martes, 29 de agosto de 2023

La oportunidad de Feijóo

Publicado en el Imparcial el jueves 24 de agosto de 2023


El Rey ha cumplido su encomienda constitucional con puntualidad -dicen que esa actitud es cortesía de la condición que ostenta- y adecuación, designando como candidato para la investidura al político que más escaños y votos reúne por el momento. Sin perjudicar la literalidad de lo previsto por la Carta Magna podría haber procedido a renovar sus encuentros con los representantes de los grupos parlamentarios, pero ha preferido a eso que el reloj empiece a andar y que sea el tiempo -y no él- quién establezca el límite necesario para las negociaciones políticas. Es bien conocida la obligación constitucional que tiene SM de reunirse con los representantes populares después de celebradas las elecciones, no podría Don Felipe alegar dificultades de sintonía con los diputados para negarse a entrevistarse con ellos, pero igual obligación constitucional tienen éstos de acudir a la convocatoria real, por mucho que en su programa estén la república española o la catalana o la vasca; aceptar el juego democrático exige admitir las obligaciones que se desprenden del mismo, siempre es más grato tomarse un café en el bar del Congreso que asistir a unos plenos con frecuencia soporíferos, pero los cargos públicos cobran por eso.

Y ahora el presidente del PP tiene la oportunidad que viene manifestando desde que se cerraron las urnas, se contaron los votos, y la “mayoría suficiente” por él reclamada se ha diluido como un azucarillo en una infusión. Podría utilizarla para reclamar lo imposible: que su grupo, el de Vox y el del PNV coincidan en su apoyo. Pero creo que no estamos los españoles para más espectáculos de imposibles prestidigitadores en el parlamento. Una cosa es torear la res que a uno le ha tocado en suerte, aunque sea mala -lo que no hizo Rajoy, desatendiendo su obligación-, y otra es elevar la faena a la categoría de la genialidad. “Lo que no puede ser, no puede ser… y, además, es imposible”, decía Rafael Guerra.

De sobra conoce el candidato que su investidura es irrealizable. Por eso mismo creo que en lugar de dirigirse, con patetismo digno de mejor causa, a los diputados del parlamento, debería aprovechar la oportunidad que le brinda este procedimiento para convertir el hemiciclo en una especie de areópago de la nación -o de lo que de ella queda- y explicar a la ciudadanía las cosas que han quedado, a mi modesto juicio, bastante claras después de los últimos tiempos políticos vividos en España. Que nuestro país debería recuperar el consenso que estuvo en el origen de nuestra Constitución de 1978 y que es el procedimiento que establece ésta para resolver los problemas que nos afectan, que los partidos principales -y aún algunos accesorios- deberían dejar de lado las diatribas estériles y ponerse de acuerdo para establecer nuevos pactos que permanezcan durante algunas décadas más, entre los cuales: un pacto para la convivencia, en la que las diferencias políticas, religiosas, sexuales, y otras, no sean demonizadlas ni perseguidas, para que la historia no sea utilizada como ariete político, y para el combate eficaz de la violencia de género; un pacto para la separación de poderes, que blinde la independencia del poder judicial y que permita al legislativo actuar en su función de control y que no siga operando como una simple correa de transmisión del gobierno de turno; un pacto para la reforma de la ley electoral, con el objetivo de que los partidos minoritarios y que pretenden emanciparse de España no determinen el futuro del conjunto de los españoles; un pacto por la educación, cerrando el triste y caótico proceso de una ley educativa por cada color en el gobierno; un pacto por las pensiones, que establezca fórmulas que las garanticen a los que disponen de ellas y que permitan el acceso a las mismas para las generaciones futuras; un pacto para el medio ambiente, para la seguridad energética, para la España vaciada…; y un pacto de Estado para la política exterior, que señale las prioridades que deberá defender nuestro país en el ámbito internacional, y que establezca canales de comunicación parlamentaria para analizar -y aún decidir conjuntamente- los cambios que pudieran resultar necesarios; un pacto, en fin, para influir en Europa, definir los objetivos de este proyecto y la contribución española a los mismos; un pacto para la defensa y nuestra aportación a la OTAN y a la incipiente organización militar europea…

Una legislatura de cuatro años debería sobrar para acordar éste y otros pactos. El general Franco falleció en noviembre de 1975, en junio de 1977 se celebraron las primeras elecciones democráticas y en diciembre de 1978 ratificábamos los españoles la Constitución. Todo es posible si existe voluntad política y capacidad de asumir riesgos.

No son los líderes los que anteceden a las crisis, más bien son éstas las que los crean: Churchill y De Gaulle y Roosevelt fueron producto de la II Guerra Mundial; Adenauer, de la derrota de Alemania; y, entre nosotros, Suárez, González y hasta Carrillo lo fueron de la necesidad de construir un país diferente desde la reconciliación.

La oportunidad de Feijóo consiste especialmente en elevar su voz desde las trincheras políticas y dirigirse al pueblo español por encima de la batalla de la polarización política. Todos sabemos que su encargo es imposible, pero también que su discurso es necesario para devolver alguna esperanza en el futuro a esos millones de españoles defraudados, inquietos, preocupados y pesimistas ante nuestro futuro como nación y también como ciudadanos.

martes, 15 de agosto de 2023

Refriegas entre nacionalistas


Publicado en El Imparcial, el 11 de agosto de 2023

El ministro de la Presidencia en funciones, Félix Bolaños, recomendaba no hace muchas fechas que los españoles descansáramos de la política y de los políticos, esto es, que nos diéramos unas vacaciones después del largo trasiego electoral que hemos atravesado. Una excelente manera, sin duda, de explicarnos que las negociaciones entre su partido, Sumar y los nacionalistas para formar gobierno serían tan complicadas que mejor era que permanecieran ocultas por el sempiterno manto del secretismo, tan caro a la política y a los pactos.

No caeré desde luego en la ingenuidad de pedir transparencia en un proceso que no la puede tener, por aquello de que la monitorización pública de unas conversaciones de este tipo sólo sirve para destruir el objetivo final de las mismas. Pero habrá que advertir que una vez que se aclare, en su caso, el contenido del pacto, éste debería verse sometido a la claridad del “Luz y taquígrafos” que decía don Antonio Maura. Saber, por ejemplo, qué se ha pactado con el prófugo de la justicia Puigdemont en cuanto a su situación jurídica personal, lo acordado en lo que respecta al referéndum de autodeterminación -o la consulta-, o en cuanto a qué votará el PSOE vasco para dirimir la contienda entre el PNV y Bildu después de las próximas elecciones autonómicas.

La noche electoral del 23J nos dejó en efecto un panorama difícil de dilucidar, dado que el partido liderado por Pedro Sánchez no está, por definición, dispuesto a lo que en otras democracias europeas ha sido la fórmula más generalizada para desbloquear situaciones políticas imposibles como lo es ésta: el gobierno de las grandes coaliciones entre los dos principales partidos. Asumido que esa solución no resulta factible en España, o el PP consigue una mayoría con Vox, el PNV y otros partidos menores -posibilidad más que remota-, o el PSOE lo hace con los partidos que quieren acabar con la Constitución y, aún más, con la misma idea de España.

No resultaría imposible, desde luego, el intento del presidente en funciones. La amenaza del “o yo o el PP+Vox” le ha funcionado en los últimos comicios, incluso entre los votantes de los partidos nacionalistas, y ese temor ha cimentado su victoria en las dos Comunidades Autónomas “históricas” -Cataluña y el País Vasco-; pero no parece sencillo que esa presunta maldición rebaje ahora el precio del apoyo de las formaciones políticas que gobiernan o están en la oposición en esas regiones. Sánchez es consciente, supongo, de que esas fuerzas se están mirando con el rabillo del ojo unas a otras por ver quién se lleva el gato al agua en la próxima convocatoria electoral que les enfrente para ocupar la Casa de los Canónigos y Ajuria Enea. No en vano, vaciado de los inevitables -están en su condición- del “no-a-España”, de la evocación de la autodeterminación como solución final a unos supuestos conflictos de pertenencia, la imposición a contracorriente de un idioma determinado y otras cuestiones, que, desde luego, no son de menor importancia en el ideario colectivo de sus fieles y en la división que provocan en la sociedad, lo que interesa de verdad a los nacionalistas es el poder que ya han conquistado y que nadie parece dispuesto a arrebatarles; o, dicho de manera más breve y seguramente más brutal: lo que les mueve más que nada es el botín a conseguir y repartir.

Pensar que las coaliciones del Frankenstein-2 que obtenga el candidato socialista a la investidura, siempre en el caso de que las consiga, resulten duraderas parece a estas alturas de pronóstico incierto. Los de Puigdemont parecen querer legitimarse en la línea dura que socave la base independentista de ERC, ya que una parte de los votantes más moderados de Junqueras parece que han emigrado a ese nacionalismo light que conforma el PSC. En cuanto a la pugna entre el PNV y Bildu, esa sí que es una pelea por la herencia de la casa del padre -el “aitaren etxea”.

Es verdad que todos los nacionalismos se parecen entre sí, pero -parafraseando a Orwell- algunos son más iguales que otros. Y si ERC es un partido de larga tradición histórica, fundado en el año 1931, que tendría como nombres reconocibles los de Francesc Macià, Lluís Companys o Josep Tarradellas, no es ése el caso de JxCat, heredero del imputado Pujol que habría obtenido un beneficio no aclarado ni declarado de 62 millones de euros, según un informe de la UDEF. Cabe recordar la lapidaria y terrible frase que de él pronunció el expresident Tarradellas: “Yo, de enanos y corruptos, no hablo”.

Es hasta cierto punto lógico que JxCat quiera afirmar su mejor derecho al “botín” en el maximalismo. Pero no es ése el caso de la disputa entre los nacionalistas vascos. Entre estos últimos existe una relación familiar, la que vincula a los padres con los hijos. Para comprenderlo es preciso situarse en la década de los años 60 del pasado siglo en la que se fundó la banda terrorista ETA. Los escasos peneuvistas que circulaban en el País Vasco -eran los tiempos de la “oprobiosa” dictadura-, dedicaban su tiempo a producir las mercancías que un mercado endogámico como el español devoraba con avidez. Sus hijos les reprochaban su incoherencia: “Os decís muy nacionalistas, pero os forráis con el régimen de Franco”. Del dicho al hecho sólo faltaba la épica revolucionaria de los barbudos castristas en Cuba; los “un Vietnam, dos Vietnam, tres Vietnam… esa es la consigna”, del Che Guevara; el movimiento hippie o el mayo de 1968. El listado de los primeros etarras ilustra bien la ascendencia burguesa de muchos de sus fundadores.

Sesenta y cinco años después, son los descendientes de aquellos hijos quienes reclaman la herencia a los sucesores de los padres. El botín, hora es ya, les corresponde por el paso del tiempo y el desgaste de los viejos peneuvistas, que han pactado con todo bicho político viviente, desdibujando así cualquier perfil identitario. Ellos -Bildu, es decir, Sortu- son los verdaderos vascos, los auténticos progresistas. Y por eso, sonríen con sarcasmo ante las patéticas declaraciones de los viejos nacionalistas cuando afirman que no son de derechas…

Conflictos familiares que nos costaron tres guerras carlistas y, más recientemente, más de 850 víctimas a manos de la banda terrorista, atestiguan la cosecha de odio del nacionalismo pretérito y del actual. Por uno de esos dos bandos -¿bandas?- deberá optar el socialismo vasco en las próximas elecciones autonómicas.

Por todo eso, la legislatura que arranca corre el riesgo probable de durar muy poco; y el escenario de unas nuevas elecciones resulta bastante previsible. Pero, por el momento, la gente de Bolaños seguirá intentando urdir un pacto a hurtadillas del conocimiento público.

viernes, 11 de agosto de 2023

Anthem/Himno

Regreso ahora a un comentario sobre la canción de Leonard Cohen, que el canadiense titularía Anthem.

Anthem (Himno), constituye, a decir de Jesús Serrano, una de las mejores baladas del cantante. Y estoy de acuerdo con él. Añade Serrano Aldape que, a pesar de que esta canción se encuentra contenida en su desesperanzado álbum “The future” -a cuyo tema principal ya hemos dedicado una entrada en este blog-, Anthem nos ofrece la esperanza de una salida ante un mundo incierto, una propuesta que no deja de constituir una novedad en los tiempos que nos abruman hoy en día.

Da comienzo el poema con el cantar de los pájaros cuando declina el día. Y no nos dicen eso, que hay algo que concluye para no volver, al contrario, nos reclaman que no nos paremos a pensar en lo que ha desaparecido ya; el día que se va es preludio del que va a llegar. Judío, lo era Cohen, como el proverbio que declara la inutilidad de llorar por la leche derramada…  o, si lo preferimos, el “dejad que los muertos entierren a sus muertos”, que podríamos compartir con San Lucas (Lucas, 9.60). 

Pero tampoco pienses demasiado en lo que está por venir, nos recomiendan los pájaros en su canto de atardecer. Se desprende entonces de sus palabras un cierto aire de improvisación, o de entrega y confianza absoluta en el creador. Reproduciría por lo tanto el poeta canadiense las palabras de San Mateo: “Fijaos en los pájaros, que no siembran ni cosechan ni andan guardando comida, y el Padre celestial los alimenta…” (Mateo, 6.25).

Podría sorprendernos esta simbiosis entre el Viejo y el Nuevo Testamento en un hombre que tan bien conocía desde sus orígenes familiares el primero de esos textos, además de buena parte de los libros judaicos -Cohen era nieto de un rabino-. Sin embargo, los seguidores del poeta conocemos bien el deseo que tenia éste de atravesar la frontera entre las dos manifestaciones religiosas -judaísmo y cristianismo-. Su disco de despedida, “You want it darker”, contiene una llamada al acuerdo en su “Treaty”:

“Me gustaría que hubiera un tratado,

Me gustaría que hubiera un tratado,

Entre tu amor y el mío”.

Ya no cantan los pájaros. Y aparece ahora en “Anthem” la catástrofe integral que los seres humanos nos empeñamos en perpetuar: la guerra. Volveremos a ellas, otra vez a pelear -nos anuncia-. Y la santa paloma, una vez atrapada, será objeto de compra, venta y compra… sucesivamente. La paloma nunca será libre.

Hemos enjaulado y comerciado con el símbolo del soplo de Dios -parece contarnos Cohen-, y uno se imagina la imagen del Espíritu Santo, en esta nueva excursión entre los dos mundos que dividen a las religiones hebraicas. Aunque bien pudiera ocurrir que la paloma sea la pulsión de divinidad que existe en los seres humanos, nuestros mejores deseos, el testigo nutrido de todo lo positivo que desearíamos transmitir a las generaciones que nos sucedan. La paloma que se vende en el mercado, ese mismo mercado situado en plena sinagoga de la que Jesús desalojaba, látigo en mano, a los negociantes de productos varios que violentaban la paz de los recintos sagrados (Marcos, 11.15).

Entonces suena el estribillo que parte de la incertidumbre, pero que admite la eventualidad de la esperanza. La clave la canción: Haz sonar las campanas que aún pueden sonar, nos dice el cantante. No, no es una ofrenda perfecta -continúa-, olvídate de eso. Pero en todo, en cualquier parte, existen grietas, y por ellas penetra la luz.

No dejan de existir murallas y barreras, los hombres nos empeñamos en erigirlas… pero, hasta en eso somos imperfectos, y la construcción contiene algún defecto que admite una salida.

Una humanidad abrumada ha pedido señales -es el siguiente argumento que nos ofrece el poeta. Y alguien las ha enviado: el nacimiento traicionado y el matrimonial gastado y la viudedad de todos los gobiernos -señala-, son signos que se encuentran al alcance de todos. Sólo basta con interpretarlos, la vida se nos va haciendo incierta, difícil, a veces inabordable, parece decirnos.

La respuesta no puede ser la huida, sería su afirmación posterior: no me resulta posible siquiera correr -escapar-, para evadirme de esas hordas que no se atienen a ninguna ley -se queja ahora-. No puedo hacerlo en tanto que son los mismos asesinos los que rezan a voz en grito sus singulares oraciones desde sus elevados sitiales. Pero están anunciando una tormenta (o convocando una nube de trueno)… entonces tendrán que saber de mí.

Cohen se prepara para la defensa de una civilización en peligro, y nos pide de nuevo que hagamos redoblar las campanas que todavía nos quedan, y que encontremos la grieta por donde se cuela la claridad.

Somos algunos, pero menos aún de lo que parece -nos advierte-: puedes agregar las partes, pero no te darán la suma que les corresponde. Y no se trata tampoco de marchar al paso del tambor, porque no lo hay. Aquí no se ha formado un ejército -nos indica-, sino un conjunto de resistentes que caminan impulsados por el corazón, por el amor, que llegará como llegan a nuestros países libres los refugiados -declara.

Y es esta última una bella imagen que nos deja el poema como conclusión, No existe todavía la victoria, sólo la protección ante el abismo y la catástrofe, que al cabo es lo que queda detrás de la grieta. La luz nos conduce a un espacio protector, nada más. Sólo a partir de ahí podremos avanzar, quizás, hacia otros mundos, hacia diferentes salidas más ciertas, más seguras… Por eso deben seguir tañendo las campanas. Sonarán a celebración o nos convocarán a sofocar un incendio. Habrá que pensar, con Hemingway, que no hay que preguntar por quién doblan: lo hacen por nosotros mismos.

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