha producido una fuga de votos hacia el PSC... y, como causas que han contribuido a la desmovilización electoral, la presunta huida de Arrimadas del Parlament, o las desafortunadas declaraciones de Casado criticando al gobierno Rajoy por su respuesta al proceso independentista.

Y ya que no se pretende asumir responsabilidades, a manera de cortafuego, se emite el argumento de que estos resultados no se trasladarán al resto de España, donde la estructura -principalmente- del PP es muy potente. A esa reflexión se une que este partido anuncia el abandono de su sede de Génova. No conocen seguramente quienes han recomendado esta medida al joven líder popular la reflexión de Lawrence Durrell en su “Cuarteto de Alejandría”, según la cual el solo hecho de cambiar de ciudad no proporciona la felicidad, salvo que hayamos zanjado nuestras cuentas pendientes con la población anterior.

Algunas voces apuntan entonces como solución a esta crisis a la refundación del PP, que integraría a Cs y a Vox en el mismo proyecto político, al igual que haría Aznar a finales de los años 80 del pasado siglo con los democristianos del PDP y los liberales del PL, dos partidos que habían vivido hasta entonces acogidos a la generosidad de la formación presidida por Fraga. Se decía entonces, y no sin alguna razón, que AP ponía los votos y PDP y PL los cargos.

Además de ésta, que no es una diferencia menor, existe otra que tiene su importancia. Y es que Vox es un partido en crecimiento electoral, como consecuencia de los errores del PP y de Cs, y su voluntad de integración en un proyecto político presidido por un líder errático y cuyas convicciones se parecen a veces a las de los hermanos Marx, no se presenta precisamente como irresistible. La contaminación ideológica del partido de Abascal respecto de los movimientos populistas del otro lado del Atlántico y de la vieja Europa constituye sin duda una dificultad de no menor entidad.

Es diferente el caso de Ciudadanos. El golpe de gracia de estas elecciones se suma de manera necesaria al ya sufrido por esta organización en las generales de 2019, que tienen su antecedente en la decisión de Rivera de negarse a ofertar a Sánchez un pacto de gobierno en junio de ese mismo año, cuando cuatro miembros de su ejecutiva se lo propusimos. Los esfuerzos de este partido a lo largo de la crisis sanitaria han devenido en apoyo a un gobierno que, si por algo se ha caracterizado, ha sido por la más que deficiente gestión de la pandemia y la violencia sobre las libertades cívicas, concluyendo con la constitucionalmente extralimitada aceptación del último estado de alarma, carente de control parlamentario.

Hoy ya el partido presidido por Arrimadas se encuentra en fase abierta de consunción, como fuera el caso de su antecedente en el campo del liberalismo progresista, UPyD. Pero a diferencia del partido del que fuera portavoz Rosa Díez, Cs carece de relevo en el espacio de un centro político que se afirma en los valores del liberalismo progresista. Por otra parte, en momentos de crisis como ésta -sanitaria, económica y a la postre política- el terreno de juego está, por definición, abierto. Las prisas por colgar el cartel de “cerrado por defunción” no son buenas en los tiempos que corren.

En lugar de una absorción, el PP debiera ofrecer un pacto electoral inequívocamente democrático para las próximas elecciones. Un pacto abierto a las otras dos formaciones políticas y que contenga -además de una promesa de buena gestión- una agenda de reformas en conexión con los fondos de recuperación europeos y que profundice en el ámbito de los derechos civiles, el pacto educativo, la reforma de la administración, la lucha contra la corrupción y la modernización de la economía. Un pacto que tenga por objetivo conectarnos más con la comunidad que se expresa en español y nos permita recuperar nuestro prestigio en el mundo.

Para Ciudadanos la refundación equivale a la muerte. Y habrá que decir que ha costado mucho trabajo poner en marcha un proyecto liberal en España y abandonarlo definitivamente, sólo para que algunos continúen apegados a sus sillones.

miércoles, 10 de febrero de 2021

Borrell en la encrucijada de dos crisis

 Columna publicada originalmente en El Imparcial, el martes 9 de febrero de 2021

Vivimos en tiempos en los que unas imágenes de televisión —o de un vídeo reproducido por las redes sociales— bastan por sí solas para construir un argumento dotado de suficiente relevancia. La reunión entre el Alto Representante de la UE, Borrell, con el Ministro de Exteriores ruso, Lavrov, es expresiva de las dos crisis que resume el título de este comentario: la española y la europea.

Al evocar Lavrov el caso de los políticos catalanes presos en presencia del catalán Borrell, el primer responsable de la diplomacia rusa no sólo pretendía defender a su régimen de su brutal agresión contra el opositor Navalni y sus seguidores, también señalaba la presencia de la soga de un Estado desestructurado y en vías de desmembramiento en presencia de un hombre que puso negro sobre blanco las falacias mantenidas por los destructores del sistema y que, muy poco después, se disponía a cabalgar sobre dos caballos, extenuado uno e incapaz de salir del establo el otro, de las políticas exteriores española y europea.

Sabíamos desde antiguo de la crisis española. El independentismo catalán había puesto en evidencia internacional las deficiencias en mantener el relato de un país capaz de transitar pacíficamente de la dictadura a la democracia, emitiendo el mensaje equivocado de un sistema político que castigaba a la disidencia, golpeaba a quienes pensaban de otro modo e impedía un proceso democrático. Es verdad que ningún Estado reconocía ese espectro alumbrado por los separatistas en octubre de 2017, pero lo es también que la imagen exterior de la España que décadas antes había conquistado sus libertades quedaba arrasada por las imágenes de los telediarios de todo el mundo.

La historia de este fracaso viene de lejos. Los sucesivos gobiernos alimentaron a la bestia y no supieron reducirla cuando ésta se dedicaba a devorar a sus enemigos. Porque la debilidad de España viene referida al talón de Aquiles de una realidad territorial desestructurada por la ausencia -como principal razón- de consenso básico y voluntad política en los partidos nacionales para poner orden en este entuerto y el saqueo a la cosa común perpetrado por unos y otros, en tanto que la gallina de los huevos de oro -el éxito de nuestra transición- iba extinguiéndose de manera progresiva.

Dice el refrán que «a perro flaco todas son pulgas». Y los parásitos vienen acosando al organismo nacional de forma incesante. Muy poco antes de concluir su mandato, Donald Trump «reconocía» la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental, abriendo el melón de la reclamación del reino alauita para que España haga lo propio, en contra de las resoluciones de la ONU y de las obligaciones de nuestro país para con ese territorio y sus gentes. La patata caliente para Biden en el Sáhara es ya un tubérculo hirviendo en la olla a presión de un gobierno que son dos, que no ha pactado un programa internacional común y que establece sus políticas en función de la titularidad ideológica de los responsables de los diversos ministerios.

No se ha sido capaz tampoco de establecer acuerdos entre los dos grandes partidos respecto de un contencioso que tiene un recorrido de más de 200 años de historia, como es el de Gibraltar. Cada gobierno tenía —como los maestrillos su librillo— una política, diferente y hasta opuesta, respecto del Peñón; y ahora, cuando teníamos la oportunidad histórica de resolver el asunto a nuestro favor, se ha decidido ofrecer todas las ventajas a los llanitos sin pedir nada sustancial a cambio, y entregar a las instituciones europeas la definición final del acuerdo.

Una España incapaz de reclamar la pervivencia de su espacio común de entendimiento —no otra cosa es la Constitución de 1978—, que cuenta con sus oportunidades de reforma, pero también con sus límites, prefiere abdicar de su tarea constructiva disolviendo sus insuficiencias en Europa. Actuación que quizás les sirva a países como Bélgica, situada en el centro del continente y anfitriona de sus órganos y funcionarios; pero no le sirve a España, cuya ubicación en el sur de Europa, vecina del Magreb africano y unida en la historia, la cultura y la economía a la región latinoamericana.

Transferir, además, nuestras incapacidades a esta Europa en crisis sanitaria, de vacunación, de reflejos... una Europa, cuyo «soft power» es cada vez menos «power» y más «soft», supone abandonar un puerto inseguro para adentrarse en una mar que ya anuncia la tempestad: un error que no tiene precedentes.
Europa se parece bastante a eso que en otros países europeos se denomina «la posada española», a la que cada uno aporta lo que va a consumir. En otras palabras, la suma de las identidades, de las aspiraciones, de las realidades y de las necesidades de los ciudadanos de los países miembros. Una dilución de España en ese proyecto, que no comience por aportar nuestra especificidad al mismo, equivale a un suicidio.

Por eso la imagen de Borrell es algo más que una bofetada de Lavrov a Europa —además de que lo es—. Se trata de que ha puesto en evidencia una pésima política que por nuestro bien deberíamos aprestarnos a rectificar.

Claro que, entre fallecidos por el Covid, contagios y saturaciones de las UCI, los ERTE, las vacunas que no llegan o no tienen probada su eficacia, la hostelería y el comercio cerrados y hundidos, el paro creciendo y el ánimo por los suelos... habrá quien piense que sería mejor exigir que funcionen las cosas básicas. Y le daría la razón, a condición de que admita que construir un país sólido y fuerte, y al que se respete en Europa y en el mundo, es el necesario punto de partida de todo lo demás.

lunes, 8 de febrero de 2021

Retrato y paisaje de la España de Antonio Maura

Reseña de Carlos Aganzo, publicada originalmente en El Norte de Castilla, el 5 de febrero de 2021

'Una acuarela en Solórzano' es el empeño de Fernando Maura de mostrar quién fue su bisabuelo más allá del maurismo

Novela histórica o historia novelada. El empeño de mostrar quién fue su bisabuelo, Antonio Maura, más allá del maurismo. De su condición de icono de la derecha conservadora en la España de Alfonso XIII. Y también la expresión de su propia inquietud política y literaria: la desazón ante un tiempo, los inicios del siglo XX, en el que la pesada herencia de la centuria anterior fue empujando a España hasta la dictadura de Primo de Rivera: la cúspide desde la que más tarde se despeñaría hacia la guerra incivil. Eso y alguna cosa más es 'Una acuarela en Solórzano', del político, columnista y escritor Fernando Maura (Bilbao, 1955). 

Una prosa fina y cuidada, que ya había desplegado antes en novelas como 'Últimos días de agosto' (1995), y el acierto de no alejarse nunca demasiado de lo personal, permiten al escritor crear un vibrante retrato, con su contra retrato, de las dos Españas que, en aquellos tiempos convulsos, soñaron con variar, una de arriba abajo y la otra de abajo arriba, el rumbo del país. Así, la acuarela en la que se emplea Maura -como Churchill- en su retiro cántabro de Solórzano, se convierte en una especie de magdalena de Proust. Mientras la mano se entretiene, la cabeza fluye. Y construye la narración a través de las evocaciones. Y al final lo que el pintor plasma en su lienzo no es ya el paisaje que están viendo los ojos, sino más bien el paisaje de su alma. 

Un alma indisolublemente unida a los acontecimientos de la España de su tiempo, de los que tan protagonista fue él como el personaje que dibuja su contrapunto en la novela: el anarquista Andrés Cuevas, inspirado en el miembro de la Escuela Moderna y de la CNT Abel Paz, que busca resolver de otra manera los sucesos que llevaron a la ejecución de su maestro, el librepensador Ferrer Guardia, tras la Semana Trágica de Barcelona. Dos vidas cruzadas cuya amplitud, además, desde Mallorca y Almería hasta Cantabria, pasando por Madrid y Barcelona, le permiten al autor finalmente ampliar la acuarela hasta convertirla en un fresco histórico completo de aquel tiempo. 

Poco más de cien años nos separan hoy del inicio de la acción en la novela de Fernando Maura. Aquel verano de 1914 tan importante para la historia de España, de Europa y del mundo. Un lapso que, de manera subconsciente, nos invita también a trazar un inevitable paralelismo con nuestro tiempo. Un tiempo que no somos capaces de interpretar todavía en su verdadera dimensión, precisamente porque, un siglo después, aún están abiertas algunas de aquellas heridas, que parecen imposibles de cicatrizar. De una u otra manera, la historia siempre irrumpe en el presente. Nos inquiere y nos pide que volvamos a ella para entendernos a nosotros mismos. Y Fernando Maura, que no ha sido ajeno a esa interpelación, lo ha dejado escrito en esta novela singular.

(Para comprar el libro: UNA ACUARELA EN SOLÓRZANO, Fernando Maura, Ed.: Almuzara, 381 páginas)


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