jueves, 29 de diciembre de 2022

Lo que más ha cambiado en España


Artículo original publicado en El Imparcial, el 28 de diciembre de 2022

El tirón de orejas propinado por el Rey a nuestra clase política en su discurso de Navidad no debería pasar desapercibido para nadie. Su llamada al «ejercicio de la responsabilidad», en el que incluyó a todos los actores institucionales —sin excluir de esta tarea a la Corona— enfatiza, más que ningunas otras expresiones, la clave en la que se debería sustentar la respuesta a la actual crisis que estamos atravesando.

Es lógico que en ese «todos» no adjudicara Don Felipe los diferentes grados de culpabilidad que tienen los sectores involucrados en este desaguisado nacional, pero tampoco deja de ser cierto que como aseveraba Orwell, todos somos iguales, pero algunos resultan más iguales que otros.

En los casi 45 años de trayectoria constitucional, muchas cosas han cambiado en la España que alumbró el pacto de 1978, como oportunamente recordó Felipe VI. El crecimiento económico consecuente con nuestra incorporación a Europa, las características demográficas de la población española, el desarrollo del estado de las autonomías previsto en el Título VIII de la Carta Magna, el procedimiento de obtención de las mayorías de gobierno de los partidos turnantes basado en el concurso de las minorías nacionalistas… todo ello unido al profundo cambio que ha experimentado nuestra sociedad en lo que se refiere a su esquema de valores predominante y a la integración de fenómenos que en su día parecían reprobables además de marginales.

Somos, es cierto, un país diferente al que éramos en el final de la década de los 70 del pasado siglo; pero me atrevo a decir que uno de los protagonistas del escenario nacional en el que más se puede percibir la transformación se sitúa en el ámbito de la izquierda política, en sus percepciones de la realidad, en el abandono de la práctica del método del consenso como fórmula para resolver los problemas, incluso —no sería demasiado osado decir— en su deslealtad constitucional y su amenaza cada vez más evidente de modificar el texto de 1978 por la puerta de atrás, a través de su desnaturalización.

No será, sin embargo, necesario recordar aquí la modificación de criterio que, por ejemplo, acometieran los comunistas españoles Santiago Carrillo y Dolores Ibarruri aceptando la transición política —y la bandera nacional, abandonando la tricolor republicana— en aquellos años; porque lo cierto es que el proceso venía de tiempos muy anteriores, en concreto de junio de 1956, cuando esa formación política presentaba un manifiesto por la reconciliación nacional en el que había tomado parte muy activa el entonces dirigente del citado partido, Jorge Semprún —por cierto nieto del político conservador de la etapa restauracionista don Antonio Maura—. Resulta conveniente la relectura de ese documento que, en uno de cuyos párrafos, afirmaba:

«Crece en España una nueva generación que no vivió la guerra civil, que no comparte los odios y las pasiones de quienes en ella participamos. Y no podemos, sin incurrir en tremenda responsabilidad ante España y ante el futuro, hacer pesar sobre esta generación las consecuencias de hechos en los que no tomó parte».

Dos generaciones más adelante, los españoles de hoy se diría que ya no merecemos el beneficio de la paz interior que es producto del olvido de las viejas pendencias. Una nueva batalla se abre entonces en nuestros días. No se libra ésta con armas de fuego, pero sí con la desinformación y el insulto al contrario.

¿No ha cambiado la izquierda, esa izquierda, la comunista devenida en populista de izquierdas, y la socialista que cada día se mimetiza más con los planteamientos de la anterior?

El sistema del 78, al igual que el canovista expresado en la Constitución de 1876, obtiene su sustento en la existencia de dos grandes partidos que se suceden en el poder, y en un poder moderador que constituye su arco de bóveda representada por Su Majestad el Rey. Es verdad que, a diferencia con el texto apadrinado por el político malagueño, contiene el actual un elenco de elementos que subrayan su vocación democrática, integrando en ella los instrumentos de control de los poderes públicos entre sí y con las instituciones que aconsejan y asesoran a aquéllos. No es lo mismo una Constitución democrática como la de 1978 que una liberal como la de 1876; sin embargo, la quiebra en el cumplimiento de las funciones que le correspondientes a uno de los partidos deja al sistema inerme y al Rey expuesto a convertirse en el último valladar de un régimen que se ha vuelto defectuoso. Pensar que Europa y sus instituciones nos protegerán de hundirnos en el abismo es algo así como creer que un «diktat» de Bruselas acabará con el predominio de Orban en Hungría o de los Jarucelski en Polonia.

Somos por lo tanto nosotros mismos los llamados a cuidar de nuestro sistema, como también nos recordó oportunamente Don Felipe. Nada está escrito, ninguna predeterminación existe de que nuestra democracia se encuentre a salvo de los embates exteriores y, sobre todo, de los interiores. Porque, si es cierto que buena parte de la responsabilidad de lo que ocurra haya que atribuirla a los partidos, no son ellos los únicos que deberán salir al rescate de las instituciones y a la salvación de la democracia. Los partidos deberán obtener los votos que les resulten necesarios para encauzar la situación, pero somos los ciudadanos, la sociedad civil, quienes debemos señalarles el camino a seguir. Y no es posible que abdiquemos de ello, salvo grave responsabilidad por nuestra parte.

martes, 6 de diciembre de 2022

¿Cómo meter de nuevo la pasta de dientes en el tubo?


Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el 5 de diciembre de 2022

La literatura anglosajona -la política, en especial- utiliza la expresión “to put the toothpaste back into the tube” para definir uno de los procesos más difíciles de la acción pública: el de revertir el rumbo de los acontecimientos hacia un ámbito del que nunca deberían haberse separado.

Caben pocas dudas acerca de la peligrosa deriva en la que se ha introducido nuestro país a partir de la moción de censura que llevó en el año 2018 a Sánchez a la presidencia del gobierno. Su doble pacto con la extrema izquierda populista y con el nacionalismo y el independentismo nos viene sumiendo en el desconcierto del mal gobierno (aplicación de la ley del “sólo sí es sí”), de las cesiones sin medida (blindaje del cupo vasco) y de reformas legislativas para la sola satisfacción de nacionalistas prevaricadores o de prevaricadores sin adjetivos. Se une a todo eso la absoluta ausencia de respeto de los procedimientos democráticos (la democracia no lo es tal cuando se violentan las formalidades procesales) a través del abuso de los reales decretos, la perversión de la técnica legislativa (con la introducción de normativas heterogéneas en las llamadas leyes “ómnibus” que sirven lo mismo para un fregado que para un barrido), o el abuso superlativo de utilizar el procedimiento de las proposiciones de ley -reservadas generalmente a las oposiciones- por los grupos parlamentarios que apoyan al gobierno para evitar los controles externos y acelerar la tramitación de la disposición, como está ocurriendo ahora con la reforma del Código Penal que cancelará el delito de sedición. Cuando observo, perplejo, la imagen de Patxi López depositando en el Registro del Parlamento esta iniciativa recuerdo el anuncio que le hizo a este dirigente político la madre de Joseba Pagaza en el año 2005: “Patxi, dirás y harás muchas cosas que me helarán la sangre”.

No resulta, por lo tanto, extraño que nuestro país caiga en los rankings que miden la calidad democrática. Ocurre así en el informe “índice democrático” elaborado por el semanario británico “The Economist”, según el cual España ha pasado de ser una ‘democracia plena’ a una ‘democracia defectuosa’.

Los daños que este gobierno viene produciendo sobre la situación económica, social y política de nuestro país no son irrelevantes. A los males endémicos de nuestras cuentas públicas se le debe sumar el exceso de gasto (el déficit público estructural se aproximará al 5% este año, según “El Economista”, aunque se vea ayudada su reducción como consecuencia del aumento de los ingresos vía inflación, y la deuda pública ha alcanzado la cifra récord de los 1,5 billones de euros, según “Cinco días”). A los problemas sociales que ya teníamos cabría agregar el de una ciudadanía desconcertada por la ausencia de administración para resolver cualquiera de los trámites que le afectan y el desconcierto que las políticas de género, sólo en apariencia progresistas, están produciendo en nuestra sociedad. Y a los conflictos políticos heredados, y aún no resueltos, es preciso integrar los derivados de un gobierno decidido a ejecutar la disolución del Estado poniendo sus trozos en manos de quienes persiguen precisamente su desintegración, en una estrategia que no se detiene ni siquiera ante la más alta representación nacional, desactivando todo lo que le es posible al Rey.

Cada mes, cada semana, cada día que pasa… asistimos a una degradación que, en apariencia y en acto, no tiene fin. Las noticias de los medios de comunicación nos conducen al desaliento cuando no a la depresión, y el panorama que tenemos por delante no parece mejorar demasiado. Si el gobierno constituye junto con sus socios el mayor problema del país, la oposición no cautiva precisamente a la ciudadanía, dividida entre la derecha y la derecha más extrema, con un centro que ya emite estertores de muerte.

Aun así, en estas últimas opciones se encuentra una respuesta siquiera tímida e irresoluta, a este periodo de nuevo ciclo político que arranca revestido de los mismos ropajes con que lo hacía el de la crisis de 2008, con sus semejanzas y también con sus diferencias, que no son pocas. Y si el centro-derecha que quede es capaz en el año que resta hasta las próximas generales de ganar autonómicas y municipales y ratificar esa victoria hasta la presidencia del gobierno, le quedará una labor que no podrá realizar solo: la de revertir la situación política, cumpliendo la letra de la Constitución y el espíritu de la misma que no es sino la práctica del consenso. Para eso necesitará de un partido a la izquierda que renuncie a las prácticas divisorias, cancele la operación desintegradora que nos conduce a la confederalización de España y acepte una estrategia de alternancia política que no ponga en riesgo los intereses comunes.

Derecha e izquierda -centro-derecha y centro-izquierda- son hoy, como lo fueron en 1876- las dos patas en las que se asienta el sistema de la Constitución todavía nominalmente vigente. Suponiendo que en el lado derecho del espectro político -que es bastante suponer, por cierto- se cumplen las condiciones requeridas, nos faltaría una izquierda sensata, reformista y constitucional para que sirva a aquélla de contrapeso. Se trata de una opción sin duda imprescindible, ¿pero existe alguien dispuesto a crearla? Le confieso que me encantaría pensar que es posible, pero tengo mis serias dudas de que aún resulte factible introducir de nuevo la pasta dentífrica de un país en desintegración en el tubo de la normalidad.

sábado, 19 de noviembre de 2022

Los orígenes del populismo contemporáneo

 Artículo publicado originalmente en El Debate, el 19 de noviembre de 2022


¿Conducirán los populismos a unos nuevos totalitarismos, como asegura el intelectual francés Pierre Rosanvallon? El profesor Zamora opina que es aún demasiado pronto para saberlo

El populismo –en la definición que generalmente es más aceptada del fenómeno, consistente en la preeminencia de respuestas sencillas a problemas complejos, la denuncia de una pretendida casta dirigente, la evocación de un hombre fuerte como solución providencial, la denuncia de los regímenes parlamentarios como ineficaces– se está extendiendo notablemente en nuestras sociedades democráticas, como una mancha de aceite, pervirtiendo buena parte de sus características originales. Por poner sólo algún ejemplo reciente: la escuálida victoria de Lula sobre Bolsonaro en Brasil –1,8 puntos de distancia, la más ajustada de su historia reciente–; el nuevo Gobierno italiano, que ha debido desprenderse de los ropajes pro-fascistas de alguno de sus componentes para concretar un guiño a las autoridades comunitarias; o el nuevo Gobierno de derechas en Suecia, que ha debido contar con el apoyo del ultraderechista Demócratas suecos para asegurarse una mayoría parlamentaria. Únase a estos datos, la victoria de muchos candidatos republicanos –abiertamente pro-Trump en no pocos casos– en las elecciones del mid term.

Conviene por lo tanto detenerse a considerar los orígenes del fenómeno populista, esfuerzo que la asociación LVL ha realizado conjuntamente con la Universidad de Comillas y con la Fundación Transición Española, que contó con la ponencia inaugural de Javier Zamora, profesor titular del Departamento de Historia, Teorías y Geografía Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.

Comparaba el profesor Zamora la situación que estamos viviendo en estos años con la que inauguraba el año 1917 y el ciclo revolucionario que se abría en España ese año. Sentenciados a cadena perpetua los miembros del comité organizador de los sucesos de agosto –entre los que se encontraban Largo Caballero y Besteiro– escribiría Ortega que «la sentencia nació muerta», y que la revolución era la explosión de un descontento positivo. Positivo o no, el Gobierno de concentración presidido por don Antonio Maura y compuesto por las más importantes personalidades y partidos del régimen monárquico llamado a desaparecer, previo paso por la dictadura de 1923, excarcelaría a los organizadores de aquel asalto al poder. España se transformaría, pocos años después, –siempre a decir de Ortega– en una «olla de grillos cocidos en sangre».

La presentación del profesor de la Complutense repasaba a continuación eso que ha sido la década del descontento que nació con la crisis de la bolsa de Wall Street de 2008 y que, como el famoso winter of discontent de 1978-79 que condujo a Margaret Thatcher al poder, tendría una alargada sombra que se cierne hasta la crisis de los gilets jaunes en Francia en 2018. Un descontento que ya es intergeneracional y que afectaría a las clases más desfavorecidas, pero que impactó también significativamente en las clases medias, que han sido siempre garantía de estabilidad de las democracias occidentales.

No ha sido –aseguraría Zamora– ajeno a la extensión del descontento la capacidad amplificadora que del mismo han tenido las redes sociales, con el habitual acompañamiento de las fake news y de la posverdad, fenómenos que construyen una ficción alternativa cada vez más abruptamente distante de la realidad de las cosas y de la identificación de los auténticos problemas que afectan a la sociedad.

La consigna final del fenómeno no ha sido otra que la rotunda crítica a la democracia liberal, expresada en la idea destructiva del «no nos representan». Según los organizadores de esos movimientos, la democracia no sería sino un sistema elitista, por lo que la forma establecida de participación tendría que ser definida como deficitaria. Además, los políticos no cumplirían generalmente lo que prometen y estarían aflorando casos de corrupción que la situación anterior de crecimiento económico había ocultado.

Como consecuencia de todo ello, el futuro no sólo resulta incierto sino que tampoco ofrece oportunidades siquiera a la esperanza. La precariedad laboral, el coste de la vida, sumen a las nuevas generaciones en un abismal pozo sin fondo. El Estado del bienestar, construido por el ingente esfuerzo de las generaciones a partir de la posguerra, empieza a hacer crisis.

En el ecosistema del descontento faltaba por aparecer una especie depredadora más: la globalización y la consecuencia de la deslocalización de las empresas, que se ha traducido en una nueva división social: los ganadores y los perdedores, siendo éstos últimos mayoría. Y otro componente que los populistas de la derecha extrema han considerado nocivo igualmente: el de la inmigración, que ya se asocia a la incertidumbre del futuro de los puestos de trabajo o al incremento de la inseguridad social. Tampoco falta en la galaxia del descontento un astro llamado Unión Europea, tan elitista como las clases políticas nacionales y, todavía, bastante menos representativa y mucho más burocrática que aquéllas.

¿Conducirán los populismos a unos nuevos totalitarismos, como asegura el intelectual francés Pierre Rosanvallon? El profesor Zamora opina que es aún demasiado pronto para saberlo, otros consideramos que al menos no ocurrirá así en todos los casos, al menos si continúan operando en estos casos algunos contrapesos interiores o exteriores.

Entre las nivelaciones interiores –de acuerdo con el profesor–, la defensa a ultranza de las democracias liberales como único procedimiento aceptable para resolver nuestras diferencias, el refuerzo de la práctica del consenso y su contrario, el destierro de la polarización y la descalificación permanentes y la adopción de las modificaciones legislativas necesarias para mejorar y fortalecer nuestro sistema de participación.

Y algunas medidas más, seguramente. Pero es preciso detenerse aquí, si no pretendemos desbordar la pretensión de este artículo.

martes, 15 de noviembre de 2022

‘La voladura de puentes de Maura con los liberales’, según Margallo

Artículo publicado originalmente en El Mundo, el 14 de noviembre de 2022

Acusar al expresidente de «volar todos los puentes con los liberales» se parece bastante a acusar a los ucranianos de proceder con hostilidad ante la agresión rusa

Asegura el eurodiputado del PP y exministro de Exteriores, José Manuel García Margallo, en el diario EL MUNDO del pasado 30 de octubre, que «el mapa de la Transición basado en los dos grandes partidos centrales capaces de asumir lo que Cánovas llamaba las ‘verdades madres’ empieza a dilucidarse. Esa fragmentación es acompañada en paralelo por la polarización y el radicalismo. En mi opinión, el radicalismo empieza en el 2000 cuando Aznar gana las elecciones con mayoría absoluta. Zapatero se conjura con los separatistas para no concordar nada con el PP, ni en Cataluña ni en el resto de España. Esto es muy parecido a lo que pasa en la semana trágica, cuando Maura vuela todos los puentes con los liberales». ‘La voladura de puentes de Maura con los liberales’.

El citado exministro, acompañado por su exsecretario de Estado, Fernando Eguidazu, ha escrito un libro titulado España en su laberinto, que el primero de ellos viene promocionando ayudado por su singular cultura enciclopédica. Es el ex responsable de la acción exterior española, hombre acostumbrado a navegar por territorios procelosos, de modo que no le resulta suficiente —dicho sea a modo de ejemplo— con pensar que hay que reformar la Constitución Española, es que hasta escribe una propuesta de nueva ley de leyes, supongo que no con la pretensión —o sí— de que sirva su texto de base para una eventual discusión de la futura.

Por lo ya reseñado, es evidente que García Margallo no conoce fronteras —exteriores ni interiores; futuras, presentes o pasadas—, de modo que el ilustre biznieto del general Margallo, a la sazón caído en una ofensiva de los rífeños, se atreve también a desenvainar el sable en defensa de su particular concepción de los hechos históricos.

Compara el enterado personaje la situación de la política contemporánea con la que se vivió allá por los primeros años del siglo pasado, después de los sucesos de la semana trágica y del fin del llamado «gobierno largo» de Maura, a raíz del cual el político mallorquín habría volado —siempre en opinión del exministro— todos los puentes con el partido liberal.

Se diría que ignora el descendiente del glorioso general que, en el debate parlamentario que siguió a los sucesos de Barcelona en 1909 —antes de que el Pablo Iglesias de entonces llamara al atentado personal contra Maura—, sería el líder de la oposición, el liberal don Segismundo Moret, quien modificando su primer discurso y su posición de acompañamiento al gobierno de don Antonio, reprochara a este su actitud, y hasta negara la aceptación de los créditos presupuestarios al ejecutivo para la campaña de África, comunicando al presidente de las Cortes, Eduardo Dato, dicha decisión. Pocos años después, en su lecho de muerte en 1913, Moret negaría haber tomado decisión tan abrupta; aunque venía bien a Dato y a él que se vendiera semejante burra para que así cayera aquel ministerio Maura.

Parece suficientemente probado que Maura, procedente de la facción gamacista del partido liberal, emprendió desde la jefatura de su Gobierno conservador una amplia gama de reformas a izquierda y derecha —»la revolución desde arriba», en denominación del político—, que dejarían a los liberales sin programa —como no fuera el anticlerical—, de manera que no vieron estos otra salida de futuro que formar el llamado «bloque de las izquierdas», precursor del «¡Maura, no!», otra más de las negaciones productoras de frustraciones que han acontecido en la política española. En su discurso de Zaragoza, Moret convocaría en ese bloque a todas las facciones liberales, republicanas y sociales. «La izquierda dinástica —escribió Carlos Seco Serrano en Alfonso XIII y la crisis de la Restauración— estaba dispuesta a utilizar, con evidente miopía, una crisis planteada al margen de la Restauración para destrozar el sistema de turno al otro partido dinástico que legítimamente ocupaba el poder».

Así las cosas, Maura solicitaría de los liberales una rectificación de su proceder; enmienda que no se produciría debido a la convergencia de dispares intereses que integrarían el referido bando, al que se sumaría, además, buena parte del partido conservador, los denominados por don Antonio como «idóneos» para turnar con los liberales, capitaneados por Dato, grupo este último al que también se uniría el exmaurista Sánchez Guerra. Conseguiría esta facción «idónea» apartar de la jefatura del partido a Maura cuando su jefe de filas, Dato, aceptó el encargo del rey en octubre de 1913 de formar gobierno. Nacería entonces el movimiento político al que se denominó como «maurismo».

Alguna responsabilidad, sin embargo, tuvo, en su negativa a aceptar el turno, el político mallorquín. No en vano, el líder regionalista Cambó, que mantuvo a lo largo de su vida una excelente relación con Maura, llegaría a reprocharle su actitud. Pero de eso a acusar a don Antonio de «volar todos los puentes con los liberales» se parece bastante a acusar a los ucranianos de proceder con hostilidad ante la agresión rusa, por poner un ejemplo acorde con los tiempos actuales, al igual de lo acometido por el biznieto del general.

Se puede, y aún diría que se debe, contar la historia para no repetir los errores que en su día otros cometieron; pero no resulta aceptable referir los hechos a partir del momento que por lo visto más convenga al relator, salvo que el interés de este sólo consista en retorcer los sucesos para así justificar su tesis. No es necesario, por otra parte, dicho retorcimiento cuando la fragmentación, la polarización y el radicalismo resultan tan evidentes en la actualidad —española y exterior, que García Margallo se supone conoce bien— que no requieren apenas de justificación histórica que invocar.

sábado, 29 de octubre de 2022

El maurismo según Pablo Iglesias Turrión

Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el 28 de octubre de 2022 


Se diría que, aunque el hábito no hace al monje, la denominación imprime carácter; que Pablo Iglesias Posse viera en don Antonio Maura la más cercana encarnación del mal en el espacio terrenal no era, para quienes vivieron esa época ni para los historiadores de esos tiempos, ningún secreto. Ya uno de los hijos del político mallorquín, Miguel Maura, señalaba en sus memorias que, en sus relaciones con los concejales socialistas en el Ayuntamiento de Madrid, mantuvo una comunicación excelente con los restantes concejales socialistas —Besteiro y Largo Caballero, especialmente—, y en la que se apoyaría no poco durante las jornadas más difíciles del gobierno provisional republicano; pero ése no era el caso del fundador del PSOE, que transmitía el odio africano que sentía sobre don Antonio a su hijo. Si la animadversión del Iglesias socialista se explicaba por ese atavismo injustificado, el juicio que a su epígono populista, Pablo Iglesias Turrión, le merece el maurismo carece de justificación, además de que resulta inexplicable.

La crónica que publicaba recientemente Luis María Ansón en su columna “Primera Palabra”, con el título, “Pablo Iglesias: medios, cloacas y verdades a la cara”, asegura, entre otras cosas, que según Iglesias Turrión “los mauristas crearon el protofascismo español”.

Parece ser que el “protofascismo” se refiere a las ideologías predecesoras directas y los movimientos culturales que influyeron y formaron la base del fascismo. Y se pone como ejemplo del mismo al poeta y aristócrata Gabriele D’Annunzio quien, enterado del inminente bombardeo de Viena en agosto de 1918, organizó un lanzamiento de flores también desde el aire sobre la bellísima capital austriaca.

Es, sin duda, romántica la referida imagen del literato de Pescara, sin perjuicio de la influencia que tuviera éste sobre el Duce; pero comparar el movimiento maurista con el fascismo resulta, como mínimo, injusto, si no fuera porque delata una lectura de la historia bastante ligera, cuando no sesgada, por parte del Pablo Iglesias populista de extrema izquierda.

Sentada la base —por cierto, no contestada al parecer por el autor de “Medios y cloacas”— según la cual don Antonio Maura no fue ni fascista ni “protofascista”, sino un civilista, por lo tanto, contrario a la intromisión del ejército en la vida política, y un firme partidario de ejercer el poder con el control del parlamento (de él es la frase “yo, para gobernar, sólo necesito luz y taquígrafos”; que es en nuestros días paradigma de la transparencia política), convendrá conocer lo que históricamente fue el maurismo.

Nació el maurismo del agravio que Alfonso XIII produjo a don Antonio Maura cuando, en octubre de 1913, encargó la formación de gobierno a Eduardo Dato, uno de los dirigentes del partido que presidía entonces Maura (algo así como si Felipe VI encomendara a Cuca Gamarra, en lugar de a Feijóo, someterse a una sesión de investidura). Apartado desde entonces don Antonio de la jefatura del partido, florecía un movimiento regenerador de la política española -el maurismo- que su inspirador no quiso liderar. Engrosarían sus filas los jóvenes del partido conservador y entre sus objetivos se encontraba la incorporación de las clases medias a la política, el fomento de la ciudadanía y la atracción de los católicos intransigentes. Una regeneración que se incorporaba también al instrumento organizativo: la movilidad de los cargos, la amplitud de participación e incluso el intento de descentralización del núcleo de decisiones.

En las primeras elecciones celebradas después del encargo de don Alfonso a Dato, las de 1914, una vez obtenidos 22 diputados mauristas, se produciría la primera división del movimiento: el maurismo parlamentario —más pactista— y el “callejero” —más radical—. Pero debería avanzar el tiempo para que se consolidara la fractura más definitiva en el seno del movimiento, entre el ala que podríamos considerar como “dura” —Goicoechea, Calvo Sotelo…— y la “moderada —Ángel Ossorio o Miguel Maura—, que comenzaría a producirse, según la historiadora María Jesús González, a partir de los sucesos revolucionarios de agosto de 1917, y se manifestaría en la campaña electoral de los mauristas en los comicios de 1918. A partir de entonces esta brecha no haría más que ensancharse: colaborarían con la dictadura del general Primo de Rivera los “duros” —Calvo Sotelo sería ministro del dictador—; y se abrirían a la República, o mantendrían importantes reservas respecto del Directorio militar, los “moderados”.

Llegado en 1931 el nuevo régimen, buena parte del maurismo más radical engrosaría las filas de Renovación Española, un partido que mantuvo relaciones con el falangismo y hasta con el fascismo italiano; pero hubo quien intentó una vía -que como es sabido careció de éxito- para la consolidación de una República de orden, como fue el caso del hijo de don Antonio, Miguel, o de su yerno, José María Semprún —padre del escritor y político Jorge.

La sinécdoque es una figura literaria que consiste en utilizar partes de un mismo objeto o idea para referirse a todo el conjunto. Resulta útil para la poesía o la novela, pero convendremos que no sirve para el análisis ponderado de alguien que pretenda ser respetado en el mundo de la cultura o la docencia.

Tengo mis dudas en cuanto a que el objetivo del Iglesias del siglo XXI sea el de conseguir el respeto de las gentes. Más bien pienso que le interesa provocar el miedo, al igual que otros tantos dirigentes populistas han pretendido —y conseguido—, de acuerdo con el guion que les es común a todos estos movimientos: primero se adquiere el gobierno mediante la persuasión, después se eliminan todos los procedimientos democráticos de control, y, por último, se gobierna por el terror.

Protofascismo, protocomunismo… al cabo, la diferencia no es tan importante.

martes, 11 de octubre de 2022

El anti-monarquismo de la izquierda, tradición y actualidad

Artículo de Fernando Maura publicado en El Imparcial, el 10 de octubre de 2022

En su libro “1917, el estado catalán y el soviet español”, el historiador Roberto Villa afirma que “la desconfianza hacia el socialismo español subió enteros cuando el PSOE suavizó su exclusivismo «de clase» para colaborar, a partir de 1909, con los republicanos y no con la izquierda constitucional, como sucedía en Suecia, Holanda o Bélgica. Esto significaba que el movimiento daba el paso de ponerse abierta y decididamente contra la Corona. Y aunque, más tarde, esa alianza con los republicanos se debilitó, no lo hizo el fervor antimonárquico del PSOE. Su X Congreso, de 1915, declaró a la monarquía liberal y sus instituciones «incompatibles con el desarrollo de la civilización moderna en España»”.

1909 fue precisamente el año en el que la Semana Trágica acabaría con una de las experiencias más fecundas en la historia de la Restauración, un régimen impulsado por el político malagueño Antonio Cánovas del Castillo y que encontró su eco en el riojano Práxedes Mateo Sagasta. Intelectual escéptico el primero, “pastor” de un rebaño no siempre dispuesto a la disciplina el segundo, pondrían en el llamado Pacto del Pardo (que según parece ni fue tal ni ocurriría en el Pardo) las bases de un sistema de estabilidad política que llevaría a España a un periodo de relativa estabilidad y progreso económico en una política liberal similar a la de otras monarquías de su entorno, al menos hasta septiembre de 1923 con el golpe de estado del Directorio militar encabezado por el general Primo de Rivera.

Bien es cierto que la Restauración canovista no tuvo las cosas fáciles; 1898 se cerró con la pérdida de nuestras últimas colonias, el anarquismo se llevaría por delante a cuatro presidentes del Consejo de Ministros y a punto estuvo de asesinar a los Reyes en el día de su boda, el socialismo optaría significativamente por la revolución en el año 1917 y la tentación africanista de determinados sectores del ejército con el mismo Alfonso XIII a la cabeza depararía un conjunto de errores que concluirían con el desastre de Annual de 1921.

Cuando Pablo Iglesias Posse (el fundador del PSOE) amenazó públicamente a don Antonio Maura en el año 1910 -amenaza a la que seguiría un inmediato atentado-, estaba en realidad construyendo desde el anti-maurismo una coalición republicano-socialista que sustituiría el régimen monárquico por el republicano, paso intermedio para la proclamación de la revolución socialista, como su fiel seguidor Largo Caballero intentaría años después con la Segunda República.

Esa vía revolucionaria emprendida por el PSOE fue la que acabó con la Segunda República, al contrario de lo que algunos nostálgicos del régimen de 1931 piensan. Al menos imposibilitó una República ordenada, en la que se reconocieran la mayoría de los españoles, que facilitara el tránsito del poder entre la derecha y la izquierda y pudiera encontrar solución a los problemas pendientes de España.

Hoy en día, el anti-monarquismo de la izquierda española -y en ella buena parte del PSOE- remite a una causa revolucionaria más difusa, aunque seguramente bastante peligrosa. La relegación de la Corona al desván de los objetos inservibles, no sólo por mor de la ausencia de competencias concretas que la Constitución le adjudica, sino también debido a la tentación cesarista de algunos políticos que temen la irrupción de un pretendido “outsider” en el escenario institucional, supone la sustitución de la jefatura del Estado por un magma de personajes que representan a instituciones apenas coordinadas entre sí.

Se viene en este sentido haciendo habitual el uso de la expresión “presidente de España” para designar un cargo de los que nuestra democracia contiene. Y se da el caso de que, además de una compañía de seguros, España es un país, un reino, que dispone de instituciones diferentes. No sería Sánchez “presidente de España” sino presidente del Gobierno de España, por lo mismo que Merichel Batet tampoco lo es sino del Congreso o el presidente del Consejo General del Poder Judicial de este organismo.

Tampoco el Rey es presidente de España, sino Rey, que me atrevo a decir que es asunto de mucha mayor relevancia. Los presidentes son pasajeros y por lo general proceden de un partido -esto es, de una parte-, por lo que tienden a representar y apoyar al sector de la sociedad al que se encuentran adscritos.

El afán por arrinconar al Rey no sólo deja desvestido y deshilachado el sistema institucional español, es también un error. En el complejo mundo que estamos atravesando en este siglo XXI, en el que se combinan de forma no necesariamente positiva la Inteligencia Artificial y las guerras del siglo XIX -como lo es la de Ucrania-, la globalización y el estado nación, la preocupación por la ecología y la destrucción imparable del medio ambiente… no existen instituciones ni personas inservibles, más allá de los que se creen a sí mismos insustituibles.

El anti-monarquismo de las izquierdas no conseguirá sin embargo la revolución, porque seguramente la revolución es asunto de otros tiempos, pero es posible que produzca un vaciamiento institucional que dañe seriamente los elementos nacionales de cohesión (la lengua, el territorio, la organización del estado, la política exterior…)

En eso andan algunos. Y ese paisaje de la nueva España sin Rey -o con un rey amortizado e inerte- no será el de la revolución socialista o comunista, pero sí el de la confusión, el desgobierno y la acracia.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Alfonso de Virgilis, en el recuerdo

Era la sobremesa de una comida de domingo. Y el recuerdo… Florencia, sus angostas calles y los palacios majestuosos, el Duomo, el Ponte Vecchio… la Signoria. Y, a escasos cincuenta metros, el hotelito en el que Alfonso nos recibía, después de miles de kilómetros de andanzas mutuas, americanas, europeas, españolas… 

Y el recuerdo me conducía en ese caso a la acción. Escribir un correo electrónico. Estamos aquí. Las infecciones no han podido con nosotros, el bisturí de los cirujanos tampoco. Seguimos en el puente, cualquiera que sea éste, de mando o de escucha, de actuación o de consejo… ¡quién lo sabe! Pero estamos aquí. Y te recordamos. Vienen a la memoria las peticiones para que reserves una mesa en Riva. “Riva” es De la Riva, una casa se comidas que hay en la calle Cochabamba, en Chamartín, a la que un día le llevé y le encantó. Me pidió el teléfono del establecimiento y es muy posible que Alfonso fuera por su cuenta a almorzar allí, donde Pepe te canta los platos a la antigua usanza. “Hoy tenemos…”

Madrid, Barcelona —donde conocí a su primo Marco Panella, ese radical histórico que se fumaba un porro en un programa de televisión en directo para reclamar la legalización de la marihuana—, Bilbao —donde organizamos la reunión de la comisión de agentes de Bipar(1) que él presidía—; pero también Amsterdam —con sus bicicletas y su museo Van Gogh—, o Roma —en el palazzo de una aristócrata italiana dispuesta a ceder su casa para una cena de gala, a cambio de algún estipendio, que en eso se han ido muchos de los grandes nombres que en el mundo han sido… algo.
Pero Alfonso, romano o abruzziano, era sobre todo un florentino de adopción. Enamorado de la ciudad de Maquiavelo, el abogado y empresario de seguros devenía en protector de las artes y creador de los premios Galileo 2000, donde brillaba con la luz que él mismo irradiaba al exterior. Florencia era el INA Assitalia, una agencia de seguros situada junto a la estación de la ciudad. Una profesión -la de agente de seguros con representación en una demarcación comarcal- que ya estaba sentenciada de muerte debido a la vocación de sucursalizarlo todo, como hicieron los bancos primero, y han emprendido las compañías aseguradoras después.

Pero Alfonso no quería ni oír hablar de eso. Nosotros ya habíamos vendido nuestra agencia a su principal, La Unión y el Fénix, cuando todavía Alfonso peleaba con la entidad que él representaba. Y un día me pidió que yo defendiera en un seminario la posición contraria a lo que yo creía que no era sino el signo de los tiempos. Pero yo no disponía de las fechas que Alfonso me proponía, por lo que no tuve más remedio que encontrar a alguien que me sustituyera en el encargo. El periodista económico de “El Mundo del País Vasco”, Carlos Etxeberri, sería la víctima propiciatoria de la ejecución pretendida por Alfonso. Todavía yo tuve que hacer de Canalejas(2)  y poner en los oídos del giornalista los argumentos contrarios a los míos.

Porque Alfonso no aceptaba el no por respuesta. Los obstáculos estaban allí para ser vencidos, para demostrarse a sí mismo que él podía con todo. Y a veces parecía que así era. Y al tiempo, era generoso y se encontraba siempre dispuesto al favor, en especial si ese favor se producía mediante un viaje, en el que conocer a otras gentes. Allí donde su sonrisa y su carcajada contagiosas inundaban el espacio. ¡Todo parecía resultar tan fácil, entonces!

Eran las sonrisas, pero también eran los enfados… porque sabía alzar la voz si la contradicción era exagerada o si algún incauto pretendía llevarle la contraria. Entonces se desprendía Alfonso de su coraza se buena educación y salía hacia fuera el abruzziano tonitruante, siquiera enfundado en un traje de Armani aderezado por una corbata de Gucci —firma de la cual él era asegurador.

Alfonso era también su familia, el primero de sus hijos, Antonio, al que una horrible quemadura desfiguraba el rostro, y a quien en los carnavales de Venecia una señora le pedía que se quitase la máscara, porque le daba “paura”. Su primera mujer, a quien conocí en una tormentosa cena en su casa al borde del Arno, a Malena más tarde -con la que antes tuve alguna relación en los tiempos de UPyD- y que sorprendentemente se cruzaba en los caminos de Alfonso y le daba un hijo para el último lapso de tiempo que le quedaba por vivir. 

Le recuerdo caminando a mi lado por las Ramblas de Barcelona, deteniéndose cada veinte metros, porque no podía más. Diez, quizás quince años hace de eso. Pero aún le quedaban fuerzas para citarme en el hotel Villa Real para charlar un rato. O para compartir un café conmigo y su amigo Fernando Suárez -el que fuera exministro de Trabajo en el régimen anterior.

Alfonso se ha ido en las primeras semanas del fatídico COVID, cuando apenas existía alguna defensa contra el virus. Su figura alta y elegante nos ha dejado una huella, ya indeleble de desolación, un desgarro… pero ahora que le recordamos no tenemos más remedio que actuar como él habría hecho: levantando una copa de buen vino y brindando por su memoria, repitiendo lo mismo que decía al principio de este comentario: aquí estoy amigo, aquí sigo, dando la lata, por si le cupiera a alguno la más mínima duda…


(1) Buró internacional de Productores de Seguros y de Reaseguros.
(2) Se dice que el presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas, después de pronunciar un celebrado discurso en el Congreso, recibida la felicitación de su bancada, les dijo: «¿Les ha gustado? Pues ahora, si quieren, salgo otra vez, pero para argumentar lo contrario».

sábado, 1 de octubre de 2022

Berta Valle, luchadora por la libertad




Artículo publicado en El Debate, el 1 de octubre de 2022

He tenido recientemente la oportunidad de asistir a un encuentro, organizado por la Fundación Naumann para la Libertad, con la comunicadora social nicaragüense Berta Valle, mujer del activista opositor a los Ortega, Félix Maradiaga.

Berta es una mujer valerosa, como corresponde siempre a las compañeras de los hombres perseguidos por sus ideas en los regímenes autocráticos que, por desgracia, abundan cada vez más en tantos países y, muy en especial, en los de habla española de la América Latina. A sus 36 años, Berta Valle puede además presentar una amplia hoja de servicios en favor de su comunidad. Directora ejecutiva de la Fundación Coen (dedicada a la prestación gratuita de servicios de salud y de la mejora de la educación en ese país), con anterioridad, la actual activista fue directora general de Vos TV, una de las principales cadenas de televisión del país centroamericano, entre muchas otras actividades en el ámbito de la comunicación.

Como si la sombra del dictador Somoza –derrocado por el actual presidente de Nicaragua– le persiguiera de manera incesante, el exguerrillero sandinista se ha convertido en un sátrapa más en el elenco dictatorial que invade como una enorme y prolongada mancha de aceite las naciones de Iberoamérica. Prueba de ello son los 177 presos políticos que, según datos avalados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o CIDH, están censados en el país centroamericano. Carecen éstos de acceso a la luz diurna y no tienen posibilidad de leer ningún libro, ni siquiera la Biblia, de acuerdo con el conmovedor relato que nos hace Berta.

Uno de esos 177, es Félix Maradiaga, un académico y activista opositor al clan de los Ortega, que puede presentar también un brillante currículo. Fue secretario general del Ministerio de Defensa y, después, líder del grupo Unidad Nacional Azul y Blanco. Candidato a la presidencia de la República en 2021, posteriormente detenido y encarcelado por el régimen, Maradiaga es, además de un hombre de acción, un intelectual. Fue director del Instituto de Estudios Estratégicos y Política Pública, creador de la Fundación para la Libertad, miembro del World Economic Forum y del Aspen Global Leadership Network.

En su artículo, La enfermedad de la dictadura, publicado en 2009, Félix Maradiaga, expresaba admirablemente el proceso de consolidación de las autocracias latinoamericanas en general, y en Nicaragua en particular. Lo hacía con estas palabras:

«Una de las principales amenazas a la vida humana es la resistencia microbiana; es decir, la inmunidad de virus, bacterias y microorganismos a los tratamientos antibióticos contra enfermedades infecciosas. Un virus resistente puede residir por años e incluso décadas en el huésped, esperando el momento en que las defensas de ese sistema estén tan bajas que le permitan tomar control absoluto del mismo. Lo que hace que estos microorganismos sean tan letales, es que el sistema inmunológico no los reconoce como invasivos hasta que ya es demasiado tarde. Similarmente, varios sistemas políticos en América Latina han vivido una suerte de implantación pasiva de gérmenes autoritarios que más tarde que temprano adquieren, en el momento menos esperado, la forma de dictaduras. Tal es el caso del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua, que el lunes 19 de octubre de este año, cual tórsalo enquistado en la débil fibra democrática del país, salió de su cascarón».

El sistema que, en efecto, saldría de su cascarón fue el régimen dictatorial que encarna el dirigente sandinista, que ha sido –a decir de Berta Valle– financiado con 5.000 millones de dólares por la satrapía venezolana. Y al igual que ha ocurrido con los contradictores al régimen del país caribeño, recomienda la opositora nicaragüense que no dialoguen con el Gobierno, que es gestión «inútil», excepto para el sistema.

Un recuerdo cierto del 1984, de Orwell, se apoderaba de la reunión, cuando Berta Valle desgranaba su relato de calamidades personales sufridas por su marido y el resto de los presos de conciencia: el control omnipresente por el «Gran Hermano», y la «neo-lengua» –no sería extraño descubrir la creación, por ejemplo, de un Ministerio de la Verdad nicaragüense consistente en manipular la información para adaptar el pasado a los intereses del régimen–. Las prácticas despóticas de Daniel Ortega ya han sido inventadas y practicadas en muchas ocasiones y diferentes países.

Describía la mujer de Maradiaga, cuya voz se quiebra en los momentos de mayor intensidad emocional, los casos de «tortura blanca» en la Nicaragua actual; un suplicio consistente en la agregación de tormentos como el hambre, la incomunicación y la ausencia de tratamiento de las enfermedades de los reclusos. La crónica de Berta se extendía en detalles sobre la alimentación podrida que les proporcionan, el régimen permanentemente observado por los guardianes a las visitas y la carencia de medicinas para reducir la hipertensión de Maradiaga, que resultan suficientemente expresivos del extralimitado carácter de crueldad practicados por la dictadura.

Y todo ello amparado y dirigido, no por los exguerrilleros sandinistas, menos duchos en el arte de la conservación del poder que sus amigos cubanos, que son quienes asesoran y tutelan el ejercicio del despotismo nicaragüense. Cuba, una vez más, en el eje del diseño del control y el ejercicio de la opresión, como en Venezuela.

La crónica de Berta Valle, como la de su amiga Lilian Tintori, mujer del líder político venezolano Leopoldo López, se engarza como un arete más en la triste cadena del liberticidio que avanza en los países hermanados con España por la lengua, la historia y la cultura; y nos interpela a que salgamos de nuestro espacio de comodidad o de nuestros problemas endogámicos; porque la libertad no es un factor divisible.

martes, 27 de septiembre de 2022

El final de una época



Las solemnes imágenes que han acompañado al entierro de la Reina Isabel, el boato y la parafernalia desbordantes que hemos podido seguir a través de los medios de comunicación, nos han permitido evocar los cambios en la vida de los británicos a lo largo de los 70 años de inigualable trayectoria de su titular. Mudanzas que se han producido desde luego en su país, Gran Bretaña: en su dieta alimenticia -basada entonces en la patata y el repollo-; la raza -que era sólo blanca en la práctica-; la población -unos 17 millones de personas más en la actualidad, pero menos jóvenes y más viejas-; la familia -menos hijos ahora, concebidos por mujeres en edad más tardía, y un 51% de ellos fuera del matrimonio, cuando sólo lo eran un 5% cuando la Reina asumió el trono-; la energía que calentaba los hogares, que procedía exclusivamente del carbón; y hasta en los hábitos de vida -casi todos los hombres y muchas mujeres eran fumadores.

Los señalados datos proceden del Reino Unido, pero también podríamos encontrar referencias similares en otros países desarrollados, porque las tendencias descritas -y otras que se podrían añadir a éstas- trascienden a ese país y se inscriben en el cambio general de los tiempos que estamos viviendo. No sería exagerado asegurar, por lo tanto, que el cortejo fúnebre en el que han participado tantos Jefes de Estado, coronados o republicanos, ha acompañado a la Reina Isabel como símbolo de toda una época que desaparece con ella.

Porque la sola presencia de Isabel de Windsor suponía el dique que contenía, siquiera levemente, el maremoto que se cierne sobre su país, y que ya viene devastando al mundo entero en términos de pérdida de valores, de ausencia de referencias, de inestabilidad y de inseguridad. Lo era ya mucho antes de que la carroza mortuoria, escoltada por la familia real británica con marcialidad impecable, pasara por las principales calles de Londres. Todo eso ya resultaba evidente en el resto del orbe, quizás no tanto para el Reino Unido.

Permita el lector que haga una referencia a la historia local. En su biografía sobre Cambó, Maximino García Venero recoge una cita del periódico londinense “The Times”, referida a las ya pretéritas campañas militares españolas en tierras marroquíes. El diario británico se preguntaba: ‘¿Para qué quiere ir a Marruecos? ¡Si España es una nación del pasado, si España es nación que no tiene porvenir, si España es nación muerta, si el porvenir de España es ser un país de posaderos, es ser un país para los turistas!’.

Más allá de la evidente -e injusta- carga despectiva que supone el comentario, habrá que convenir que, posadas y turistas (hostelería y ocio) constituyen sectores económicos más que significativos en el mundo actual, especialmente una vez que recuperemos una cierta normalidad, superados los trastornos de la pandemia y los efectos previstos en forma de recesión sobre nuestra economía derivados de la guerra en Ucrania, y aunque ésta última continúe, seguirá el turismo constituyendo un ámbito esencial de nuestra economía y de la de otros países. Será preciso señalar que un buen número de ciudadanos británicos eligen España como su preferente destino para pasar sus vacaciones y algunos de ellos han optado por hacer de nuestro país su residencia para los años de su merecida jubilación; y España también supera a Francia como el principal destino de los universitarios del Reino Unido.

La histórica maldición cuasi-bíblica del diario londinense sobre España parecería más bien una premonición que se vuelve en contra de quien la profiere. Britania, que en el poema de James Thompson gobierna las olas y proclama que los británicos nunca, nunca serán esclavos (“never shall be slaves”), se nos presenta ante nuestros ojos con la inquietud del futuro que correrá en el reinado de Carlos III la Commonwealth, de la que alguno de sus miembros podría desligarse, y aún de los territorios interiores del Reino Unido, como Escocia -que reclama un nuevo referéndum de independencia-, Irlanda del Norte -que ya está gobernada por el pro-integracionista Sinn Fein-, o Gales -donde el independentismo se ha multiplicado por cuatro-. Únase a todo lo cual la apuesta por el más duro de los posibles escenarios del Brexit, decisión que ya está produciendo resultados económicos negativos y que no se ha visto compensada por una relación comercial con los Estados Unidos.

No lo serán -esclavos- seguramente, pero es preciso advertir una tendencia cierta a la reducción y al aislacionismo en esta nueva realidad que deja expedito el orgulloso dique que representaba la Reina y que el actual monarca está lejos de simbolizar. Una singular apuesta por el aislamiento en un mundo que requiere de acuerdos de integración, en el caso de que se pretenda competir en el nivel global.

A pesar de la actitud clasista -como mínimo- del citado diario londinense respecto de los ciudadanos que dedican sus esfuerzos desde bares, cafeterías, restaurantes y hoteles a hacernos la vida más grata, y que podría recordarnos la frase despectiva que pronunciaba el que fuera presidente del PNV, Javier Arzallus: “¿Qué queremos, un país de camareros?”; como si la industria, la banca, la construcción naval… fueran negocios más dignos que este del ocio y de la hostelería, por no referirnos al del comercio de esclavos, que tantos réditos y fortunas produjeron en su día a muchos navieros vascos.

Si el periodista del Times volviera a nacer, seguramente enmendaría su artículo en aras, al menos, del pragmatismo, o -¿quién sabe?- si envuelto en la Union Jack despreciaría a ese país de posaderos -y a tantos otros-, al tiempo que el fallecimiento de su longeva reina ha puesto en evidencia que la época de los buenos y viejos tiempos ha concluido para siempre.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Las elecciones del “mid term”: la polarización y el imposible consenso

Artículo publicado en El Imparcial, el domingo 11 de septiembre de 2022

El martes 8 de noviembre tendrán lugar las elecciones del “mid-term”, o intermedias, en los Estados Unidos. En ellas se decidirán los 435 escaños de la Cámara de Representantes del país, así como 35 de los 100 escaños del Senado. También se disputarán 39 elecciones de los gobernadores de los estados y muchas otras de ámbito estatal y local.

A tenor de las encuestas, que conceden en el momento actual tres puntos de ventaja a los republicanos sobre los demócratas, no es inverosímil pronosticar que este 2022 será probablemente el último año útil de la administración Biden. El estancamiento político es una característica endémica del sistema estadounidense, basado en un diseño constitucional que hunde sus raíces en el consenso; una práctica virtualmente desterrada en una época presidida por la polarización más irreductible. La necesidad efectiva de mayorías calificadas en el Senado y siquiera mínimas en el Congreso, en los momentos en que la Casa Blanca y ambas cámaras están bajo el control de un mismo partido, en un contexto como el que predicen las encuestas, producirá como resultado que la tarea de legislar se convierta en extraordinariamente difícil. Ésta ha sido la razón por la que tanto Barack Obama como Donald Trump aprobaran las leyes más importantes de sus administraciones —la reforma del sistema público de salud, y una significativa reducción de impuestos, respectivamente— en los dos primeros años de sus mandatos. Los dos presidentes sufrieron sensibles pérdidas en las elecciones intermedias, desvaneciéndose el control de una de las cámaras, y, con ello, la capacidad de introducir medidas legislativas.

En el caso de Biden, sus problemas se acumulan respecto de los de sus antecesores en el cargo. El margen del partido demócrata es de sólo cuatro escaños respecto de su rival, de manera que resulta más que probable que pierda su exigua mayoría en el mes de noviembre. Esa situación daría lugar a que concluyera lo que el semanario británico “The Economist” ha definido como “la fase legislativa” de su mandato, que se convertirá en una “fase regulatoria”. Además de eso, contará con la hostilidad de la mayoría conservadora del Tribunal Supremo, que ya ha enseñado sus colmillos con la polémica derogación del derecho al aborto el pasado mes de junio por una mayoría de seis a tres.

A todo esto se une -según un análisis de Caixa-Bank- que el sobrecalentamiento de la economía estadounidense ha aumentado debido a las importantes medidas de gasto fiscal y a los cuellos de botella que empiezan a observarse en numerosos sectores. El plan de estímulos a la economía, gripada por la pandemia, impulsado por Biden y aprobado por el Congreso, que alcanza los casi dos billones de dólares, forma parte del incremento de la inflación del 8’5% en el mes de julio y la consiguiente respuesta de su Banco Central elevando los tipos de interés hasta un 3% -o incluso algo más- al final de este año, según un informe de Bankinter.

Sin embargo, el índice de popularidad del presidente Biden, al que sólo un 38% de los estadounidenses aprobaban su gestión en el pasado mes de julio -el mínimo desde el comienzo de su presidencia y la aprobación más baja de un presidente a esas alturas de su mandato en las últimas décadas- ha obtenido un repunte en sólo un mes hasta situarse en el 44%. La mejora se concentra entre los votantes independientes, no desde luego en un eventual trasvase de votos procedentes de los electores republicanos, según ha señalado Miguel Jiménez en el diario “El País”.

No parece que pueda desvincularse de esta mejora de los demócratas la intervención por el FBI de once lotes de documentos clasificados durante el registro de la residencia del expresidente Trump en Mar-a-Lago en Florida. Cuando se escriben estas líneas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha revelado en un expediente judicial que Donald Trump intentó ocultar material clasificado en esa propiedad. Durante el registro por el FBI, se encontraron algunos documentos clasificados sin asegurar en sus escritorios. Todavía no se sabe qué papeles habrían sido ocultados por Trump.

El repunte en el voto demócrata tiene por lo tanto la explicación que ofrecía el exministro de Trabajo de José María Aznar, Manuel Pimentel (uno de los escasos casos de políticos españoles actuales que dimitieron de su cargo por sus discrepancias con la política del gobierno), que definió, hace ya varios años, el concepto de “retrovoto”: voto a un partido que no me gusta demasiado con tal de que no salga el otro, que no me gusta nada; que es perfectamente aplicable a este caso. Para muchos ciudadanos estadounidenses es preferible elegir cualquier candidato que no esté entre los afectos al expresidente.

Sin embargo, la nueva izquierda, que influye cada vez más en los demócratas americanos, lleva camino de convertirlo en el partido de la “culpa blanca” y la “cultura de la cancelación” -hacer el vacío a quien no se exprese en términos de lo políticamente correcto-; el partido de las gentes que dicen "persona que da a luz" en lugar de "madre", y que quieren culpar al FBI de los padres que tienen el descaro de criticar a los maestros, como ha indicado también el semanario “The Economist”. El alejamiento del centro político que este discurso determina, se convierte en un arma arrojadiza en su contra, y a favor del populismo del ala “trumpista” mayoritaria entre los republicanos.

miércoles, 31 de agosto de 2022

¿Carece España de intereses en el ámbito internacional?


Publicado en El Imparcial, el lunes 29 de agosto de 2022

En su ensayo Extremo centro. El manifiesto, Pedro Herrero y Jorge San Miguel afirman que “tras la crisis de 2008 y el actual repliegue internacional de Estados Unidos estamos en un período en el que sí hay elementos expresamente políticos: unión fiscal, bancaria, militar... Para definir estas cosas necesitas un cuerpo político, y no está claro que la Unión Europea lo tenga. En cualquier caso, mientras Europa está centrada en esta construcción, España ha recorrido el camino contrario. España ya no tiene intereses. Si uno lee la estrategia de acción exterior del Ministerio de Asuntos Exteriores, sólo se habla de defensa de «valores» como el feminismo, el clima... Si defiendes eso, es que te has convertido en una especie de ONG o federación galáctica, pero desde luego no eres una nación. Y si encima te subsumes en una comunidad política internacional que tampoco está claro que traduzca tus intereses en el mundo, o que tenga claro cuáles son, resulta imposible percibir un rumbo”.

En mi opinión tienen bastante razón los citados autores, si bien el escenario general se está modificando como consecuencia de la guerra en el Este de Europa. Sin perjuicio de que nadie conoce muy bien cómo, cuándo y con qué consecuencias concluirá el fenómeno bélico, parece cada vez más evidente que los principales actores globales (Estados Unidos y China) permanecen atentos al desarrollo de los acontecimientos en Ucrania, por cuanto la mayor o menor reacción del primero de estos países al conflicto está siendo seguida con atención por el segundo respecto de sus intenciones de sometimiento de la isla vecina de Taiwán, en lo que no expresa sino la capacidad de influencia global de las dos superpotencias y del mensaje que emitan acerca de su efectiva capacidad de liderazgo en relación con sus socios y aliados. Aún más, como ha señalado el Secretario de Defensa norteamericano, Lloyd James Austin III, “queremos ver a Rusia debilitada hasta el punto de no poder repetir lo que ha hecho desde el inicio de la invasión de Ucrania”. De modo que la reducción de Rusia a la insignificancia evitaría, entre otras cosas, el eje ruso-chino, que ya fue la principal preocupación del ex secretario de Estado Henry Kissinger.

Al contrario de lo que manifiestan Herrero y San Miguel —que expresan su citada opinión con carácter previo a la agresión rusa contra Ucrania— la guerra está constituyendo un acelerador de decisiones, previstas aunque aún no implementadas. Los países europeos se aprestan a consolidar su pilar defensivo, en primer lugar reforzando el flanco del Este de la OTAN, con el abandono de su condición de neutralidad por parte de Finlandia y Suecia, al que se une el compromiso de incrementar el presupuesto en defensa de todos los países, incluidos los más renuentes a la ampliación de ese gasto, descubriendo así la evidencia de que el mundo no es un oasis beatífico en el que los gobiernos no son más que organizaciones benéficas y su cometido consista en desterrar la pobreza y el hambre, dicho sea con todos mis respetos para con las agrupaciones que combaten por estos y otros objetivos similares. Porque el mundo no será exactamente un Estado Leviathan más grande, como aseguraba Hobbes, una especie de paraíso para los lobos, pero la actuación de algunos dirigentes políticos —como es el caso de Putin— nos permite dudar que no lo sea, al menos en algún caso.

Este fundamental pilar de la defensa europea se completa, como advierten los citados autores, con otros ámbitos en la integración de los países de la Unión que, además de los ya reseñados —bancario, fiscal…—, alcanzan también el de la política exterior, huyendo de la regla de la unanimidad. Cabe pensar que el traje de los actuales Tratados que vinculan a los miembros del club resultará estrecho para una ampliación tan importante de las competencias comunes que se residencian en las instituciones europeas —Parlamento, Tribunal de Justicia y Comisión, especialmente—. Un proceso de integración en el que los Estados miembros plantearán sus propios intereses como elementos constitutivos del consenso definitorio de las preocupaciones europeas. En este sentido, pensar que los intereses europeos están previamente definidos y que éstos son diferentes de los intereses de las naciones que lo constituyen, más allá de lo que en términos generales se viene considerando como el «modelo europeo» (democracia liberal y estado del bienestar), no sólo constituye un error palmario sino que es además una evidente falsedad, y un pésimo negocio para los que consideran que lo único que corresponde hacer en las instituciones europeas es ver, oír, callar… y sumarse al criterio de la mayoría.

Recuerdo con asombro, aún no desvanecido con el paso del tiempo, el comentario que una embajadora de España en un país del Este de Europa —no citaré su nombre, de acuerdo con la máxima que prescribe que «se dice el pecado, pero no el pecador»—, que los tres criterios que, a decir de sus responsables políticos y diplomáticos, deben seguir en su trabajo cotidiano los representantes españoles en las misiones que emprenden, consistirían en la tríada del «nunca solos, siempre dentro y, en caso de duda, con Francia». Sin perjuicio de abogar por las mejores relaciones posibles con nuestro país vecino, es preciso considerar que esta forma de entender nuestra política exterior —y aún europea— significa un sometimiento vicario y además indigno a los criterios de otro país. En definitiva, equivale a aceptar que España carece de intereses que defender en el ámbito internacional, o que, como sugieren Herrero y San Miguel, desaparecido el Reino de España, en su lugar ha nacido la nueva oenegé llamada algo así como la «Federación-de-lo-que-quedó-de-España».

martes, 16 de agosto de 2022

Y el Rey permaneció sentado



Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el 15 de agosto de 2022

La ceremonia de investidura del exguerrillero colombiano del M-19, Gustavo Petro, como presidente de la República, ha provocado más polémica —según los medios periodísticos— en España que en el país americano. Y ocurre que en otros parajes importan poco nuestras cuitas, porque habrá que convenir que es entre nosotros donde con más frecuencia se produce la práctica del acoso y derribo de la Jefatura del Estado basada en la institución monárquica por parte de la izquierda y de los nacionalistas e independentistas; y no ha faltado quien, amparado por el sacrosanto principio de la inviolabilidad parlamentaria, ha manifestado «echar de menos una buena guillotina en la historia del estado español».

No se deben tomar a broma determinadas expansiones verbales. También Pablo Iglesias Posse, a la sazón diputado del PSOE, llegó a amenazar a don Antonio Maura en el Congreso el 7 de julio de 1910 con estas palabras: «Hemos llegado al extremo de considerar que, antes que S.S. suba al Poder, debemos llegar hasta el atentado personal». No hubo que esperar mucho tiempo: el día 22 de ese mismo mes, el militante republicano-radical Manuel Posá, disparaba en la estación de Francia, en Barcelona, con una pistola Browning, contra el político conservador, produciéndole una herida en una pierna. Las armas las carga el diablo.

Pero volviendo al gesto que motiva este comentario, es de rigor advertir que la espada de Simón Bolívar, ante el paso de la cual nuestro Rey permaneció impasible, no consta entre los símbolos constitucionales de Colombia, que cualquier invitado a una recepción oficial está obligado a respetar: no es el himno ni la bandera del país. Por cierto, también habrá que recordar que otro de los deportes favoritos en nuestros pagos españoles consiste en quemar retratos del Rey, banderas españolas o pitar la interpretación de nuestro himno… y ante esas agresiones al Jefe del Estado y a los símbolos nacionales, que sí se encuentran recogidos en nuestra Constitución, no descubrimos ni siquiera la más mínima reserva por parte de quienes no dudan en invocar el regicidio como mejor solución a nuestros problemas, ¡faltaría más!

Para hacer más comprensible el argumento que pretendo desarrollar, permítame que vuelva hacia atrás el reloj de mi historia personal. El 15 de abril de 2015, Don Felipe visitó la sede del Parlamento Europeo en Estrasburgo, cuando yo mismo era uno de los vicepresidentes del grupo liberal (ALDE). Su presidente, el belga Guy Verhofstaat, generosamente, me cedió la representación del mismo en la reunión que a puerta cerrada los diferentes grupos mantuvimos con el augusto invitado, a quien acompañaba en representación del Gobierno, el ministro de Exteriores, García Margallo. En mi intervención, saludé la presencia del Rey como una oportunidad histórica para la puesta en marcha de una regeneración política que acercara a España a las prácticas democráticas ya consolidadas en otros estados de Europa. Una nueva generación, que Vuestra Majestad encarna, —dije— se asoma al necesario cambio político que exige nuestro país. En su respuesta, Felipe VI recordaría que la obra de la institución que él representa no se circunscribe a una sola persona, sino al conjunto de quienes le precedieron. Se trataba de una intervención impecable, y a través de ella yo podía en efecto evocar a su padre y la transición democrática, al señorío sin ejercicio de su abuelo o al destierro de su bisabuelo en evitación de que en España se derramara sangre por su causa —luego se vertió, y sin medida, por una república que en realidad muy pocos quisieron.

El Rey Felipe no representa por lo tanto sólo a la España y a los españoles de hoy, es la significación de las generaciones que le precedieron y el nexo con las que le sigan. Y es, mal que les pese a sus contradictores, descendiente en el trono de los reyes que hicieron el imperio, descubrieron nuevos mundos para España y para Europa, y dejaron allí el legado de nuestro idioma, nuestra civilización cristiana y —como ha recordado recientemente Felipe Fernández-Armesto— las infraestructuras necesarias para su permanencia durante más de tres siglos. No parece muy presentable que uno se levante al paso del sable con el que se le propinó un mandoble a su abuelo.

El paseo de la espada del llamado ‘libertador’ por las calles de Bogotá, capturada por el exguerrillero y otros líderes populistas como emblema de un pueblo que combate la opresión, no deja de resultar un contrasentido. Bolívar era un acaudalado aristócrata criollo que se enfrentó a la metrópoli agitando a un pueblo que nada tenía en contra de ésta. Y serían los descendientes del líder caraqueño quienes ejercerían —obtenida la independencia— la tarea del sometimiento a la población indígena que, pasados unas cuantas décadas, la nueva izquierda americana dice querer proteger. En consecuencia, no se entiende que se exhiba el acero de Bolívar como imagen de una pretendida liberación popular, cuando fue sólo un instrumento que perseguía sustituir un poder por otro, siquiera más lejano aquél que éste.

En la obra colectiva titulada «Populismo y política exterior en Europa y América», Susanne Gratius se refiere a la gestión del boliviano Evo Morales, que habría enfrentado a los indígenas contra la tradicional élite blanca y a la polarización étnica que este dirigente provocó con su salida del poder. Los líderes populistas —y quizás Petro no sea una excepción a esta norma— tampoco han servido para unir a sus pueblos, sino para enfrentarlos. Y si su blasón lo constituye una espada… más vale quedarse sentado a su paso.

miércoles, 3 de agosto de 2022

Los beneficios "caídos del cielo"


Publicado originalmente en El Imparcial, el 2 de agosto de 2022

En tanto que el presidente Sánchez Pérez-Castejón acaba de remodelar su partido con el difícil propósito de impedir el descalabro que le auguran las encuestas, el jefe de gobierno ha sacado de su cambiante chistera (ayer me puse el sombrero de estadista proamericano, porque me tocaba ser anfitrión en la cumbre de la OTAN; hoy me pongo la boina populista y demagógica, para tocar a rebato a las masas descarriadas…) el conejo de los “beneficios caídos del cielo”, o beneficios extraordinarios obtenidos por la guerra provocada por la agresión de Rusia sobre Ucrania; un gazapo en las dos acepciones de la palabra, ya que se trata tanto de un animal asilvestrado como de un error de más que previsibles consecuencias.

No he utilizado el término que definiría los impuestos que presentará Sánchez a su discusión por las Cortes como una reacción novedosa: otros países europeos los han establecido o están en vías de hacerlo (es el caso del Reino Unido y de Italia en lo que se refiere a las empresas del sector de la energía, no así en el de la banca, donde nuestro particular Robin de los Bosques no pasa de ser un trasunto del asalta-caminos que era el Tempranillo en la tradición más castiza del bandolerismo andaluz.

Carezco de criterio para analizar los entresijos de esos impuestos que, cuando se escriben estas líneas, apenas se han esbozado. Lo que sí cabe es recordar el precedente histórico que en España tuvo la propuesta del liberal vallisoletano don Santiago Alba de gravar los beneficios extraordinarios obtenidos por las empresas españolas como consecuencia de la provisión de recursos por ellas realizadas a los estados contendientes en la Primera Guerra Mundial, dada la neutralidad que mantuvo nuestro país en la misma, y que la Lliga catalanista liderada por don Francisco Cambó hizo descarrilar.

En todo caso, los presupuestos de reconstitución que presentó don Santiago en 1917, tenían un abierto carácter regenerador. La reconstrucción vigorosa del país. Hasta ese momento todos los objetivos de modernización del sistema -seguramente con la excepción de los programas de acomodamiento de la Marina de Guerra española a los nuevos tiempos, promovida por don Antonio Maura- se iban en palabrería. No se construían carreteras, no se abrían escuelas, no se había reorganizado el ejército... Y las fuerzas políticas y sociales emergentes, el partido socialista y los sindicatos obreros, exigían reformas que no admitían demora. Era también necesaria la nivelación del presupuesto y la normalización del Tesoro Público. Todas esas medidas que, a decir de Alba, precisaban de una ingente cantidad de recursos, irían destinadas a los ministerios de Fomento, en lo relativo a obras públicas, hidráulicas, traídas de agua y comunicaciones; al Ejército, y a la construcción de edificios.

Aquí termina el precedente histórico. Y da comienzo la actualidad de la gestión. Los 7.000 millones adicionales por estos dos nuevos recargos fiscales, financiarán una beca complementaria de 100 euros mensuales para todos los estudiantes mayores de 16 años que ya disfrutan de ayudas, prestación que recibirán cerca de un millón de alumnosen el último trimestre de este año, para que ninguno abandone sus estudios por motivos económicos; el desbloqueo "inmediato" de la 'operación Campamento' en Madrid para construir hasta 12.000 viviendas, el 60% de ellas públicas; la gratuidad de los abonos de Renfe de Cercanías, Rodalies y media distancia. el Gobierno desplegará una "nueva y mejorada Política Agraria Común" para ayudar al campo español.

A la luz de estas medidas -y de otras que interesan de manera específica a Baleares, Canarias, Ceuta y Melilla, y poco más-, cabe cuestionarse si lo que se propone el presidente es reforzar el carácter asistencial de su proyecto de permanencia en el poder, previamente a la convocatoria de elecciones, antes que corregir los déficits estructurales de la economía española: la pérdida de competitividad internacional, la recuperación de nuestra economía después de la pandemia, el diferencial de paro (aun con el maquillaje estadístico de los fijos discontinuos) o las políticas de vecindad con nuestro principal proveedor de gas… sólo por poner algunos ejemplos.

Eso sí, de la prolífica madriguera exhibida por Sánchez surgen con fuerza los nuevos cuatro jinetes del actual apocalipsis español: Feijóo, Abascal, Ana Patricia Botín y Sánchez Galán… ¿no hay algún “bicho” más en la gazapera?

Por si tuviéramos alguna duda, es preciso advertir que comparar a Sánchez con Alba es lo mismo que deificar a un indigente sólo por el hecho de ostentar esta penosa condición. Por supuesto que ni siquiera lo pretendería el actual presidente, en el supuesto de que se haya entretenido en el estudio de las reformas pretendidas por don Santiago.

Dicen las fuentes bíblicas que lo que caía del cielo era el maná, no los beneficios procedentes de las actividades económicas. Lo que sí caerán del cielo serán las muníficas ayudas propiciadas por un gobierno desasistido de apoyos y a la búsqueda del voto perdido, como Proust reclamaba el reencuentro con el tiempo pasado y apenas lo conseguía después de siete entregas. El tiempo perdido de Sánchez se diría que ha quedado enterrado en su insólita ambición de poder y sin ofrecer a cambio sino un país carente de referencias institucionales, entregado al separatismo y a los epígonos del terrorismo y en situación de bancarrota económica. Algunos pudimos darnos cuenta de que eso era precisamente lo que nos esperaba de los socios de la moción de censura que Sánchez presentó contra Rajoy. Supongo que me creerá usted si le digo que yo voté en contra.

martes, 19 de julio de 2022

Irlanda y España, y los herederos del terrorismo

Artículo de Fernando Maura, publicado en El Imparcial, el 18 de julio de 2022

Quienes han dedicado su atención a las relaciones entre los movimientos terroristas que ensangrentaron Europa en las décadas de los años ‘60 y ‘70 no han pasado por alto la especial relación que mantuvieron ETA y el IRA. Esta última, creada en el año 1969, en su versión del IRA Provisional, si bien procedía del llamado IRA antiguo -o ejército oficial irlandés-, que tuvo su origen en 1919, hasta su escisión 50 años más tarde. No deberá olvidarse tampoco, siempre en lo que se refiere a los orígenes de las bandas asesinas, que la organización que reivindicó la independencia de Euskadi con el nombre de ETA, fundada en el año1959, procedía generacionalmente de hijos de señalados dirigentes del PNV, que reprochaban a sus padres su actitud consistente en beneficiarse económicamente del franquismo, en tanto que relegaban la causa de las “libertades vascas” al baúl de los recuerdos y de la nostalgia, como señalaba Jon Juaristi en su “bucle melancólico”.

La relación pública entre Herri Batasuna (brazo político de ETA en su marca más conocida) y el Sinn Fein (que lo fue del IRA provisional), además de la que hayan podido mantener ambas bandas terroristas en privado, tuvo expresión muy señalada en mayo de 1994, en Bilbao, en la calurosa recepción que los “abertzales” (patriotas) vascos dedicaron al líder del partido irlandés Gerry Adams. El lema que corearon los anfitriones como saludo a Adams no podría ser más significativo: “jo ta ke irabazi harte" (dale que te pego hasta vencer). Recuérdese que fueron doce los asesinatos perpetrados por ETA sólo ese mismo año.

Un año (1994) en el que, por cierto, el IRA decretó un “alto el fuego” en el marco de las negociaciones en cuya primera edición, su brazo político, el Sinn Fein, participó; cuatro años después se llegaría al célebre “Acuerdo de Viernes Santo”. A punto de finalizar el ciclo de gobierno socialista protagonizado por Felipe González, Herri Batasuna vivía momentos menos felices: sólo contaba con dos diputados en el Congreso, aunque sí disponía de once en el Parlamento Vasco; como consecuencia de los acuerdos políticos entre el PP y el PSOE, que cristalizaron en la Ley de Partidos, la organización hermana de la banda asesina fue ilegalizada en 1998.

Hoy en día las estrategias de ambos partidos, consistentes en operar su blanqueamiento por parte de la política oficial, funcionan a la perfección. Es suficiente para adverar esta tesis la aceptación de sus votos por los gobiernos o el mismo crecimiento electoral de los que nacieron a la sombra del terrorismo. Según el autor de “One Man’s terrorist. A political history of the IRA”, Daniel Finn, en un artículo publicado por “Le Monde Diplomatique” de junio de este año, “habiéndose convertido el Sinn Fein en el primer partido en la República de Irlanda al final de las elecciones generales de febrero de 2020, es ahora también la principal fuerza política en Irlanda del Norte, donde ha logrado destronar a su histórico adversario, el Partido Unionista Democrático (DUP). Situado ahora en una posición de fuerza, el Sinn Féin promete someter a votación la cuestión de la unidad de la Isla Esmeralda en un plazo de diez años”.

Los momentos políticos que atraviesa Bildu no son menos brillantes. Convertido en el elemento esencial de los apoyos al decadente gobierno de Sánchez, el partido abertzale acaricia ya la posibilidad de sobrepasar al PNV como primera fuerza política en el País Vasco y constituir -quizás con la inestimable ayuda del PSOE- un gobierno de coalición que permita a su líder, Arnaldo Otegi, condenado por delito de terrorismo, residir en el vitoriano Palacio de Ajuria Enea.

Les ha bastado al Sinn Fein y a Bildu aprovechar las oportunidades: el primero del desastroso Brexit y la nueva frontera entre el norte y el sur irlandeses para personas, mercancías y servicios; o la debilidad, unida a la torpeza del gobernante Sánchez en el segundo de los casos, para poner en valor la utilidad de su aportación pública y política. Y está claro que están rentabilizando esas ocasiones.

La actual operación de blanqueamiento de Bildu nada tiene que ver con la reforma laboral, como ocurrió con el más significativo acuerdo entre Bildu y Sánchez; ahora se trata de la seguramente más ignominiosa -pero sin duda más eficaz para los terroristas- ley de memoria democrática, que no sólo lavará la cara a los asesinos, sino que procurará adjudicar su dosis de betún a los dirigentes políticos de los primeros años de la democracia española, y arrojará no pocas sombras respecto del más exitoso proceso político que haya emprendido España en los últimos tiempos: el de la transición democrática.

Que la silueta de la sospecha se deslice hacia los predios de UCD es, por lo visto, cuestión de menor entidad. Otra cosa ocurre con la vieja guardia del PSOE, siempre atenta a lo que acontece y permanente vindicadora de su papel en el proceso; pero al actual presidente del gobierno eso poco le importa. Aunque contamine la historia reciente de su partido: es muy posible que todavía anide en su espíritu el afán de la venganza por la deposición de su liderazgo al frente del partido a cargo también de sus antiguos dirigentes, en octubre de 2016, o el cierre de filas de los mismos en torno a Susana Díaz, siempre en su contra.

Pero lo que está haciendo Sánchez con Bildu, además de una indignidad, en la medida en que afrenta a las víctimas y ofrece una tan airosa como inmerecida salida de escena a los victimarios, es una temeridad. Ya lo hizo su predecesor Zapatero con ETA y lo remató Rajoy con su habitual abstencionismo displicente, desterrando ambos a sus partidos regionales en el País Vasco a la irrelevancia, cuando en buena y justa lógica deberían haber resultado los vencedores en el relato de lo ocurrido y en los apoyos electorales. Es la temeridad de que la serpiente (no otro es el símbolo de ETA) se apodere del presupuesto, del BOE vasco y de las decisiones de los gobiernos de lo que queda de España. Y atención con las palabras de Mertxe Aizpurua, su portavoz en el Congreso: “Estamos seguras también que más pronto que tarde podremos construir una república vasca libre y democrática”. Un aviso para navegantes que, conociendo los antecedentes de semejantes sujetos, convendría no echar en el saco roto que contiene las bravatas de los chulos de barrio.

sábado, 9 de julio de 2022

Pragmatismo e idealismo


Artículo publicado originalmente en El Debate, el 9 de julio de 2022

Experiencias como la de Irak después de la campaña aliada en contra de la dictadura de Sadam Husein nos demuestran la fragilidad de las imposiciones provenientes de otros pagos sobre modelos políticos, sociales, económicos, étnicos o religiosos que responden a sus propios paradigmas y no a los nuestros

En un reciente debate celebrado a puerta cerrada y presidido por las reglas Chatham House (se puede citar la opinión, pero no el autor de la misma) que el foro LVL coorganizó con la Fundación Naumann sobre la cumbre de la OTAN y la vecindad sur europea, quedó planteado el asunto que se refiere a si en la negociación de los países de la UE con los situados al otro lado del Mediterráneo resulta indispensable o es accesorio que los primeros pongamos encima de la mesa los principios y valores democráticos y el respeto a los derechos humanos que, como es bien conocido, se sitúan en el centro de la identidad de nuestra unión política y económica. Una discusión que siempre establece un «a priori» fronterizo entre los que podríamos definir como idealistas y los que parecen percibirse generalmente como pragmáticos.

La definición de nuestras relaciones con terceros países sobre la base de la dualidad entre las aproximaciones realistas y las utópicas está cargada con la mortífera metralla de la esterilidad. Establece en realidad una escala de superioridad moral para los que no se rebajan a mancharse las manos en el barro de la realpolitik, o concede una cierta ventaja práctica para quienes obtienen resultados precisamente por la vía de aceptar que las cosas son como son y no como nos gustaría que fueran.

Existe además una cierta dosis de impostación en este debate que nos conduce a la consideración clásica de la validez de los medios en relación con los fines emprendidos y que recuerda la esencia clásica de la política maquiavélica que el autor florentino evocaba en El Príncipe. Y podríamos formularnos la pregunta de si no hemos avanzado un ápice desde el siglo XVI, en el que el autor de la época renacentista escribió su obra; si los totalitarismos comunista y nazi y el exterminio genocida al que condujeron a significativos sectores de la población han pasado sin dejar huella; o si los conflictos y las guerras, entre ellas dos muy cercanas mundiales, no nos han enseñado nada.

No es posible que podamos responder de forma negativa a estas preguntas. Al menos no desde la Unión Europea que nace de la guerra y no sólo –aunque sí de manera principal– para evitar nuevos escenarios bélicos. Es que también procede el proyecto común europeo de la consideración por la que las libertades, los derechos humanos y el juego libre democrático son la garantía más adecuada y el medio más propicio para evitar las tentaciones expansionistas de algunos estados que, partiendo del enemigo exterior y/o de pretendidos derechos territoriales, emprenden acciones de agresión exterior, no sin antes haber conculcado el derecho a la expresión de los medios de comunicación, la competencia crítica de la oposición interior y el conjunto de las libertades civiles y democráticas de la ciudadanía.

Se trata además de un debate falso porque ninguno de los actores que interviene en el mismo puede reputarse de más demócrata o autoritario que el contrario; no existe, por lo tanto, no sería posible, ni superioridad moral ni bajeza deshonesta entre estos contendientes –siquiera dialécticos–. Lo que sí parece conveniente es señalar que, con independencia de la salud global de los sistemas de gobierno democráticos, estas organizaciones cuentan con la ventaja –además de la decencia que comportan– de la seguridad y la previsibilidad en el trato con las mismas. No existe un impulso ingenuo de confiados defensores de la libertad porque procuremos aspirar a que en otros pagos diferentes a los nuestros prevalezcan procedimientos basados en normas y no en la omnímoda voluntad de sus dirigentes.

Además, como han escrito Haizam Amirah-Fernández y Eduard Soler y Lecha en Creating Euro-Mediterranean bonds that deliver para la Fundación Naumann: «Las políticas de apoyo al paradigma de la 'estabilidad autoritaria' han contribuido decisivamente a fortalecer actores que favorecían el statu quo. Todo ello conduce a un deterioro de la estabilidad, a la falta de progreso económico, al aumento de las desigualdades y el malestar social y a la instrumentalización de políticas identitarias y del miedo para ocultar la incapacidad de responder a las demandas y necesidades de la ciudadanía de la región».

Y estas afirmaciones no significan que la pretensión de los miembros de la Unión Europea consista en implantar regímenes democráticos en los países con los que mantenemos relaciones políticas o comerciales. Experiencias como la de Irak después de la campaña aliada en contra de la dictadura de Sadam Husein nos demuestran la fragilidad de las imposiciones provenientes de otros pagos sobre modelos políticos, sociales, económicos, étnicos o religiosos que responden a sus propios paradigmas y no a los nuestros. Pero siempre es posible –añadiría que necesario– introducir en nuestros acuerdos comerciales –que son, por cierto, ámbito de competencia de la Unión– el respeto a determinados derechos laborales, los requisitos medioambientales, o el cumplimiento de determinadas garantías alimentarias o de productos que, si no conllevan de manera inmediata la implantación de regímenes abiertos, sí se encaminan en la buena dirección.

La política del «palo y la zanahoria» –administrando seguramente más el segundo elemento que el primero– nos permite cohonestar el pragmatismo con el idealismo en la integración de un círculo que resultaría virtuoso. La consideración de que la batalla está perdida de antemano nos conduce simplemente a no presentarla y, por consiguiente, a perderla.

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