martes, 27 de septiembre de 2022

El final de una época



Las solemnes imágenes que han acompañado al entierro de la Reina Isabel, el boato y la parafernalia desbordantes que hemos podido seguir a través de los medios de comunicación, nos han permitido evocar los cambios en la vida de los británicos a lo largo de los 70 años de inigualable trayectoria de su titular. Mudanzas que se han producido desde luego en su país, Gran Bretaña: en su dieta alimenticia -basada entonces en la patata y el repollo-; la raza -que era sólo blanca en la práctica-; la población -unos 17 millones de personas más en la actualidad, pero menos jóvenes y más viejas-; la familia -menos hijos ahora, concebidos por mujeres en edad más tardía, y un 51% de ellos fuera del matrimonio, cuando sólo lo eran un 5% cuando la Reina asumió el trono-; la energía que calentaba los hogares, que procedía exclusivamente del carbón; y hasta en los hábitos de vida -casi todos los hombres y muchas mujeres eran fumadores.

Los señalados datos proceden del Reino Unido, pero también podríamos encontrar referencias similares en otros países desarrollados, porque las tendencias descritas -y otras que se podrían añadir a éstas- trascienden a ese país y se inscriben en el cambio general de los tiempos que estamos viviendo. No sería exagerado asegurar, por lo tanto, que el cortejo fúnebre en el que han participado tantos Jefes de Estado, coronados o republicanos, ha acompañado a la Reina Isabel como símbolo de toda una época que desaparece con ella.

Porque la sola presencia de Isabel de Windsor suponía el dique que contenía, siquiera levemente, el maremoto que se cierne sobre su país, y que ya viene devastando al mundo entero en términos de pérdida de valores, de ausencia de referencias, de inestabilidad y de inseguridad. Lo era ya mucho antes de que la carroza mortuoria, escoltada por la familia real británica con marcialidad impecable, pasara por las principales calles de Londres. Todo eso ya resultaba evidente en el resto del orbe, quizás no tanto para el Reino Unido.

Permita el lector que haga una referencia a la historia local. En su biografía sobre Cambó, Maximino García Venero recoge una cita del periódico londinense “The Times”, referida a las ya pretéritas campañas militares españolas en tierras marroquíes. El diario británico se preguntaba: ‘¿Para qué quiere ir a Marruecos? ¡Si España es una nación del pasado, si España es nación que no tiene porvenir, si España es nación muerta, si el porvenir de España es ser un país de posaderos, es ser un país para los turistas!’.

Más allá de la evidente -e injusta- carga despectiva que supone el comentario, habrá que convenir que, posadas y turistas (hostelería y ocio) constituyen sectores económicos más que significativos en el mundo actual, especialmente una vez que recuperemos una cierta normalidad, superados los trastornos de la pandemia y los efectos previstos en forma de recesión sobre nuestra economía derivados de la guerra en Ucrania, y aunque ésta última continúe, seguirá el turismo constituyendo un ámbito esencial de nuestra economía y de la de otros países. Será preciso señalar que un buen número de ciudadanos británicos eligen España como su preferente destino para pasar sus vacaciones y algunos de ellos han optado por hacer de nuestro país su residencia para los años de su merecida jubilación; y España también supera a Francia como el principal destino de los universitarios del Reino Unido.

La histórica maldición cuasi-bíblica del diario londinense sobre España parecería más bien una premonición que se vuelve en contra de quien la profiere. Britania, que en el poema de James Thompson gobierna las olas y proclama que los británicos nunca, nunca serán esclavos (“never shall be slaves”), se nos presenta ante nuestros ojos con la inquietud del futuro que correrá en el reinado de Carlos III la Commonwealth, de la que alguno de sus miembros podría desligarse, y aún de los territorios interiores del Reino Unido, como Escocia -que reclama un nuevo referéndum de independencia-, Irlanda del Norte -que ya está gobernada por el pro-integracionista Sinn Fein-, o Gales -donde el independentismo se ha multiplicado por cuatro-. Únase a todo lo cual la apuesta por el más duro de los posibles escenarios del Brexit, decisión que ya está produciendo resultados económicos negativos y que no se ha visto compensada por una relación comercial con los Estados Unidos.

No lo serán -esclavos- seguramente, pero es preciso advertir una tendencia cierta a la reducción y al aislacionismo en esta nueva realidad que deja expedito el orgulloso dique que representaba la Reina y que el actual monarca está lejos de simbolizar. Una singular apuesta por el aislamiento en un mundo que requiere de acuerdos de integración, en el caso de que se pretenda competir en el nivel global.

A pesar de la actitud clasista -como mínimo- del citado diario londinense respecto de los ciudadanos que dedican sus esfuerzos desde bares, cafeterías, restaurantes y hoteles a hacernos la vida más grata, y que podría recordarnos la frase despectiva que pronunciaba el que fuera presidente del PNV, Javier Arzallus: “¿Qué queremos, un país de camareros?”; como si la industria, la banca, la construcción naval… fueran negocios más dignos que este del ocio y de la hostelería, por no referirnos al del comercio de esclavos, que tantos réditos y fortunas produjeron en su día a muchos navieros vascos.

Si el periodista del Times volviera a nacer, seguramente enmendaría su artículo en aras, al menos, del pragmatismo, o -¿quién sabe?- si envuelto en la Union Jack despreciaría a ese país de posaderos -y a tantos otros-, al tiempo que el fallecimiento de su longeva reina ha puesto en evidencia que la época de los buenos y viejos tiempos ha concluido para siempre.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Las elecciones del “mid term”: la polarización y el imposible consenso

Artículo publicado en El Imparcial, el domingo 11 de septiembre de 2022

El martes 8 de noviembre tendrán lugar las elecciones del “mid-term”, o intermedias, en los Estados Unidos. En ellas se decidirán los 435 escaños de la Cámara de Representantes del país, así como 35 de los 100 escaños del Senado. También se disputarán 39 elecciones de los gobernadores de los estados y muchas otras de ámbito estatal y local.

A tenor de las encuestas, que conceden en el momento actual tres puntos de ventaja a los republicanos sobre los demócratas, no es inverosímil pronosticar que este 2022 será probablemente el último año útil de la administración Biden. El estancamiento político es una característica endémica del sistema estadounidense, basado en un diseño constitucional que hunde sus raíces en el consenso; una práctica virtualmente desterrada en una época presidida por la polarización más irreductible. La necesidad efectiva de mayorías calificadas en el Senado y siquiera mínimas en el Congreso, en los momentos en que la Casa Blanca y ambas cámaras están bajo el control de un mismo partido, en un contexto como el que predicen las encuestas, producirá como resultado que la tarea de legislar se convierta en extraordinariamente difícil. Ésta ha sido la razón por la que tanto Barack Obama como Donald Trump aprobaran las leyes más importantes de sus administraciones —la reforma del sistema público de salud, y una significativa reducción de impuestos, respectivamente— en los dos primeros años de sus mandatos. Los dos presidentes sufrieron sensibles pérdidas en las elecciones intermedias, desvaneciéndose el control de una de las cámaras, y, con ello, la capacidad de introducir medidas legislativas.

En el caso de Biden, sus problemas se acumulan respecto de los de sus antecesores en el cargo. El margen del partido demócrata es de sólo cuatro escaños respecto de su rival, de manera que resulta más que probable que pierda su exigua mayoría en el mes de noviembre. Esa situación daría lugar a que concluyera lo que el semanario británico “The Economist” ha definido como “la fase legislativa” de su mandato, que se convertirá en una “fase regulatoria”. Además de eso, contará con la hostilidad de la mayoría conservadora del Tribunal Supremo, que ya ha enseñado sus colmillos con la polémica derogación del derecho al aborto el pasado mes de junio por una mayoría de seis a tres.

A todo esto se une -según un análisis de Caixa-Bank- que el sobrecalentamiento de la economía estadounidense ha aumentado debido a las importantes medidas de gasto fiscal y a los cuellos de botella que empiezan a observarse en numerosos sectores. El plan de estímulos a la economía, gripada por la pandemia, impulsado por Biden y aprobado por el Congreso, que alcanza los casi dos billones de dólares, forma parte del incremento de la inflación del 8’5% en el mes de julio y la consiguiente respuesta de su Banco Central elevando los tipos de interés hasta un 3% -o incluso algo más- al final de este año, según un informe de Bankinter.

Sin embargo, el índice de popularidad del presidente Biden, al que sólo un 38% de los estadounidenses aprobaban su gestión en el pasado mes de julio -el mínimo desde el comienzo de su presidencia y la aprobación más baja de un presidente a esas alturas de su mandato en las últimas décadas- ha obtenido un repunte en sólo un mes hasta situarse en el 44%. La mejora se concentra entre los votantes independientes, no desde luego en un eventual trasvase de votos procedentes de los electores republicanos, según ha señalado Miguel Jiménez en el diario “El País”.

No parece que pueda desvincularse de esta mejora de los demócratas la intervención por el FBI de once lotes de documentos clasificados durante el registro de la residencia del expresidente Trump en Mar-a-Lago en Florida. Cuando se escriben estas líneas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha revelado en un expediente judicial que Donald Trump intentó ocultar material clasificado en esa propiedad. Durante el registro por el FBI, se encontraron algunos documentos clasificados sin asegurar en sus escritorios. Todavía no se sabe qué papeles habrían sido ocultados por Trump.

El repunte en el voto demócrata tiene por lo tanto la explicación que ofrecía el exministro de Trabajo de José María Aznar, Manuel Pimentel (uno de los escasos casos de políticos españoles actuales que dimitieron de su cargo por sus discrepancias con la política del gobierno), que definió, hace ya varios años, el concepto de “retrovoto”: voto a un partido que no me gusta demasiado con tal de que no salga el otro, que no me gusta nada; que es perfectamente aplicable a este caso. Para muchos ciudadanos estadounidenses es preferible elegir cualquier candidato que no esté entre los afectos al expresidente.

Sin embargo, la nueva izquierda, que influye cada vez más en los demócratas americanos, lleva camino de convertirlo en el partido de la “culpa blanca” y la “cultura de la cancelación” -hacer el vacío a quien no se exprese en términos de lo políticamente correcto-; el partido de las gentes que dicen "persona que da a luz" en lugar de "madre", y que quieren culpar al FBI de los padres que tienen el descaro de criticar a los maestros, como ha indicado también el semanario “The Economist”. El alejamiento del centro político que este discurso determina, se convierte en un arma arrojadiza en su contra, y a favor del populismo del ala “trumpista” mayoritaria entre los republicanos.

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