Por muy abundantes que sean, las peticiones de dimisión para cargos públicos debido a la mala gestión de la tarea que tienen encomendada, resultan en España de poca utilidad, cuando no contraproducentes. Lo cierto es que, al contrario de conseguir la reflexión de los dirigentes respecto de sus responsabilidades por la manera de enfocar su trabajo, enervan sus autojustificaciones y les conducen al reforzamiento de su núcleo duro, en el que se sienten más cómodos que en el debate público de sus insuficiencias.
A los peticionarios de dimisiones les pasa como al pescador submarino que se acerca a una ostra en cuyo interior piensa que se encuentra una perla. Esta se cierra sobre sí misma escondiendo su tesoro al abrigo de ese ladrón que se la quiere robar.

Son de los que piensan que el número no importa. Que sean pocos, insuficientes para llenar los recintos, escasos para repartir propaganda, patéticos en el conjunto de vehículos con los que realizan sus caravanas para cualquier tipo de actividad… no hay caso. Una organización sin adherentes no es una mala cosa, no hay que caer en el abatimiento por ello. Pocos, pero nuestros; exiguos, pero complacientes. Esa es la consigna.
Como las ostras, viven encerrados en su propia y corta realidad: desayunan, comen, toman cañas, cenan y duermen juntos. No se relacionan con nadie que previamente no haya enseñado la patita —¿oveja blanca o negra?, da igual— de su aquiescencia total, integral y servil a sus superiores designios.
¿Y qué esperan de esos seguidores? Está claro: que les rían las gracias, acompañen sus sarcasmos y les lleven en volandas en su levitación trascendental.
Los dirigentes entonces les ofrecerán el puesto por el que han doblado de forma tan abundante como grosera sus testuces: la concejalía a la que aspiran, algún puesto en una lista de ringorrango… dispuestos a que su inversión en tiempo y boato obtenga algún resultado en las próximas elecciones.
De no ser así, de no resultar elegidos, veremos si continúan afectos a la cofradía de la ostra o se apuntan a otra posibilidad, vendiendo su pretendida experiencia política en otros pagos más ubérrimos en resultados electorales.
Síganles la pista. No dejen de advertir sus movimientos. En estos tiempos de aguas movedizas son únicos en la habilidad por mantenerse a flote.

Pero no les pidan la dimisión. En España son pocos los que dimiten. Tres ejemplos, Adolfo Suárez, Joaquín Almunia o Antonio Asunción. Claro que esos eran vieja política, dicen. ¿Son la secta de la ostra nueva política? Permítanme que lo dude. Por lo mismo que no tengo claro que en su interior contengan esas bellas y preciadas perlas.
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