sábado, 23 de octubre de 2021

10 años sin ETA, breve historia de la bestia

Columna original publicada en El Imparcial, el viernes 22 de octubre de 2021


(c) The Art of Scientific Illustration

Se cumplen estos días 10 años desde que la organización criminal declarara el fin de su actividad y las crónicas de los periódicos y los artículos de los comentaristas refieran la historia de esos últimos tiempos, la reconversión de la banda asesina en partido —una mutación definitiva ahora, porque ya desde los inicios de la democracia, ETA utilizaba el brazo apéndice de la política como instrumento complementario del terrorismo—. Más recientemente, las declaraciones del líder de los pujantes restos de ETA, Arnaldo Otegui, han llenado los espacios de los informativos de televisión. Se diría, a nuestro pesar, que los exabruptos de un sujeto juzgado y condenado por colaboración con banda armada pesan más que las voces de las víctimas.

Pero este artículo quiere referirse más a cómo se inició todo eso, en definitiva, al porqué de la existencia y la permanencia de la banda terrorista durante 50 años —quizás los más importantes de la historia que hemos vivido algunos.

ETA se ha presentado en ocasiones a sí misma como una organización revolucionaria, una especie de Brigada Roja al modo vasco. Y es verdad que mantenía un discurso formalmente marxista-leninista, pero en realidad no era esa su principal obediencia: ETA fue siempre, como lo han sido sus instrumentos políticos —Herri Batasuna, Euskal Herritarrok o el Partido Comunista de las Tierras Vascas y otros como el más reciente Bildu—, una banda nacionalista radical.

Rebobinando la moviola de la historia, y revisitando los ya muy pasados años ‘60, nos encontramos con el paisaje políticamente yermo del franquismo, con una militancia peneuvista muy reducida y acomodada a los nuevos vientos económicos del régimen, que empezaba a batir récords en materia de crecimiento del PIB, una vez definido y en ejecución el plan de estabilización de finales de los ‘50. A una demanda que empezaba a consumir en masa había que acudir solícitamente con productos y servicios, y a ese mercado atendían los nacionalistas con sus negocios. Por lo demás, el discurso victimista se repetía en las rondas de los bares de chiquiteo —los chiquitos, esos vasos de vino que disponen de una base abultada de vidrio y una reducida capacidad de almacenamiento de liquido—, o en las cenas familiares, al inefable son de «el día que dé la vuelta la tortilla» —vale decir: el día en el que Franco se vaya al otro mundo… porque de otro modo no habría cambio, desde luego que no un cambio debido a la actividad antifranquista de esos nacionalistas devenidos en empresarios beneficiados por el sistema.

Esa era la práctica de los nacionalistas viejos, que discurría un tanto plácidamente en los tiempos de la ominosa dictadura. Pero era muy otro el de sus hijos jóvenes, que no llegaban a entender la inacción política de sus padres. Eran además los tiempos de la insurgencia cubana, del emergente carisma de los barbudos liderados por el comandante Fidel Castro y por el médico argentino Ernesto —Ché— Guevara. Una mística en toda regla para el consumo de una sociedad juvenil que pretendía huir del conformismo paterno a base de drogas, rock, sexo libre y unas gotas de revolución.

Y ese fue el mundo que creó a la bestia, formada en un principio por un grupo heterogéneo de niños de buena familia a los que se irían acercando otros tantos convocados por los alentados selectivos que los primeros iban organizando: Melitón Manzanas, por ejemplo; la bomba contra el diario El Correo, desactivada por el etarra que advertía cómo había aún gente —trabajadora— en las oficinas del periódico; o el intento de atraco de la nómina de La Naval, de Sestao, en la que el activista de la banda no quiso hacer uso de su arma de fuego por no herir al trabajador que llevaba los sobres con el dinero de los sueldos… Basta comparar estos hechos con los atentados cometidos por los terroristas, activados a distancia del objetivo o perpetrados contra un grupo indeterminado de gentes que compraban en un centro comercial y tantos otros similares, para descubrir cuán diferentes eran unos de otros.

Pero habrá que convenir que, al cabo, no eran tan distintos. Puesto en marcha el aparato destructor, sólo hace falta que se produzca un efecto de desplazamiento de los más sanguinarios respecto de los menos radicales. Era sólo cuestión de tiempo para que llegáramos a colegir la evidencia de que los presuntos gudaris —soldados vascos— de ayer no eran sino el preludio amenazador y predecible de los asesinos que hoy Otegui quiere sacar de las cárceles a cambio de apretar el botón del sí a los presupuestos. Son, unos y otros, los mismos perros: y sus collares apenas se diferencian entre sí.

En el fondo, los 50 años de existencia de la banda han sido el escenario de un enfrentamiento entre el nacionalismo del PNV y el nacionalismo más radical de ETA, lo mismo que ocurre hoy entre el partido fundado por Sabino Arana y Bildu. Un combate sin tregua en el que sus consecuencias más cruentas nos las hemos llevado los que no éramos y no somos nacionalistas. Un reparto de «su» país, desde luego, pero sobre la base de que quienes sobramos de su Euskadi somos nosotros, todos los demás.

«¡Ahí me las den todas!», expresa el dicho referido a que, una vez que el alguacil enviado a reclamar una multa recibía una patada del deudor en salva sea la parte, al referirle el caso al juez mandante de la ejecución le dijo: «Señoría, en realidad, la patada se la han dado a usted…» Pues bien, unos y otros nacionalistas —especialmente los del PNV— podrán decir lo del magistrado: «por lo menos en esta pelea quienes han recibido las bombas, los disparos y las extorsiones han sido los españoles, no nosotros».

Lo peor de todo, es que la historia continúa y las malas noticias en forma de agresiones, desplazamientos y marginaciones de quienes defendemos la españolidad del País Vasco se mantienen. Parafraseando a Von Clausewitz, la política de todos ellos es la guerra, sólo que por otros medios.

lunes, 18 de octubre de 2021

La trampa de Tucídides

Columna original publicada en El Debate, el sábado 16 de octubre de 2021


Imagen: Lu Tolstova


Lo único que parece claro es que todo va muy deprisa y las decisiones europeas son siempre lentas. Y el mundo no nos espera

De acuerdo con el pensador griego Tucídides —que fue un pésimo general, aunque un magnífico escritor—, Esparta, que contaba con un ejército muy superior al de Atenas, pero era una potencia comercial muy inferior, estaba atemorizada por el auge que venía experimentando esta última. Fue el miedo el que la llevó a la guerra, la cual acabaría con los dos centros de poder de la antigua Grecia. El término «la trampa de Tucídides» evoca este fenómeno, pero refiriéndose ahora a EEUU y China.

Basado en los tiempos de la Guerra Fría, el orden nacido de la Segunda Guerra Mundial se ve sometido a una fuerte competencia política que esconde una potente confrontación tecnológica. Allá donde los actores del pasado conflicto —los EEUU y la URSS— no podían competir en la esfera tecnológica por la evidente inferioridad del segundo, la lucha entre los Estados Unidos y China adquiere perfiles muy diferentes.

Y, como advertimos, los acontecimientos van cambiando a una velocidad vertiginosa. La retirada de Afganistán por los Estados Unidos y sus aliados, más allá de la derrota que ese hecho supone, conllevará la ocupación de ese espacio por China, Rusia e Irán. Habrá que conceder que no hemos sido capaces de vencer definitivamente al terrorismo y de crear en ese ámbito un Estado moderno. Hemos cosechado un rotundo fracaso.

Y después de Afganistán se produce la alianza estratégica que lleva por nombre AUKUS, un acuerdo que se ha producido sin contar con los socios de la OTAN y con el perjuicio evidente al ejército más potente que queda en la UE después de la salida del Reino Unido de aquélla: el de Francia.

La primera conclusión del doble concurso de Afganistán y el AUKUS para nuestro viejo continente es que Europa ya no es tan importante como lo fue. Y que deberemos posicionarnos en el duelo entre EEUU y China, teniendo en cuenta que no estamos involucrados en el espacio Indo-Pacífico (con excepción de los intereses que mantiene Francia en esta área).

La cumbre de la OTAN que se celebrará en Madrid este próximo año 2022, tenía la pretensión de convertir este organismo en un foro más político, a la vez que renovar el concepto de importancia estratégica de la Alianza. Ahora habría que incorporar a esas tareas el nuevo debate sobre la posición del acuerdo respecto del Indo-Pacífico y las nuevas amenazas. Y contar con que Francia será bastante reacia a acordar algo que tenga que ver con el papel que deba desempeñar la OTAN en el espacio Indo-Pacífico. Y en lo que se refiere a las nuevas tecnologías disruptivas (basadas en la utilización informática, los drones, sensores, guerra híbrida, ciberseguridad, etc.) será necesario profundizar en el debate de las decisiones a adoptar.

Después de la salida de Afganistán y del acuerdo AUKUS se está imponiendo en Europa el discurso de la autonomía estratégica —complementaria, no alternativa a la OTAN—, y de llevarla a cabo con los socios de la UE que estén dispuestos a impulsarla. Una autonomía que no sólo deberá referirse al ámbito militar, sino también al tecnológico, y en este terreno concreto es preciso recordar que la UE ha carecido de una tecnología potente propia (somos apenas una potencia reguladora en lo que a tecnología se refiere).

En cuanto al ejército europeo, éste parece imposible en la práctica. Alemania y Francia, los principales miembros de la UE, tienen conceptos opuestos en lo que se refiere a sus Fuerzas Armadas; la primera es reacia a la intervención exterior, en tanto que la segunda mantiene operaciones permanentes más allá de sus fronteras.

Existe una alternativa, sin embargo, al ejército de la Unión. Y está formada por la Cooperación Reforzada en materia de Defensa, el Fondo Europeo de Defensa y la Agenda Europea de Defensa. Pero será preciso convenir que esos foros no son suficientes para acometer la tarea que se requiere.

La teoría habitual en lo que hace referencia al tratamiento de las crisis plantea tres ámbitos: la prevención de las mismas, la —en su caso— intervención militar y la posterior reconstrucción de la sociedad. La UE está mejor preparada que la OTAN para desarrollar los tres elementos citados (especialmente el primero y el tercero). Además disponemos de los Grupos de Combate, con posibilidades de despliegue en el plazo de seis semanas, de modo que cuando el Alto Representante para la Política Exterior de la UE, Josep Borrell, se refiere a la necesidad de contar con un grupo de despliegue rápido, convendrá advertir que éste ya existe, aunque no se haya utilizado por el momento.

Pero, trascendiendo del ámbito estrictamente militar al político, cabría preguntarse que, una vez implementada la intervención de estos grupos, ¿quién estaría dispuesto a asumir las responsabilidades derivadas de tales acciones? En definitiva, ¿quién daría la cara en el momento en que haya que darla por las bajas ocasionadas? Y también está el asunto espinoso de los gastos, porque algunos países no están dispuestos a participar en ellos.

¿Qué posición deberá adoptar la UE ante la nueva y posible reedición del episodio trágico que evocaba Tucídides? Veremos cómo se van produciendo los acontecimientos. Lo único que parece claro es que todo va muy deprisa y las decisiones europeas son siempre lentas. Y el mundo no nos espera.

lunes, 11 de octubre de 2021

La inflación y la amenaza del crecimiento de los tipos de interés para la economía española

 Artículo original publicado el viernes 8 de octubre en El Imparcial

La economía española vive aún pendiente del repunte del crecimiento que los pronósticos del gobierno auguraban (no otra cosa parece advertirse del magro 1,1% de incremento en el segundo trimestre de 2021 constatado por el INE, y que rebaja casi en dos puntos las previsiones del ejecutivo. Este dato habría que ponerlo en relación con la emergencia de dinero que durante la pandemia no pudo aflorar en el mercado debido al confinamiento y a las medidas restrictivas del consumo adoptadas por los gobiernos; así como el del cuantioso presupuesto liberado por las autoridades europeas para combatir el impacto de la recesión económica correspondiente -los fondos Next Generation.

No es objeto de este comentario analizar el reparto de los fondos europeos ni la penalización que la devolución de los mismos producirá sobre la sufrida economía española. Lo que sí parece evidente es que, cuando se produzca un más acusado crecimiento de la economía, éste se verá confrontado a una prolongada recesión en los países ricos. Así lo aseguran algunos medios, entre ellos el prestigioso semanario británico The Economist.

En los tres meses previos al de mayo, en los Estados Unidos, la inflación subyacente (la que no toma en cuenta ni los productos energéticos ni los alimenticios sin elaboración) alcanzó un 8’3% anualizado, el incremento más alto que ha tenido ese país desde principios de los ‘80 del pasado siglo (en 1979 el índice de precios creció en Norteamérica un 13’3%).

No está ocurriendo lo mismo en la zona euro. Pero si los precios venían creciendo en un entorno anual del 0’9%, desde el mes de mayo de 2021 se están incrementando en un 1’9%. Todavía se encuentra bajo control, pero también ocurre que la inflación subyacente se está acelerando en España. En el octavo mes del año, según los datos del Índice de Precios al Consumo (IPC), dados a conocer ayer por el Instituto Nacional de Estadística, la inflación subió un 0,4% mensual y se disparó un 3,3% interanual, alcanzando la mayor subida en casi nueve años.

El BCE, que espera que la inflación sea del 2,6% a finales de año, ya ha modificado sus previsiones, lo que supondrá que no resulte inaceptable sobrepasar ese límite. El Banco de Inglaterra también parece haberse vuelto más tolerante con la idea de los excesos inflacionarios.

La conclusión de esas expectativas y las actitudes de los organismos monetarios, en especial la Reserva Federal norteamericana, parecen hasta ahora estar relativamente relajados con respecto a la inflación, dejando claro que son conscientes de los riesgos, pero que no están aún dispuestos a llegar a una acción precipitada. Así, en junio, la Fed señaló que podría subir las tasas de interés dos veces en 2023, antes de lo esperado; algunos han planteado la posibilidad de hacerlo el próximo año.

Un asesor económico senior de la Casa Blanca de Barack Obama, afirma que su mayor preocupación sigue siendo una recesión porque, aunque su probabilidad es baja, sus consecuencias serían nefastas.

En el mes de agosto, los precios al consumo aumentaron de manera más que rápida, especialmente en Estados Unidos. Incluso en la zona euro, fueron un 3% más altos que un año antes, lo que supone el mayor crecimiento en una década. A todo eso parece estar contribuyendo la variante Delta del Covid19, disparando la inflación.

Se produzca la elevación de los tipos de interés a finales de 2022 o de 2023, la medida tendrá sin duda consecuencia sobre la frágil economía española que, a día de hoy, no ha recuperado aún su tejido productivo ni su clientela turística habitual. La pandemia y las medidas adoptadas como consecuencia de la misma han situado nuestra deuda pública en un nivel superior al 125% del producto interior bruto a un coste que hasta ahora ha podido resultar negativo para nuestra Hacienda. Pero el incremento del interés penalizará sin duda los pagos de la deuda, convertidos desde la época Zapatero en créditos de atención prioritaria, como quedó incorporado en la correspondiente modificación constitucional.

Lo cierto es que, superponiendo la agenda económica a la política, los años 2022 y 2023 estarán rondando con las elecciones generales españolas y el cambio de ciclo político que auguran las encuestas. Será una vez más el PP a quien seguramente le toque lidiar con las vacas flacas de un horizonte con nubarrones.

Y ello nos conducirá por lo tanto a una especie de “revival” de los tiempos de Rajoy. Cabe la posibilidad de que Casado no haga un ‘remake’ del de Pontevedra y, esta vez sí, aproveche la oportunidad que se le presente de dar la vuelta al calcetín, enmendando buena parte de los errores cometidos y situando a España en el buen camino. Al menos por unos años. Pero, para ello, será necesario que al líder del PP no le tiemble el pulso y cuente con un programa de reformas, a la vez, preciso y atractivo para la sociedad española.

sábado, 25 de septiembre de 2021

Javier Perote, «in memoriam»


El coronel Perote se nos ha marchado. Y es fácil suponer que al cierre de su paso por la vida nos vuelvan los recuerdos. Y le veo en las manifestaciones pro-saharauis, jaleando los slogans que apelan invariablemente a la responsabilidad española y a la culpabilidad marroquí en el vergonzoso abandono por nuestro país de un pueblo que sigue luchando por elegir su destino en libertad.

Porque Javier Perote no podría separarse en mis recuerdos de la causa saharaui. Ya sé que es palabra, «causa», como la de «misión», constituyen expresiones antiguas, seguramente desfasadas y pasadas de moda; pero evocan cuestiones que comprometen más allá de la contingencia de los sucesos inmediatos, modernos o post-modernos, que se escapan con la facilidad con que se pierde el agua que procuramos contener en la palma de las manos.

Y fue precisamente en un bar contiguo a la vieja sede de la Delegación Saharaui en Madrid, en una calle contigua a la de Atocha, cuando nos esperaba Javier a Carlos Martínez Gorriarán y a mí para introducirnos al Delegado Bucharaya, que cuando se escriben estas líneas es Primer Ministro de la RASD, y ante todo gran amigo.

Perote nos habló entonces de lo que sentían sus compañeros saharauis. Porque él no era de esos que te confunden con la elocuencia de los datos, de los precedentes jurídicos o de las resoluciones de la ONU -imprescindibles, por otra parte-. El coronel Perote se expresaba siempre desde el corazón al que conectaba sin interruptor posible su pensamiento. Y ahora, muchos años después, pienso que esa es una buena guía para recorrer los caminos: avanzar sabiendo que lo que emprendes es justo, aunque todo -o casi todo- en tu derredor te advierta de que lo prudente es lo contrario, que esa es una causa perdida, que es inútil tu esfuerzo o, peor aún, que trabajar por ella es hacerlo en contra de tu país.

Javier figuraba en ese elenco de grandes personas que pude conocer en ese mundo del apoyo a los saharauis que formaban en el equipo internacional de UPyD al que me correspondió dirigir: Ana Camacho, Carlos Rey, Antonio de Torre -Antuán-, el también coronel Diego Camacho, Eduardo Trillo y otros. Un equipo con el que compusimos un grupo conexo al de Internacional de ese partido que analizaba con periodicidad frecuente la evolución de lo que ocurría en el Magreb y mantenía contactos con los saharauis.

Pero ocurre que el asunto del Sáhara se parece bastante a una piedra en el zapato para los partidos nuevos cuando estos se van transformando en aparatos políticos que pretenden solamente el ejercicio del poder. La razón de Estado, la prudencia política, el acomodo a las circunstancias… conllevan el desvestimiento de los ropajes idealistas para disfrazarse de pragmatismo, que al cabo se convierte en vestimenta definitiva e irrenunciable.

Y eso Perote no lo entendía, En Javier siempre encontré la lealtad de un hombre insobornable a cualquier componenda o desviación; la terquedad y la obstinación, junto a la rectitud y la claridad. Acudir a él, siempre con la expresión afable y los brazos abiertos, era darte de bruces con la verdad a, veces dura, pero carente de doblez. Militar y demócrata, miembro de la antifranquista UMD, gran español y magnífica persona.

En alguna ocasión sugerí a Perote que escribiera sus memorias, que lo hiciera siguiendo el cauce proustiano que desenvuelve el hilo de la evocación de sus recuerdos. No era a mi juicio necesario que lo hiciera de manera cronológica, porque el tiempo en la vida no existe de la misma manera que en los recuerdos. La vida va y vuelve, y permanece, como la memoria que nos queda de Javier; que no escribió sus memorias, porque quizás sus recuerdos eran demasiado vivos, demasiado sentidos, como para distanciarse de ellos y verterlos sobre un papel.

El PNV quiere retrasar el reloj de la historia

Artículo original publicado en El Imparcial, el viernes 24 de septiembre de 2021

Bajan revueltas las aguas en esta España desgobernada y desorientada, ansiosa por recuperar la normalidad e inquieta al mismo tiempo por lo que observa como el nuevo paisaje urbano de tiendas y bares cerrados o traspasados que está dejando tras de sí la pandemia. Y en estas circunstancias son algunos expertos pescadores los que se llevan los beneficios, según asegura el refrán.

El PNV ha sido en los últimos tiempos un partido experimentado en obtener retribución de las circunstancias tumultuosas. Lo hacía en los tiempos ominosos del terrorismo etarra, cuando se proponía a sí mismo como la solución al problema (y sin embargo no era sino parte del mismo), o como la alternativa al caos que irremediablemente sobrevendría si ellos fracasaban: un país sin ley ni orden, más allá de los impuestos por las bombas de los etarras, que no era de hecho ya sino moneda corriente en buena parte de la Euskadi rural.

Se trataba de beneficios cortos, aparentemente, aunque cuantiosos por su abundante frecuencia. Hoy una de cupo, mañana otra de ingreso mínimo vital, pasado las prisiones… todo con el objetivo de afianzar la llamada soberanía vasca y desterrar la de España al baúl de sus peores recuerdos.

Pero el discurso del Lehendakari en el Parlamento Vasco del pasado 16 de septiembre, ha definido los objetivos del PNV para el futuro Estatuto: recuperar la soberanía anterior al año 1839, con ello -aseguró- se resolvería el “problema vasco”.

Habrá que empezar por decir que el tantas veces proclamado por los nacionalistas como “problema vasco” lo es más de ellos que de los vascos, incluso de sus propios votantes, que mayoritariamente eligen a su partido porque es “de aquí” -o sea, del País Vasco-, y “siendo de aquí” gestionará mejor nuestros asuntos que “los de allá”, vale decir, los partidos españoles. Construido el artificio, el mecanismo funciona a pesar de que la pretendida “mejor gestión por el PNV” sólo se debe al cuantioso volumen de los ingresos recibidos por las haciendas de las Diputaciones vascas como consecuencia del cálculo distorsionado del cupo, que según el economista de FEDEA, Ángel de la Fuente, ha rebajado la contribución vasca a los gastos del Estado en 2.800 millones de euros en 2002 y en casi 4.500 millones en 2007, lo que supone respectivamente un 6,23% y un 6,88% del PIB del País Vasco.

La historia da muchas vueltas. Y en este punto del relato del autogobierno del País Vasco, bastantes. Empezando con el “Gibraltar vaticanista”, la definición que el líder socialista Indalecio Prieto hacía de la Euskadi que resultaría del Estatuto nacionalista-carlista de Estella a principios de la II República, antes de concederlo el mismo Indalecio Prieto al PNV a cambio de su participación en la guerra civil en apoyo al gobierno republicano. Más recientemente, recuerdo la afirmación de Xabier Arzallus, presidente del partido nacionalista, a su senador Unzueta, en tiempos de la transición a la democracia, de darse por satisfecho con que sólo pudiera devolvérseles el Estatuto del ‘36 -según me refería el propio Unzueta-, y que se encontraría con la singular respuesta de Adolfo Suárez, quien -según me contaba Pérez Llorca- decía a sus colaboradores que “a los nacionalistas había que desbordarles”, esto es, darles más de lo que pedían. Y más cerca aún de nuestros días la propuesta del Lehendakari -conocida como “Plan Ibarretxe”- aprobado en 2004 por el Parlamentario Vasco, que reclamaba que Euskadi fuera un Estado libre asociado a España como lo es Puerto Rico respecto de los Estados Unidos; una idea, por cierto, que no por resultar menos peregrina no dejaba de tener cierta inserción en la realidad política conocida en el nivel global.

Pero volver el reloj de la historia al tiempo anterior a 1839, año de la conclusión de la primera guerra carlista, supone volver a un momento histórico irreconocible con la sociedad actual. Equivale a remontarse a un mundo rural -por lo de escasamente urbano-, pre-industrial -ahora que estamos viviendo en una sociedad tecnológica-. Y exige además moverse en un ámbito que los políticos o sociólogos no serían capaces de describir, y apenas algunos historiadores podrían explicar.

La soberanía anterior a 1839 es una especie de OVNI -objeto no identificado- en nuestro proceso histórico, del que siquiera conocemos algunos episodios como los de los curas trabucaires, las aldeas sin luz artificial y las boñigas de las vacas tapizando las vías de comunicación; o la naciente mesocracia haciéndose fuerte en villas y ciudades y luchando contra la imposición de portazgos y pontazgos a la exportación o importación de sus mercaderías… todo ello difícilmente asimilable, como se intuye, con la Europa que estamos construyendo aún no concluida la desastrosa pandemia del Covid-19.

El político e historiador Gregorio Balparda -diputado liberal por la Liga de Acción Monárquica bilbaina y adscrito a la minoría parlamentaria de Santiago Alba- que dedicó muchas horas al estudio de la historia vasca a lo largo del Antiguo Régimen, aburrido ante el piélago de excepciones, regulaciones y privilegios que se producían en las tierras vascas -y en las demás- en las épocas previas a la industrialización, pensaría que todo lo que había de rescatable de los pasados tiempos, esto es,“las libertades vascas” estaban en la Constitución. Y no se refería Balparda a la Carta Magna democrática de 1978, sino a la per-democrática de 1876, que sancionaba una soberanía compartida entre las Cortes y el Rey.

Prieto dijo también que temía más al nacionalismo por reaccionario que por nacionalista. Quizás debamos volver a esa reflexión a partir de la nueva iniciativa que nos preparan los “jelkides” -líderes del PNV-. No en vano, todavía las siglas de este partido en eusquera son “JEL”, Jaungoikoa -Dios- “eta Lege Zarrak” -Leyes Viejas-. Es decir, el retorno a las esencias.

Pero “don Inda” ya no está entre nosotros, y no parece que su recuerdo se haya reencarnado tampoco entre los actuales dirigentes socialistas; de modo que será bueno que nos preparemos para retrasar algunos años nuestros relojes, ingresar en el túnel del tiempo que nos proponen los peneuvistas y observar lo que ocurría antes de 1839. Seguramente que podríamos contar con los dedos de una mano -y nos sobrarán- los que se encuentren mejor que hoy en día en esa bucólica Euskadi que nos anuncia Íñigo Urkullu.

martes, 14 de septiembre de 2021

El extraño caso del presidente en busca de un nuevo himno y de una nueva bandera

Publicado originalmente en El Imparcial el lunes 13 de septiebre de 2021

Escribía en 1962 el político y periodista del PSOE, Luis Araquistain, que “los Estados se hunden por revolución o por desintegración interna. Mientras llega la coyuntura revolucionaria, y puede no serlo pese a las apariencias, queda la otra alternativa: una política de desintegración. La desintegración puede ser obra de los adversarios del régimen, y puede ser, también, obra del régimen mismo. La historia está llena de casos de pueblos vencidos y conquistados que, desde dentro, silenciosamente, obligan al Estado de fuerza a transformarse en un Estado de Derecho o desintegran poco a poco su superestructura, que un día, súbitamente se viene a tierra”.

El político socialista autor de la cita, que estuvo adscrito al llamado sector caballerista -por Largo Caballero- de su partido, y que se había socializado, según el historiador Roberto Villa, en movimientos que ligaban la modernidad a rupturas políticas que se definían como una “necesidad histórica”, situaba su reflexión, como es notorio, en una perspectiva revolucionaria, la que formularía el enemigo de un régimen al que se pretende combatir desde fuera del mismo; pero contando, al mismo tiempo, con los colaboradores internos para su degradación. Seguramente no supondría Araquistain que sus palabras de 1962 podrían aplicarse un día a los dirigentes del partido en el que él mismo militara y, en especial, al secretario general del PSOE y presidente del Gobierno español. ¿Qué sentido tiene -pensaría seguramente el viejo socialista- acabar con el sistema que precisamente nos permite gobernar?

Sin embargo, nos ha acontecido que, parafraseando lo dicho respecto del rival electoral del presidente Lincoln, Mr. Chase, si Pedro Sánchez fuera cristiano se creería sin duda la cuarta persona de la Santísima Trinidad. Apoyado por una extraña coalición de populistas-comunistas, independentistas y nacionalistas, todos los cuales unidos en su obsesión por destruir nuestro modelo de convivencia, Sánchez se aplica con obstinación en ponerle letra al himno que ya vienen tatareando sus actuales socios y que bien podría llevar por título, “¡Abajo el régimen del ‘78!”.

Y la letra cuenta, al menos, con tres estrofas: la primera -la que más conviene al personaje- es la de erigirse él mismo en “deus ex máquina” del nuevo régimen, para ello se encumbra por encima de todos los demás protagonistas del arco político, sean éstos ministros leales -a quienes cesa de manera inmisericorde-, dirigentes de la oposición -a quienes utiliza, ningunea o adjudica posiciones ideológicas a su conveniencia- y, desde luego, al Rey, a quien margina del escenario hasta convertirlo en una figura irrelevante.

El segundo verso de su nuevo canto se refiere a la deconstrucción de España consistente en una adición de modelos de bilateralidad -Cataluña y el País Vasco- y multilateralidad -las demás Comunidades Autónomas, por ahora-, y que sancionará el próximo congreso socialista con la apuesta por un Estado multi-nivel, que se definiría ya en los versos de la no-España o las Españas desunidas cuando no enfrentadas.

El guiño a la nueva moda de las políticas de identidad y social-populistas sería el tercer fragmento de la marcha-cántico sanchista, sin perjuicio de que estos programas contradigan los principios clásicos igualitarios reclamados por el socialismo, desde que éste fuera fundado por quienes aún luchaban por la dignidad de la clase trabajadora. La estrofa del identitarismo expresaría algo así como que si perteneces a un grupo diferenciado de los demás eres alguien, y si no estás en eso más vale que te integres en alguno de los rebaños -de los colectivos, perdón- ya configurados.

La nueva bandera de esa España redescubierta por el sanchismo, debería sustituir los símbolos de la Corona y los colores rojigualdos por las enseñas de las nacionalidades -ahora devenidas en naciones- y de las regiones -ahora nacionalidades o naciones, según la opinión de sus cacicatos dirigentes-. A estos símbolos se añadirían las tonalidades LGTBI o algunas asociadas con el ‘black lives matter’ o el ‘me too’, dicho sea con todos mis respetos a sus diferentes identificaciones y posiciones políticas o ideológicas. Esa bandera “collage” constituiría una auténtica novedad y pondría a nuestro país a la cabeza del progresismo mundial, adicionante de todas las causas modernas y paladín de minorías que, sumadas todas, ofrecerían cabal idea de lo que ha devenido en ser España.

Pero la repetición -extenuante- de la primera estrofa, convertida en inexcusable estribillo, del epinicio de Pedro Sánchez consiste en una loa a su persona, autor y factor imprescindible de este cambio, aunque ni siquiera sea él responsable de la mutación de timón; tengo para mí que si tuviera que responder a la pregunta que Vargas Llosa hacía en “Conversación en la catedral”, pero en versión española, sobre el momento en que se… “estropeó” (¿definitivamente?) nuestro país, contestaría que fue cuando Zapatero decidió en 2004 que “el concepto de nación es discutido y discutible”, a la vez que su partido ampliaba el espacio de la bilateralidad, hasta entonces reservado a los ámbitos fiscales de las provincias vascas y de Navarra.

La desintegración, evocada en su día por Araquistain, y perpetrada ahora por esta nueva generación del socialismo post-español, está poniendo en crisis los cimientos de un orden constitucional que se asentaba sobre un modelo de convivencia que, muchos aún, considerábamos -y consideramos- pertinente; un orden del que el PSOE era uno de sus esenciales valedores. Sólo nos queda poner en valor la vigencia del texto constitucional a la espera de que algún día una nueva izquierda recupere la cordura y retorne al espacio de la concordia, olvidando su itinerante nomadismo. Pero más nos vale que no esperemos que se produzca el milagro.

domingo, 29 de agosto de 2021

Afganistán, el nuevo fracaso

Columna publicada originalmente en El Imparcial, el sábado 28 de agosto de 2021


Hace ya tiempo que la sola evocación de la imagen de Estados Unidos luchando en una guerra presuponía la idea de una victoria segura. Y eso que el país creado por los “padres fundadores” tardaría algún tiempo en sacudirse sus complejos internos (guerra civil o de secesión, entre 1861 y 1865) y descubrirse a sí mismos como una potencia mundial y con control sobre los mares, de acuerdo con las ideas del almirante Alfred Mahan (1840-1914), que supuso, entre otras cosas, el final del dominio naval británico (‘Britannia rule the waves’), y la desaparición de las últimas colonias españolas en Cuba y Filipinas en la guerra entre nuestro país y los Estados Unidos en 1898.

La supremacía norteamericana atravesaría el siglo XX con su participación decisiva en las guerras mundiales, que depararían los escenarios de nuevas organizaciones internacionales, plagadas -especialmente con el final de la segunda confrontación bélica intercontinental- de instituciones y acuerdos. La estrella de la “pax americana” no comenzaría a declinar hasta los años finales de la década de los ‘50 de ese siglo y se prolongó hasta 1975 con la guerra de Vietnam, en la que los EEUU finalmente se batieron en retirada. (Afganistán, hoy, y Vietnam, ayer, constituyen una comparación inevitable, a pesar de la opinión contraria al respecto del Presidente Biden).

Resulta en ocasiones complicado discernir sobre las causas que han llevado a ese país a involucrarse en determinadas empresas bélicas: si lo que perseguían era en especial la defensa de un modelo de civilización occidental basado en la democracia y el respeto de los derechos humanos, o más bien sus decisiones traían su causa en otro tipo de motivaciones. El caso de Afganistán parece enmarcarse más en una reacción a los atentados del 11-S y a la persecución contra Osama Bin Laden y Al Qaeda, que a una presunta voluntad de encaminar a este último país por la senda de los valores que han definido desde su fundación a los Estados Unidos.

Más allá del objetivo que en cada caso se persiga y su bendición moral a esa intervención por las Naciones Unidas -requisito éste de exigible cumplimiento-, el abrupto abandono norteamericano de Afganistán, que ha dejado a sus aliados sin opción a intervenir, nos plantea la reflexión de que cualquier ocupación de un país diferente al propio debería definir con carácter previo un plan de actuación que concrete los objetivos a conseguir, los procedimientos a utilizar y los recursos humanos y materiales a aprontar. Todo lo contrario a una improvisación reactiva en la que a la carencia de previsión le sigue una definición gradual -muchas veces caótica, como ha ocurrido en este caso- de las políticas a desenvolver.

Tarea tan ardua de conseguir debería disuadir a los gobiernos -a los norteamericanos y a los demás- de emprenderla, en especial en un territorio tan complejo históricamente, tan diverso en su población y cultura y en su orografía como es Afganistán, a pesar de que -acumuladas las administraciones- los dos partidos mayoritarios estadounidenses han participado en los veinte años de presencia en el territorio. Es preferible entonces plantear objetivos más concretos y encomendarse más al ‘poder blando’ que a ‘las ‘botas sobre el terreno’. Ya se sabe que los Estados Unidos ganan con facilidad en la guerra, pero pierden a la hora de organizar la paz.

Parece más o menos evidente todo lo dicho, pero está claro que no aprendemos de los errores del pasado. Y resulta además todo un síntoma que tras la desbandada norteamericana, todo el edificio democrático construido en Afganistán, junto con los derechos civiles y la igualación de la mujer al hombre, apenas hayan producido impacto en la progresía buenista que inunda de categorías definitivas a nuestro país. En el mundo del ‘me too’, las voces feministas de partidos y organizaciones que ‘iluminan’ nuestro discurso a este y al otro lado del Atlántico, nos ofrecen el más clamoroso de sus silencios.

Ya han sido evocados por comentaristas e informes internos los numerosos errores cometidos a lo largo de estos veinte años, la devastadora corrupción de la administración afgana y la dificultad de organizar un proyecto democrático en una sociedad tribal pre-industrial -léase medieval-. Queda de la escapada todo el material militar, de alto valor tecnológico, ahora en poder de los talibanes.

Retirada americana, avance de sus rivales de China, Rusia y de ese país en tierra de nadie que viene siendo Turquía. Y está también la credibilidad dañada de los Estados Unidos respecto de sus aliados asiáticos (Japón y, más especialmente Taiwán), o de los nuevos socios de la OTAN en el este de Europa respecto de Rusia. Sin excluir la nueva situación en el organismo atlántico que deberá ser cuando menos actualizada y redefinida. Y los problemas de todo orden que el abandono a su suerte del pueblo afgano traerán de la mano: llegada de refugiados, auge del terrorismo yihadista y otros que dependerán del nuevo tablero geopolítico que se abre ahora y de las decisiones que los diferentes actores adopten. Que no es poco para este galimatías internacional.

Europa empieza a tener claro que cada vez más depende de sí misma, pero sus decisiones en el ámbito de una integración de la política exterior y de defensa comunes tardarán aún algún tiempo en producirse y en resultar efectivas (ya se sabe del complejo y arduo proceso de su articulación). En todo caso, el mundo libre, las sociedades que entienden la consistencia de los valores que se abandonan con tanta facilidad, necesita del indispensable liderazgo de los Estados Unidos, un liderazgo que en un mundo multipolar y globalizado debe estar compartido por socios capaces de poner en la práctica actuaciones que puedan sumarse a las de esa potencia política, económica y militar que es Norteamérica. Un Biden que hacía de su discurso diferencial con Trump la afirmación de que ‘America is back’ y que pretendía curar las heridas en una sociedad dividida y convulsa, deberá aplicarse a esta tarea también en el ámbito mundial. El fracaso afgano no puede ser el fracaso definitivo de Occidente y sus valores. No nos lo deberíamos permitir.

Parafraseando lo que espetó Churchill a Chamberlain, Estados Unidos -y sus aliados- tuvo que elegir entre convivir con el terrorismo o abatirlo, y decidió acabar con él y luego impulsar la democracia; ahora nos hemos quedado con el deshonor de una retirada desordenada y con la democracia clausurada, y con un terrorismo que volverá a florecer. Ese podría ser el triste balance final después de 20 años de ingentes recursos humanos y económicos enterrados en Afganistán.

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