jueves, 5 de enero de 2017

Las murallas y “los otros”


Descargar el artículo publicado originalmente en El Siglo de Europa, suplemento especial del 19 de diciembre de 2016 al 8 de enero de 2017

Es ciertamente oportuna la idea de este medio de dedicar un número a la idea de las fronteras, porque vivimos tiempos en los que se construyen fronteras allá donde antaño se derribaban. Las sociedades de hoy en día, configuradas de forma mayoritaria por las clases medias, se encuentran literalmente aterrorizadas. Pensaban que la política y la economía, instrumentos solventes dirigidos por personas sensatas, les conducirían hacia un futuro en el que su vida sería predecible y que con su trabajo podrían garantizar un bienestar social para ellos y para sus hijos. En algunos casos –de forma notable
en Europa– todo ello venía de la mano con un Estado que protegía al ser humano desde la cuna hasta la tumba.

Pero hoy ya las sombras se ciernen de manera dramática sobre el halagüeño panorama de entonces. El poder adquisitivo se reduce, se trabajan más horas para recibir el mismo o menor salario, los ajustes reducen las prestaciones sanitarias y educativas, las pensiones de jubilación están en peligro a pesar de que sus beneficiarios hayan cotizado durante toda la vida y el ascensor social generacional ya no es cierto –además que muchos jóvenes no encuentran tampoco un puesto de trabajo y cuando lo encuentran no está bien remunerado. Y si las guerras, producto de un mundo en la actualidad multipolar, han sustituido la vieja seguridad de un planeta dividido en dos referencias antagónicas, las oleadas de refugiados atestan nuestras costas y nos sitúan enfrente de nuestros viejos criterios solidarios para toparnos de nuevo con el descubrimiento de otros seres. Y la corrupción unida a la creciente desertización provocada por el cambio climático y las luchas tribales arrojan también a cientos de miles de personas hacia nuestros países, conduciendo a un nuevo temor a nuestros conciudadanos, temor por la inseguridad, por la pérdida de los puestos de trabajo ante la perspectiva de unos salarios más bajos, ante la dificultad de su integración entre nosotros.
“Renacionalizar significa practicar fronteras allá donde otros nos empeñábamos en restringirlas”
Y el temor busca respuestas convincentes aunque al cabo no sean respuestas. Surgen entonces los charlatanes de feria, mero remedo de aquellos que nos vendían los crecepelos instantáneos o los remedios infalibles contra todos los males. Unos charlatanes que nos ofrecen ahora la respuesta de las renacionalizaciones que significa exactamente practicar fronteras allá donde otros nos empeñábamos en restringirlas.

Así Trump prometió una muralla entre los Estados Unidos y México y los europeos expulsan a los irregulares a Turquía cuando no los abandonan en Grecia o en Italia. Y los británicos deciden salir de Europa, lo mismo que promete Marine Le Pen hacerlo con Francia si ganara las próximas elecciones.
Surgen dirigentes renacionalizadores –fronteristas–en Hungría y en Polonia, en Holanda la mayoría democrática deberá defenderse de Geert Wilders y Merkel de la Alternative für Deutschland. Y en España, Podemos critica la globalización y los tratados comerciales como la esencia de casi todos los problemas que nos acucian.

Malos tiempos por lo tanto para quienes pensamos que las fronteras del siglo XIX hacia atrás debían quedar para la historia. Claro que hay una cierta inexorabilidad en cuanto a lo que viene por delante. Una mayoría se puede obstinar por entrar en la máquina del tiempo y viajar instalado en ella hacia el pasado pero no por ello volverá el pasado. Es verdad que el poder adquisitivo de muchos cientos de
miles, quizás millones, de votantes de Trump se ha visto reducido en los últimos años a pesar de haber trabajado muy duro pero no es menos cierto que con sus dólares depreciados compraban mercancías chinas que a lo mejor una vez que se produzcan las decisiones previstas por su nuevo presidente ya no podrán adquirir, viéndose obligados a acceder al único mercado de los productos estadounidenses, sin duda más caro que aquél. ¿Será entonces mejor el remedio que la enfermedad? Quizás sería más atinado que no se hubieran embarcado en esa historia que sólo servirá para ofrecer mayores ganancias a las grandes empresas de Wall Street. Pero ésa es ya una cuestión resuelta, lamentablemente, al menos por cuatro años.

Ese reloj de la historia que nos conduciría además a lo peor de lo que fuimos. Porque no sólo se trata de crear fronteras, sino de descubrir más allá de ellas a “los otros”. Esos seres que al parecer son diferentes de nosotros, porque tienen un color de la piel diferente, una religión distinta, una lengua que no comprendemos, unas costumbres que están aparentemente lejos de las nuestras. Los otros y nosotros, que es la definición que ha causado tantas guerras, razias, colonizaciones, genocidios, devastaciones... porque detrás de los otros y nosotros late un concepto de superioridad que exige de un correspondiente de inferioridad. Y con éste un sacrosanto derecho al servilismo cuando no a la anulación del contrario.
“Malos tiempos para quienes pensamos que las fronteras del siglo XIX debían quedar para la historia”
La vida no es fácil, nadie ha dicho que lo fuera. Pero las decisiones que se toman desde el miedo a los cambios no prejuzgan nada bueno, sino al contrario. Siempre llega el nuevo día y con él los problemas de antaño emergen con la misma fuerza que tenían el día anterior. Podrán alumbrar
nuevos fantasmas producto de sus pesadillas, pero no cambiarán el mundo.

Y ya que hablamos de fronteras. ¿Por qué no recordar lo que anunciara Jack Kennedy y su “nueva frontera”, la que apostaría por la libertad, la solidaridad y pondría las bases para que el hombre llegara a la Luna?

A esa frontera sí que me apunto.

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