jueves, 14 de septiembre de 2023

Las tribulaciones del PNV

Publicado en El Imparcial, el 7 de septiembre de 2023


Bastaría remontarse al año 1936 para situar un debate que se suscitaría entonces -y en adelante- en el seno del PNV. Una discusión que no hacía entonces referencia a los pretendidos orígenes de ese constructo artificial que están dando ahora los “jeltzales” en denominar “nación foral vasca”, y que según el Lehendakari Iñigo Urkullu encontraría sus raíces en el siglo XVIII. Por fortuna, no ha recurrido en esta ocasión el presidente del gobierno autonómico del País Vasco al discurso del “linaje de Aitor” que nos recordaba Jon Juaristi en su ensayo del mismo título, según el cual los vascos procederían directamente de Dios; tampoco a las palabras que escribió su predecesor Juan José Ibarretxe señalando que ha sido “la tenacidad (no una desmesurada inteligencia) lo que explica que este pueblo siga existiendo después de siete mil años”.

Se me podrá rebatir con la idea de que el concepto “pueblo” y el de “nación” constituyen categorías diferentes. Lo que sí considero indiscutible es que los nacionalistas mantienen un duro combate en contra de la historia y que su concepto de “lo vasco” alcanza proporciones mesiánicas a la par que mayestáticas. Tampoco creo que habrá mucha discusión entre historiadores y tratadistas en no situar el nacimiento de una nación en los tiempos medievales; pero ya digo, en palabras prestadas ahora de mi amigo Julen Guimón, “para ellos (los nacionalistas) el futuro es exacto (siempre gobernarán), sin embargo, el pasado es impredecible”.

El PNV ha vivido, al menos desde 1936, el conflicto entre dos modelos, el de sociedad y el de Estado; y siempre ha optado por este último. Aun cuando se trata de un partido de origen burgués, ya se sabe que el origen de Sabino Arana, su fundador, era el de una familia propietaria de unos astilleros, y las motivaciones más inmediatas de su ideología las encontraría en el nacionalismo catalanista, que no se podría calificar, sin grave contradicción histórica, de proletario, en un cóctel ideológico en el que el carlismo operaba como ingrediente fundamental, lo mismo que en gran parte del catalanismo. Sometido a la presión divisoria -hoy diríamos que polarizadora- de los meses, y aún años, previos a nuestra incivil contienda, los peneuvistas recibirían el ofrecimiento de los sublevados contra la República de unirse a ellos. Sería el dandy vergarés, Telesforo Monzón, quien pediría para eso armas a los franquistas; poco después, el PNV compartiría causa con las izquierdas, mediando el ofrecimiento de Prieto de un estatuto de autonomía, en cuyo primer gobierno ocuparía don Telesforo el cargo de responsable de Gobernación (bajo su negligente mandato se cometerían numerosos crímenes y tropelías a cargo de los milicianos socialistas, comunistas y anarquistas). Más recientemente, Monzón sería adalid del movimiento proetarra Herri Batasuna.

El gobierno vasco en el exilio estrecharía las relaciones entre nacionalistas y socialistas, que cristalizarían con acuerdos de coalición entre ambas formaciones políticas al advenimiento de la democracia. Eran los tiempos en los que se creía que el PNV -en palabras de Nicolás Redondo Terreros- era la solución, no el problema. Y eso se mantuvo, en una primera fase, durante doce años (entre 1987 y 1998). En esa época ETA asesinaría a unas 250 personas -socialistas, algunas de ellas-, ante una mirada distante cuando no complaciente, del PNV. Nos han salido un tanto levantiscos -podrían decir-, pero son nuestros. No nos olvidemos del irredentismo violento que era el carlismo, origen tanto de los unos como de los otros; tampoco del “agitad vosotros el árbol, que nosotros recogeremos las nueces”, que les espetaría Arzallus.

El cordón umbilical entre el PNV y ETA nunca se cortó radicalmente. Pero ahora son los hijos quienes se aprestan a matar -parece que sólo políticamente en este caso- al padre. Y el partido del Jaungoikoa eta Legezarrak (Dios y Leyes Viejas) vuelve por donde solía. En el marco del debate entre un modelo de centro-derecha y otro de populismo izquierdista, decide echarse de nuevo al monte del secesionismo. Y si Urkullu ganó a los seguidores de Ibarretxe, una vez que Imaz controlara el desbordamiento, ahora presenta una copia del plan de aquél, con el aditamento de que, al menos, el ex-Presidente del Gobierno Vasco dio la cara presentando su bodrio en el Congreso. Urkullu se oculta ahora, apocado, detrás de la invocación de una llamada Convención.

Le habrán soplado seguramente sus gentes desde Bruselas que había un proyecto de “Convención europea”, destinado como se sabe a contribuir a la federalización de Europa. “Federar es unir”, me decía mi profesor don Pablo Lucas Verdú en la universidad de Deusto. El propósito peneuvista recorre el camino precisamente opuesto, el del federalismo ‘asimétrico”, esto es, el confederalismo, la fragmentación, la desigualdad y el privilegio.

Y entre tanto, un nuevo fantasma recorre España… parafraseando el comienzo del Manifiesto Comunista, que es el del espectro Ferrovial. Si las empresas radicadas en Cataluña huyeron de allí a causa de la inseguridad jurídica provocada por el independentismo, y la empresa presidida por Rafael del Pino abandonaba más recientemente Madrid debido al ambiente anticapitalista generado por Sánchez y sus socios, se rumorea que Iberdrola y el BBVA podrían hacerlo también, perjudicando a toda España en general y a Vizcaya en particular, provincia en la que mantienen su razón social (sólo en el caso de la primera de las dos empresas, se asegura que el impacto que esa decisión tendría sobre las cuentas vascas llegaría a unos 2500 millones de euros).

El PNV debería valorar si su estrategia de confrontación con Bildu, consistente en un desbordamiento nacionalista, es la más correcta para sus intereses. Emerge de nuevo el debate de siempre: modelo de sociedad, modelo de destrucción de España…

martes, 29 de agosto de 2023

La oportunidad de Feijóo

Publicado en el Imparcial el jueves 24 de agosto de 2023


El Rey ha cumplido su encomienda constitucional con puntualidad -dicen que esa actitud es cortesía de la condición que ostenta- y adecuación, designando como candidato para la investidura al político que más escaños y votos reúne por el momento. Sin perjudicar la literalidad de lo previsto por la Carta Magna podría haber procedido a renovar sus encuentros con los representantes de los grupos parlamentarios, pero ha preferido a eso que el reloj empiece a andar y que sea el tiempo -y no él- quién establezca el límite necesario para las negociaciones políticas. Es bien conocida la obligación constitucional que tiene SM de reunirse con los representantes populares después de celebradas las elecciones, no podría Don Felipe alegar dificultades de sintonía con los diputados para negarse a entrevistarse con ellos, pero igual obligación constitucional tienen éstos de acudir a la convocatoria real, por mucho que en su programa estén la república española o la catalana o la vasca; aceptar el juego democrático exige admitir las obligaciones que se desprenden del mismo, siempre es más grato tomarse un café en el bar del Congreso que asistir a unos plenos con frecuencia soporíferos, pero los cargos públicos cobran por eso.

Y ahora el presidente del PP tiene la oportunidad que viene manifestando desde que se cerraron las urnas, se contaron los votos, y la “mayoría suficiente” por él reclamada se ha diluido como un azucarillo en una infusión. Podría utilizarla para reclamar lo imposible: que su grupo, el de Vox y el del PNV coincidan en su apoyo. Pero creo que no estamos los españoles para más espectáculos de imposibles prestidigitadores en el parlamento. Una cosa es torear la res que a uno le ha tocado en suerte, aunque sea mala -lo que no hizo Rajoy, desatendiendo su obligación-, y otra es elevar la faena a la categoría de la genialidad. “Lo que no puede ser, no puede ser… y, además, es imposible”, decía Rafael Guerra.

De sobra conoce el candidato que su investidura es irrealizable. Por eso mismo creo que en lugar de dirigirse, con patetismo digno de mejor causa, a los diputados del parlamento, debería aprovechar la oportunidad que le brinda este procedimiento para convertir el hemiciclo en una especie de areópago de la nación -o de lo que de ella queda- y explicar a la ciudadanía las cosas que han quedado, a mi modesto juicio, bastante claras después de los últimos tiempos políticos vividos en España. Que nuestro país debería recuperar el consenso que estuvo en el origen de nuestra Constitución de 1978 y que es el procedimiento que establece ésta para resolver los problemas que nos afectan, que los partidos principales -y aún algunos accesorios- deberían dejar de lado las diatribas estériles y ponerse de acuerdo para establecer nuevos pactos que permanezcan durante algunas décadas más, entre los cuales: un pacto para la convivencia, en la que las diferencias políticas, religiosas, sexuales, y otras, no sean demonizadlas ni perseguidas, para que la historia no sea utilizada como ariete político, y para el combate eficaz de la violencia de género; un pacto para la separación de poderes, que blinde la independencia del poder judicial y que permita al legislativo actuar en su función de control y que no siga operando como una simple correa de transmisión del gobierno de turno; un pacto para la reforma de la ley electoral, con el objetivo de que los partidos minoritarios y que pretenden emanciparse de España no determinen el futuro del conjunto de los españoles; un pacto por la educación, cerrando el triste y caótico proceso de una ley educativa por cada color en el gobierno; un pacto por las pensiones, que establezca fórmulas que las garanticen a los que disponen de ellas y que permitan el acceso a las mismas para las generaciones futuras; un pacto para el medio ambiente, para la seguridad energética, para la España vaciada…; y un pacto de Estado para la política exterior, que señale las prioridades que deberá defender nuestro país en el ámbito internacional, y que establezca canales de comunicación parlamentaria para analizar -y aún decidir conjuntamente- los cambios que pudieran resultar necesarios; un pacto, en fin, para influir en Europa, definir los objetivos de este proyecto y la contribución española a los mismos; un pacto para la defensa y nuestra aportación a la OTAN y a la incipiente organización militar europea…

Una legislatura de cuatro años debería sobrar para acordar éste y otros pactos. El general Franco falleció en noviembre de 1975, en junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas y en diciembre de 1978 ratificábamos los españoles la Constitución. Todo es posible si existe voluntad política y capacidad de asumir riesgos.

No son los líderes los que anteceden a las crisis, más bien son éstas las que los crean: Churchill y De Gaulle y Roosevelt fueron producto de la II Guerra Mundial; Adenauer, de la derrota de Alemania; y, entre nosotros, Suárez, González y hasta Carrillo lo fueron de la necesidad de construir un país diferente desde la reconciliación.

La oportunidad de Feijóo consiste especialmente en elevar su voz desde las trincheras políticas y dirigirse al pueblo español por encima de la batalla de la polarización política. Todos sabemos que su encargo es imposible, pero también que su discurso es necesario para devolver alguna esperanza en el futuro a esos millones de españoles defraudados, inquietos, preocupados y pesimistas ante nuestro futuro como nación y también como ciudadanos.

martes, 15 de agosto de 2023

Refriegas entre nacionalistas


Publicado en El Imparcial, el 11 de agosto de 2023

El ministro de la Presidencia en funciones, Félix Bolaños, recomendaba no hace muchas fechas que los españoles descansáramos de la política y de los políticos, esto es, que nos diéramos unas vacaciones después del largo trasiego electoral que hemos atravesado. Una excelente manera, sin duda, de explicarnos que las negociaciones entre su partido, Sumar y los nacionalistas para formar gobierno serían tan complicadas que mejor era que permanecieran ocultas por el sempiterno manto del secretismo, tan caro a la política y a los pactos.

No caeré desde luego en la ingenuidad de pedir transparencia en un proceso que no la puede tener, por aquello de que la monitorización pública de unas conversaciones de este tipo sólo sirve para destruir el objetivo final de las mismas. Pero habrá que advertir que una vez que se aclare, en su caso, el contenido del pacto, éste debería verse sometido a la claridad del “Luz y taquígrafos” que decía don Antonio Maura. Saber, por ejemplo, qué se ha pactado con el prófugo de la justicia Puigdemont en cuanto a su situación jurídica personal, lo acordado en lo que respecta al referéndum de autodeterminación -o la consulta-, o en cuanto a qué votará el PSOE vasco para dirimir la contienda entre el PNV y Bildu después de las próximas elecciones autonómicas.

La noche electoral del 23J nos dejó en efecto un panorama difícil de dilucidar, dado que el partido liderado por Pedro Sánchez no está, por definición, dispuesto a lo que en otras democracias europeas ha sido la fórmula más generalizada para desbloquear situaciones políticas imposibles como lo es ésta: el gobierno de las grandes coaliciones entre los dos principales partidos. Asumido que esa solución no resulta factible en España, o el PP consigue una mayoría con Vox, el PNV y otros partidos menores -posibilidad más que remota-, o el PSOE lo hace con los partidos que quieren acabar con la Constitución y, aún más, con la misma idea de España.

No resultaría imposible, desde luego, el intento del presidente en funciones. La amenaza del “o yo o el PP+Vox” le ha funcionado en los últimos comicios, incluso entre los votantes de los partidos nacionalistas, y ese temor ha cimentado su victoria en las dos Comunidades Autónomas “históricas” -Cataluña y el País Vasco-; pero no parece sencillo que esa presunta maldición rebaje ahora el precio del apoyo de las formaciones políticas que gobiernan o están en la oposición en esas regiones. Sánchez es consciente, supongo, de que esas fuerzas se están mirando con el rabillo del ojo unas a otras por ver quién se lleva el gato al agua en la próxima convocatoria electoral que les enfrente para ocupar la Casa de los Canónigos y Ajuria Enea. No en vano, vaciado de los inevitables -están en su condición- del “no-a-España”, de la evocación de la autodeterminación como solución final a unos supuestos conflictos de pertenencia, la imposición a contracorriente de un idioma determinado y otras cuestiones, que, desde luego, no son de menor importancia en el ideario colectivo de sus fieles y en la división que provocan en la sociedad, lo que interesa de verdad a los nacionalistas es el poder que ya han conquistado y que nadie parece dispuesto a arrebatarles; o, dicho de manera más breve y seguramente más brutal: lo que les mueve más que nada es el botín a conseguir y repartir.

Pensar que las coaliciones del Frankenstein-2 que obtenga el candidato socialista a la investidura, siempre en el caso de que las consiga, resulten duraderas parece a estas alturas de pronóstico incierto. Los de Puigdemont parecen querer legitimarse en la línea dura que socave la base independentista de ERC, ya que una parte de los votantes más moderados de Junqueras parece que han emigrado a ese nacionalismo light que conforma el PSC. En cuanto a la pugna entre el PNV y Bildu, esa sí que es una pelea por la herencia de la casa del padre -el “aitaren etxea”.

Es verdad que todos los nacionalismos se parecen entre sí, pero -parafraseando a Orwell- algunos son más iguales que otros. Y si ERC es un partido de larga tradición histórica, fundado en el año 1931, que tendría como nombres reconocibles los de Francesc Macià, Lluís Companys o Josep Tarradellas, no es ése el caso de JxCat, heredero del imputado Pujol que habría obtenido un beneficio no aclarado ni declarado de 62 millones de euros, según un informe de la UDEF. Cabe recordar la lapidaria y terrible frase que de él pronunció el expresident Tarradellas: “Yo, de enanos y corruptos, no hablo”.

Es hasta cierto punto lógico que JxCat quiera afirmar su mejor derecho al “botín” en el maximalismo. Pero no es ése el caso de la disputa entre los nacionalistas vascos. Entre estos últimos existe una relación familiar, la que vincula a los padres con los hijos. Para comprenderlo es preciso situarse en la década de los años 60 del pasado siglo en la que se fundó la banda terrorista ETA. Los escasos peneuvistas que circulaban en el País Vasco -eran los tiempos de la “oprobiosa” dictadura-, dedicaban su tiempo a producir las mercancías que un mercado endogámico como el español devoraba con avidez. Sus hijos les reprochaban su incoherencia: “Os decís muy nacionalistas, pero os forráis con el régimen de Franco”. Del dicho al hecho sólo faltaba la épica revolucionaria de los barbudos castristas en Cuba; los “un Vietnam, dos Vietnam, tres Vietnam… esa es la consigna”, del Che Guevara; el movimiento hippie o el mayo de 1968. El listado de los primeros etarras ilustra bien la ascendencia burguesa de muchos de sus fundadores.

Sesenta y cinco años después, son los descendientes de aquellos hijos quienes reclaman la herencia a los sucesores de los padres. El botín, hora es ya, les corresponde por el paso del tiempo y el desgaste de los viejos peneuvistas, que han pactado con todo bicho político viviente, desdibujando así cualquier perfil identitario. Ellos -Bildu, es decir, Sortu- son los verdaderos vascos, los auténticos progresistas. Y por eso, sonríen con sarcasmo ante las patéticas declaraciones de los viejos nacionalistas cuando afirman que no son de derechas…

Conflictos familiares que nos costaron tres guerras carlistas y, más recientemente, más de 850 víctimas a manos de la banda terrorista, atestiguan la cosecha de odio del nacionalismo pretérito y del actual. Por uno de esos dos bandos -¿bandas?- deberá optar el socialismo vasco en las próximas elecciones autonómicas.

Por todo eso, la legislatura que arranca corre el riesgo probable de durar muy poco; y el escenario de unas nuevas elecciones resulta bastante previsible. Pero, por el momento, la gente de Bolaños seguirá intentando urdir un pacto a hurtadillas del conocimiento público.

viernes, 11 de agosto de 2023

Anthem/Himno

Regreso ahora a un comentario sobre la canción de Leonard Cohen, que el canadiense titularía Anthem.

Anthem (Himno), constituye, a decir de Jesús Serrano, una de las mejores baladas del cantante. Y estoy de acuerdo con él. Añade Serrano Aldape que, a pesar de que esta canción se encuentra contenida en su desesperanzado álbum “The future” -a cuyo tema principal ya hemos dedicado una entrada en este blog-, Anthem nos ofrece la esperanza de una salida ante un mundo incierto, una propuesta que no deja de constituir una novedad en los tiempos que nos abruman hoy en día.

Da comienzo el poema con el cantar de los pájaros cuando declina el día. Y no nos dicen eso, que hay algo que concluye para no volver, al contrario, nos reclaman que no nos paremos a pensar en lo que ha desaparecido ya; el día que se va es preludio del que va a llegar. Judío, lo era Cohen, como el proverbio que declara la inutilidad de llorar por la leche derramada…  o, si lo preferimos, el “dejad que los muertos entierren a sus muertos”, que podríamos compartir con San Lucas (Lucas, 9.60). 

Pero tampoco pienses demasiado en lo que está por venir, nos recomiendan los pájaros en su canto de atardecer. Se desprende entonces de sus palabras un cierto aire de improvisación, o de entrega y confianza absoluta en el creador. Reproduciría por lo tanto el poeta canadiense las palabras de San Mateo: “Fijaos en los pájaros, que no siembran ni cosechan ni andan guardando comida, y el Padre celestial los alimenta…” (Mateo, 6.25).

Podría sorprendernos esta simbiosis entre el Viejo y el Nuevo Testamento en un hombre que tan bien conocía desde sus orígenes familiares el primero de esos textos, además de buena parte de los libros judaicos -Cohen era nieto de un rabino-. Sin embargo, los seguidores del poeta conocemos bien el deseo que tenia éste de atravesar la frontera entre las dos manifestaciones religiosas -judaísmo y cristianismo-. Su disco de despedida, “You want it darker”, contiene una llamada al acuerdo en su “Treaty”:

“Me gustaría que hubiera un tratado,

Me gustaría que hubiera un tratado,

Entre tu amor y el mío”.

Ya no cantan los pájaros. Y aparece ahora en “Anthem” la catástrofe integral que los seres humanos nos empeñamos en perpetuar: la guerra. Volveremos a ellas, otra vez a pelear -nos anuncia-. Y la santa paloma, una vez atrapada, será objeto de compra, venta y compra… sucesivamente. La paloma nunca será libre.

Hemos enjaulado y comerciado con el símbolo del soplo de Dios -parece contarnos Cohen-, y uno se imagina la imagen del Espíritu Santo, en esta nueva excursión entre los dos mundos que dividen a las religiones hebraicas. Aunque bien pudiera ocurrir que la paloma sea la pulsión de divinidad que existe en los seres humanos, nuestros mejores deseos, el testigo nutrido de todo lo positivo que desearíamos transmitir a las generaciones que nos sucedan. La paloma que se vende en el mercado, ese mismo mercado situado en plena sinagoga de la que Jesús desalojaba, látigo en mano, a los negociantes de productos varios que violentaban la paz de los recintos sagrados (Marcos, 11.15).

Entonces suena el estribillo que parte de la incertidumbre, pero que admite la eventualidad de la esperanza. La clave la canción: Haz sonar las campanas que aún pueden sonar, nos dice el cantante. No, no es una ofrenda perfecta -continúa-, olvídate de eso. Pero en todo, en cualquier parte, existen grietas, y por ellas penetra la luz.

No dejan de existir murallas y barreras, los hombres nos empeñamos en erigirlas… pero, hasta en eso somos imperfectos, y la construcción contiene algún defecto que admite una salida.

Una humanidad abrumada ha pedido señales -es el siguiente argumento que nos ofrece el poeta. Y alguien las ha enviado: el nacimiento traicionado y el matrimonial gastado y la viudedad de todos los gobiernos -señala-, son signos que se encuentran al alcance de todos. Sólo basta con interpretarlos, la vida se nos va haciendo incierta, difícil, a veces inabordable, parece decirnos.

La respuesta no puede ser la huida, sería su afirmación posterior: no me resulta posible siquiera correr -escapar-, para evadirme de esas hordas que no se atienen a ninguna ley -se queja ahora-. No puedo hacerlo en tanto que son los mismos asesinos los que rezan a voz en grito sus singulares oraciones desde sus elevados sitiales. Pero están anunciando una tormenta (o convocando una nube de trueno)… entonces tendrán que saber de mí.

Cohen se prepara para la defensa de una civilización en peligro, y nos pide de nuevo que hagamos redoblar las campanas que todavía nos quedan, y que encontremos la grieta por donde se cuela la claridad.

Somos algunos, pero menos aún de lo que parece -nos advierte-: puedes agregar las partes, pero no te darán la suma que les corresponde. Y no se trata tampoco de marchar al paso del tambor, porque no lo hay. Aquí no se ha formado un ejército -nos indica-, sino un conjunto de resistentes que caminan impulsados por el corazón, por el amor, que llegará como llegan a nuestros países libres los refugiados -declara.

Y es esta última una bella imagen que nos deja el poema como conclusión, No existe todavía la victoria, sólo la protección ante el abismo y la catástrofe, que al cabo es lo que queda detrás de la grieta. La luz nos conduce a un espacio protector, nada más. Sólo a partir de ahí podremos avanzar, quizás, hacia otros mundos, hacia diferentes salidas más ciertas, más seguras… Por eso deben seguir tañendo las campanas. Sonarán a celebración o nos convocarán a sofocar un incendio. Habrá que pensar, con Hemingway, que no hay que preguntar por quién doblan: lo hacen por nosotros mismos.

miércoles, 26 de julio de 2023

Y, en eso, llegó Sánchez



Se vuelve a poner de moda en España algo tan antiguo en la historia como es la demonización del mensajero: ahora la responsabilidad de la victoria insuficiente, que sabe a derrota, y de la derrota, que también podría ser insuficiente para la victoria, no lo es de los ganadores o perdedores, cualesquiera que sean éstos; son, por lo visto, los institutos de opinión los que han fallado, alimentando las expectativas de unos y enardeciendo el ánimo de resistencia de los otros. Pero yo más bien creo que los encuestadores son unos magníficos profesionales, y que sus estudios nos ofrecen aceptablemente la fotografía que advierten del mapa sociológico del país. Otra cosa es que, en efecto, su lectura conduzca a alimentar la complacencia de quienes se ven beneficiados por ellas, a la vez que enerve el ánimo de quienes piensen que “todavía hay partido”.

Y ante la lectura de las encuestas, el elector avisado, opta por la desmovilización o por su contraria, de modo que analizará si es mejor que repita el gobierno que se presenta a la revalidación -socios, por supuesto incluidos- o permite el acceso al poder de la alternativa que se presenta con una compañía a la que se rebautiza de extrema derecha: o Bildu o Vox; pues prefiero a los segundos, a pesar de su pecado original, que a la “derechona”, parecen decir.

En este sentido, la campaña electoral que acabamos de sufrir me recuerda poderosamente a la de 1996, en la que el PSOE emitió el famoso vídeo del “dóberman”, una peligrosa fiera exhibiendo sus colmillos con aspecto de pocos amigos. A pesar de todo, esas elecciones las ganó Aznar -con una distancia respecto de los socialistas muy pequeña, pero que nos les impidió gobernar a los del PP.

Algunos aseguran no comprender el país que observan sus ojos, piensan que la sociedad española quiere un cambio de régimen, y que los ropajes de la Constitución de 1978 se le han quedado ya estrechos para albergar tanto hecho diferencial territorial y tantas identidades minoritarias grupales como los que existen. Pero tengo para mí que la cuestión es más simple que todo eso: aquí lo que ha funcionado es el miedo al socio de Feijóo, unido a la falta de carisma del personaje llamado a sustituir y enmendar la plana al gobernante. Luego están las explicaciones más pormenorizadas del éxito y del fracaso: Cataluña y el retroceso del independentismo, la escasa cosecha en términos comparativos con las autonómicas y locales de Andalucía o de Madrid, los pactos PP-Vox -lamentablemente conducidos por la dirección de aquel partido-, y otros.

Se abre ahora un panorama de difícil tránsito político y de protocolo lento de realización y de negociación. Feijóo ya ha anunciado su propósito de presentar su mejor derecho a gobernar, pero fracasará seguramente: el maridaje entre su partido, Vox y el PNV es de difícil consumación gastronómica para el estómago de los seguidores de Sabino Arana -no menos, desde luego, para el de Abascal-, más aún si se tiene en cuenta que las elecciones autonómicas están previstas para el año que viene. Más posibilidades tiene Sánchez, aunque para ello tenga que negociar con un evadido de la justicia e inhabilitado como parlamentario europeo que reside en Waterloo; pero, incluso si obtiene el magro resultado de su investidura, tendrá que sortear el difícil obstáculo de un Senado en el que el PP dispone de mayoría absoluta y de opciones de bloqueo y de veto permanentes. No habrá leyes de presupuestos ni ninguna otra que la oposición de la derecha no acepte, que no serán, desde luego, muchas.

Así que el escenario de una repetición de elecciones, como “regalo” de Reyes para los electores, se presenta como una posibilidad no en exceso remota. Para esa oportunidad convendría apuntar una reflexión adicional: en esta España de empate infinito entre las derechas y las izquierdas, sometida al arbitraje final de los nacionalistas de todo pelaje, la única manera de evitar el abismo que nos dejan los electores es la de recuperar la idea de un tercer partido, nacional y de centro, que permita a la sociedad española escaparse de la elección diabólica entre una izquierda contaminada por los extremos y los independentistas, o una derecha que sólo puede pactar con gentes cuyo modelo nos lleva más a las nostalgias del pasado y a las distancias con el proyecto europeo, que es uno de los logros más valiosos de la España democrática del 78.

Sería necesario, entonces, situar en el tablero electoral la recuperación de un partido centrista y liberal, que represente a la “tercera España”, alejada de rojos y azules, con propuestas que reconcilien una idea de país con la necesidad de la reforma desde los cauces constitucionales, sin vaciamiento de la Carta Magna y con acomodación a los nuevos usos y urdimbres de una sociedad en permanente evolución. Y, desde luego, consciente de su papel instrumental al servicio de los españoles, y no llevado, por el contrario, del endiosamiento que es tan habitual en los pagos políticos.

Porque los electores deciden entre las ofertas que se les presentan. Y el consumidor político español tiene ante sí un supermercado repleto de variados productos, pero carente de un género que, aunque no se advierta en ocasiones, es necesario para garantizar la digestión de los demás: una especie de bicarbonato que combata la acidez que producen los artículos de mayoritaria venta.

Merece la pena, creo, repensar la idea; encontrar los candidatos; establecer los programas… y ofrecer a la sociedad española la posibilidad de escapar a la maldición histórica y existencial de eso que Gil de Biedma decía de todas las historias de la historia de España: que siempre terminan mal.

miércoles, 19 de julio de 2023

Una España cada vez más rural


El candidato del PP a la presidencia del Gobierno ha insistido en presentarse a sí mismo como un auténtico producto de la España rural, que ha sido rebautizada como la España vaciada. Tendría así, Alberto Nuñez Feijóo, la cualidad de un hombre sencillo, se diría que “de pueblo”, alejado por lo tanto de las connotaciones de cosmopolitismo que no dejan de resultar cargantes para algunos.

Hay, como en todos los debates políticos, un exceso de verborrea demagógica, unida a una notable ausencia de propuestas concretas verdaderamente viables para que la realidad del vaciamiento pueda revertirse, de modo que los pueblos de España recuperen cierta presencia humana. Y no sólo porque su desaparición supone un triste abandono de casas y costumbres, de gentes que viven en soledad, de ancianos apegados a su tierra que carecen de atención médica y social; es que también se va con ellos la industria agrícola y ganadera, y quedan los bosques, que abandonados a las temperaturas tórridas se incendian, y la desertificación humana nos lleva a un desastre ecológico que tiene muy pocos paliativos.

La pandemia del Covid19 parecía que podía convertirse en un punto de inflexión, y que ese largo periodo de enclaustramiento supondría un cambio de paradigma, no sólo por la detención del éxodo hacia las grandes urbes, sino por el retorno al campo de muchas familias dispuestas a recuperar la calidad de vida de que se dispone en el ámbito rural. Sin embargo, algunos estudios revelarían muy pronto que no sería así y que la tendencia a la migración se mantendría una vez cerrado el paréntesis de la enfermedad.

De esta forma se manifestaba un artículo publicado por “El Confidencial”: “Durante los meses más complicados de la pandemia surgieron grandes reflexiones sobre el modo de vida de la sociedad y despertaron antiguos anhelos de una existencia más tranquila y placentera. Uno de ellos era la vida en el campo, más recogida y 'humana', pero con una buena conexión a Internet 5G para teletrabajar. Durante muchos meses pareció que la pandemia y las tecnologías cambiarían el modo de vida de los ciudadanos alterando para siempre los flujos migratorios dentro de España. Serían la cura para la enfermedad crónica de la despoblación. Hoy sabemos que no fue así: los flujos migratorios de las ciudades al mundo rural fueron un deseo convertido en espejismo”.

Un espejismo que no sólo se advierte en las épocas actuales. Expresión meridiana de la contraposición entre el campo y la ciudad se produjo en los sitios que sufriera la villa de Bilbao a cargo de las fuerzas militares carlistas. En su todavía no publicado trabajo sobre la memoria de aquellos episodios, Xabier Erdozia ha escrito:

“La capital vizcaína, por su parte, asumió aquella interpretación, y durante el asedio colaboró en la articulación del nuevo estereotipo, asociado a lo arcaico, lo reaccionario y antipatriótico. Como ya había ocurrido en las experiencias de la guerra anterior, su discurso se nutría de la contraposición entre un espacio urbano identificado con el progreso y un entorno rural cuya factura romántica adquirió entonces tintes de ignorancia, sumisión, fanatismo y de costumbres y actitudes bárbaras. ‘La Guerra’ (un periódico de la época) afirmaba, ‘el partido carlista, en primer término, y en segundo la población rural de Vizcaya son la causa de las inmensas pérdidas que sufre Bilbao’, y describía aquel conjunto humano como ‘el tipo más acabado y perfecto de la perfidia y la ingratitud’. Según Irurac-bat (otro periódico de aquellos tiempos), el levantamiento de la provincia había obedecido ‘principalmente al encono y odio que los jaunchos (los señores de las zonas rurales, en alguna medida, caciques) y los clérigos (habían) procurado mantener cada vez más vivo en los pueblos contra la villa’; y el bombardeo, que obedecía ‘a ruinosas pasiones’, se realizaba ‘para satisfacer el ardiente deseo de los cabecillas y batallones vizcaínos’. Y es que un cerco aúna las experiencias del frente y de la retaguardia, un contexto en el que el sufrimiento colectivo dota a los ideales de un sentido emocional, y donde el resentimiento hacia el enemigo facilita la identificación con la visión simplificadora de cualquier conflicto que promueve el nacionalismo”.

La contraposición entre la ciudad y el campo contiene también, por lo tanto, razones ideológicas e históricas, más allá del ámbito de protección de las villas respecto del espacio rural, al que se refería el historiador y político bilbaino Gregorio Balparda. Y podríamos recordar en este sentido las hordas de los “bagaudas” que a finales del imperio romano asolaban a las gentes de los territorios rurales obligándolas a acudir a la protección de las ciudades fortificadas con portones de acceso que se cerraban al tráfico humano por la noche.

Razones ideológicas e históricas, sí, pero también económicas y de mentalidad. El ser humano ha dividido los ámbitos de estudio en especialidades, pero el hombre no es unidimensional -como titulaba el ensayista Marcuse una de sus más célebres obras-. Y los motivos del éxodo del campo a la ciudad como su eventual regreso a él no se acomodan sólo al progreso que ofrecen las ciudades frente a la posible reacción al cambio que resulta sintomática en los pueblos. Las ocasiones de mejora personal existen en mucha mayor medida en las ciudades y desaparecen con el estrechamiento vital de los núcleos de inferior tamaño.

Pero eso mismo ocurre con las ciudades pequeñas y aún medianas respecto de las grandes urbes. Por eso la ruralización de España tampoco se define en términos de la tantas veces denominada como “España vaciada”. Habría más bien que definirla como la contraposición entre la “España -o la Europa, o el mundo- de las oportunidades” respecto de la España que apenas las ofrece.

Por eso, y sin perjuicio de estimar como altamente positiva la posición del candidato Feijóo, me temo que sus deseos no pasarán de constituir un pequeño tributo a la nostalgia de la recuperación de los tiempos que pasaron ya, la expresión de un empeño de imposible concreción, o sólo un brindis al sol, de esos que carecen de contenido.

viernes, 14 de julio de 2023

De carteles y platós


Artículo publicado en El Imparcial, el 12 de julio de 2023

Las campañas electorales ya no son lo que eran. Los carteles que inundaban las paredes de nuestras calles, con los consabidos equipos de los partidos pegando sus pasquines sobre los que habían fijado los otros, en una ronda nocturna de resultado imprevisible, ya no forman, por fortuna, parte de nuestro paisaje urbano. Se trataba en realidad de una actividad bastante intrascendente, salvo para los candidatos. Recuerdo, en este sentido, cómo un cabeza de lista en el País Vasco protestaba invariablemente si en el trayecto entre su domicilio y la sede del partido no se encontraba con su imagen fijada a los muros: hubo que contratar a un equipo especial para que ese trayecto matutino del político no le deparara contrariedad.

Hoy los carteles cuelgan ordenadamente en las farolas. Y hasta hay partidos que renuncian a los mítines, porque resultan caros, sólo movilizan a los militantes y el breve corte que de ellos se ofrece en los telediarios se puede cubrir de otra manera. Quizás por eso el candidato-presidente del Gobierno ha preferido lanzarse a los platós televisivos -incluidos los propios- y a las cadenas de radio.

Quizás pensaba Sánchez que el dominio de los medios que esa actuación le suponía, convertiría en poco menos que un paseo triunfal el debate televisivo del 10 de julio. No sabíamos demasiado de la capacidad dialéctica de su adversario y sí era conocido, por el contrario, que el presidente en ejercicio mantiene una relación distante con los escrúpulos, el respeto al rival y la moderación en las formas: el resultado podía muy bien ser incierto, hasta el punto de recortar aún más la distancia existente entre el PP y el PSOE.

Sánchez sabe que la victoria de su candidatura es imposible, de modo que el mejor de los resultados para él consiste en que se produzca una situación de bloqueo (PP y Vox no suman, la izquierda y la extrema izquierda, más los nacionalistas de toda laya tampoco) y no exista otra solución que la repetición de elecciones, en las que el actual inquilino de la Moncloa disponga de una nueva oportunidad.

No estaba mal urdida esa estrategia para sus propios intereses. Así que acudió al debate como si no existiera en el plató nadie más que él. No existía oponente, por lo visto, al otro lado de la mesa; ni tampoco moderadores (en realidad estos últimos apenas se hicieron notar a lo largo de la noche, lo que no deja de constituir un insólito lujo o una confusión entre la idea de la objetividad y la de simplemente no arbitrar en la contienda).

La arrogancia, la falta de educación, la soberbia -incluso- fueron los principales errores del socialista; pero los tuvo también menores, que supongo que al común de la gente trastornan poderosamente. El paseo del Falcon, la mención de su teléfono móvil como síntoma de transparencia (seguramente nos habría ido algo mejor a los españoles con nuestros problemas en el Magreb si ese instrumento de comunicación hubiera sido sellado al espionaje de terceros); y la expresión evocada por él, “que te vote Chapote”, no pareció tampoco muy conveniente para su particular convento.

Estaba el inquilino del complejo monclovita quizás demasiado imbuido del síndrome que provocan esas estancias como para advertir que no todo lo que ocurre en el interior de su casa presidencial se parece como una gota de agua a la otra con la que vivimos los españoles de a pie. Uno puede agitar la bandera del PIB, citar el 2% de inflación o el incremento del salario mínimo; pero a lo mejor no comprende -y se diría que en realidad no lo hace- que la cesta de la compra está cada vez más cara, que lo del producto bruto no lo entiende todo el mundo y tampoco llega a sus bolsillos en forma de dinero contante y sonante, y que lo del decremento del paro puede llegar hasta a dar risa si el afectado es un fijo discontinuo.

Y eso en lo que se presume que son los logros del presidente, en la economía. Pero quedaban los aspectos más problemáticos para él: el apoyo de independentistas y herederos del terrorismo a sus políticas, y el trueque para ello de medidas que debilitan al Estado -delito de sedición, malversación…-. De forma tal que hasta el talón de Aquiles de Vox podía llegar a sonar como una aburrida letanía sin efecto. Además, que tanto el partido presidido por Abascal como Sumar de Yolanda Díaz -más el primero-, aparecieron sólo como convidados de piedra de una ceremonia celebrada una vez más en adoración al bipartidismo imperante.

Las campañas electorales han cambiado, en efecto. Pero no lo ha hecho la importancia en la orientación del voto que suponen las encuestas. Esta contienda además está siendo aderezada con “trackings” diarios en los más significativos medios de comunicación.

Desde muy antiguo he sostenido que los sondeos son en España una especie de primera vuelta de las elecciones, en especial para el grupo de los indecisos que se sitúan mayoritariamente en el centro del mapa político. Un conjunto de gentes liberales, ilustradas y con capacidad de convencer a sus círculos cercanos de lo adecuada que es su decisión.

Si conectamos ese voto al debate del día 10 con el efecto de arrastre que el partido de Feijóo obtendrá de los electores a su derecha y a su izquierda, no será difícil vaticinar que -salvo error grave- el candidato del PP se alce con una victoria bastante apabullante para su rival televisivo y para su contendiente en el espacio político de la derecha. Que sea para bien.

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