sábado, 29 de octubre de 2022

El maurismo según Pablo Iglesias Turrión

Artículo publicado originalmente en El Imparcial, el 28 de octubre de 2022 


Se diría que, aunque el hábito no hace al monje, la denominación imprime carácter; que Pablo Iglesias Posse viera en don Antonio Maura la más cercana encarnación del mal en el espacio terrenal no era, para quienes vivieron esa época ni para los historiadores de esos tiempos, ningún secreto. Ya uno de los hijos del político mallorquín, Miguel Maura, señalaba en sus memorias que, en sus relaciones con los concejales socialistas en el Ayuntamiento de Madrid, mantuvo una comunicación excelente con los restantes concejales socialistas —Besteiro y Largo Caballero, especialmente—, y en la que se apoyaría no poco durante las jornadas más difíciles del gobierno provisional republicano; pero ése no era el caso del fundador del PSOE, que transmitía el odio africano que sentía sobre don Antonio a su hijo. Si la animadversión del Iglesias socialista se explicaba por ese atavismo injustificado, el juicio que a su epígono populista, Pablo Iglesias Turrión, le merece el maurismo carece de justificación, además de que resulta inexplicable.

La crónica que publicaba recientemente Luis María Ansón en su columna “Primera Palabra”, con el título, “Pablo Iglesias: medios, cloacas y verdades a la cara”, asegura, entre otras cosas, que según Iglesias Turrión “los mauristas crearon el protofascismo español”.

Parece ser que el “protofascismo” se refiere a las ideologías predecesoras directas y los movimientos culturales que influyeron y formaron la base del fascismo. Y se pone como ejemplo del mismo al poeta y aristócrata Gabriele D’Annunzio quien, enterado del inminente bombardeo de Viena en agosto de 1918, organizó un lanzamiento de flores también desde el aire sobre la bellísima capital austriaca.

Es, sin duda, romántica la referida imagen del literato de Pescara, sin perjuicio de la influencia que tuviera éste sobre el Duce; pero comparar el movimiento maurista con el fascismo resulta, como mínimo, injusto, si no fuera porque delata una lectura de la historia bastante ligera, cuando no sesgada, por parte del Pablo Iglesias populista de extrema izquierda.

Sentada la base —por cierto, no contestada al parecer por el autor de “Medios y cloacas”— según la cual don Antonio Maura no fue ni fascista ni “protofascista”, sino un civilista, por lo tanto, contrario a la intromisión del ejército en la vida política, y un firme partidario de ejercer el poder con el control del parlamento (de él es la frase “yo, para gobernar, sólo necesito luz y taquígrafos”; que es en nuestros días paradigma de la transparencia política), convendrá conocer lo que históricamente fue el maurismo.

Nació el maurismo del agravio que Alfonso XIII produjo a don Antonio Maura cuando, en octubre de 1913, encargó la formación de gobierno a Eduardo Dato, uno de los dirigentes del partido que presidía entonces Maura (algo así como si Felipe VI encomendara a Cuca Gamarra, en lugar de a Feijóo, someterse a una sesión de investidura). Apartado desde entonces don Antonio de la jefatura del partido, florecía un movimiento regenerador de la política española -el maurismo- que su inspirador no quiso liderar. Engrosarían sus filas los jóvenes del partido conservador y entre sus objetivos se encontraba la incorporación de las clases medias a la política, el fomento de la ciudadanía y la atracción de los católicos intransigentes. Una regeneración que se incorporaba también al instrumento organizativo: la movilidad de los cargos, la amplitud de participación e incluso el intento de descentralización del núcleo de decisiones.

En las primeras elecciones celebradas después del encargo de don Alfonso a Dato, las de 1914, una vez obtenidos 22 diputados mauristas, se produciría la primera división del movimiento: el maurismo parlamentario —más pactista— y el “callejero” —más radical—. Pero debería avanzar el tiempo para que se consolidara la fractura más definitiva en el seno del movimiento, entre el ala que podríamos considerar como “dura” —Goicoechea, Calvo Sotelo…— y la “moderada —Ángel Ossorio o Miguel Maura—, que comenzaría a producirse, según la historiadora María Jesús González, a partir de los sucesos revolucionarios de agosto de 1917, y se manifestaría en la campaña electoral de los mauristas en los comicios de 1918. A partir de entonces esta brecha no haría más que ensancharse: colaborarían con la dictadura del general Primo de Rivera los “duros” —Calvo Sotelo sería ministro del dictador—; y se abrirían a la República, o mantendrían importantes reservas respecto del Directorio militar, los “moderados”.

Llegado en 1931 el nuevo régimen, buena parte del maurismo más radical engrosaría las filas de Renovación Española, un partido que mantuvo relaciones con el falangismo y hasta con el fascismo italiano; pero hubo quien intentó una vía -que como es sabido careció de éxito- para la consolidación de una República de orden, como fue el caso del hijo de don Antonio, Miguel, o de su yerno, José María Semprún —padre del escritor y político Jorge.

La sinécdoque es una figura literaria que consiste en utilizar partes de un mismo objeto o idea para referirse a todo el conjunto. Resulta útil para la poesía o la novela, pero convendremos que no sirve para el análisis ponderado de alguien que pretenda ser respetado en el mundo de la cultura o la docencia.

Tengo mis dudas en cuanto a que el objetivo del Iglesias del siglo XXI sea el de conseguir el respeto de las gentes. Más bien pienso que le interesa provocar el miedo, al igual que otros tantos dirigentes populistas han pretendido —y conseguido—, de acuerdo con el guion que les es común a todos estos movimientos: primero se adquiere el gobierno mediante la persuasión, después se eliminan todos los procedimientos democráticos de control, y, por último, se gobierna por el terror.

Protofascismo, protocomunismo… al cabo, la diferencia no es tan importante.

martes, 11 de octubre de 2022

El anti-monarquismo de la izquierda, tradición y actualidad

Artículo de Fernando Maura publicado en El Imparcial, el 10 de octubre de 2022

En su libro “1917, el estado catalán y el soviet español”, el historiador Roberto Villa afirma que “la desconfianza hacia el socialismo español subió enteros cuando el PSOE suavizó su exclusivismo «de clase» para colaborar, a partir de 1909, con los republicanos y no con la izquierda constitucional, como sucedía en Suecia, Holanda o Bélgica. Esto significaba que el movimiento daba el paso de ponerse abierta y decididamente contra la Corona. Y aunque, más tarde, esa alianza con los republicanos se debilitó, no lo hizo el fervor antimonárquico del PSOE. Su X Congreso, de 1915, declaró a la monarquía liberal y sus instituciones «incompatibles con el desarrollo de la civilización moderna en España»”.

1909 fue precisamente el año en el que la Semana Trágica acabaría con una de las experiencias más fecundas en la historia de la Restauración, un régimen impulsado por el político malagueño Antonio Cánovas del Castillo y que encontró su eco en el riojano Práxedes Mateo Sagasta. Intelectual escéptico el primero, “pastor” de un rebaño no siempre dispuesto a la disciplina el segundo, pondrían en el llamado Pacto del Pardo (que según parece ni fue tal ni ocurriría en el Pardo) las bases de un sistema de estabilidad política que llevaría a España a un periodo de relativa estabilidad y progreso económico en una política liberal similar a la de otras monarquías de su entorno, al menos hasta septiembre de 1923 con el golpe de estado del Directorio militar encabezado por el general Primo de Rivera.

Bien es cierto que la Restauración canovista no tuvo las cosas fáciles; 1898 se cerró con la pérdida de nuestras últimas colonias, el anarquismo se llevaría por delante a cuatro presidentes del Consejo de Ministros y a punto estuvo de asesinar a los Reyes en el día de su boda, el socialismo optaría significativamente por la revolución en el año 1917 y la tentación africanista de determinados sectores del ejército con el mismo Alfonso XIII a la cabeza depararía un conjunto de errores que concluirían con el desastre de Annual de 1921.

Cuando Pablo Iglesias Posse (el fundador del PSOE) amenazó públicamente a don Antonio Maura en el año 1910 -amenaza a la que seguiría un inmediato atentado-, estaba en realidad construyendo desde el anti-maurismo una coalición republicano-socialista que sustituiría el régimen monárquico por el republicano, paso intermedio para la proclamación de la revolución socialista, como su fiel seguidor Largo Caballero intentaría años después con la Segunda República.

Esa vía revolucionaria emprendida por el PSOE fue la que acabó con la Segunda República, al contrario de lo que algunos nostálgicos del régimen de 1931 piensan. Al menos imposibilitó una República ordenada, en la que se reconocieran la mayoría de los españoles, que facilitara el tránsito del poder entre la derecha y la izquierda y pudiera encontrar solución a los problemas pendientes de España.

Hoy en día, el anti-monarquismo de la izquierda española -y en ella buena parte del PSOE- remite a una causa revolucionaria más difusa, aunque seguramente bastante peligrosa. La relegación de la Corona al desván de los objetos inservibles, no sólo por mor de la ausencia de competencias concretas que la Constitución le adjudica, sino también debido a la tentación cesarista de algunos políticos que temen la irrupción de un pretendido “outsider” en el escenario institucional, supone la sustitución de la jefatura del Estado por un magma de personajes que representan a instituciones apenas coordinadas entre sí.

Se viene en este sentido haciendo habitual el uso de la expresión “presidente de España” para designar un cargo de los que nuestra democracia contiene. Y se da el caso de que, además de una compañía de seguros, España es un país, un reino, que dispone de instituciones diferentes. No sería Sánchez “presidente de España” sino presidente del Gobierno de España, por lo mismo que Merichel Batet tampoco lo es sino del Congreso o el presidente del Consejo General del Poder Judicial de este organismo.

Tampoco el Rey es presidente de España, sino Rey, que me atrevo a decir que es asunto de mucha mayor relevancia. Los presidentes son pasajeros y por lo general proceden de un partido -esto es, de una parte-, por lo que tienden a representar y apoyar al sector de la sociedad al que se encuentran adscritos.

El afán por arrinconar al Rey no sólo deja desvestido y deshilachado el sistema institucional español, es también un error. En el complejo mundo que estamos atravesando en este siglo XXI, en el que se combinan de forma no necesariamente positiva la Inteligencia Artificial y las guerras del siglo XIX -como lo es la de Ucrania-, la globalización y el estado nación, la preocupación por la ecología y la destrucción imparable del medio ambiente… no existen instituciones ni personas inservibles, más allá de los que se creen a sí mismos insustituibles.

El anti-monarquismo de las izquierdas no conseguirá sin embargo la revolución, porque seguramente la revolución es asunto de otros tiempos, pero es posible que produzca un vaciamiento institucional que dañe seriamente los elementos nacionales de cohesión (la lengua, el territorio, la organización del estado, la política exterior…)

En eso andan algunos. Y ese paisaje de la nueva España sin Rey -o con un rey amortizado e inerte- no será el de la revolución socialista o comunista, pero sí el de la confusión, el desgobierno y la acracia.

miércoles, 5 de octubre de 2022

Alfonso de Virgilis, en el recuerdo

Era la sobremesa de una comida de domingo. Y el recuerdo… Florencia, sus angostas calles y los palacios majestuosos, el Duomo, el Ponte Vecchio… la Signoria. Y, a escasos cincuenta metros, el hotelito en el que Alfonso nos recibía, después de miles de kilómetros de andanzas mutuas, americanas, europeas, españolas… 

Y el recuerdo me conducía en ese caso a la acción. Escribir un correo electrónico. Estamos aquí. Las infecciones no han podido con nosotros, el bisturí de los cirujanos tampoco. Seguimos en el puente, cualquiera que sea éste, de mando o de escucha, de actuación o de consejo… ¡quién lo sabe! Pero estamos aquí. Y te recordamos. Vienen a la memoria las peticiones para que reserves una mesa en Riva. “Riva” es De la Riva, una casa se comidas que hay en la calle Cochabamba, en Chamartín, a la que un día le llevé y le encantó. Me pidió el teléfono del establecimiento y es muy posible que Alfonso fuera por su cuenta a almorzar allí, donde Pepe te canta los platos a la antigua usanza. “Hoy tenemos…”

Madrid, Barcelona —donde conocí a su primo Marco Panella, ese radical histórico que se fumaba un porro en un programa de televisión en directo para reclamar la legalización de la marihuana—, Bilbao —donde organizamos la reunión de la comisión de agentes de Bipar(1) que él presidía—; pero también Amsterdam —con sus bicicletas y su museo Van Gogh—, o Roma —en el palazzo de una aristócrata italiana dispuesta a ceder su casa para una cena de gala, a cambio de algún estipendio, que en eso se han ido muchos de los grandes nombres que en el mundo han sido… algo.
Pero Alfonso, romano o abruzziano, era sobre todo un florentino de adopción. Enamorado de la ciudad de Maquiavelo, el abogado y empresario de seguros devenía en protector de las artes y creador de los premios Galileo 2000, donde brillaba con la luz que él mismo irradiaba al exterior. Florencia era el INA Assitalia, una agencia de seguros situada junto a la estación de la ciudad. Una profesión -la de agente de seguros con representación en una demarcación comarcal- que ya estaba sentenciada de muerte debido a la vocación de sucursalizarlo todo, como hicieron los bancos primero, y han emprendido las compañías aseguradoras después.

Pero Alfonso no quería ni oír hablar de eso. Nosotros ya habíamos vendido nuestra agencia a su principal, La Unión y el Fénix, cuando todavía Alfonso peleaba con la entidad que él representaba. Y un día me pidió que yo defendiera en un seminario la posición contraria a lo que yo creía que no era sino el signo de los tiempos. Pero yo no disponía de las fechas que Alfonso me proponía, por lo que no tuve más remedio que encontrar a alguien que me sustituyera en el encargo. El periodista económico de “El Mundo del País Vasco”, Carlos Etxeberri, sería la víctima propiciatoria de la ejecución pretendida por Alfonso. Todavía yo tuve que hacer de Canalejas(2)  y poner en los oídos del giornalista los argumentos contrarios a los míos.

Porque Alfonso no aceptaba el no por respuesta. Los obstáculos estaban allí para ser vencidos, para demostrarse a sí mismo que él podía con todo. Y a veces parecía que así era. Y al tiempo, era generoso y se encontraba siempre dispuesto al favor, en especial si ese favor se producía mediante un viaje, en el que conocer a otras gentes. Allí donde su sonrisa y su carcajada contagiosas inundaban el espacio. ¡Todo parecía resultar tan fácil, entonces!

Eran las sonrisas, pero también eran los enfados… porque sabía alzar la voz si la contradicción era exagerada o si algún incauto pretendía llevarle la contraria. Entonces se desprendía Alfonso de su coraza se buena educación y salía hacia fuera el abruzziano tonitruante, siquiera enfundado en un traje de Armani aderezado por una corbata de Gucci —firma de la cual él era asegurador.

Alfonso era también su familia, el primero de sus hijos, Antonio, al que una horrible quemadura desfiguraba el rostro, y a quien en los carnavales de Venecia una señora le pedía que se quitase la máscara, porque le daba “paura”. Su primera mujer, a quien conocí en una tormentosa cena en su casa al borde del Arno, a Malena más tarde -con la que antes tuve alguna relación en los tiempos de UPyD- y que sorprendentemente se cruzaba en los caminos de Alfonso y le daba un hijo para el último lapso de tiempo que le quedaba por vivir. 

Le recuerdo caminando a mi lado por las Ramblas de Barcelona, deteniéndose cada veinte metros, porque no podía más. Diez, quizás quince años hace de eso. Pero aún le quedaban fuerzas para citarme en el hotel Villa Real para charlar un rato. O para compartir un café conmigo y su amigo Fernando Suárez -el que fuera exministro de Trabajo en el régimen anterior.

Alfonso se ha ido en las primeras semanas del fatídico COVID, cuando apenas existía alguna defensa contra el virus. Su figura alta y elegante nos ha dejado una huella, ya indeleble de desolación, un desgarro… pero ahora que le recordamos no tenemos más remedio que actuar como él habría hecho: levantando una copa de buen vino y brindando por su memoria, repitiendo lo mismo que decía al principio de este comentario: aquí estoy amigo, aquí sigo, dando la lata, por si le cupiera a alguno la más mínima duda…


(1) Buró internacional de Productores de Seguros y de Reaseguros.
(2) Se dice que el presidente del Consejo de Ministros, José Canalejas, después de pronunciar un celebrado discurso en el Congreso, recibida la felicitación de su bancada, les dijo: «¿Les ha gustado? Pues ahora, si quieren, salgo otra vez, pero para argumentar lo contrario».

sábado, 1 de octubre de 2022

Berta Valle, luchadora por la libertad




Artículo publicado en El Debate, el 1 de octubre de 2022

He tenido recientemente la oportunidad de asistir a un encuentro, organizado por la Fundación Naumann para la Libertad, con la comunicadora social nicaragüense Berta Valle, mujer del activista opositor a los Ortega, Félix Maradiaga.

Berta es una mujer valerosa, como corresponde siempre a las compañeras de los hombres perseguidos por sus ideas en los regímenes autocráticos que, por desgracia, abundan cada vez más en tantos países y, muy en especial, en los de habla española de la América Latina. A sus 36 años, Berta Valle puede además presentar una amplia hoja de servicios en favor de su comunidad. Directora ejecutiva de la Fundación Coen (dedicada a la prestación gratuita de servicios de salud y de la mejora de la educación en ese país), con anterioridad, la actual activista fue directora general de Vos TV, una de las principales cadenas de televisión del país centroamericano, entre muchas otras actividades en el ámbito de la comunicación.

Como si la sombra del dictador Somoza –derrocado por el actual presidente de Nicaragua– le persiguiera de manera incesante, el exguerrillero sandinista se ha convertido en un sátrapa más en el elenco dictatorial que invade como una enorme y prolongada mancha de aceite las naciones de Iberoamérica. Prueba de ello son los 177 presos políticos que, según datos avalados por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o CIDH, están censados en el país centroamericano. Carecen éstos de acceso a la luz diurna y no tienen posibilidad de leer ningún libro, ni siquiera la Biblia, de acuerdo con el conmovedor relato que nos hace Berta.

Uno de esos 177, es Félix Maradiaga, un académico y activista opositor al clan de los Ortega, que puede presentar también un brillante currículo. Fue secretario general del Ministerio de Defensa y, después, líder del grupo Unidad Nacional Azul y Blanco. Candidato a la presidencia de la República en 2021, posteriormente detenido y encarcelado por el régimen, Maradiaga es, además de un hombre de acción, un intelectual. Fue director del Instituto de Estudios Estratégicos y Política Pública, creador de la Fundación para la Libertad, miembro del World Economic Forum y del Aspen Global Leadership Network.

En su artículo, La enfermedad de la dictadura, publicado en 2009, Félix Maradiaga, expresaba admirablemente el proceso de consolidación de las autocracias latinoamericanas en general, y en Nicaragua en particular. Lo hacía con estas palabras:

«Una de las principales amenazas a la vida humana es la resistencia microbiana; es decir, la inmunidad de virus, bacterias y microorganismos a los tratamientos antibióticos contra enfermedades infecciosas. Un virus resistente puede residir por años e incluso décadas en el huésped, esperando el momento en que las defensas de ese sistema estén tan bajas que le permitan tomar control absoluto del mismo. Lo que hace que estos microorganismos sean tan letales, es que el sistema inmunológico no los reconoce como invasivos hasta que ya es demasiado tarde. Similarmente, varios sistemas políticos en América Latina han vivido una suerte de implantación pasiva de gérmenes autoritarios que más tarde que temprano adquieren, en el momento menos esperado, la forma de dictaduras. Tal es el caso del régimen de Daniel Ortega en Nicaragua, que el lunes 19 de octubre de este año, cual tórsalo enquistado en la débil fibra democrática del país, salió de su cascarón».

El sistema que, en efecto, saldría de su cascarón fue el régimen dictatorial que encarna el dirigente sandinista, que ha sido –a decir de Berta Valle– financiado con 5.000 millones de dólares por la satrapía venezolana. Y al igual que ha ocurrido con los contradictores al régimen del país caribeño, recomienda la opositora nicaragüense que no dialoguen con el Gobierno, que es gestión «inútil», excepto para el sistema.

Un recuerdo cierto del 1984, de Orwell, se apoderaba de la reunión, cuando Berta Valle desgranaba su relato de calamidades personales sufridas por su marido y el resto de los presos de conciencia: el control omnipresente por el «Gran Hermano», y la «neo-lengua» –no sería extraño descubrir la creación, por ejemplo, de un Ministerio de la Verdad nicaragüense consistente en manipular la información para adaptar el pasado a los intereses del régimen–. Las prácticas despóticas de Daniel Ortega ya han sido inventadas y practicadas en muchas ocasiones y diferentes países.

Describía la mujer de Maradiaga, cuya voz se quiebra en los momentos de mayor intensidad emocional, los casos de «tortura blanca» en la Nicaragua actual; un suplicio consistente en la agregación de tormentos como el hambre, la incomunicación y la ausencia de tratamiento de las enfermedades de los reclusos. La crónica de Berta se extendía en detalles sobre la alimentación podrida que les proporcionan, el régimen permanentemente observado por los guardianes a las visitas y la carencia de medicinas para reducir la hipertensión de Maradiaga, que resultan suficientemente expresivos del extralimitado carácter de crueldad practicados por la dictadura.

Y todo ello amparado y dirigido, no por los exguerrilleros sandinistas, menos duchos en el arte de la conservación del poder que sus amigos cubanos, que son quienes asesoran y tutelan el ejercicio del despotismo nicaragüense. Cuba, una vez más, en el eje del diseño del control y el ejercicio de la opresión, como en Venezuela.

La crónica de Berta Valle, como la de su amiga Lilian Tintori, mujer del líder político venezolano Leopoldo López, se engarza como un arete más en la triste cadena del liberticidio que avanza en los países hermanados con España por la lengua, la historia y la cultura; y nos interpela a que salgamos de nuestro espacio de comodidad o de nuestros problemas endogámicos; porque la libertad no es un factor divisible.

martes, 27 de septiembre de 2022

El final de una época



Las solemnes imágenes que han acompañado al entierro de la Reina Isabel, el boato y la parafernalia desbordantes que hemos podido seguir a través de los medios de comunicación, nos han permitido evocar los cambios en la vida de los británicos a lo largo de los 70 años de inigualable trayectoria de su titular. Mudanzas que se han producido desde luego en su país, Gran Bretaña: en su dieta alimenticia -basada entonces en la patata y el repollo-; la raza -que era sólo blanca en la práctica-; la población -unos 17 millones de personas más en la actualidad, pero menos jóvenes y más viejas-; la familia -menos hijos ahora, concebidos por mujeres en edad más tardía, y un 51% de ellos fuera del matrimonio, cuando sólo lo eran un 5% cuando la Reina asumió el trono-; la energía que calentaba los hogares, que procedía exclusivamente del carbón; y hasta en los hábitos de vida -casi todos los hombres y muchas mujeres eran fumadores.

Los señalados datos proceden del Reino Unido, pero también podríamos encontrar referencias similares en otros países desarrollados, porque las tendencias descritas -y otras que se podrían añadir a éstas- trascienden a ese país y se inscriben en el cambio general de los tiempos que estamos viviendo. No sería exagerado asegurar, por lo tanto, que el cortejo fúnebre en el que han participado tantos Jefes de Estado, coronados o republicanos, ha acompañado a la Reina Isabel como símbolo de toda una época que desaparece con ella.

Porque la sola presencia de Isabel de Windsor suponía el dique que contenía, siquiera levemente, el maremoto que se cierne sobre su país, y que ya viene devastando al mundo entero en términos de pérdida de valores, de ausencia de referencias, de inestabilidad y de inseguridad. Lo era ya mucho antes de que la carroza mortuoria, escoltada por la familia real británica con marcialidad impecable, pasara por las principales calles de Londres. Todo eso ya resultaba evidente en el resto del orbe, quizás no tanto para el Reino Unido.

Permita el lector que haga una referencia a la historia local. En su biografía sobre Cambó, Maximino García Venero recoge una cita del periódico londinense “The Times”, referida a las ya pretéritas campañas militares españolas en tierras marroquíes. El diario británico se preguntaba: ‘¿Para qué quiere ir a Marruecos? ¡Si España es una nación del pasado, si España es nación que no tiene porvenir, si España es nación muerta, si el porvenir de España es ser un país de posaderos, es ser un país para los turistas!’.

Más allá de la evidente -e injusta- carga despectiva que supone el comentario, habrá que convenir que, posadas y turistas (hostelería y ocio) constituyen sectores económicos más que significativos en el mundo actual, especialmente una vez que recuperemos una cierta normalidad, superados los trastornos de la pandemia y los efectos previstos en forma de recesión sobre nuestra economía derivados de la guerra en Ucrania, y aunque ésta última continúe, seguirá el turismo constituyendo un ámbito esencial de nuestra economía y de la de otros países. Será preciso señalar que un buen número de ciudadanos británicos eligen España como su preferente destino para pasar sus vacaciones y algunos de ellos han optado por hacer de nuestro país su residencia para los años de su merecida jubilación; y España también supera a Francia como el principal destino de los universitarios del Reino Unido.

La histórica maldición cuasi-bíblica del diario londinense sobre España parecería más bien una premonición que se vuelve en contra de quien la profiere. Britania, que en el poema de James Thompson gobierna las olas y proclama que los británicos nunca, nunca serán esclavos (“never shall be slaves”), se nos presenta ante nuestros ojos con la inquietud del futuro que correrá en el reinado de Carlos III la Commonwealth, de la que alguno de sus miembros podría desligarse, y aún de los territorios interiores del Reino Unido, como Escocia -que reclama un nuevo referéndum de independencia-, Irlanda del Norte -que ya está gobernada por el pro-integracionista Sinn Fein-, o Gales -donde el independentismo se ha multiplicado por cuatro-. Únase a todo lo cual la apuesta por el más duro de los posibles escenarios del Brexit, decisión que ya está produciendo resultados económicos negativos y que no se ha visto compensada por una relación comercial con los Estados Unidos.

No lo serán -esclavos- seguramente, pero es preciso advertir una tendencia cierta a la reducción y al aislacionismo en esta nueva realidad que deja expedito el orgulloso dique que representaba la Reina y que el actual monarca está lejos de simbolizar. Una singular apuesta por el aislamiento en un mundo que requiere de acuerdos de integración, en el caso de que se pretenda competir en el nivel global.

A pesar de la actitud clasista -como mínimo- del citado diario londinense respecto de los ciudadanos que dedican sus esfuerzos desde bares, cafeterías, restaurantes y hoteles a hacernos la vida más grata, y que podría recordarnos la frase despectiva que pronunciaba el que fuera presidente del PNV, Javier Arzallus: “¿Qué queremos, un país de camareros?”; como si la industria, la banca, la construcción naval… fueran negocios más dignos que este del ocio y de la hostelería, por no referirnos al del comercio de esclavos, que tantos réditos y fortunas produjeron en su día a muchos navieros vascos.

Si el periodista del Times volviera a nacer, seguramente enmendaría su artículo en aras, al menos, del pragmatismo, o -¿quién sabe?- si envuelto en la Union Jack despreciaría a ese país de posaderos -y a tantos otros-, al tiempo que el fallecimiento de su longeva reina ha puesto en evidencia que la época de los buenos y viejos tiempos ha concluido para siempre.

lunes, 12 de septiembre de 2022

Las elecciones del “mid term”: la polarización y el imposible consenso

Artículo publicado en El Imparcial, el domingo 11 de septiembre de 2022

El martes 8 de noviembre tendrán lugar las elecciones del “mid-term”, o intermedias, en los Estados Unidos. En ellas se decidirán los 435 escaños de la Cámara de Representantes del país, así como 35 de los 100 escaños del Senado. También se disputarán 39 elecciones de los gobernadores de los estados y muchas otras de ámbito estatal y local.

A tenor de las encuestas, que conceden en el momento actual tres puntos de ventaja a los republicanos sobre los demócratas, no es inverosímil pronosticar que este 2022 será probablemente el último año útil de la administración Biden. El estancamiento político es una característica endémica del sistema estadounidense, basado en un diseño constitucional que hunde sus raíces en el consenso; una práctica virtualmente desterrada en una época presidida por la polarización más irreductible. La necesidad efectiva de mayorías calificadas en el Senado y siquiera mínimas en el Congreso, en los momentos en que la Casa Blanca y ambas cámaras están bajo el control de un mismo partido, en un contexto como el que predicen las encuestas, producirá como resultado que la tarea de legislar se convierta en extraordinariamente difícil. Ésta ha sido la razón por la que tanto Barack Obama como Donald Trump aprobaran las leyes más importantes de sus administraciones —la reforma del sistema público de salud, y una significativa reducción de impuestos, respectivamente— en los dos primeros años de sus mandatos. Los dos presidentes sufrieron sensibles pérdidas en las elecciones intermedias, desvaneciéndose el control de una de las cámaras, y, con ello, la capacidad de introducir medidas legislativas.

En el caso de Biden, sus problemas se acumulan respecto de los de sus antecesores en el cargo. El margen del partido demócrata es de sólo cuatro escaños respecto de su rival, de manera que resulta más que probable que pierda su exigua mayoría en el mes de noviembre. Esa situación daría lugar a que concluyera lo que el semanario británico “The Economist” ha definido como “la fase legislativa” de su mandato, que se convertirá en una “fase regulatoria”. Además de eso, contará con la hostilidad de la mayoría conservadora del Tribunal Supremo, que ya ha enseñado sus colmillos con la polémica derogación del derecho al aborto el pasado mes de junio por una mayoría de seis a tres.

A todo esto se une -según un análisis de Caixa-Bank- que el sobrecalentamiento de la economía estadounidense ha aumentado debido a las importantes medidas de gasto fiscal y a los cuellos de botella que empiezan a observarse en numerosos sectores. El plan de estímulos a la economía, gripada por la pandemia, impulsado por Biden y aprobado por el Congreso, que alcanza los casi dos billones de dólares, forma parte del incremento de la inflación del 8’5% en el mes de julio y la consiguiente respuesta de su Banco Central elevando los tipos de interés hasta un 3% -o incluso algo más- al final de este año, según un informe de Bankinter.

Sin embargo, el índice de popularidad del presidente Biden, al que sólo un 38% de los estadounidenses aprobaban su gestión en el pasado mes de julio -el mínimo desde el comienzo de su presidencia y la aprobación más baja de un presidente a esas alturas de su mandato en las últimas décadas- ha obtenido un repunte en sólo un mes hasta situarse en el 44%. La mejora se concentra entre los votantes independientes, no desde luego en un eventual trasvase de votos procedentes de los electores republicanos, según ha señalado Miguel Jiménez en el diario “El País”.

No parece que pueda desvincularse de esta mejora de los demócratas la intervención por el FBI de once lotes de documentos clasificados durante el registro de la residencia del expresidente Trump en Mar-a-Lago en Florida. Cuando se escriben estas líneas, el Departamento de Justicia de Estados Unidos ha revelado en un expediente judicial que Donald Trump intentó ocultar material clasificado en esa propiedad. Durante el registro por el FBI, se encontraron algunos documentos clasificados sin asegurar en sus escritorios. Todavía no se sabe qué papeles habrían sido ocultados por Trump.

El repunte en el voto demócrata tiene por lo tanto la explicación que ofrecía el exministro de Trabajo de José María Aznar, Manuel Pimentel (uno de los escasos casos de políticos españoles actuales que dimitieron de su cargo por sus discrepancias con la política del gobierno), que definió, hace ya varios años, el concepto de “retrovoto”: voto a un partido que no me gusta demasiado con tal de que no salga el otro, que no me gusta nada; que es perfectamente aplicable a este caso. Para muchos ciudadanos estadounidenses es preferible elegir cualquier candidato que no esté entre los afectos al expresidente.

Sin embargo, la nueva izquierda, que influye cada vez más en los demócratas americanos, lleva camino de convertirlo en el partido de la “culpa blanca” y la “cultura de la cancelación” -hacer el vacío a quien no se exprese en términos de lo políticamente correcto-; el partido de las gentes que dicen "persona que da a luz" en lugar de "madre", y que quieren culpar al FBI de los padres que tienen el descaro de criticar a los maestros, como ha indicado también el semanario “The Economist”. El alejamiento del centro político que este discurso determina, se convierte en un arma arrojadiza en su contra, y a favor del populismo del ala “trumpista” mayoritaria entre los republicanos.

miércoles, 31 de agosto de 2022

¿Carece España de intereses en el ámbito internacional?


Publicado en El Imparcial, el lunes 29 de agosto de 2022

En su ensayo Extremo centro. El manifiesto, Pedro Herrero y Jorge San Miguel afirman que “tras la crisis de 2008 y el actual repliegue internacional de Estados Unidos estamos en un período en el que sí hay elementos expresamente políticos: unión fiscal, bancaria, militar... Para definir estas cosas necesitas un cuerpo político, y no está claro que la Unión Europea lo tenga. En cualquier caso, mientras Europa está centrada en esta construcción, España ha recorrido el camino contrario. España ya no tiene intereses. Si uno lee la estrategia de acción exterior del Ministerio de Asuntos Exteriores, sólo se habla de defensa de «valores» como el feminismo, el clima... Si defiendes eso, es que te has convertido en una especie de ONG o federación galáctica, pero desde luego no eres una nación. Y si encima te subsumes en una comunidad política internacional que tampoco está claro que traduzca tus intereses en el mundo, o que tenga claro cuáles son, resulta imposible percibir un rumbo”.

En mi opinión tienen bastante razón los citados autores, si bien el escenario general se está modificando como consecuencia de la guerra en el Este de Europa. Sin perjuicio de que nadie conoce muy bien cómo, cuándo y con qué consecuencias concluirá el fenómeno bélico, parece cada vez más evidente que los principales actores globales (Estados Unidos y China) permanecen atentos al desarrollo de los acontecimientos en Ucrania, por cuanto la mayor o menor reacción del primero de estos países al conflicto está siendo seguida con atención por el segundo respecto de sus intenciones de sometimiento de la isla vecina de Taiwán, en lo que no expresa sino la capacidad de influencia global de las dos superpotencias y del mensaje que emitan acerca de su efectiva capacidad de liderazgo en relación con sus socios y aliados. Aún más, como ha señalado el Secretario de Defensa norteamericano, Lloyd James Austin III, “queremos ver a Rusia debilitada hasta el punto de no poder repetir lo que ha hecho desde el inicio de la invasión de Ucrania”. De modo que la reducción de Rusia a la insignificancia evitaría, entre otras cosas, el eje ruso-chino, que ya fue la principal preocupación del ex secretario de Estado Henry Kissinger.

Al contrario de lo que manifiestan Herrero y San Miguel —que expresan su citada opinión con carácter previo a la agresión rusa contra Ucrania— la guerra está constituyendo un acelerador de decisiones, previstas aunque aún no implementadas. Los países europeos se aprestan a consolidar su pilar defensivo, en primer lugar reforzando el flanco del Este de la OTAN, con el abandono de su condición de neutralidad por parte de Finlandia y Suecia, al que se une el compromiso de incrementar el presupuesto en defensa de todos los países, incluidos los más renuentes a la ampliación de ese gasto, descubriendo así la evidencia de que el mundo no es un oasis beatífico en el que los gobiernos no son más que organizaciones benéficas y su cometido consista en desterrar la pobreza y el hambre, dicho sea con todos mis respetos para con las agrupaciones que combaten por estos y otros objetivos similares. Porque el mundo no será exactamente un Estado Leviathan más grande, como aseguraba Hobbes, una especie de paraíso para los lobos, pero la actuación de algunos dirigentes políticos —como es el caso de Putin— nos permite dudar que no lo sea, al menos en algún caso.

Este fundamental pilar de la defensa europea se completa, como advierten los citados autores, con otros ámbitos en la integración de los países de la Unión que, además de los ya reseñados —bancario, fiscal…—, alcanzan también el de la política exterior, huyendo de la regla de la unanimidad. Cabe pensar que el traje de los actuales Tratados que vinculan a los miembros del club resultará estrecho para una ampliación tan importante de las competencias comunes que se residencian en las instituciones europeas —Parlamento, Tribunal de Justicia y Comisión, especialmente—. Un proceso de integración en el que los Estados miembros plantearán sus propios intereses como elementos constitutivos del consenso definitorio de las preocupaciones europeas. En este sentido, pensar que los intereses europeos están previamente definidos y que éstos son diferentes de los intereses de las naciones que lo constituyen, más allá de lo que en términos generales se viene considerando como el «modelo europeo» (democracia liberal y estado del bienestar), no sólo constituye un error palmario sino que es además una evidente falsedad, y un pésimo negocio para los que consideran que lo único que corresponde hacer en las instituciones europeas es ver, oír, callar… y sumarse al criterio de la mayoría.

Recuerdo con asombro, aún no desvanecido con el paso del tiempo, el comentario que una embajadora de España en un país del Este de Europa —no citaré su nombre, de acuerdo con la máxima que prescribe que «se dice el pecado, pero no el pecador»—, que los tres criterios que, a decir de sus responsables políticos y diplomáticos, deben seguir en su trabajo cotidiano los representantes españoles en las misiones que emprenden, consistirían en la tríada del «nunca solos, siempre dentro y, en caso de duda, con Francia». Sin perjuicio de abogar por las mejores relaciones posibles con nuestro país vecino, es preciso considerar que esta forma de entender nuestra política exterior —y aún europea— significa un sometimiento vicario y además indigno a los criterios de otro país. En definitiva, equivale a aceptar que España carece de intereses que defender en el ámbito internacional, o que, como sugieren Herrero y San Miguel, desaparecido el Reino de España, en su lugar ha nacido la nueva oenegé llamada algo así como la «Federación-de-lo-que-quedó-de-España».

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